jueves, 25 de abril de 2024

Mal rayo lo parta. Capítulo VIII.

 Esa mañana en el colegio estuviste como ida. Podía imaginar que era por el temor de lo que estaba por suceder. La jornada se hizo eterna.
Cuando salimos tu abuelo nos estaba esperando en la calle.
-Venga, dense prisa que dejé el coche mal aparcado.
Cuando te fijaste en que yo llevaba la cartulina blanca para el trabajo de plástica que debíamos realizar, caíste en la cuenta de que te habías dejado en la clase el material que íbamos a necesitar. Quise acompañarte a buscarlo por no quedarme con aquel hombre, pero él te ordenó que fueras sola para que no nos entretuviéramos con tonterías, eso dijo.
Volviste a entrar en el colegio. Yo, sabiendo que tendrías que llegar al último piso, deseé que no tardaras demasiado para no tener que estar a solas con él. Nerviosa me puse a dar saltitos intentando no pisar las líneas negras del pavimento. Ya me conoces, una de mis tantas manías. 
Tu abuelo me increpó: Tú, rarita, deja de brincar, ¿quieres que caiga y me mate por tus tonterías?
No lo pude evitar, las palabras me salieron solas.
-Pues sí, el mundo sería mejor con un pederasta menos.
Se puso frente a mí y dio dos pasos hacia atrás, tenía la cara desencajada. 
-¿Cómo te atreves...
No consiguió terminar la frase al pisar mal el bordillo de la acera y caer de espaldas en la carretera.
Rojo, era rojo el coche que lo atropelló y rojas las manchas de la sangre que salpicaron la blanca cartulina que yo llevaba en la mano.
No me podía creer que todo hubiera sido tan fácil: él muerto y tú liberada de su tortura.
Me puse a gritar como una loca, aunque ya muchos testigos del accidente se acercaban llamando a emergencias. Sentí que alguien me abrazaba y me daba la vuelta para que no siguiera mirando la carretera. Felipe, el  niño abusón que sin querer nos había unido. 
-Tranquila, tranquila, no lo mires más. Fue un estúpido accidente, vi como tropezaba, ya pasó, Dani, ya pasó, tranquila, tranquila...
No debieron pasar más de cuatro minuto, pero me parecieron años hasta que volviste a salir del colegio.
Cuando te percataste de lo sucedido me miraste con una pregunta en los ojos. Pero no te pude contestar en ese momento, una profesora se hizo cargo de nosotras hasta que se llevaron el cuerpo y mis padres nos vinieron a buscar. 
Pasaron horas hasta que pude decirte lo que había tenido que repetir a todo el mundo: tu abuelo había tropezado con el bordillo y caído en la carretera. 
Aunque tus padres regresaron ese mismo día, dejaron que nos quedáramos juntas esa noche.
-Ya eres libre Patri, se acabó, ya no puede hacerte nada. 
Y nos pusimos a saltar sobre la cama. Ligeras, libres.
Es extraño como somos las personas, pero el accidente nos hizo populares entre l@s compañer@s del colegio, de repente se interesaban por nosotras y nos incluían en sus planes. Felipe, aunque en otra clase, se me acercaba en el recreo y me daba conversación. Tú te partías de risa diciendo que Felipe estaba por mí y yo no me lo creía. 
Aquella inesperada atención que nos dieron nos sentó bien, al fin y al cabo y por muy diferentes que seamos, todos queremos que nos quieran. 
Y, lo más importante, ya no tendrías que soportar el maltrato sexual y psicológico de aquel malnacido. 
Y aunque te conté muchas veces como tu abuelo había tropezado y caído, sabía que te guardabas la pregunta: si yo lo había empujado.

Continuará.




2 comentarios:

  1. Que alivio tan grande!!! El Karma existe desde luego. Me ha parecido magistral el desenlace amiga. Un abrazo fuerte 😘

    ResponderEliminar
  2. Sabía que te alegrarías, quedan dos capítulos y damos por cerrada esta historia. Besos Astrid.

    ResponderEliminar