miércoles, 16 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 30.

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 Por lo menos Thiago no parecía afectado por nuestra separación, aunque a veces nos pedía pasar juntos los fines de semana.
Virginia y yo aceptamos, a ella no parecía afectarle compartir ese tiempo conmigo, y yo.... yo seguía haciendo de tripas corazón.
En una de esas salidas Thiago comentó que había visto por la tele el ballet "el lago de los cisnes" y que quería ser bailarín. Ya había estado en varias actividades y no se decantaba por ninguna. 
-Mamá y yo lo estudiaremos Thiago, hay que ver si cerca de casa hay alguna academia, cuando estemos informados te lo diremos.
En ese sentido -cuando del niño se trataba- seguíamos estando unidos. Después de hablarlo entre nosotros, le pedimos opinión a Rosa, la psicóloga. El ballet era una disciplina básicamente femenina y no sabíamos si ayudaría a Thiago con su condición o lo contrario. La opinión de Rosa es que dejáramos que el niño probara, si le gustaba y tenía actitudes sería positivo.
Así fue como Thiago comenzó sus clases de ballet, era el único niño y él encantado, además, como nos dijo al poco tiempo, era el bailarín principal. 
Era una disciplina dura, pero nunca había visto a mi hijo tan feliz, tenía actitudes y cuando bailaba se olvidaba del mundo y sus ruindades. Al tiempo se apuntó otro niño, pero él siguió ostentando el título de bailarín principal.
Virginia ya tenía su título de modista y se enteró de que la persona que elaboraba el vestuario en la escuela de ballet se jubilaba, se atrevió a ofrecerse y consiguió su primer trabajo remunerado. A ella le sobraba el dinero, pero estaba satisfecha haciendo algo por ella misma. 
La relación entre nosotros seguía igual, o sea, ella feliz de la vida y yo igual de encabronado. Rotábamos semanalmente de la casa al apartamento sin que Thiago estuviera del tingo al tango, pero con lo del trabajo Virginia necesita un buen espacio para sus utensilios de costura,y el apartamento era pequeño.
-Jose, quiero habilitar en la casa un par de habitaciones y transformarlas en mi taller, es lo bastante grande para no importunarte cuando te toque estar a ti, de noche por supuesto vuelvo al apartamento la semana que no me toque con el niño. ¿Qué te parece?
-No sé si confundiremos al niño, le dije, cuando lo que realmente pensaba es que me confundía a mí.
-Probamos y si no funciona me busco un local en otro sitio.
Me desconcertaba Virginia, aunque bien mirado si siempre me había visto como a un amigo no era raro que no le costara compartir espacio conmigo. Pero yo no la veía de igual manera, seguía, a mi pesar, enamorado de ella. 
Ya casi hacía un año que nos habíamos separado y ella no había mencionado en ningún momento lo de formalizar el divorcio. Pensé que quizá hacer ese trámite me ayudaría a pasar página y le saqué el tema.
-Ay Jose, la burocracia me da una pereza... Además, ahora tengo un montón de trabajo y no me sobra el tiempo, déjalo para más adelante.
No terminé de entenderla, era ir a un abogado y firmar los papeles.
-Vale, Virginia, pero prefiero hacer las cosas bien y no dejarnos ir, avísame cuando estés menos liada y si no, pues ya moveré yo ficha.

Continuará.


Diario de un taxista. Capítulo 29.

 Después de la inesperada decisión de Virginia sentí que había sido el tonto útil. 
Los primeros mes la rabia me podía, ¿cómo no supe darme cuenta antes? Recordé que mi hermana Carmen me lo había advertido, pero yo ciego enamorado no quise verlo.
Pero tenía que seguir con mi vida y lo primordial en ella seguía siendo mi hijo Thiago. No me quedó más remedio que ponerme de acuerdo con Virginia para ver como le planteábamos la nueva situación a nuestro hijo, preparamos el típico discurso, el de que a veces los padres eligen caminos diferentes pero que seguirían queriendo a su hijo de la misma forma. Thiago nos sorprendió al tomarlo con naturalidad, tenía amigas con padres separados y nos preguntó si iba a tener que vivir en dos casas. Le explicamos que lo mejor es que continuara en la de siempre y que ya nos moveríamos los adultos.
Cuando expliqué a mi familia lo que estaba pasando, mi hermana no dijo nada, pero leí en su expresión el "ya te lo dije", mis padres me animaron, yo no era ni el primero ni el último en pasar por ese trance, añadieron que yo era joven y tenía todo el tiempo del mundo para rehacer mi vida. 
Virginia se ocupó de hablar con sus padres, según ella lo asumieron, y aunque hubiera sido de otra forma, a ella le hubiera dado igual, era su vida y ya tocaba tomar sus propias decisiones.
Mi suegra, o mejor dicho exsuegra, me llamó.
-Jose, ya sé que no empezamos con buen pie por mi puñetero carácter, pero lo de la separación me ha sentado fatal, he visto que eres buena persona y que has formado una familia con Virginia porque la quieres, no has ido detrás del dinero. Esta hija mía no sabe lo que quiere, por favor, dale tiempo, cuando se aclare querrá volver contigo.
Me acostumbré a desahogarme con  mi amiga Ana, ella no se pronunciaba, pero me hacía bien hablar con ella.
Por el bien de Thiago me tragaba la bilis cuando tenía que coincidir con Virginia y el niño, procurando actuar con una tranquilidad que para nada sentía. A ella la veía segura, tranquila y era inevitable preguntarme si ya había ocupado su corazón con otro hombre.
Como siempre, el taxi era mi terapia, haciéndome olvidar durante algunas horas lo desgraciado que me sentía. 
Eso y poder contar con Ana fueron el bálsamo emocional que necesitaba.

Continuará.


miércoles, 9 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 28.

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Virginia -seria pero segura- se atrevió a expresar lo que le estaba sucediendo.
-Jose, tú sabes que siempre he sido insegura, apocada, sin alicientes en los estudios. De pequeña fui una niña obediente y ya en la adolescencia, en vez de revelarme contra mis padres, como suele suceder, seguí siendo la hija buena que no se atrevía a contrariarlos, no quería decepcionarlos. Me sentía tan poca cosa que ni amigas tuve, y cuando te conocí me sentí segura a tu lado, eres una buena persona y me engañé creyendo que me había enamorado de ti. Vi la  posibilidad de escapar de mi vida anterior y decidida a cambiar de vida a tu lado me quedé embarazada a posta. Te mentí cuando te dije que había sido "un accidente". Ahora con la terapia estoy por primera vez viéndome como alguien capaz de tener vida propia si estar bajo la sombra de nadie. Quiero vivir sola por un tiempo, también quiero tener el título que me permita abrir mi taller de costura, resumiendo, quiero se independiente.
Se me cayó el mundo encima ante las palabras de mi mujer, diversos pensamientos se me cruzaron confundiéndome, pero estaba claro lo que había escuchado.
-Vale, si lo entiendo bien me estás dando la patada, me utilizaste y me mentiste. No te puedo obligar a estar conmigo si no quieres, pero lo que tengo clarísimo es que no voy a permitir que nos separemos y que Thiago esté una semana aquí y otra allí, no quiero eso para mi hijo.
-Yo tampoco lo quiero,  había pensado comprar un apartamento aquí cerca. Si no nos apuntamos a brutos cuando te toque estar con el niño estarán los dos en esta casa, y cuando me toque a mí tú te vas al apartamento. No quiero dramas que alteren al niño, y eso depende de nosotros dos.
-Tengo que pensar en mí, las dos propiedades estarían a tu nombre y en cualquier momento me puedes dejar en la calle.
-Eso no va a pasar, pienso poner las dos propiedades a tu nombre y por supuesto de Thiago. 
-Claro, lo que tiene ser rica, que te puedes permitir comprar lo que quieras cuando quieras, pero ten claro que a mí no me vas a poder comprar.
-Entiendo que estés enfadado Jose, pero piensa en el niño, tenemos que hacer lo mejor para él.
-Necesito pensar, le dije mientras salí dando un portazo.
Estaba rabioso, defraudado, la Virginia que pensaba conocer bien me había mentido y utilizado y ahora que por primera vez se encontraba bien psicológicamente yo le sobraba. 
Necesitaba desahogarme con alguien, pero no quise preocupar a mi familia y llamé a Ana.
Ya en su casa mientras le contaba lo sucedido no pude evitar los lagrimones que me quemaban, ella me dejó hablar y hablar y cuando me vio más tranquilo fue sincera.
-Es una putada lo que me estás contando, Virginia no fue honesta cuando comenzaron la relación, supongo que en el fondo te vio siempre como a un buen amigo. ¿Está mal? Sí, no te lo mereces, pero la cabeza es la hostia y si ahora ella se quiere afirmar lo entiendo. Y lo más importante, la propuesta me parece correcta, creo que es lo mejor para Thiago. Y no te me enfades, pero me considero amiga tuya y de Virginia, por eso si se quiere desahogar conmigo la voy a escuchar. ¿Lo entiendes?
-Sí, no me queda más remedio, no quiero perder a mi mujer y a mi amiga al mismo tiempo. Solo te pido que seas imparcial en la guerra que comienza ahora entre Virginia y  yo.

Continuará.


Diario de un taxista. Capítulo 27.

 Los meses siguientes del duelo de Ana fueron duros, pero pudo contar con nosotros.
Curiosamente mi mujer, que siempre se había mostrado insegura, supo ganarse la confianza de Ana, animándola a retomar la vida que había dejado en pausa cuando había nacido su hijo discapacitado.
Puedo decir que perdí a una clienta y gané a una amiga.
Ana poco a poco fue remontando, la pena por la pérdida no desaparecería con ninguna varita mágica, pero volví a ver a la mujer fuerte y resolutiva que había conocido en el taxi.
Mi mujer también se mostraba diferente, seguía con la psicóloga, decía que la estaba ayudando a ser ella misma. Y vaya si se le notaba el cambio, ya se atrevía a contradecir a su madre cuando le proponía algo que no le agradaba.
Hasta ahí perfecto, me gustaba esa nueva Virginia y Thiago estaba bien aunque expresara su extrañeza, por decirlo de alguna manera, ante el cuerpo masculino que le había tocado en suerte. Esporádicamente acudía a la psicóloga, nos preocupaba que su mente infantil se trabucara, pero parecía que no mostraba signos que nos alarmaran.
Yo mientras seguía con mi taxi tan contento, me gratificaba lo de siempre en esa profesión: conocer gente diferente de la que siempre podía aprender algo. 
Un domingo que salimos a comer fuera acompañados de Ana, expresé que se me hacía raro que nadie hubiera vomitado en mi taxi desde hacía un buen tiempo,  si mi padre tenía un don para las embarazadas que parían en su coche, a mí me tocaban niños enfermos que no se podían aguantar y me dejaban el coche perdido. Ana con su humor ácido me dijo que ya me tocaba. 
Pues justo al día siguiente recogí a un padre con su niña para que los llevara al materno y durante el trayecto sucedió, a la niña le salió por la boca una "barranquera" abundante. En esos casos los padres se excusaban avergonzados. Yo les decía que siendo padre de un niño pequeño sabía que hay cosas que no se podían evitar, abría todas las ventanas del taxi, limpiaba lo "más gordo" como podía y llevaba al coche a un taller especializado en limpieza de tapicería.
Llegué a mi casa suponiendo que Virginia se lo tomaría a guasa, justo el día antes hablando de eso y me había pasado, pero cuando le conté lo sucedido la noté seria.
-¿Te pasa algo Virginia? No tienes buena cara.
-Lo que me pasa es que tenemos que hablar.
Algo me dijo que lo iba a escuchar no me iba a gustar.

Continuará. 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 26.

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 Virginia sabía por mi boca las circunstancias de Ana y su niño. 
Como siempre yo le contaba mis interacciones con los clientes del taxi que, por lo que fuera, veía a menudo. Mi mujer se conmovió cuando supo la última conversación que había tenido con Ana, se puso en la piel de otra madre que durante casi dos años había tenido que convivir con el sufrimiento. Por eso, cuando le dije que Ana me había invitado al cumpleaños del niño quiso involucrarse.
-Jose, ¿tú crees que a Ana le sentará mal que quiera ir contigo a ese cumpleaños? Me gustaría conocerla y a Suso, igual hasta podríamos llevar a Thiago, quizás ver que existen otras realidades lo ayude en algún momento.
-Me parece buena idea, esta semana tengo que llevarla de nuevo al hospital y se lo comento.
Cuando hablé con Ana de la conversación que mantuve con Virginia estuvo encantada de conocerla y por supuesto a Thiago. Pero los planes son los que son: a menudo no se pueden cumplir.
Faltando un par de días para el cumpleaños de Thiago recibí una llamada de Ana, supuse que algo malo pasaba, eran  las las seis de la mañana.
-Jose, el niño no respira y está helado, supongo que de madrugada se le paró el corazón. No sé qué hacer, estoy bloqueada.
Le dije que iba hacia su casa y le conté a Virginia lo sucedido.
-La pobre, debe estar destrozada, te quiero acompañar, llamo a mi madre que se pone en diez minutos en casa y se ocupa de Thiago.
A la media hora ya estábamos en la casa de una desolada Ana en evidente estado de shock. Aunque mi mujer y ella no se conocían, Virginia la abrazó con fuerza dejando que Ana se desahogara. 
-Perdona Ana, sé que tienes que llorar, pero tengo que saberlo. ¿Has llamado a emergencias? 
-Solo te he llamado a ti.
-No pasa nada, yo me ocupo y déjame el teléfono del padre. Si no se preocupó de la vida de su hijo que se ocupe de su muerte.
Llamé primero al 112 y mientras estaban en camino llamé al padre de Thiago.
Le comuniqué el fallecimiento de su hijo y le hice saber que Ana estaba destrozada. No sé como tuve las agallas con el aquel hombre que ni conocía, pero le exigí que se hiciera cargo de los trámites que fueran necesarios. Supongo que le cogí en la cama y que estaría procesando la noticia cuando se mantuvo en silencio durante un breve espacio, luego con la voz temblorosa afirmó que cumpliría.
Lo que vino después fue sumamente desagradable para Virginia y para mí. Para Ana fue un suplicio.
Los siguientes días mi mujer y yo nos turnábamos para no dejarla sola, la mujer fuerte que luchaba por su hijo discapacitado con uñas y con dientes había desaparecido, solo le cabía el dolor. 
-Racionaliza Ana -quise animarla- tu niño no tenía una buena vida por más que tú lo quisieras, ya está descansando. Ahora te toca en otro sentido descansar a ti. Y sabes que nos tienes a Virginia y a mí para lo que haga falta. 
-Ya, lo sé y sabía que al niño le quedaba poco, pero ¿cómo aprendo ahora a dejar de ser madre?

Continuará. 



Diario de un taxista. Capítulo 25.

 No sé que me llevó a invitar a Ana a desayunar, era extraño, porque sin considerarla aún como a una amiga me apetecía hablar con ella y contarle lo que le sucedía a mi hijo.
Nos sentamos en una terracita para que a su niño le diera el sol, me volvió a preguntar por lo que le sucedía a mi hijo y me animé a contárselo.
-Pues Thiago tiene un problema. Como se suele decir, ha nacido en un cuerpo equivocado, vamos que es transgénero.
-Te lo cambio por el mío.
Ella debió percatarse de mi cara de asombro y se excusó.
-Persona Jose, no me conoces lo suficiente para saber que tengo un humor negro, bastante negro, para que nos vamos a engañar. Pero si me permites que sea totalmente sincera no me parece adecuado que lo expreses como un problema, ¿qué es complicado? no te lo niego, pero el problema lo tendrá quien no sepa aceptar su condición.
Sus palabras se quedaron grabadas, con tan poco había dicho tanto...
Me di cuenta de que Suso babeaba en exceso y con el babero lo limpié.
-Mira -dijo Ana- mueve la cabeza de lado a lado porque está contento, tú le gustas y es su forma de agradecértelo. Gracias Jose, agradezco encontrarme con una persona buena como tú, me hace seguir creyendo en el género humano. Ni te imaginas la de desplantes que recibo cada día cuando la gente tuerce el gesto ante las babas de mi niño...
-Me lo puedo imaginar, debe ser psicológicamente agotador para ti, ¿no te has planteado ponerlo en algún centro especializado unas horas para que puedas tener algo de alivio?
-Mira, hoy parece que los astros se han alineado de alguna manera especial para que se den las confidencias. 
Aunque suene chungo Suso nació con fecha de caducidad, al nacer me dijeron que no pasaría de los seis meses y míralo, aunque no lo parezca por lo chiquito que es va a cumplir dos añitos dentro de un par de semanas, pero soy realista, aunque sea un jabato no podrá seguir peleando mucho más, le queda poquito para que lo ingresen en paliativos, tiene los órganos vitales demasiado tocados. No quiero perderme ni un segundo de su vida. 
-Qué duro Ana, cuenta conmigo para lo que necesites a cualquier hora, aunque sea para desahogarte.
-Te lo agradezco, pero ya lloraré cuando mi niño no esté, mientras pienso disfrutar hasta de sus babas. Y sé que no cumplirá más de dos años, así que pienso comprarle una tartita de chocolate aunque se la tenga que triturar como hago con todo lo que come. ¿Quieres venir a su cumple? Le caes bien.
-Cuenta conmigo -le respondí con el corazón en un puño-.

Continuará. 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 24.

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Los siguientes meses fueron raros, de adaptación por decirlo de alguna manera.
Virginia y yo hablamos con nuestras respectivas familias, formaban parte de la vida de Thiago y tenían derecho a saber sus circunstancias. 
Mi madre y mi hermana de alguna forma lo intuían, no las cogió por sorpresa, pero a mi padre le costó aceptarlo. "Apunta al niño a fútbol y seguro que se le quita ese lado femenino que dices que tiene". Me armé de paciencia para que comprendiera que no se le iba a pasar por más patadas que le diera a un balón. Con mis suegros pasó algo parecido, en contra de lo que pensaba, Victoria -mi suegra- dijo que  contáramos con ella para lo que necesitáramos y Julio -mi suegro- reaccionó más o menos como mi padre.
Me pregunté si los hombres en general somos más obtusos para según que cosas. 
Virginia y yo íbamos puntualmente a la consulta de Rosa, la psicóloga, nos daba herramientas para que pudiéramos responder a Thiago cuando verbalizaba que era una niña, con el paso del tiempo sus preguntas y referencias al respecto fueron en aumento. La situación era complicada, porque en el fondo mi mujer y yo temíamos el rechazo que sin duda sufriría. Siguiendo las pautas de la psicóloga tuvimos que aprender a vivir el día a día, ya nos enfrentaríamos a las dificultades que estaban por venir cuando llegara el momento. 
Al mismo tiempo Virginia acudía sola a la misma psicóloga,  poco tardó en decirle lo que yo pensaba: arrastraba una depresión posparto. La verdad es que noté cambios en mi mujer, como si empezara a despegarse de capas de piel que la habían cubierto desde siempre, se notaba que la terapia la estaba ayudando, porque aunque seguía siendo la misma, estaba diferente, como más segura y a pesar de la condición de Thiago, parecía que por primera vez vivía sin miedos.
Yo seguí mi terapia de siempre, el taxi. Seguí llevando a la vecina de mi madre Emilianita, puntualmente al centro de salud, la pobre cada vez estaba más ida, y se añadió otra clienta habitual, Ana, la madre del niño con parálisis cerebral.
Después de la primera vez que la llevé en mi taxi me llamó por teléfono para ver si la podía llevar al hospital con su niño y como debía acudir semanalmente se convirtió en una clienta fija.
Con el paso del tiempo fue desgranando su historia. 
Sus padres vivían en Portugal, ella había estudiado bellas artes y cuando estaba buscando trabajo tropezó con un hombre con mucho dinero que le prometió el oro y el moro hasta que nació al hijo de ambos y  puso tierra por medio. Se ocupaba económicamente, para según Ana, limpiar su conciencia.
Ella no podía trabajar fuera y hacía algún trabajillo como diseñadora gráfica por internet  en su casa.
Un día se atrevió a ser menos discreta y me preguntó.
-Jose, la primera vez que me monté en tu taxi me dijiste algo así como que tu hijo tiene una condición especial, o algo por el estilo. Yo te he contado mi vida, ¿puedo preguntarte por el problema de tu niño?
-Mira, es la hora de mi parada para desayunar, ¿qué te parece si nos sentamos en alguna terracita y te cuento?

Continuará.