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Thiago iba a bailar por primera vez en un teatro "de verdad" y estaba tan ilusionado que no le cabían los nervios.
Pero Virginia y yo sí que lo estábamos, y como Ana se dedicaba a la fotografía profesionalmente no podía faltar. A través de Virginia había conseguido que la contrataran para el evento.
Cuando vimos a Thiago danzando se nos cuajaron los ojos a Virginia y a mí. Supuse que los demás padres tendrían los ojos igual de brillantes, normal, pero el asombro llegó cuando Ana comenzó a llorar a moco tendido con unos hipidos que no pudo reprimir.
Al terminar la función Ana seguía tan compungida que fuimos a una terraza cercana, allí Thiago podía jugar y los adultos tomarnos algo y dejar que Ana se desahogara.
La pobre, con los ojos hinchados nos quiso explicar lo que le había sucedido viendo a los niños en el escenario.
-Lo siento si he montado el numerito, pero no lo pude evitar, viendo a esas niñas y niños sentí la necesidad imperiosa de ser madre. No por sustituir a Suso, no, sino porque quiero vivir la experiencia de tener un hijo y verlo crecer, tener que quejarme cuando se convierta en un adolescente antipático que tenga su habitación hecha una leonera. Mi instinto maternal no murió cuando lo hizo mi Suso, yo necesito volver a ser madre.
La comprendí, pero Virginia dio un paso más diciendo:
-Te entiendo perfectamente Ana, ¿te has planteado inseminarte en una clínica especializada?
-Sí -aclaró nuestra amiga-, pero me parece una opción fría para quedarme embarazada, también estoy valorando la opción de pedirle a un buen amigo que me ayude para que quede embarazada de una forma natural-.
Mientras lo decía me miraba fijamente, era obvia su intención. No supe que responder, no me estaba pidiendo un favorcillo de nada. Los tres adultos nos instalamos en un silencio incómodo que oportunamente rompió Thiago con sus juegos.
-Bueno, va siendo hora de retirarnos que este muchachito mañana tiene cole -dijo Virginia sin atreverse a mirar a nadie.
¿Se dice qué pasa un ángel cuándo se hace un silencio extraño? Pues los tres adultos nos quedamos mudos por no saber que decir, debió ser una bandada de ángeles.
Nos despedimos y al llegar a mi casa leí un mensaje que Ana había dejado en mi móvil.
-Oye, tenemos que hablar, como le toca a Virginia estar con el niño igual te puedes pasar por mi casa, o yo me acerco a tu apartamento.
-¿Y qué le contesto yo ahora a esta mujer?
Continuará.