jueves, 5 de marzo de 2026

Los Dragones. Capítulo 2.

Ir a capítulo anterior.

El despertador me pilló en pleno sueño, poco había dormido después de una larga noche de lectura. Me costó arrancar más de lo habitual, y no solamente por las pocas horas dormidas, no. No conseguía quitarme de la cabeza el libro, su autoría y sobre todo el por qué de aquella publicación. 
Sin poder aguardar más para hablar con Mari, hice la llamada desde el coche mientras me dirigía a mi centro de trabajo. 
-Mari, tengo algo importante que comentarte.
-Hola Saulo, si no es de vida o muerte vas a tener que esperar, estoy en el hospital con Patri que hoy la operan de la vista y está nerviosilla.
-Ah coño, se me había pasado, perdona. En cuanto salga del quirófano me llamas y me cuentas, seguro que sale todo bien. Y no te preocupes, mi llamada no es cosa de vida o muerte, pero seguro que te vas a quedar loca con lo que tengo que contarte.
-Si lo que querías era dejarme intrigada lo has conseguido, luego nos hablamos. Te dejo que ya vinieron a buscar a la niña para bajarla a quirófano.
¿Cómo había podido olvidar la operación de Patricia? Intentaría dar las clases justas para poder salir antes y dirigirme al hospital, Mari agradecería mi compañía y de paso si las circunstancias lo permitían le contaría lo del libro.
Me dirigí a Tafira conduciendo en modo automático y los recuerdos del pasado me envolvieron dolorosamente, regresé a mis cinco años.
En la memoria poco había quedado de mis padres, apenas que eran dos personas que a menudo se ponían muy nerviosos y que tras usar una jeringuilla para curarse parecían mejorar. En una de esas ocasiones en que estaban "malitos" no se despertaron. La heroína adultera los llevó a su último viaje, dejándome a su lado asustado sin conseguir despertarlos. Supongo que mi mente traumatizada borró los dos días que permanecí solo con mis padres muertos. Lo siguiente que recuerdo es verme ya en el centro de acogida, El Drago. Llegué en unas condiciones higiénicas lamentables y me tuvieron que rapar: tenía la cabeza minada de piojos.
La primera noche, eso lo recuerdo perfectamente, lloré desconsolado. 
-¿Qué te pasa bonito?
-Ya no tengo padres.
-Bueno, padre no voy a poder ser, pero si quieres me convierto en tu madre.
Me acarició la cabeza diciendo bajito: pues sí que te han dejado el coco liso. Aquellas manos me transmitieron tanta ternura que no dudé en  dejarme adoptar por aquella niña que como yo, tenía cinco años. Mi querida Mari del alma. 

Llegué al centro culinario de aprendizaje donde impartía clases con los ojos nublados y antes de incorporarme a mi rutina diaria le escribí un mensaje a mi amiga-madre.
-Tranquila, ya verás que la operación sale bien. Si consigo cubrir las clases con algún compañero me escapo antes y te hago compañía en el hospital. 
Y de paso te cuento, es que no te lo vas a creer cuando lo sepas....

Continuará.

Los Dragones. Capítulo 1.

 Este relato es como una muñeca rusa, abres una y encuentras otra,  así que lo mejor será remontarme al principio.
Todo comenzó un domingo mientras paseaba por el rastro de Vegueta. El título de un libro de segunda mano hizo salivar mi curiosidad: Los Dragones. Por supuesto lo ojeé y el resumen de la contraportada me intrigó aún más, se refería a la infancia de varios que chicos que empujados por circunstancias poco propicias fueron tutelados por el Estado en un centro para menores. 
Vaya casualidad, me dije mientras pagaba el libro, a la noche me relajo una horita leyendo para terminar bien el fin de semana.
Pero cuando inicié su lectura, la sensación no fue relajante, al contrario, me puse tan nervioso que aunque tenía que madrugar no pude parar hasta terminarlo.
En aquel libro se citaba a los protagonistas, una niña y tres niños, por sus apodos, nunca por sus nombres. Así se nos hablaba de "yo también voy", "coco liso", "el fideo" y "el suave". Contaba la vida de esos menores que tuvieron que vivir su infancia en El Drago, el centro de menores que yo tan bien conocía.
Porque yo, Saulo,  era "coco liso", y el resto mis compañeros de desventuras infantiles: Mari (yo también voy), Kevin (el fideo) y Lucas (el suave). Aunque el autor nunca nos mencionó por nuestros verdaderos nombres éramos totalmente reconocibles. 
Era la experiencia que me tocó vivir siendo tan solo un crío, la mía y la de mis amigos. Entonces expresé en voz alta lo que había estado rumiando durante la lectura. ¿Quién demonios lo ha escrito y por qué?
Por supuesto antes de iniciarlo había hecho lo habitual, leer el nombre del autor o autora que tenemos entre las manos y que no me llevó a nada: J. García Rodríguez. Tan siquiera tenía la certeza de que fuera una mujer o un hombre, pero estaba claro que conocía al dedillo nuestras vidas y salvo omitir nuestros nombres, no se había cortado contando nuestras experiencias en aquel centro de acogida. 
Miré el reloj y tuve que reprimir el impulso de llamar por teléfono a Mari, tenía que contárselo y que me ayudara a localizar a Lucas y a Kevin, tenían que saber que nuestras vidas se exponían sin ningún de permiso previo en un libro. 
Tendría que esperar hasta que fuera una hora razonable para avisar a mi amiga y mientras intentaba coger el sueño deduje que aquellas hojas tuvieron que salir de la pluma de alguien que conocía de primera mano lo que vivimos bajo el techo de El Drago. 
Tenía que ser uno de nosotros y yo por supuesto, estaba totalmente descartado.

Continuará.



jueves, 26 de febrero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 21 y último.

 Mariam se fue dejándome con la boca abierta.
¿Ana ingresada y su familia no me había avisado? Me dolió, pero tuve que reconocer que era yo quién me había querido alejar. 
Llamé a Aminata, la madre de Ana, necesitaba saber que estaba sucediendo.
-Ah Anita, me coges por lo pelos, vine a la casa de mi hija para coger camisones limpios y salgo corriendo al hospital.
Estaba muy nerviosa y a pesar de las prisas me puso rápidamente al día. Su hija estaba ingresada porque una  infección la hizo estar muy enferma. En un principio los médicos no sabían si era bacteriana o vírica y después de muchas pruebas descubrieron que era bacteriana. El motivo, morderse las uñas, la infección llegó al torrente sanguíneo, estaba sufriendo una septicemia. Aminata terminó con un: "mi niña está grave". 
Me quedé helada al comprender las palabras de Mariam, la vidente, cuando me dijo que a veces no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos.
Pensar que podía perder para siempre a mi amiga me heló la sangre, y de alguna manera me sentí culpable, si no me hubiera enfadado con ella no hubiera vuelto a comerse las uñas. No me iba a perdonar no haber estado con ellas en aquellos momentos. 
Me imaginé dentro de una película con dos posibles finales, en el peor mi amiga fallecía y yo cargaba con la tristeza y la culpa el resto de mi vida, en el otro  acudía al hospital y abrazaba a mi amiga, ella se recuperaba y continuábamos con nuestras vidas entrelazadas y disfrutando de nuestra amistad. 
Vale que me sonaba al típico final feliz empalagoso, pero la otra opción era aterradora.
Así que me presenté en el hospital.
No me extrañó encontrar a mucha gente esperando para pasar a ver a Ana, era su tribu. 
Por primera Mariam, la bruja, me sonrió, -no me equivoqué contigo, eres demasiado rígida con tus decisiones, pero tu corazón también se derrite cuando toca, anda, entra, que vas a ser la mejor medicina para Anita-.
Me impactó encontrarme con una Ana extremadamente delgada, su aspecto hablaba del alcance de su enfermedad. Me dio miedo abrazarla por miedo a lastimarla, pero sus ojos reflejaron el alivio de verme a su lado en aquel mal momento. 
-Chocolate, te conozco y sé que vas a luchar para recuperarte. Y si me prometes que dejas de comerte las uñas hasta te voy a dejar que me cuentes lo que hayas averiguado de mi madre biológica. Porque, ¿a qué sabes algo?
La sonrisa se adueñó de su cara famélica, y aunque su voz había perdido la fuerza habitual, respondió con picardía.
-¿Acaso lo dudabas? Por supuesto Zanahoria.


Fin.


jueves, 19 de febrero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 20.

 Ir a capítulo anterior.

Me preocupó que mi tocaya lo estuviera pasando mal por mi enfado, pero el que volviera a su nocivo hábito de comerse las uñas me dio tanta pena...
Recordé cuando años atrás hicimos un pacto: si era capaz de dejar de morderse las uñas le daba carta blanca para que investigara a mi madre biológica, aunque le dejé claro que descubriera lo que descubriera yo no quería saber nada. Estaba convencida de ella había aprovechado los recursos que le facilitaba su profesión y de que algo habría descubierto, pero lo cierto es que respetó mi deseo y no volvió a marearme con aquel tema que desde niña la inquietó.
Yo era de blanco o negro, las medias tintas no me iban, pero comencé a preguntarme si no estaba siendo demasiado categórica con Ana. 
¿Y si me estaba equivocando queriéndola fuera de mi vida? Intenté no darle muchas vueltas, había tomado una decisión y ya, pero muy a mi pesar seguí rumiando sobre el valor aquella amistad que había sido un regalazo desde que yo era una niña.
Me estoy ablandado, reconocí, pero recordaba el patinazo de Ana ocultándome como era en realidad Iván. Me volvía la rabia y daba por zanjado el asunto.
Pasadas un par de semanas apareció por el negocio Mariam, la mujer que convivía con los padres de Ana, la vidente. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, aquella mujer, con su moño que desafiaba la ley de gravedad siempre me había inquietado. 
Dijo que necesitaba hablar conmigo y le pedí que esperara unos minutos, que mis padres habían salido a desayunar y que no tardarían. Así fue, en cuanto llegaron después de la pertinente presentación la llevé a una cafetería que estaba cerca.
-Se nota que tus padres te quieren mucho, ¿no es cierto?
-Sí claro, -respondí mosqueada, no sabía a donde me quería llevar aquella mujer-.
-Y aunque te quieren muchísimo estoy segura de que alguna vez se habrán enfadado contigo.
-Pues sí, supongo que como pasa en cualquier familia.
-¿Y te has parado a pensar qué Ana entra dentro de la categoría de familia?
-Vale, ya sé por donde vas, vienes a decirme que la tengo que perdonar, pero es una decisión que yo debo tomar sin que me presionen. 
-Razón tienes, pero te quiero ayudar. Estás tan perdida que no eres capaz de ver que tú también eres imperfecta y te equivocas. ¿No te das cuenta de que la amistad de Anita es un regalo que tenía reservada la vida y lo estás despreciando con tu cabezonería? 
-No creo que me ayudes echándome una bronca. 
-A veces no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos, no quieras que te pase. Estás a la defensiva conmigo, me voy, no te molesto más.
Por cierto, Ana lleva ingresada en el hospital unos cuantos días, está  muy enferma.

Continuará. 

Ana Chocolate. Capítulo 19.

 Me mantuve firme, no quería a Ana en mi vida, pero conociéndola como la conocía sabía que ella iba insistir, no iba a tirar la toalla sin más.
No me equivoqué y como no le cogía el teléfono me escribió un largo correo con sus explicaciones, más o menos venía a decir que sabía que yo, tarde o temprano, me daría cuenta de que Iván era un farsante, había creado una relación conmigo basada en tantas mentiras, que en algún momento irían cayendo demostrándome quien era en realidad.  
Razón tenía, mi relación con Iván nació con fecha de caducidad, no se puede sostener en el tiempo tanto cuento, habría terminado por darme cuenta, tantas ausencias repentinas, la casa que estaban a punto de darle y que nunca llegaría... Yo había estado enamorada, pero tonta no era y en algún momento hubiera sospechado que había gato encerrado.
Pero no se trataba de eso, Ana y yo nos conocíamos desde niñas y habíamos creado un mundo a nuestra medida, ella y yo, yo y ella. Sin contar a mis padres, ella era a la única persona que yo consideraba mi puerto seguro. Y me había fallado por su egoísmo. 
Hice oídos sordos a sus intentos por contactarme. Mis padres se dieron cuenta de que algo pasaba y les conté la verdad, y aunque me comprendieron me aconsejaron que escuchara a mi corazón, dijeron que todos nos podemos equivocar y que ella merecía una oportunidad.
Pero yo soy como soy, si había desterrado de mi mente a la madre que me trajo al mundo por no quererme, también era capaz de desligarme de la que había sido mi mejor amiga durante años. Muerto el perro murió la rabia.
No fue fácil, echaba tanto de menos a Ana que Iván dejó de dolerme, la ausencia de la Ana ocupaba demasiado espacio, como el dolor por un miembro amputado. 
Me centré en mi trabajo, me hacía cargo de reparaciones que me hacían trabajar muchas horas y aumenté las clases de informática, necesitaba tener la mente ocupada para poder resistirme a todos los intentos de acercamiento que Ana iniciaba. 
Su madre apareció un día con su bandeja de galletas como una bandera blanca que nos acercara, dijo que su hija le había explicado lo que había sucedido.
-Mi hija se portó mal contigo, pero está arrepentida de verdad. Si yo fuera tú también me hubiera enfadado, pero sé que tienes buen corazón, intenta perdonarla, ella lo necesita. Está pasándolo mal, si vieras en que condiciones tiene las manos...., con lo que costó que las uñas le crecieran bien ahora se las muerde tanto que se hace sangre, está más delgada, ojerosa, si sigue así va a terminar enfermando.
Te lo pido por favor, habla con ella, perdónala, ¿se equivocó? sí, pero tampoco ha matado a nadie.
Tú sabes que ella te quiere-.
Ana me quería, pero me había querido mal.

Continuará.







jueves, 12 de febrero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 18.

Ir a capítulo anterior.

A los pocos días de todo de aquello conseguí estar más tranquila, el dolor seguía, no tenía una varita mágica que hiciera desaparecer al instante mis sentimientos por más que me hubiera enamorado de una mala persona, pero al menos podía pensar con más claridad. 
Entonces me día cuenta de que mi amiga en realidad no había velado tanto por mí, vale que yo misma le había dicho en su momento que si se le ocurría investigar a Iván se despidiera de mi amistad, pero al silenciar que no era bueno para mí, había permitido que durante unos meses me dejara abducir aún más por aquel don juan de pacotilla, hasta el punto de alegrarme cuando me creí embarazada.
Caí en picado, una cosa era sufrir un mal de amores que con el tiempo terminaría por echar al saco de los olvidos y otra sentirme defraudada con mi amiga. Una bola de decepción que no me dejaba dormir terminó obligándome a enfrentarla.
-Chocolate, estoy demasiada defraudada contigo como para seguir manteniendo nuestra relación, tenías que haberme contado todo lo que descubriste sobre Iván. 
-Pero Zanahoria, entiéndeme, tú misma me dijiste que si metía mis narices donde no debía te alejarías de mí.
-Pero esto es diferente, imagínate que estoy muerta de sed y te pido que me des agua de una botella que contiene veneno. ¿Me dejarías beber de esa agua por mucha sed que yo tenga?
-Sabes que no.
-Pues yo me siento como si lo hubieras hecho, permitiste que durante meses siguiera enamorándome como una quinceañera de un mal tipo. Y no me quedé embarazada de milagro, que el muy hijo de puta ya no se quería poner preservativo  diciendo que lo quería todo conmigo. ¿Te imaginas que me hubiera quedado embarazada y tuviera un hijo que me recordara toda la vida a ese desgraciado? Si me hubieras advertido seguramente me hubiera enfadado contigo por novelera, pero lo hubiera dejado sin esperar ni un día más. Lo de ese cabrón pasará, no soy ni la primera ni la última que se enfrenta a ese tipo de desengaño, pero lo tuyo.... después de tantos años juntas y queriéndote como te quiero no lo puedo digerir. Nunca  pensé que me hicieras sentir tan mal.
-Tenía miedo de que te alejaras si te contaba la verdad, perdóname, en este caso tengo que darte la razón, he sido una egoísta de mierda. 
-Acabas de resumirlo a la perfección. Adiós, Ana, será mejor que cada una siga su camino.

Después de tantos llamándola Chocolate, mencionarla solo por su nombre de pila fue una declaración de intenciones, como un portazo violento que cerró una puerta. 
Y yo no la pensaba volver a abrir.

Continuará.

 

Ana Chocolate. Capítulo 17.

 Estaba en shock, no podía asimilar lo que mi amiga había descubierto sobre Iván.
Chocolate me consoló, me acompañó, dejó que yo llorara como nunca antes había hecho, y esperó a verme más serena para explicarse.
-Lo siento Zanahoria, desde el minuto uno que me lo presentaste tuve la intuición de que ese tipo no era trigo limpio y aunque me pediste que no lo investigara lo hice a tus espaldas, también un seguimiento, y cuando según él viajaba a Fuerteventura o Lanzarote, pude constatar que estaba con su mujer y sus hijos. Me pongo en tu lugar y puedo imaginar lo dolida que estás, pero mira el lado positivo, te has librado de una mala persona sin consecuencias mayores, peor hubiera sido que estuvieras embarazada. Date un tiempo y ese dolor pasará. Ahora estaría bien que las dos intentáramos descansar un par de horas que ahora mismo amanece.
Al día siguiente me levanté con la peor resaca emocional que había sufrido nunca. Me costaba creer que hubiera sido tan ingenua y siempre hubiera justificado las frecuentes ausencias de Iván, sus repetidas excusas, su mala relación con una hermana que ni existiría.... Había estado ciega por el enamoramiento... pero tuve que enfrentarme a un sentimiento que ignoraba que tuviera cabida en mi persona: las ganas de hacerle daño a aquel mal tipo que había jugado conmigo sin importarle lo más mínimo desaparecer de mi vida cuando le dije que estaba embarazada. Si lo hubiera tenido delante hubiera sido capaz de pegarle, tal era mi ira, pero lo primero que hice aquel aciago día fue enviar un correo a la empresa donde trabajaba para informarles de que a partir de ese momento prescindía de sus servicios como suministradores del material informático, que puntualmente les comprábamos para el negocio familiar.
Al instante recibí una llamada telefónica, la empresa quiso saber qué me había llevado a anular el acuerdo de compra y rabiosa como estaba solté que el vendedor que visitaba nuestro negocio había resultado ser un impresentable al que no quería volver a ver en mi vida. Sospeché que no era la primera queja al respecto, pues la persona que estaba al otro lado de la línea soltó algo así como "Iván otra vez haciendo de las suyas", pero me prometieron que tomarían medidas y que por supuesto él no volvería a pisar nuestro negocio como proveedor de su empresa.
Pasé un par de días pésimos en los que Chocolate no me soltó de la mano, estuvo pendiente de mí en todo momento. Me comentó que sabiendo donde vivía aquel cabrón igual no era mala idea que yo fuera para tener una conversación con su mujer, seguro que ella era tan víctima como yo, realmente más, pues tenían dos hijos y a saber la de mentiras que le contaba a diario para sus escarceos con muchachas ilusas como yo, pero me negué. Ponte en su lugar -señaló mi amiga- esa mujer está perdiendo su juventud con ese tipo, se merece conocer con que tipo de persona está compartiendo su vida. Piénsatelo cuando estés más tranquila, ese gilipollas se merece que le quiten la careta.
Pero yo solo quería que pasaran los días y que aquella traición fuera dejando de doler.
Y aunque llegué a darle vueltas, la idea de ir a casa de Iván para hablarle a su mujer y que existiera una mínima posibilidad de tenerlo delante me paralizaba, solo quería sacarlo de mi vida cuanto antes.
Quizás yo podía ayudar a aquella mujer a ver la realidad, pero pensé en mí y me permití ser egoísta.

Continuará.