jueves, 12 de marzo de 2026

Los dragones. Capítulo 4.

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 Después de pasadas las primera horas Lola se ofreció para ocuparse de las clases que restaban. Se lo agradecí con dos besos en las mejillas y con un surtido exquisito de galletas aún tibias me dirigí al coche para visitar a Mari y su niña en el hospital.
De nuevo me puse en modo automático, es llamativo como podemos llegar de un sitio a otro conduciendo sin ser conscientes de que lo estamos haciendo. Pero así es.
Evoqué a mis otros amigos, a Kevin y a Lucas, es curioso como desde pequeños calamos a las personas para acertar con apodos que son una declaración de intenciones. 
Lucas había llegado a Los Dragos hacia un año; era hijo de padre desconocido y su madre que había ejercido la prostitución estaba en un centro de desintoxicación. Era tan rubio que si la luz incidía en su cara casi no se le apreciaban las pestañas, sumando sus ojos claros y sus facciones se podía suponer que tenía ascendencia nórdica. Sus primeras experiencias debieron ser traumáticas, pues se alteraba cuando escuchaba un tono de voz más alto de lo normal, plegándose sobre sí mismo y sufriendo lo que parecían ataques de pánico. Hablaba en un tono medido, bajito y sus movimientos corporales eran sutiles, sin gestos bruscos. Si añadimos que evitaba cualquier conflicto su apodo, "el suave", estaba más que justificado. Resumiendo mucho, era extremadamente sensible.
Luego estaba la otra cara de la moneda, Kevin que había llegado al centro al mismo tiempo que Lucas. Kevin era alto, delgado y escurridizo como un fideo. La genética no había sido generosa con él y solo con mirarle la cara era fácil pensar que provenía de barrio y no precisamente de Ciudad Jardín, tenía cara de "matao". Sus padres estaban cumpliendo una larga condena en la cárcel por participar en una reyerta donde alguien había resultado muerto por arma blanca. 
Siendo tan diferentes, Lucas y Kevin, se hicieron inseparables, el carácter pausado de Lucas ayudaba al explosivo de Kevin cuando perdía los papeles. Por su parte Kevin tomó bajo su ala protectora a Lucas, no dejaba que nadie le soplara. Mari, como las madres, ejercía de pegamento en el grupo que formamos los cuatro.
Siendo diferentes teníamos en común un pasado que ningún niño debería vivir y no sé si sería porque teníamos la misma edad, pero hicimos panda desde el minuto uno. Éramos familia.
Inmerso en aquellos recuerdos llegué al hospital deseando contarle a Mari lo del libro.

Continuará. 

Los dragones. Capítulo 3.

 Según entré en mi lugar de trabajo, Lola, la gerente de aquel lugar me cató.
-¿Qué te pasa Saulo? tienes pinta de haber dormido entre poco y nada.
-Sí, la verdad es que casi no he pegado ojo y me temo que una de mis migrañas viene a hacerme compañía. No le mentí, la cabeza me estaba comenzando a martirizar. Y te quería pedir un favor, si las clases hoy no están apretadas me vendría bien salir un rato antes.
-No te preocupes, tómate algo antes de que la migraña vaya a más. Si me puedes cubrir las primeras horas yo me ocupo de las demás clases, que hoy- cosa rara- la cosa está tranquila. Y si te encuentras peor te vas, Saulo, ya nos apañaremos.
Agradecí que Lola fuera como era, una jefa y amiga con la que podía contar y después de tomar un fuerte analgésico comencé con mis clases.
Disfrutaba con mi trabajo, mucho, aquel lugar era mi lugar seguro y me gustaba tratar con el alumnado. Aunque a veces l@s chic@s fueran ruidos@s y aloca@s tenían la misma pasión que yo, la cocina. 
Me saludaron con el habitual "buenos días chef" que me hinchaba el ánimo, pero esa mañana no iba a ser suficiente, tenía la cabeza en otro sitio. 
Como veía que no me concentraba, les pedí que fueran creativ@s y prepararan galletas, que fluyeran. Por cierto, les dije, tengo a la hija de una amiga en el hospital y me gustaría llevarle algunas, por si les sirve de algo, a la niña le encanta el chocolate.
Mientras los aromas de los  hornos me bendecían, seguí pensando en el libro, e inevitablemente en los primeros tiempos en el centro de acogida.

Por supuesto mi mote pasó a ser coco liso, y poco a poco fui descubriendo el porqué de los apodos que cargaban mis nuevos amigos. 
La madre de Mari había fallecido en el parto y si aquella pobre mujer tenía familia nadie movió un dedo por la recién nacida. Con pocos días de vida la llevaron a Los Dragos y le pusieron de nombre María.
El personal del centro le tenía un especial cariño a aquella niña que siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás y que se apuntaba a un tiroteo, si escuchaba a las educadores decir, por ejemplo, tenemos que ir a hacer la compra, ella rápida se apuntaba con su frase preferida: yo también voy, si escuchaba que había que llevar a reparar lo que fuera, repetía la misma cantinela. Y se quedó con el apodo.
Mari, siendo tan pequeña como yo, supo regalarme aquella sensación de protección que tanto necesitaba, pero también envolvía con sus cuidados a Lucas y Kevin, aunque ellos se dejaban querer y la adoraban, había una diferencia conmigo, porque aunque pareciera una locura, yo la sentía como a una madre.

Continuará.







jueves, 5 de marzo de 2026

Los Dragones. Capítulo 2.

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El despertador me pilló en pleno sueño, poco había dormido después de una larga noche de lectura. Me costó arrancar más de lo habitual, y no solamente por las pocas horas dormidas, no. No conseguía quitarme de la cabeza el libro, su autoría y sobre todo el por qué de aquella publicación. 
Sin poder aguardar más para hablar con Mari, hice la llamada desde el coche mientras me dirigía a mi centro de trabajo. 
-Mari, tengo algo importante que comentarte.
-Hola Saulo, si no es de vida o muerte vas a tener que esperar, estoy en el hospital con Patri que hoy la operan de la vista y está nerviosilla.
-Ah coño, se me había pasado, perdona. En cuanto salga del quirófano me llamas y me cuentas, seguro que sale todo bien. Y no te preocupes, mi llamada no es cosa de vida o muerte, pero seguro que te vas a quedar loca con lo que tengo que contarte.
-Si lo que querías era dejarme intrigada lo has conseguido, luego nos hablamos. Te dejo que ya vinieron a buscar a la niña para bajarla a quirófano.
¿Cómo había podido olvidar la operación de Patricia? Intentaría dar las clases justas para poder salir antes y dirigirme al hospital, Mari agradecería mi compañía y de paso si las circunstancias lo permitían le contaría lo del libro.
Me dirigí a Tafira conduciendo en modo automático y los recuerdos del pasado me envolvieron dolorosamente, regresé a mis cinco años.
En la memoria poco había quedado de mis padres, apenas que eran dos personas que a menudo se ponían muy nerviosos y que tras usar una jeringuilla para curarse parecían mejorar. En una de esas ocasiones en que estaban "malitos" no se despertaron. La heroína adultera los llevó a su último viaje, dejándome a su lado asustado sin conseguir despertarlos. Supongo que mi mente traumatizada borró los dos días que permanecí solo con mis padres muertos. Lo siguiente que recuerdo es verme ya en el centro de acogida, El Drago. Llegué en unas condiciones higiénicas lamentables y me tuvieron que rapar: tenía la cabeza minada de piojos.
La primera noche, eso lo recuerdo perfectamente, lloré desconsolado. 
-¿Qué te pasa bonito?
-Ya no tengo padres.
-Bueno, padre no voy a poder ser, pero si quieres me convierto en tu madre.
Me acarició la cabeza diciendo bajito: pues sí que te han dejado el coco liso. Aquellas manos me transmitieron tanta ternura que no dudé en  dejarme adoptar por aquella niña que como yo, tenía cinco años. Mi querida Mari del alma. 

Llegué al centro culinario de aprendizaje donde impartía clases con los ojos nublados y antes de incorporarme a mi rutina diaria le escribí un mensaje a mi amiga-madre.
-Tranquila, ya verás que la operación sale bien. Si consigo cubrir las clases con algún compañero me escapo antes y te hago compañía en el hospital. 
Y de paso te cuento, es que no te lo vas a creer cuando lo sepas....

Continuará.

Los Dragones. Capítulo 1.

 Este relato es como una muñeca rusa, abres una y encuentras otra,  así que lo mejor será remontarme al principio.
Todo comenzó un domingo mientras paseaba por el rastro de Vegueta. El título de un libro de segunda mano hizo salivar mi curiosidad: Los Dragones. Por supuesto lo ojeé y el resumen de la contraportada me intrigó aún más, se refería a la infancia de varios que chicos que empujados por circunstancias poco propicias fueron tutelados por el Estado en un centro para menores. 
Vaya casualidad, me dije mientras pagaba el libro, a la noche me relajo una horita leyendo para terminar bien el fin de semana.
Pero cuando inicié su lectura, la sensación no fue relajante, al contrario, me puse tan nervioso que aunque tenía que madrugar no pude parar hasta terminarlo.
En aquel libro se citaba a los protagonistas, una niña y tres niños, por sus apodos, nunca por sus nombres. Así se nos hablaba de "yo también voy", "coco liso", "el fideo" y "el suave". Contaba la vida de esos menores que tuvieron que vivir su infancia en El Drago, el centro de menores que yo tan bien conocía.
Porque yo, Saulo,  era "coco liso", y el resto mis compañeros de desventuras infantiles: Mari (yo también voy), Kevin (el fideo) y Lucas (el suave). Aunque el autor nunca nos mencionó por nuestros verdaderos nombres éramos totalmente reconocibles. 
Era la experiencia que me tocó vivir siendo tan solo un crío, la mía y la de mis amigos. Entonces expresé en voz alta lo que había estado rumiando durante la lectura. ¿Quién demonios lo ha escrito y por qué?
Por supuesto antes de iniciarlo había hecho lo habitual, leer el nombre del autor o autora que tenemos entre las manos y que no me llevó a nada: J. García Rodríguez. Tan siquiera tenía la certeza de que fuera una mujer o un hombre, pero estaba claro que conocía al dedillo nuestras vidas y salvo omitir nuestros nombres, no se había cortado contando nuestras experiencias en aquel centro de acogida. 
Miré el reloj y tuve que reprimir el impulso de llamar por teléfono a Mari, tenía que contárselo y que me ayudara a localizar a Lucas y a Kevin, tenían que saber que nuestras vidas se exponían sin ningún de permiso previo en un libro. 
Tendría que esperar hasta que fuera una hora razonable para avisar a mi amiga y mientras intentaba coger el sueño deduje que aquellas hojas tuvieron que salir de la pluma de alguien que conocía de primera mano lo que vivimos bajo el techo de El Drago. 
Tenía que ser uno de nosotros y yo por supuesto, estaba totalmente descartado.

Continuará.



jueves, 26 de febrero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 21 y último.

 Mariam se fue dejándome con la boca abierta.
¿Ana ingresada y su familia no me había avisado? Me dolió, pero tuve que reconocer que era yo quién me había querido alejar. 
Llamé a Aminata, la madre de Ana, necesitaba saber que estaba sucediendo.
-Ah Anita, me coges por lo pelos, vine a la casa de mi hija para coger camisones limpios y salgo corriendo al hospital.
Estaba muy nerviosa y a pesar de las prisas me puso rápidamente al día. Su hija estaba ingresada porque una  infección la hizo estar muy enferma. En un principio los médicos no sabían si era bacteriana o vírica y después de muchas pruebas descubrieron que era bacteriana. El motivo, morderse las uñas, la infección llegó al torrente sanguíneo, estaba sufriendo una septicemia. Aminata terminó con un: "mi niña está grave". 
Me quedé helada al comprender las palabras de Mariam, la vidente, cuando me dijo que a veces no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos.
Pensar que podía perder para siempre a mi amiga me heló la sangre, y de alguna manera me sentí culpable, si no me hubiera enfadado con ella no hubiera vuelto a comerse las uñas. No me iba a perdonar no haber estado con ellas en aquellos momentos. 
Me imaginé dentro de una película con dos posibles finales, en el peor mi amiga fallecía y yo cargaba con la tristeza y la culpa el resto de mi vida, en el otro  acudía al hospital y abrazaba a mi amiga, ella se recuperaba y continuábamos con nuestras vidas entrelazadas y disfrutando de nuestra amistad. 
Vale que me sonaba al típico final feliz empalagoso, pero la otra opción era aterradora.
Así que me presenté en el hospital.
No me extrañó encontrar a mucha gente esperando para pasar a ver a Ana, era su tribu. 
Por primera Mariam, la bruja, me sonrió, -no me equivoqué contigo, eres demasiado rígida con tus decisiones, pero tu corazón también se derrite cuando toca, anda, entra, que vas a ser la mejor medicina para Anita-.
Me impactó encontrarme con una Ana extremadamente delgada, su aspecto hablaba del alcance de su enfermedad. Me dio miedo abrazarla por miedo a lastimarla, pero sus ojos reflejaron el alivio de verme a su lado en aquel mal momento. 
-Chocolate, te conozco y sé que vas a luchar para recuperarte. Y si me prometes que dejas de comerte las uñas hasta te voy a dejar que me cuentes lo que hayas averiguado de mi madre biológica. Porque, ¿a qué sabes algo?
La sonrisa se adueñó de su cara famélica, y aunque su voz había perdido la fuerza habitual, respondió con picardía.
-¿Acaso lo dudabas? Por supuesto Zanahoria.


Fin.


jueves, 19 de febrero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 20.

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Me preocupó que mi tocaya lo estuviera pasando mal por mi enfado, pero el que volviera a su nocivo hábito de comerse las uñas me dio tanta pena...
Recordé cuando años atrás hicimos un pacto: si era capaz de dejar de morderse las uñas le daba carta blanca para que investigara a mi madre biológica, aunque le dejé claro que descubriera lo que descubriera yo no quería saber nada. Estaba convencida de ella había aprovechado los recursos que le facilitaba su profesión y de que algo habría descubierto, pero lo cierto es que respetó mi deseo y no volvió a marearme con aquel tema que desde niña la inquietó.
Yo era de blanco o negro, las medias tintas no me iban, pero comencé a preguntarme si no estaba siendo demasiado categórica con Ana. 
¿Y si me estaba equivocando queriéndola fuera de mi vida? Intenté no darle muchas vueltas, había tomado una decisión y ya, pero muy a mi pesar seguí rumiando sobre el valor aquella amistad que había sido un regalazo desde que yo era una niña.
Me estoy ablandado, reconocí, pero recordaba el patinazo de Ana ocultándome como era en realidad Iván. Me volvía la rabia y daba por zanjado el asunto.
Pasadas un par de semanas apareció por el negocio Mariam, la mujer que convivía con los padres de Ana, la vidente. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, aquella mujer, con su moño que desafiaba la ley de gravedad siempre me había inquietado. 
Dijo que necesitaba hablar conmigo y le pedí que esperara unos minutos, que mis padres habían salido a desayunar y que no tardarían. Así fue, en cuanto llegaron después de la pertinente presentación la llevé a una cafetería que estaba cerca.
-Se nota que tus padres te quieren mucho, ¿no es cierto?
-Sí claro, -respondí mosqueada, no sabía a donde me quería llevar aquella mujer-.
-Y aunque te quieren muchísimo estoy segura de que alguna vez se habrán enfadado contigo.
-Pues sí, supongo que como pasa en cualquier familia.
-¿Y te has parado a pensar qué Ana entra dentro de la categoría de familia?
-Vale, ya sé por donde vas, vienes a decirme que la tengo que perdonar, pero es una decisión que yo debo tomar sin que me presionen. 
-Razón tienes, pero te quiero ayudar. Estás tan perdida que no eres capaz de ver que tú también eres imperfecta y te equivocas. ¿No te das cuenta de que la amistad de Anita es un regalo que tenía reservada la vida y lo estás despreciando con tu cabezonería? 
-No creo que me ayudes echándome una bronca. 
-A veces no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos, no quieras que te pase. Estás a la defensiva conmigo, me voy, no te molesto más.
Por cierto, Ana lleva ingresada en el hospital unos cuantos días, está  muy enferma.

Continuará. 

Ana Chocolate. Capítulo 19.

 Me mantuve firme, no quería a Ana en mi vida, pero conociéndola como la conocía sabía que ella iba insistir, no iba a tirar la toalla sin más.
No me equivoqué y como no le cogía el teléfono me escribió un largo correo con sus explicaciones, más o menos venía a decir que sabía que yo, tarde o temprano, me daría cuenta de que Iván era un farsante, había creado una relación conmigo basada en tantas mentiras, que en algún momento irían cayendo demostrándome quien era en realidad.  
Razón tenía, mi relación con Iván nació con fecha de caducidad, no se puede sostener en el tiempo tanto cuento, habría terminado por darme cuenta, tantas ausencias repentinas, la casa que estaban a punto de darle y que nunca llegaría... Yo había estado enamorada, pero tonta no era y en algún momento hubiera sospechado que había gato encerrado.
Pero no se trataba de eso, Ana y yo nos conocíamos desde niñas y habíamos creado un mundo a nuestra medida, ella y yo, yo y ella. Sin contar a mis padres, ella era a la única persona que yo consideraba mi puerto seguro. Y me había fallado por su egoísmo. 
Hice oídos sordos a sus intentos por contactarme. Mis padres se dieron cuenta de que algo pasaba y les conté la verdad, y aunque me comprendieron me aconsejaron que escuchara a mi corazón, dijeron que todos nos podemos equivocar y que ella merecía una oportunidad.
Pero yo soy como soy, si había desterrado de mi mente a la madre que me trajo al mundo por no quererme, también era capaz de desligarme de la que había sido mi mejor amiga durante años. Muerto el perro murió la rabia.
No fue fácil, echaba tanto de menos a Ana que Iván dejó de dolerme, la ausencia de la Ana ocupaba demasiado espacio, como el dolor por un miembro amputado. 
Me centré en mi trabajo, me hacía cargo de reparaciones que me hacían trabajar muchas horas y aumenté las clases de informática, necesitaba tener la mente ocupada para poder resistirme a todos los intentos de acercamiento que Ana iniciaba. 
Su madre apareció un día con su bandeja de galletas como una bandera blanca que nos acercara, dijo que su hija le había explicado lo que había sucedido.
-Mi hija se portó mal contigo, pero está arrepentida de verdad. Si yo fuera tú también me hubiera enfadado, pero sé que tienes buen corazón, intenta perdonarla, ella lo necesita. Está pasándolo mal, si vieras en que condiciones tiene las manos...., con lo que costó que las uñas le crecieran bien ahora se las muerde tanto que se hace sangre, está más delgada, ojerosa, si sigue así va a terminar enfermando.
Te lo pido por favor, habla con ella, perdónala, ¿se equivocó? sí, pero tampoco ha matado a nadie.
Tú sabes que ella te quiere-.
Ana me quería, pero me había querido mal.

Continuará.