Mariam se fue dejándome con la boca abierta.
¿Ana ingresada y su familia no me había avisado? Me dolió, pero tuve que reconocer que era yo quién me había querido alejar.
Llamé a Aminata, la madre de Ana, necesitaba saber que estaba sucediendo.
-Ah Anita, me coges por lo pelos, vine a la casa de mi hija para coger camisones limpios y salgo corriendo al hospital.
Estaba muy nerviosa y a pesar de las prisas me puso rápidamente al día. Su hija estaba ingresada porque una infección la hizo estar muy enferma. En un principio los médicos no sabían si era bacteriana o vírica y después de muchas pruebas descubrieron que era bacteriana. El motivo, morderse las uñas, la infección llegó al torrente sanguíneo, estaba sufriendo una septicemia. Aminata terminó con un: "mi niña está grave".
Me quedé helada al comprender las palabras de Mariam, la vidente, cuando me dijo que a veces no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos.
Pensar que podía perder para siempre a mi amiga me heló la sangre, y de alguna manera me sentí culpable, si no me hubiera enfadado con ella no hubiera vuelto a comerse las uñas. No me iba a perdonar no haber estado con ellas en aquellos momentos.
Me imaginé dentro de una película con dos posibles finales, en el peor mi amiga fallecía y yo cargaba con la tristeza y la culpa el resto de mi vida, en el otro acudía al hospital y abrazaba a mi amiga, ella se recuperaba y continuábamos con nuestras vidas entrelazadas y disfrutando de nuestra amistad.
Vale que me sonaba al típico final feliz empalagoso, pero la otra opción era aterradora.
Así que me presenté en el hospital.
No me extrañó encontrar a mucha gente esperando para pasar a ver a Ana, era su tribu.
Por primera Mariam, la bruja, me sonrió, -no me equivoqué contigo, eres demasiado rígida con tus decisiones, pero tu corazón también se derrite cuando toca, anda, entra, que vas a ser la mejor medicina para Anita-.
Me impactó encontrarme con una Ana extremadamente delgada, su aspecto hablaba del alcance de su enfermedad. Me dio miedo abrazarla por miedo a lastimarla, pero sus ojos reflejaron el alivio de verme a su lado en aquel mal momento.
-Chocolate, te conozco y sé que vas a luchar para recuperarte. Y si me prometes que dejas de comerte las uñas hasta te voy a dejar que me cuentes lo que hayas averiguado de mi madre biológica. Porque, ¿a qué sabes algo?
La sonrisa se adueñó de su cara famélica, y aunque su voz había perdido la fuerza habitual, respondió con picardía.
-¿Acaso lo dudabas? Por supuesto Zanahoria.
Fin.