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Sergio desconoce cuanto tiempo ha estado en la oscuridad absoluta, pero aunque se sepa atrapado en una espesa tela de araña percibe que puede oír.
Alterna momentos de cierta lucidez comprendiendo que ha tenido un accidente, se supone en una habitación del hospital y lo corroe la impotencia de no poder mover ni solo músculo de su cuerpo.
Su madre lo acompaña de día y de noche, le habla y llora, llora y le habla.
Sergio no sabe cuanto tiempo lleva ingresado, pero a través de conversaciones ajenas se va haciendo una idea.
Su padre Mateo intenta convencer a su mujer: "Yolanda, no puedes estar 24/7 en el hospital o terminarás enfermando, te necesitamos fuerte cuando Sergio despierte". Solo consigue que la mujer vaya a su casa a ducharse y regrese, mientras, Sergio escucha a su padre llorar por primera vez en su vida. "Aguanta hijo, tienes que despertar, no concebimos la vida sin ti".
Su novia Pilar también llora: "Fíjate, me acaban de llamar de la imprenta, las invitaciones para la boda están listas. ¿Qué voy a hacer ahora con todos los preparativos?"
La rutina se repite insistentemente, su cabeza en negro y procesar lo que escuchan sus oídos, el único hilo que parece mantenerlo unido al mundo de los vivos.
Empieza a conocer y diferenciar las diferentes voces del personal sanitario, a veces hablan como si él fuera invisible, como si ya no existiera, y se enfada: "Estoy aquí, sigo vivo", pero su grito mudo es incapaz de activar sus cuerdas vocales.
Pasan los días con sus mismas rutinas, el llanto de su madre le produce una atroz impotencia, si al menos pudiera decirle que la escucha...
Le sorprende una voz nueva pero que no le es del todo desconocida.
-Hola Yolanda, siento mucho el accidente, he estado unos días fuera de vacaciones y mi madre no quiso decirme nada, pero ya estoy incorporada.
-Hola Antía, que alegría verte aunque las circunstancias sean tan horribles.
-De horribles nada -le hace un gesto llevándose un dedo a la boca y luego al oído- ya verás como en nada Sergio despierta. Tengo que hacer mi trabajo, mi compañera y yo lo bañamos y te lo dejamos guapo, aunque hasta con los ojos cerrados lo es. Anda, aprovecha y ve a que te dé el aire, o te tomas algo. Ya sé por mi madre que no hay quien te saque de aquí, pero ahora tengo que echarte un ratito.
Cuando las auxiliares se quedan solas con Alberto, Antía le cuenta a su compañera: "Lo conozco de toda la vida, resulta que mi abuela y la suya era vecinas y se ayudaban en todo lo que podían, mi madre y la suya nacieron casi a la vez y se criaron juntas, buenas amigas. Y fíjate tú las cosas de la vida, mi madre se casó con un pescador y Yolanda con el dueño de la fábrica conservera de atún de La Coruña; a pesar del cambio social, Yolanda sigue siendo una persona humilde, su marido aunque de otra cuna, es un tío cabal y respetado por los empleados de la fábrica. La pobre Yolanda sufrió un montón de abortos y cuando ya pensaban que no serían padres, tuvo a Sergio con cuarenta años. Él estaba preparando la boda para casarse con una tal Pilar, una tía estirada que ya habrás visto por aquí".
-Ah perdona Alberto, lo de tu novia es para picarte y que me hagas una señal. Anda guapo, danos esa alegría.
Continuará.