jueves, 30 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 16.

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 Thiago era como su madre, blanquito, rubito y con los ojos claros, con facciones tan delicadas que parecía una niña. Me parecía el bebé más bonito del mundo y descubrí el amor que nace parejo a una preocupación que se adhiere como pegamento permanente cuando lo ves por primera vez. Lo veía tan frágil que lo cogía con miedo y cuando los pediatras le hacían las oportunas revisiones se me ponía un nudo en la garganta temiendo que nos dieran malas noticias.
Pero el niño estaba perfecto, el único pero es que apenas comenzaba a mamar se quedaba dormido. Nos dijeron que era normal en un recién nacido, que le pellizcáramos con suavidad las mejillas para que se espabilara y que no nos preocupáramos. 
En los pocos días que estuvo en el Materno casi no lo oímos llorar, pero cuando llegó a casa...
Lloraba cada dos por tres terminando agotado, tanto, que cuando Virginia lo pegaba a su pecho se volvía a dormir. Era como la pescadilla que se muerde la cola, y a nosotros, como padres primerizos nos desesperábamos. 
Virginia como es natural se llevó la peor parte, se culpaba de no saber darle el pecho y suponía que el niño lloraba por hambre. Mi madre y mi suegra estaban pendientes y nos daban un único consejo: paciencia, los tres primeros meses son duros.
Yo tenía que obligar a Virginia a comer, caminaba pisándose las ojeras, y repetía que el niño no se alimentaba bien por su culpa. Había oído hablar de la depresión posparto y estuve pendiente de los dos todo lo que pude, pero cuando pasaron unos días y Thiago seguía igual empezamos un peregrinaje buscando un pediatra que tuviera una varita mágica.
Nos decían que el niño sufría por el cólico del lactante y hasta que no tuviera los tres meses su aparato digestivo no maduraría y sufriría de retortijones dolorosos que le harían llorar. Encima Virginia padecía de dolorosas grietas en los pezones y amamantar a al niño era un suplicio, pero como nos habían dicho que la leche materna era mejor para los cólicos siguió dándole el pecho. Me partía el alma verla llorar cuando lo amamantaba. 
Probamos con varios pediatras y todos, coma por coma, repitieron lo  mismo. La única receta posible para nosotros era armarnos de paciencia.
A mí me daba reparo dejar a Virginia sola, temía que por el agotamiento se quedara dormida o yo que sé, solo me imaginaba escenarios nefastos, por ello solo trabajaba cuando mi madre o la suya estaban con ella. Debo reconocer que mi suegra se portó bien, Virginia tenía razón, no era tan borde ni bruja como yo la había visto al principio.  Así que solo trabajaba cuando sabía que Virginia estaba acompañada y esas horitas fuera de los llantos del niño y de la la madre hacían que no perdiera la cordura. 
En uno de esos momentos se subió una mujer con un bebé en brazos, el niño no paraba de llorar y me atreví a preguntar: -¿Cólico del lactante? Tengo un  niño de dos semanas que no para de llorar.
-Sí, este es  mi tercer hijo y los tres han pasado por lo mismo, y por supuesto yo y su padre. Pero el tiempo termina pasando y a los tres meses se les pasa. Supongo que estarás yendo de pediatra en pediatra para que te dé una fórmula mágica que no existe. Paciencia y un consejo, no te vuelvas loco de un médico a otro, elige con tu pareja uno que te inspire confianza y deja que los guíe, si no, terminarán con ganas de tirar al niño por la ventana, te lo digo por experiencia. Si quieres apuntarlo, yo estoy con una pediatra muy buena, se llama Belén Jaraba-.
Me pareció un buen consejo, tenía que ponerme de acuerdo con Virginia y quedarnos solo con un pediatra,  pero ya.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 15.

 Nunca fui un taxista que se pusiera a hablar cuando algún cliente entraba en el taxi. 
Cada uno es como es y respetaba los silencios de los que se limitaban a dar las buenas horas e indicarme a donde querían que los llevara. Pero lo cierto es que me gustaba compartir conversaciones cuando me daban pie. Un aprendizaje con personas tan variadas y con tan diferentes experiencias que siempre valía la pena.
Pero en aquellas circunstancias me pasaba algo atípico, cuando subían padres o madres con sus bebés no podía evitar decir orgulloso que pronto sería padre. Normalmente el tema daba para mucho y tomaba nota mentalmente de algunos consejos prácticos: nombres de buenos pediatras, buenos pañales y cosas por el estilo.
Faltaba poco para que Virginia saliera de cuentas y estábamos nerviosos y contentos. Deseábamos verle la carita a Thiago. Lo del nombre fue cosa mía y a mi pareja le pareció bien. 
Ya estaba todo preparado, la habitación, la ropa... solo quedaba esperar. Mi suegra estaba pendiente de su hija y parecía estar menos altiva conmigo. ¿Lo ves? -me decía Virginia- en el fondo no es mala persona aunque tenga sus cosas.  
Una semana antes de salir de cuentas me llamó Virginia, había roto aguas. Por suerte me pilló haciendo una carrera muy cerca de casa. 
-No cojas el coche, en dos minutos estoy ahí y nos vamos al hospital. Qué bien, ya hoy le vemos la cara al niño.
Yo creo que las madres lo son desde el momento en que saben embarazadas, y que por eso Virginia tuvo en cuenta mi opinión de que sería más seguro dar a luz en el materno de la seguridad social. 
Mientras nos dirigíamos allí en mi taxi Virginia que todavía no tenía dolores se ocupó de llamar por teléfono a sus padres y a los míos. 
Luego, mientras los médicos la atendían, nos vimos en la sala de espera. Mi suegra se quejaba, según ella si hubiera ido a la clínica privada estaríamos todos en una habitación y no esperando en aquel sitio incómodo.
-Tu hija y yo hemos preferido seguridad antes que comodidad, aquí estarán bien atendidos que es de lo que se trata.
Me dejaron pasar y estar con Virginia, al parecer todo estaba bien pero habría que esperar a que Thiago quisiera asomarse al mundo. Paciencia, ahí dentro no se va a quedar, bromeaba mi mujer.
Pude asistir al parto, que se produjo después de catorce horas. Mientras, si ya quería a mi pareja la quise aún más, se portó como una jabata a pesar de lo largo del parto y de lo que sufrió, porque siendo sinceros, ver en primera persona aquel proceso me hizo ver lo valiente que son las mujeres. 
Por fin, ya de madrugada, nació Thiago. 
El niño y la madre estaban bien.
Estaba tan contento que salí a dar las buenas nuevas y los abrace a todos, incluida mi suegra.

Continuará. 




jueves, 23 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 14.

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No me bajé del burro y nos casamos por lo civil.
Logré convencer a Virginia,  nada de celebraciones ni chorradas, bastante tenía con hacerme a la idea de que iba a casarme y a ser padre con veintiún años.
Mi familia conoció a la de Virginia ese día en el ayuntamiento, temía que mi ya suegra fuera desagradable con los míos, pero se limitó a mirarnos por encima del hombro. Nada nuevo.
Un mes antes de la boda mis suegros le habían regalado a mi pareja un "chalecito", por supuesto muy cerca de su casa. El "chalecito" resultó ser un casoplón. No entendía la necesidad de vivir en una casa que nos sobraba por todos lados, pero en algo tenía que ceder. Lo importante era estar con Virginia, querernos, y desear que el niño viniera bien. No necesitaba nada más.
El embarazo avanzaba y a Virginia no le parecía bien estar sin hacer nada, pero empezar a buscar trabajo me pareció innecesario en esos momentos. 
-Aprovecha estos meses para estar tranquila, cuando nazca el niño -ya nos habían dicho que era varón- y pase un tiempo, buscas trabajo en algo que te guste. 
Nos adaptamos bien a la convivencia, nos entendíamos, estábamos enamorados -o al menos eso creía-, a ella le encantaba que cada día al llegar le contara las anécdotas del trabajo, siempre había algo que contar, paseábamos, hacíamos planes.... Todo parecía ir bien, aunque la sombra de mis suegros era alargada y me costaba acostumbrarme a su manera de hacer las cosas.
Lo cierto es que solían aparecer por la casa -sobre todo mi suegra- cuando yo estaba trabajando, sacaba a Virginia de compras y llegaban cargadas con bolsas de El Corte Inglés. Mi futuro hijo ya tenía ropa como para cambiarlo veinte veces al día, un coche de paseo que valía un pastón, montañas de pañales, juguetes... de todo y tanto que me sobrepasaba. 
Lo hablaba con mi pareja: No quiero educar a nuestro niño en esa abundancia, no va a ser bueno para él, y yo también quiero elegir la ropita contigo, no me gustan esas marcas tan pijas. Mientras, mi madre hacía patucos y mantitas de ganchillo que yo agradecía de corazón. 
Otra cosa que no me gustaba es que Virginia, abducida por su madre, pensaba dar a luz en un clínica privada. Por supuesto tenía un seguro privado con la compañía más cara y elitista. Vale que era una ventaja saber que si enfermabas no tendrías que esperar -meses en el mejor de los casos- para que te hicieran una prueba por la seguridad social, pero por mi profesión era testigo de conversaciones sobre cualquier tema y más de una vez escuché a alguna madre contar que después de dar a luz en un hospital privado, la criatura había tenido problemas y la solución pasó por correr al Materno Infantil por contar allí con mejores medios y profesionales mejor formados.
Así fueron pasando los meses, consciente de que tenía que mantenerme en mi sitio para que nuestro hijo no pasara a ser propiedad de las decisiones de sus abuelos maternos. 

Continuará.






Diario de un taxista. Capítulo 13.

 Virginia me sorprendió cuando me anunció que estaba embarazada.
Me extrañó, supuestamente ella tomaba anticonceptivos, pero parecía que la baja probabilidad de que no hicieran su función existía y nos había tocado.
-¿Qué quieres hacer?  le pregunté haciéndome todavía a la idea.
-Quiero tenerlo y que podamos vivir juntos ya.
Fui sincero, me asustaba ser padres con veintiún años, pero si ella quería seguir con el embarazo la apoyaría. En cuanto a vivir juntos, todavía me faltaban un par de años de ahorros para poder dar la entrada de una casa. 
-No te preocupes Jose, mis padres nos ayudarán aunque de entrada seguramente lo del embarazo no les haga gracia.
Mi familia fue la primera en saber lo que nos pasaba. Mis padres no ocultaron su parecer, éramos jóvenes para ser padres, pero si estamos decididos a serlo nos apoyarían. Mi hermana en un aparte me dio su sincera y dura opinión.
-Mira Jose, no me trago que se haya quedaba embarazada sin querer, me huelo que es una forma de salir de su casa y eres el tonto útil, tu verás lo que haces. 
Por supuesto no me gustaron las palabras de Carmen, aunque tenía un olfato fino, una psicología para entender las decisiones ajenas que me alucinaba, pero preferí pensar que esa vez se equivocaba. Mientras, Virginia iba alargando lo de decirlo en su casa.
-¿A qué vas a esperar? ¿A que se te note? Ya sabes que tus padres no son santo de mi devoción, pero tienen derecho a saberlo. Y nosotros tenemos que ver  como tiramos.
Al final no me quedó otra que acompañarla cuando diera la noticia. Ser testigo de la reacción de sus padres no me sorprendió, ya me lo esperaba.
A su madre le sentó como una patada en el estómago y sentenció con un: "o se casan o abortas". El padre, práctico como siempre, se impuso con un: "si se casan que sea con separación de bienes"
Yo alucinaba, ¿no les importaba nuestra opinión? ¿saber cómo nos encontrábamos anímicamente?
-No se preocupen, saqué pecho ante una Virginia muda, si hace falta que nos vayamos a vivir a casa de mis padres, seguro que estarán encantados por mucho que sea una casa minúscula, nos apañaremos hasta que yo pueda dar la entrada para un piso. Y no se preocupen por lo de la separación de bienes, soy joven, tengo trabajo y aunque sin lujos, podré sacar adelante a mi hijo, no quiero nada de ustedes.
Yo no había planeado casarme, pero con el paso de los días accedí por Virginia, sus padres le regalaban una casa si los hacíamos. 
Yo puse mis condiciones, por lo civil y sin celebraciones ni historias, era en lo único que iba a ceder, no quería que esa gente me regalara nada.
Le pregunté a Virginia si temía que la desheredaran y por eso aceptaba que compraran una casa que por supuesto iría solo a su nombre.
-No es por el dinero Jose, no dependo de ellos económicamente, soy nieta única por las dos partes y mis abuelos al fallecer me dejaron dinero suficiente para vivir toda la vida sin palo al agua. Si acepto la casa es por no desairar a mis padres, son la única familia que tengo, bueno, ahora tú y lo que venga. Entiendo que te cueste comprenderme, pero no quiero perderlos.
Yo no la quería perder a ella, así que tragué y comenzamos con el papeleo para casarnos.

Continuará. 



miércoles, 15 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 12.

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Mi relación con Virginia se afianzaba.
Era habitual que comiera con mi familia a menudo, y sus padres, supongo que por no ser menos, me invitaban de vez en cuando. Yo acudía por no desairar a mi pareja, pero si el ambiente en mi casa era relajado y todos estábamos a gusto, con la otra parte era lo contrario. Lo daba por bueno si eso hacía feliz a Virginia.
Ella cada vez se abría más, no parecía tan tímida y le encantaban las anécdotas que surgían por mi profesión, hasta conoció a Emilianita, la vecina a la que llevaba a sus controles médicos y me preguntaba a menudo por ella.
Se examinó para el carnet de conducir y aprobó a la primera. Estábamos contentos y mientras mi madre preparó una tarta casera para celebrarlo, sus padres nos invitaron a un restaurante de lujo donde me sentía más perdido que un pulpo en un garaje. 
Habíamos hablado del coche que ella quería, faltaba poquito para su cumpleaños y daba por hecho que sus padres le regalarían uno. A ella le gustaban los "minis" y yo por mi experiencia le aconsejé:
-Mejor un coche de segunda mano, no es raro que en los primeros meses "te beses" con alguna columna de los aparcamientos. Son cosas normales y el conductor, en este caso conductora, se hace conduciendo. 
No se equivocó Virginia, en su veintiún cumpleaños los padres habían preparado un almuerzo en su casa, y en los postres le dieron una llave con un enorme lazo.
-Vamos al jardín, allí te espera tu regalo, le dijo su padre guiñándole un ojo.
Cuando salimos nos encontramos con un BMW rojo, precioso, grande, caro... 
No dije mi opinión por no aguarle el cumpleaños a Virginia, pero me pareció ostentoso y un despropósito para una conductora sin experiencia, pero ellos eran así, las apariencias lo eran todo.
Mi pareja agradeció el regalo educadamente, ya luego a solas me dijo que hubiera preferido un "mini", pero que si se lo decía a sus padres pasaría por desagradecida.
-¿Cuándo te vas a atrever a ser tú misma con ellos Virginia? ¿Por qué tiene que ser siempre lo que ellos quieren?
-Jose, son mis padres, quieren lo mejor para mí.
-Sí, pero sin contar contigo, como si fueras una niña pequeña.
Como tantas otras veces dejé el tema, no quería meterme en sus decisiones aunque no las compartiera. Al fin y al cabo tenía razón, eran sus padres.
No me equivoqué, aquel coche precioso a las dos semanas tenía abolladuras por todos lados, Virginia se sentía insegura conduciendo aquel coche tan grande y me armé de paciencia para salir a pasear con ella como conductora para que fuera cogiendo seguridad.
Pasaron unos meses y yo también cumplí los veintiuno. Virginia estaba barajando varias posibilidades de trabajo, estaba animada.
Hasta que llegó con una noticia.
La noticia.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 11.

 Me hice de rogar y no acudí a la casa de Virginia hasta pasada una semana. Esa vez llegué sin bombones ni puros y más nervioso que la primera vez. 
Virginia me cogió de la mano marcando territorio y su madre, Victoria, se disculpó a su manera.
-Jose, en nuestro primer encuentro no estuve acertada, espero que me disculpes. 
Me mordí la lengua para no soltar lo que se me pasó la cabeza, que había sido clasista, soberbia, hiriente,  maleducada... Pero acepté su tibia disculpa pensando en Virginia, ella no tenía culpa de la madre que le había tocado en suerte.
Era media tarde y pasamos a un salón para tomar un refrigerio, vamos, lo que en mi casa hubiéramos llamado un picoteo, pero en aquel lugar todo apuntaba a la elegancia que da el dinero.
Victoria me observaba con detenimiento, supuse que su marido la había advertido para que no volviera a meter la pata y él, después de hablar de trivialidades, fue al grano.
-Jose, parece que mi hija y tú van en serio y has conseguido lo impensable, que ella se esté sacando el carnet de conducir. Sabemos que le estás dando buenos consejos y esperamos que más pronto que tarde encuentre su camino en el mundo laboral. Es cuestión de tiempo que descubra lo que quiere hacer.
Ella sabe que puede comenzar a trabajar con nosotros cuando quiera, pero aunque nos gustaría ella tiene que tomar la decisión. Y de eso te queríamos hablar para agradecerte lo que hiciste por nuestra hija cuando la quisieron violentar; nos consta que no le tienes miedo al trabajo haciéndolo incluso de noche.
Te queremos proponer que trabajes para nosotros, sabes a lo que nos dedicamos y que te podemos ofrecer un puesto en cualquiera de nuestras empresas, empezando desde abajo por supuesto, no se te va a regalar nada, pero con la perspectiva de que en unos años estés bien situado y ganando mucho dinero. No hace falta que nos digas nada ahora, tómate tu tiempo y ya nos dirás algo-.
Si aceptaba la jugada les salía perfecta:  podrían seguir mi relación con Virginia de cerca y además, no tendrían que avergonzarse de tener un yerno taxista. Me querían controlar como habían hecho con su hija.
-Muchas gracias, pero no voy a aceptar su propuesta, me gusta lo que hago aunque no me haga rico, Virginia me conoció así y no parece importarle-.
Victoria hizo un gesto de desagrado, no debió gustarle que rechazara el ofrecimiento.
Me importó bien poco, aunque Julio parecía más cabal, lo único que me valía la pena de aquella familia era Virginia. 
No me iban a meter en una jaula de oro.

Continuará. 


jueves, 9 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 10.

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 Yo sabía por Virginia que la carrera de Derecho no le gustaba y que por no defraudar a sus padres, después de otras carreras frustradas, no se atrevía a dejar los estudios.
Yo le decía que estaba perdiendo el tiempo, que hiciera lo que le gustara a ella, no a sus padres, pero respondía que no sabía por donde tirar y que para sus padres era impensable que no tuviera una carrera universitaria. 
Le conté que el mundo no se acababa por eso, mis padres después de años ahorrando para darnos estudios superiores a mi hermana y a mí, tuvieron que aceptar que no quisiéramos lo mismo que ellos. 
Virginia no tenía carnet de conducir, su inseguridad la hacía pensar que no sería buena conductora.
Yo la animaba, saber conducir le daría independencia y seguramente los tres idiomas que hablaba la ayudarían a encontrar un camino laboral que le gustara.
Por eso cuando el día que acudí por primera vez a su casa para ser presentado, no me extrañó que ella en el último minuto se arrepintiera de salir conmigo en aquel momento.
-Jose, luego te llamo, ahora voy a hacer algo que tendría que haber hecho hace tiempo. Luego te llamo y quedamos.
No me equivoqué, Virginia, furiosa por el nefasto recibimiento que yo había recibido, reunió el valor y les comunicó a sus padres que dejaba la carrera. También les dijo que yo sin conocerla había evitado que la violaran. Lo soltó todo, que había bebido más de la cuenta y  que no se atrevió a volver a su casa y que yo aún teniendo que trabajar al día siguiente, la había estado acompañando toda la noche por no dejarla sola en su estado.
Me gustó que diera la cara por mí y que empezara a soltar amarras, con veinte años ya tocaba tomar sus propias decisiones.
Me dijo que su padre quería hablar conmigo, que me pasara por su despacho.
-No, le dije, tengo mis horarios en el taxi, si quiere hablar conmigo que busque la forma de encontrarme.
Al día siguiente acudí a un servicio que me habían notificado por la emisora. 
Cuando se subió Julio, el padre de Virginia, se me puso un nudo en la garganta, pero no iba a dejar que me volvieran a humillar.
-Supongo que esto no es casualidad, dígame lo que me tenga que decir que yo también tengo mis obligaciones laborales.
-Entiendo que te pongas a la defensiva después de nuestro primer encuentro, pero solo quiero darte las gracias por lo que hiciste por mi hija el día que se conocieron. Nos lo contó todo, un horror, si no llegas a defenderla.... Que lo  hicieras por una persona que no conocías dice mucho de ti. Y sinceramente, creo que eres una buena influencia para ella, al fin se decidió a dejar la carrera, una pérdida de tiempo que siguiera con algo que ya intuíamos no iba a terminar. También me quiero excusar en nombre de mi mujer, fue una grosería que te juzgara por tu profesión, por favor no se lo tengas en cuenta, a veces suelta lo primero que le viene a la boca sin procesarlo antes, sé que resulta hiriente, pero no es mala persona y como padres queremos lo mejor para Virginia.
Ven a casa este fin de semana, danos una oportunidad de demostrarte que no somos tan horribles.
-Tengo que mirar mis turnos, mi pequeña empresa no se maneja sola. ¿Dónde quiere que lo deje?
Por supuesto le cobré la carrera. 

Continuará.