Kevin no pudo mantener el secreto sobre sus estudios, tarde o temprano lo íbamos a saber y nos contó lo que hasta entonces nos había ocultado.
-Me estoy preparando unas oposiciones para ser guardia civil y si no se los había contado antes es porque me imaginaba la cara de cachondeo que ahora mismo tienen.
Razón tenía, ninguno de nosotros tres lo hubiera imaginado en la vida, nos dio la risa y él amplió sus motivaciones.
-Desde que nací me tocó la cara mala de la vida, unos padres delincuentes que terminaron en la cárcel, la infancia en un centro de acogida y como si fuera poco mi primera carta de presentación es la cara de matao que me tocó en suerte. ¿Qué se supone que voy a terminar siendo? ¿Otro delincuente? Pues resulta que yo quiero una vida normal, formar una familia, hacer algo bueno por la sociedad.
Odio la droga y todo lo que la rodea, es lo que nos ha dejado sin padres, quiero luchar contra esa mierda y por eso quiero entrar en la guardia civil. Cuando lo consiga, porque lo voy a conseguir, encontraré la forma de currar en anti-drogas. Y ya está, se pueden reír si quieren.
Kevin era muy reservado, no estábamos acostumbrados a que se abriera de aquella manera y Mari hizo de portavoz dando por sentado que pensábamos los mismo.
-Ala, pues tendremos a un guardia civil en la familia.
Por entonces Mari y Lucas estaban cursando bachiller y yo mis estudios en el centro de enseñanza culinaria.
Con Mari al timón no nos salíamos ni una coma de lo que ella había trazado, y lo que tocaba era estudiar.
Yo estaba encantado con lo mío y aún sabiendo todo lo que me quedaba por aprender me levantaba de lunes a viernes con ganas, con ilusión. Me encantaba la cocina.
A los pocos meses ya estábamos habituados a la nueva rutina que pasaba por dedicar todo el tiempo posible a los estudios. Kevin aparte de la parte de la teórica tenía que superar un examen físico y como formaba parte de su formación, consiguió que el centro le costeara un gimnasio.
Mari inflexible nos ayudó a confeccionar unos horarios de estudios y era la primera en darnos ejemplo "hincando los codos".
Cuando vio que los cuatro estábamos centrados en lo que debíamos nos avisó, los fines de semana teníamos un horario flexible que nos permitiría ganar algo de dinero y tener un fondo para poder vivir juntos cuando cumpliéramos la mayoría de edad.
-Mis niños, con dieciséis años se puede trabajar sin los tutores lo autorizan, ya pueden ir pensando en algo, ya me encargaré yo de que nos firmen los permisos que necesitemos.
Y nosotros tres seguimos confiando en aquella "madre" de nuestra misma edad que la vida había puesto en nuestros caminos.
Continuará.