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Thiago era como su madre, blanquito, rubito y con los ojos claros, con facciones tan delicadas que parecía una niña. Me parecía el bebé más bonito del mundo y descubrí el amor que nace parejo a una preocupación que se adhiere como pegamento permanente cuando lo ves por primera vez. Lo veía tan frágil que lo cogía con miedo y cuando los pediatras le hacían las oportunas revisiones se me ponía un nudo en la garganta temiendo que nos dieran malas noticias.
Pero el niño estaba perfecto, el único pero es que apenas comenzaba a mamar se quedaba dormido. Nos dijeron que era normal en un recién nacido, que le pellizcáramos con suavidad las mejillas para que se espabilara y que no nos preocupáramos.
En los pocos días que estuvo en el Materno casi no lo oímos llorar, pero cuando llegó a casa...
Lloraba cada dos por tres terminando agotado, tanto, que cuando Virginia lo pegaba a su pecho se volvía a dormir. Era como la pescadilla que se muerde la cola, y a nosotros, como padres primerizos nos desesperábamos.
Virginia como es natural se llevó la peor parte, se culpaba de no saber darle el pecho y suponía que el niño lloraba por hambre. Mi madre y mi suegra estaban pendientes y nos daban un único consejo: paciencia, los tres primeros meses son duros.
Yo tenía que obligar a Virginia a comer, caminaba pisándose las ojeras, y repetía que el niño no se alimentaba bien por su culpa. Había oído hablar de la depresión posparto y estuve pendiente de los dos todo lo que pude, pero cuando pasaron unos días y Thiago seguía igual empezamos un peregrinaje buscando un pediatra que tuviera una varita mágica.
Nos decían que el niño sufría por el cólico del lactante y hasta que no tuviera los tres meses su aparato digestivo no maduraría y sufriría de retortijones dolorosos que le harían llorar. Encima Virginia padecía de dolorosas grietas en los pezones y amamantar a al niño era un suplicio, pero como nos habían dicho que la leche materna era mejor para los cólicos siguió dándole el pecho. Me partía el alma verla llorar cuando lo amamantaba.
Probamos con varios pediatras y todos, coma por coma, repitieron lo mismo. La única receta posible para nosotros era armarnos de paciencia.
A mí me daba reparo dejar a Virginia sola, temía que por el agotamiento se quedara dormida o yo que sé, solo me imaginaba escenarios nefastos, por ello solo trabajaba cuando mi madre o la suya estaban con ella. Debo reconocer que mi suegra se portó bien, Virginia tenía razón, no era tan borde ni bruja como yo la había visto al principio. Así que solo trabajaba cuando sabía que Virginia estaba acompañada y esas horitas fuera de los llantos del niño y de la la madre hacían que no perdiera la cordura.
En uno de esos momentos se subió una mujer con un bebé en brazos, el niño no paraba de llorar y me atreví a preguntar: -¿Cólico del lactante? Tengo un niño de dos semanas que no para de llorar.
-Sí, este es mi tercer hijo y los tres han pasado por lo mismo, y por supuesto yo y su padre. Pero el tiempo termina pasando y a los tres meses se les pasa. Supongo que estarás yendo de pediatra en pediatra para que te dé una fórmula mágica que no existe. Paciencia y un consejo, no te vuelvas loco de un médico a otro, elige con tu pareja uno que te inspire confianza y deja que los guíe, si no, terminarán con ganas de tirar al niño por la ventana, te lo digo por experiencia. Si quieres apuntarlo, yo estoy con una pediatra muy buena, se llama Belén Jaraba-.
Me pareció un buen consejo, tenía que ponerme de acuerdo con Virginia y quedarnos solo con un pediatra, pero ya.
Continuará.