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Mari estaba entusiasmada con la idea de que fuéramos a ir a un colegio de verdad.
El personal del centro nos llevó a comprarnos los uniformes y lo cierto es que a los cuatro nos hizo ilusión, por primera vez tendríamos esa vestimenta que nos igualaría a los niños que tenían unos padres normales y vidas estables. Una tarde oímos a dos educadoras diciendo que aprovecharían para salir a comprarnos las mochilas y el material escolar necesario.
Yo también voy -se apuntó como siempre Mari-. La idea inicial era que acudirían solas, pero ante la insistencia de la niña le permitieron que se saltara las actividades programadas y la dejaron ir. Regresó contenta, le habían permitido elegir su mochila y las nuestras. La suya tenía una gallina con tres pollitos que la seguían en fila. Toda una declaración de intenciones: ella era la gallina y los pollitos nosotros tres.
Volví a la realidad, en el libro se describía aquella mochila que tanto representaba a Mari. Pensé que ese tipo de detalles pasaría desapercibido al menos que lo hubiera narrado alguien que lo hubiera vivido en primera persona, o sea, alguno de nosotros. Cuando recordaba algún detalle de ese tipo del libro lo apuntaba en una libreta para comentarlo con Mari.
Aquella libretita se fue llenando, mientras yo seguía subido a la cuerda de aquellos recuerdos infantiles.
Me vi con seis años nervioso el primer día de colegio, los cuatro lo estábamos, pero Mari que por algo era mamá gallina, después de pasar revista a nuestros uniformes nos deslizó un peine por la cabeza empapado en una colonia suave que guardaba como un tesoro. Recuerdo los olores: las mochilas nuevas, los lápices... Una cuidadora nos subió a un cuatro latas azul y nos llevó al colegio.
Al tener la misma edad, el centro había solicitado al colegio que no nos separaran, ya que nos enfrentaríamos a aquel nuevo entorno en desventaja, por lo menos que se nos permitiera que nos arropáramos los unos a los otros.
Los pupitres eran dos plazas, a Mari y a mí nos tocó juntos y en la fila de atrás nos escoltaron Kevin y Lucas.
Al principio los niños nos miraban con curiosidad, supongo que sentirían lástima ante nuestra situación de desamparo familiar, pero a los pocos días nos relacionábamos todos con todos. Por supuesto que algún capullo hubo que intentó burlarse de nosotros, pero la cosa no llegó a más, para eso teníamos a Kevin, que con su cara de bruto y sus gestos amenazantes lo espantó sin necesidad de hacer lo que le apetecía, pegarle una buena hostia.
Y aunque nos gustó conocer a otros niños y niñas y hacer nuevas amistades, nosotros cuatro éramos una piña, una familia.
Como no era un secreto que veníamos cada día del centro de acogida llamado Los Dragos, no tardamos en ser conocidos como "los dragones".
Y nos gustó.
Continuará.