jueves, 6 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 18.

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 Aunque los tres primeros meses de Thiago nos parecieron una vida, terminaron pasando.
No es que fuera cumplirlos y que dejara de llorar, no, pero se fueron espaciando sus cólicos y comenzó a hacer lo que se espera de un bebé: comer, dormir y ensuciar pañales.
Por supuesto seguimos con la pediatra Belén,  que le hacía las revisiones oportunas o que lo atendía cuando surgía algo. A día de hoy lo sigue llevándolo.
Pero retrocedo donde me quedé, con mi precioso niño cogiendo peso y dedicándonos unas sonrisas y unos balbuceos que nos enamoraban. 
La relación con mis suegros mejoró, supimos ver que todos queríamos a Virginia y nos relajamos, aunque mi suegra siguió con su mal carácter. Siendo justos, tanto ella como mi madre estuvieron pendientes para echar una mano cuando las necesitábamos.
Aparentemente todo iba bien, pero yo notaba a Virginia apagada, tristona. Cuando me comentaba que se sentía mala madre por no darle el pecho a Thiago se me partía el alma. Yo le decía que las circunstancias eran las que eran, pero que el niño estaba perfectamente atendido por ella y que a buena madre no le ganaba nadie.
Me daba cuenta de que su mundo se reducía a cuidar del bebé y poco más, intentaba animarla con las anécdotas del taxi, siempre le habían gustado, y aunque yo me implicaba en la crianza todo lo que me permitía mi trabajo, era consciente de la suerte que tenía compartiendo cada días vivencias con otras personas. Ella necesitaba abrirse al mundo exterior, conocer gente, hacer algo más que centrarse exclusivamente en el niño.
-Amor, no puedes estar todo el día metida aquí, metes a Thiago en el carrito y sales a pasear, a los dos les vendrá bien que les dé el aire y la vitamina D. Seguro que si vas al parque que está cerca de casa te encontrarás con otras madres y charlas un ratillo. Y también puedes dejarlo conmigo cuando no trabajo y hacer algo, no sé, ir al cine o lo que se te apetezca y sabes que las abuelas también pueden quedarse con el niño y nosotros salir aunque sea un par de horas.
Accedió a dar breves paseos para que el niño recibiera al vitamina D, o a salir a comer algún domingo conmigo y con el niño. Del resto nada, le daba apuro tirar de nuestras madres, cuando no era porque el niño tenía algo de tos, era porque se le había puesto una vacuna y no estaba tranquila sabiendo que Thiago podía tener alguna décima.
Yo entendía que se ocupara y preocupara por Thiago, era lo que tocaba, pero me seguía pareciendo que la tristeza de Virginia estaba durando demasiado. Le hablé de ir a terapia, quizás estaba arrastrando una depresión posparto, pero me dijo que tan mal no se encontraba.
Esperaba que al igual que los cólicos, el estado anímico de mi mujer mejorara, si no, tendría que hacer al algo al respecto. 

Continuará. 



Diario de un taxista. Capítulo 17.

 Le comenté a Virginia lo que me había dicho una clienta y le propuse probar con la pediatra que me había aconsejado. 
Estábamos cansado de ir de un pediatra a otro buscando un maná que no existía, pero teníamos que encontrar a alguien que nos inspirara confianza y decidimos pedir cita con ella.
Belén era una mujer de unos cuarenta años y tuvo paciencia escuchando todos nuestros males, pero cuando Thiago comenzó a llorar desconsolado le tocó la tripa.
-Le noto espasmos y tiene toda la pinta de ser el típico cólico del lactante, pero voy a hacerle una revisión completa y nos quedamos tranquilos. 
En eso estaba cuando el niño soltó un buche.
-Este color no es el que debería, ¿tienes estrías en los pezones? Virginia le contestó que sí y nos miramos, ¿ningún pediatra anterior se había percatado? No te preocupes, es algo de sangre que bebe con la leche, no supone un problema, pero ¿te importa enseñarme tus pechos? Mi mujer hizo lo que le pidió y la pediatra se quedó asombrada. Los tienes fatal, ¿no te ha visto ningún médico? 
-Sí, mi médico de toda la vida y dice que le pasa a muchas mujeres, me recetó una pomada pero no noto mejoría.
-Hombre tenía que ser, como se nota que ellos no paren ni amamantan. Te voy a ser sincera, ni pomadas remedios naturales te van a curar esas grietas. La única forma de que cicatricen es que dejes de darle el pecho.
-Ya, pero como dicen que la leche materna es mejor....
-Sí, mejor es, pero me imagino el dolor que pasas no sé cuantas veces al día. Aunque sea involuntario, le trasmites al niño tu nerviosismo y eso empeora sus cólicos. Además, está un pelín bajo de peso, seguro que se frustra y no termina de mamar bien. Te aconsejo que te pases a la leche de fórmula, no ayuda con los cólicos, pero una cosa por otra, el niño comerá más tranquilo y cogerá el peso que le falta.
Siguió examinando a Thiago concluyendo: Aparte de lo que ya te he dicho padece el síndrome del lactante. Medicación hay, pero es química pura que solo lo hará estar medio desmayado, ustedes deciden. La otra opción es que se armen de paciencia y dejen pasar el tiempo, sobre los tres meses se le quitarán los cólicos. Ya sé que les parecerá un mundo, más ustedes que son tan jóvenes y lo de la paciencia no lo tienen tan ejercitada, pero si les sirve de algo, fui madre con treinta y tres años y mi hija tuvo los dichosos cólicos. Se supone que por mi edad tenía que estar más tranquila, pero es desquiciante que no paren de llorar ni de día ni de noche, no les cuento lo que se me pasaba por la cabeza para no asustarlos, pero el tiempo termina por pasar. Y para la mamá otro consejo, olvídate de aprovechar el tiempo cuando el niño se duerme para lavar a mano su ropita o las cosas que hacemos las primerizas, priorízate y cuando él duerma acuéstate y si no te duermes por lo menos descansas. No sé si tendrás ayuda externa aparte de tu marido, si puedes acepta toda la ayuda que te venga. El agotamiento sumado al potaje hormonal no son buenos compañeros. ¿Quieren preguntarme algo? ¿No? pues me gustaría ver a este muñeco la próxima semana para ver si ha cogido peso. El jodío hasta llorando es bonito-.
Eureka, por fin una persona que nos inspiraba confianza y sin pelos en la lengua. Tenemos pediatra, dijimos aliviados cuando salimos de su consulta. Solo nos quedaba armarnos de paciencia y dejar que el tiempo pasara sin morir en el intento.

Continuará.

jueves, 30 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 16.

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 Thiago era como su madre, blanquito, rubito y con los ojos claros, con facciones tan delicadas que parecía una niña. Me parecía el bebé más bonito del mundo y descubrí el amor que nace parejo a una preocupación que se adhiere como pegamento permanente cuando lo ves por primera vez. Lo veía tan frágil que lo cogía con miedo y cuando los pediatras le hacían las oportunas revisiones se me ponía un nudo en la garganta temiendo que nos dieran malas noticias.
Pero el niño estaba perfecto, el único pero es que apenas comenzaba a mamar se quedaba dormido. Nos dijeron que era normal en un recién nacido, que le pellizcáramos con suavidad las mejillas para que se espabilara y que no nos preocupáramos. 
En los pocos días que estuvo en el Materno casi no lo oímos llorar, pero cuando llegó a casa...
Lloraba cada dos por tres terminando agotado, tanto, que cuando Virginia lo pegaba a su pecho se volvía a dormir. Era como la pescadilla que se muerde la cola, y a nosotros, como padres primerizos nos desesperábamos. 
Virginia como es natural se llevó la peor parte, se culpaba de no saber darle el pecho y suponía que el niño lloraba por hambre. Mi madre y mi suegra estaban pendientes y nos daban un único consejo: paciencia, los tres primeros meses son duros.
Yo tenía que obligar a Virginia a comer, caminaba pisándose las ojeras, y repetía que el niño no se alimentaba bien por su culpa. Había oído hablar de la depresión posparto y estuve pendiente de los dos todo lo que pude, pero cuando pasaron unos días y Thiago seguía igual empezamos un peregrinaje buscando un pediatra que tuviera una varita mágica.
Nos decían que el niño sufría por el cólico del lactante y hasta que no tuviera los tres meses su aparato digestivo no maduraría y sufriría de retortijones dolorosos que le harían llorar. Encima Virginia padecía de dolorosas grietas en los pezones y amamantar a al niño era un suplicio, pero como nos habían dicho que la leche materna era mejor para los cólicos siguió dándole el pecho. Me partía el alma verla llorar cuando lo amamantaba. 
Probamos con varios pediatras y todos, coma por coma, repitieron lo  mismo. La única receta posible para nosotros era armarnos de paciencia.
A mí me daba reparo dejar a Virginia sola, temía que por el agotamiento se quedara dormida o yo que sé, solo me imaginaba escenarios nefastos, por ello solo trabajaba cuando mi madre o la suya estaban con ella. Debo reconocer que mi suegra se portó bien, Virginia tenía razón, no era tan borde ni bruja como yo la había visto al principio.  Así que solo trabajaba cuando sabía que Virginia estaba acompañada y esas horitas fuera de los llantos del niño y de la la madre hacían que no perdiera la cordura. 
En uno de esos momentos se subió una mujer con un bebé en brazos, el niño no paraba de llorar y me atreví a preguntar: -¿Cólico del lactante? Tengo un  niño de dos semanas que no para de llorar.
-Sí, este es  mi tercer hijo y los tres han pasado por lo mismo, y por supuesto yo y su padre. Pero el tiempo termina pasando y a los tres meses se les pasa. Supongo que estarás yendo de pediatra en pediatra para que te dé una fórmula mágica que no existe. Paciencia y un consejo, no te vuelvas loco de un médico a otro, elige con tu pareja uno que te inspire confianza y deja que los guíe, si no, terminarán con ganas de tirar al niño por la ventana, te lo digo por experiencia. Si quieres apuntarlo, yo estoy con una pediatra muy buena, se llama Belén Jaraba-.
Me pareció un buen consejo, tenía que ponerme de acuerdo con Virginia y quedarnos solo con un pediatra,  pero ya.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 15.

 Nunca fui un taxista que se pusiera a hablar cuando algún cliente entraba en el taxi. 
Cada uno es como es y respetaba los silencios de los que se limitaban a dar las buenas horas e indicarme a donde querían que los llevara. Pero lo cierto es que me gustaba compartir conversaciones cuando me daban pie. Un aprendizaje con personas tan variadas y con tan diferentes experiencias que siempre valía la pena.
Pero en aquellas circunstancias me pasaba algo atípico, cuando subían padres o madres con sus bebés no podía evitar decir orgulloso que pronto sería padre. Normalmente el tema daba para mucho y tomaba nota mentalmente de algunos consejos prácticos: nombres de buenos pediatras, buenos pañales y cosas por el estilo.
Faltaba poco para que Virginia saliera de cuentas y estábamos nerviosos y contentos. Deseábamos verle la carita a Thiago. Lo del nombre fue cosa mía y a mi pareja le pareció bien. 
Ya estaba todo preparado, la habitación, la ropa... solo quedaba esperar. Mi suegra estaba pendiente de su hija y parecía estar menos altiva conmigo. ¿Lo ves? -me decía Virginia- en el fondo no es mala persona aunque tenga sus cosas.  
Una semana antes de salir de cuentas me llamó Virginia, había roto aguas. Por suerte me pilló haciendo una carrera muy cerca de casa. 
-No cojas el coche, en dos minutos estoy ahí y nos vamos al hospital. Qué bien, ya hoy le vemos la cara al niño.
Yo creo que las madres lo son desde el momento en que saben embarazadas, y que por eso Virginia tuvo en cuenta mi opinión de que sería más seguro dar a luz en el materno de la seguridad social. 
Mientras nos dirigíamos allí en mi taxi Virginia que todavía no tenía dolores se ocupó de llamar por teléfono a sus padres y a los míos. 
Luego, mientras los médicos la atendían, nos vimos en la sala de espera. Mi suegra se quejaba, según ella si hubiera ido a la clínica privada estaríamos todos en una habitación y no esperando en aquel sitio incómodo.
-Tu hija y yo hemos preferido seguridad antes que comodidad, aquí estarán bien atendidos que es de lo que se trata.
Me dejaron pasar y estar con Virginia, al parecer todo estaba bien pero habría que esperar a que Thiago quisiera asomarse al mundo. Paciencia, ahí dentro no se va a quedar, bromeaba mi mujer.
Pude asistir al parto, que se produjo después de catorce horas. Mientras, si ya quería a mi pareja la quise aún más, se portó como una jabata a pesar de lo largo del parto y de lo que sufrió, porque siendo sinceros, ver en primera persona aquel proceso me hizo ver lo valiente que son las mujeres. 
Por fin, ya de madrugada, nació Thiago. 
El niño y la madre estaban bien.
Estaba tan contento que salí a dar las buenas nuevas y los abrace a todos, incluida mi suegra.

Continuará. 




jueves, 23 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 14.

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No me bajé del burro y nos casamos por lo civil.
Logré convencer a Virginia,  nada de celebraciones ni chorradas, bastante tenía con hacerme a la idea de que iba a casarme y a ser padre con veintiún años.
Mi familia conoció a la de Virginia ese día en el ayuntamiento, temía que mi ya suegra fuera desagradable con los míos, pero se limitó a mirarnos por encima del hombro. Nada nuevo.
Un mes antes de la boda mis suegros le habían regalado a mi pareja un "chalecito", por supuesto muy cerca de su casa. El "chalecito" resultó ser un casoplón. No entendía la necesidad de vivir en una casa que nos sobraba por todos lados, pero en algo tenía que ceder. Lo importante era estar con Virginia, querernos, y desear que el niño viniera bien. No necesitaba nada más.
El embarazo avanzaba y a Virginia no le parecía bien estar sin hacer nada, pero empezar a buscar trabajo me pareció innecesario en esos momentos. 
-Aprovecha estos meses para estar tranquila, cuando nazca el niño -ya nos habían dicho que era varón- y pase un tiempo, buscas trabajo en algo que te guste. 
Nos adaptamos bien a la convivencia, nos entendíamos, estábamos enamorados -o al menos eso creía-, a ella le encantaba que cada día al llegar le contara las anécdotas del trabajo, siempre había algo que contar, paseábamos, hacíamos planes.... Todo parecía ir bien, aunque la sombra de mis suegros era alargada y me costaba acostumbrarme a su manera de hacer las cosas.
Lo cierto es que solían aparecer por la casa -sobre todo mi suegra- cuando yo estaba trabajando, sacaba a Virginia de compras y llegaban cargadas con bolsas de El Corte Inglés. Mi futuro hijo ya tenía ropa como para cambiarlo veinte veces al día, un coche de paseo que valía un pastón, montañas de pañales, juguetes... de todo y tanto que me sobrepasaba. 
Lo hablaba con mi pareja: No quiero educar a nuestro niño en esa abundancia, no va a ser bueno para él, y yo también quiero elegir la ropita contigo, no me gustan esas marcas tan pijas. Mientras, mi madre hacía patucos y mantitas de ganchillo que yo agradecía de corazón. 
Otra cosa que no me gustaba es que Virginia, abducida por su madre, pensaba dar a luz en un clínica privada. Por supuesto tenía un seguro privado con la compañía más cara y elitista. Vale que era una ventaja saber que si enfermabas no tendrías que esperar -meses en el mejor de los casos- para que te hicieran una prueba por la seguridad social, pero por mi profesión era testigo de conversaciones sobre cualquier tema y más de una vez escuché a alguna madre contar que después de dar a luz en un hospital privado, la criatura había tenido problemas y la solución pasó por correr al Materno Infantil por contar allí con mejores medios y profesionales mejor formados.
Así fueron pasando los meses, consciente de que tenía que mantenerme en mi sitio para que nuestro hijo no pasara a ser propiedad de las decisiones de sus abuelos maternos. 

Continuará.






Diario de un taxista. Capítulo 13.

 Virginia me sorprendió cuando me anunció que estaba embarazada.
Me extrañó, supuestamente ella tomaba anticonceptivos, pero parecía que la baja probabilidad de que no hicieran su función existía y nos había tocado.
-¿Qué quieres hacer?  le pregunté haciéndome todavía a la idea.
-Quiero tenerlo y que podamos vivir juntos ya.
Fui sincero, me asustaba ser padres con veintiún años, pero si ella quería seguir con el embarazo la apoyaría. En cuanto a vivir juntos, todavía me faltaban un par de años de ahorros para poder dar la entrada de una casa. 
-No te preocupes Jose, mis padres nos ayudarán aunque de entrada seguramente lo del embarazo no les haga gracia.
Mi familia fue la primera en saber lo que nos pasaba. Mis padres no ocultaron su parecer, éramos jóvenes para ser padres, pero si estamos decididos a serlo nos apoyarían. Mi hermana en un aparte me dio su sincera y dura opinión.
-Mira Jose, no me trago que se haya quedaba embarazada sin querer, me huelo que es una forma de salir de su casa y eres el tonto útil, tu verás lo que haces. 
Por supuesto no me gustaron las palabras de Carmen, aunque tenía un olfato fino, una psicología para entender las decisiones ajenas que me alucinaba, pero preferí pensar que esa vez se equivocaba. Mientras, Virginia iba alargando lo de decirlo en su casa.
-¿A qué vas a esperar? ¿A que se te note? Ya sabes que tus padres no son santo de mi devoción, pero tienen derecho a saberlo. Y nosotros tenemos que ver  como tiramos.
Al final no me quedó otra que acompañarla cuando diera la noticia. Ser testigo de la reacción de sus padres no me sorprendió, ya me lo esperaba.
A su madre le sentó como una patada en el estómago y sentenció con un: "o se casan o abortas". El padre, práctico como siempre, se impuso con un: "si se casan que sea con separación de bienes"
Yo alucinaba, ¿no les importaba nuestra opinión? ¿saber cómo nos encontrábamos anímicamente?
-No se preocupen, saqué pecho ante una Virginia muda, si hace falta que nos vayamos a vivir a casa de mis padres, seguro que estarán encantados por mucho que sea una casa minúscula, nos apañaremos hasta que yo pueda dar la entrada para un piso. Y no se preocupen por lo de la separación de bienes, soy joven, tengo trabajo y aunque sin lujos, podré sacar adelante a mi hijo, no quiero nada de ustedes.
Yo no había planeado casarme, pero con el paso de los días accedí por Virginia, sus padres le regalaban una casa si los hacíamos. 
Yo puse mis condiciones, por lo civil y sin celebraciones ni historias, era en lo único que iba a ceder, no quería que esa gente me regalara nada.
Le pregunté a Virginia si temía que la desheredaran y por eso aceptaba que compraran una casa que por supuesto iría solo a su nombre.
-No es por el dinero Jose, no dependo de ellos económicamente, soy nieta única por las dos partes y mis abuelos al fallecer me dejaron dinero suficiente para vivir toda la vida sin palo al agua. Si acepto la casa es por no desairar a mis padres, son la única familia que tengo, bueno, ahora tú y lo que venga. Entiendo que te cueste comprenderme, pero no quiero perderlos.
Yo no la quería perder a ella, así que tragué y comenzamos con el papeleo para casarnos.

Continuará. 



miércoles, 15 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 12.

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Mi relación con Virginia se afianzaba.
Era habitual que comiera con mi familia a menudo, y sus padres, supongo que por no ser menos, me invitaban de vez en cuando. Yo acudía por no desairar a mi pareja, pero si el ambiente en mi casa era relajado y todos estábamos a gusto, con la otra parte era lo contrario. Lo daba por bueno si eso hacía feliz a Virginia.
Ella cada vez se abría más, no parecía tan tímida y le encantaban las anécdotas que surgían por mi profesión, hasta conoció a Emilianita, la vecina a la que llevaba a sus controles médicos y me preguntaba a menudo por ella.
Se examinó para el carnet de conducir y aprobó a la primera. Estábamos contentos y mientras mi madre preparó una tarta casera para celebrarlo, sus padres nos invitaron a un restaurante de lujo donde me sentía más perdido que un pulpo en un garaje. 
Habíamos hablado del coche que ella quería, faltaba poquito para su cumpleaños y daba por hecho que sus padres le regalarían uno. A ella le gustaban los "minis" y yo por mi experiencia le aconsejé:
-Mejor un coche de segunda mano, no es raro que en los primeros meses "te beses" con alguna columna de los aparcamientos. Son cosas normales y el conductor, en este caso conductora, se hace conduciendo. 
No se equivocó Virginia, en su veintiún cumpleaños los padres habían preparado un almuerzo en su casa, y en los postres le dieron una llave con un enorme lazo.
-Vamos al jardín, allí te espera tu regalo, le dijo su padre guiñándole un ojo.
Cuando salimos nos encontramos con un BMW rojo, precioso, grande, caro... 
No dije mi opinión por no aguarle el cumpleaños a Virginia, pero me pareció ostentoso y un despropósito para una conductora sin experiencia, pero ellos eran así, las apariencias lo eran todo.
Mi pareja agradeció el regalo educadamente, ya luego a solas me dijo que hubiera preferido un "mini", pero que si se lo decía a sus padres pasaría por desagradecida.
-¿Cuándo te vas a atrever a ser tú misma con ellos Virginia? ¿Por qué tiene que ser siempre lo que ellos quieren?
-Jose, son mis padres, quieren lo mejor para mí.
-Sí, pero sin contar contigo, como si fueras una niña pequeña.
Como tantas otras veces dejé el tema, no quería meterme en sus decisiones aunque no las compartiera. Al fin y al cabo tenía razón, eran sus padres.
No me equivoqué, aquel coche precioso a las dos semanas tenía abolladuras por todos lados, Virginia se sentía insegura conduciendo aquel coche tan grande y me armé de paciencia para salir a pasear con ella como conductora para que fuera cogiendo seguridad.
Pasaron unos meses y yo también cumplí los veintiuno. Virginia estaba barajando varias posibilidades de trabajo, estaba animada.
Hasta que llegó con una noticia.
La noticia.

Continuará.