miércoles, 15 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 12.

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Mi relación con Virginia se afianzaba.
Era habitual que comiera con mi familia a menudo, y sus padres, supongo que por no ser menos, me invitaban de vez en cuando. Yo acudía por no desairar a mi pareja, pero si el ambiente en mi casa era relajado y todos estábamos a gusto, con la otra parte era lo contrario. Lo daba por bueno si eso hacía feliz a Virginia.
Ella cada vez se abría más, no parecía tan tímida y le encantaban las anécdotas que surgían por mi profesión, hasta conoció a Emilianita, la vecina a la que llevaba a sus controles médicos y me preguntaba a menudo por ella.
Se examinó para el carnet de conducir y aprobó a la primera. Estábamos contentos y mientras mi madre preparó una tarta casera para celebrarlo, sus padres nos invitaron a un restaurante de lujo donde me sentía más perdido que un pulpo en un garaje. 
Habíamos hablado del coche que ella quería, faltaba poquito para su cumpleaños y daba por hecho que sus padres le regalarían uno. A ella le gustaban los "minis" y yo por mi experiencia le aconsejé:
-Mejor un coche de segunda mano, no es raro que en los primeros meses "te beses" con alguna columna de los aparcamientos. Son cosas normales y el conductor, en este caso conductora, se hace conduciendo. 
No se equivocó Virginia, en su veintiún cumpleaños los padres habían preparado un almuerzo en su casa, y en los postres le dieron una llave con un enorme lazo.
-Vamos al jardín, allí te espera tu regalo, le dijo su padre guiñándole un ojo.
Cuando salimos nos encontramos con un BMW rojo, precioso, grande, caro... 
No dije mi opinión por no aguarle el cumpleaños a Virginia, pero me pareció ostentoso y un despropósito para una conductora sin experiencia, pero ellos eran así, las apariencias lo eran todo.
Mi pareja agradeció el regalo educadamente, ya luego a solas me dijo que hubiera preferido un "mini", pero que si se lo decía a sus padres pasaría por desagradecida.
-¿Cuándo te vas a atrever a ser tú misma con ellos Virginia? ¿Por qué tiene que ser siempre lo que ellos quieren?
-Jose, son mis padres, quieren lo mejor para mí.
-Sí, pero sin contar contigo, como si fueras una niña pequeña.
Como tantas otras veces dejé el tema, no quería meterme en sus decisiones aunque no las compartiera. Al fin y al cabo tenía razón, eran sus padres.
No me equivoqué, aquel coche precioso a las dos semanas tenía abolladuras por todos lados, Virginia se sentía insegura conduciendo aquel coche tan grande y me armé de paciencia para salir a pasear con ella como conductora para que fuera cogiendo seguridad.
Pasaron unos meses y yo también cumplí los veintiuno. Virginia estaba barajando varias posibilidades de trabajo, estaba animada.
Hasta que llegó con una noticia.
La noticia.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 11.

 Me hice de rogar y no acudí a la casa de Virginia hasta pasada una semana. Esa vez llegué sin bombones ni puros y más nervioso que la primera vez. 
Virginia me cogió de la mano marcando territorio y su madre, Victoria, se disculpó a su manera.
-Jose, en nuestro primer encuentro no estuve acertada, espero que me disculpes. 
Me mordí la lengua para no soltar lo que se me pasó la cabeza, que había sido clasista, soberbia, hiriente,  maleducada... Pero acepté su tibia disculpa pensando en Virginia, ella no tenía culpa de la madre que le había tocado en suerte.
Era media tarde y pasamos a un salón para tomar un refrigerio, vamos, lo que en mi casa hubiéramos llamado un picoteo, pero en aquel lugar todo apuntaba a la elegancia que da el dinero.
Victoria me observaba con detenimiento, supuse que su marido la había advertido para que no volviera a meter la pata y él, después de hablar de trivialidades, fue al grano.
-Jose, parece que mi hija y tú van en serio y has conseguido lo impensable, que ella se esté sacando el carnet de conducir. Sabemos que le estás dando buenos consejos y esperamos que más pronto que tarde encuentre su camino en el mundo laboral. Es cuestión de tiempo que descubra lo que quiere hacer.
Ella sabe que puede comenzar a trabajar con nosotros cuando quiera, pero aunque nos gustaría ella tiene que tomar la decisión. Y de eso te queríamos hablar para agradecerte lo que hiciste por nuestra hija cuando la quisieron violentar; nos consta que no le tienes miedo al trabajo haciéndolo incluso de noche.
Te queremos proponer que trabajes para nosotros, sabes a lo que nos dedicamos y que te podemos ofrecer un puesto en cualquiera de nuestras empresas, empezando desde abajo por supuesto, no se te va a regalar nada, pero con la perspectiva de que en unos años estés bien situado y ganando mucho dinero. No hace falta que nos digas nada ahora, tómate tu tiempo y ya nos dirás algo-.
Si aceptaba la jugada les salía perfecta:  podrían seguir mi relación con Virginia de cerca y además, no tendrían que avergonzarse de tener un yerno taxista. Me querían controlar como habían hecho con su hija.
-Muchas gracias, pero no voy a aceptar su propuesta, me gusta lo que hago aunque no me haga rico, Virginia me conoció así y no parece importarle-.
Victoria hizo un gesto de desagrado, no debió gustarle que rechazara el ofrecimiento.
Me importó bien poco, aunque Julio parecía más cabal, lo único que me valía la pena de aquella familia era Virginia. 
No me iban a meter en una jaula de oro.

Continuará. 


jueves, 9 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 10.

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 Yo sabía por Virginia que la carrera de Derecho no le gustaba y que por no defraudar a sus padres, después de otras carreras frustradas, no se atrevía a dejar los estudios.
Yo le decía que estaba perdiendo el tiempo, que hiciera lo que le gustara a ella, no a sus padres, pero respondía que no sabía por donde tirar y que para sus padres era impensable que no tuviera una carrera universitaria. 
Le conté que el mundo no se acababa por eso, mis padres después de años ahorrando para darnos estudios superiores a mi hermana y a mí, tuvieron que aceptar que no quisiéramos lo mismo que ellos. 
Virginia no tenía carnet de conducir, su inseguridad la hacía pensar que no sería buena conductora.
Yo la animaba, saber conducir le daría independencia y seguramente los tres idiomas que hablaba la ayudarían a encontrar un camino laboral que le gustara.
Por eso cuando el día que acudí por primera vez a su casa para ser presentado, no me extrañó que ella en el último minuto se arrepintiera de salir conmigo en aquel momento.
-Jose, luego te llamo, ahora voy a hacer algo que tendría que haber hecho hace tiempo. Luego te llamo y quedamos.
No me equivoqué, Virginia, furiosa por el nefasto recibimiento que yo había recibido, reunió el valor y les comunicó a sus padres que dejaba la carrera. También les dijo que yo sin conocerla había evitado que la violaran. Lo soltó todo, que había bebido más de la cuenta y  que no se atrevió a volver a su casa y que yo aún teniendo que trabajar al día siguiente, la había estado acompañando toda la noche por no dejarla sola en su estado.
Me gustó que diera la cara por mí y que empezara a soltar amarras, con veinte años ya tocaba tomar sus propias decisiones.
Me dijo que su padre quería hablar conmigo, que me pasara por su despacho.
-No, le dije, tengo mis horarios en el taxi, si quiere hablar conmigo que busque la forma de encontrarme.
Al día siguiente acudí a un servicio que me habían notificado por la emisora. 
Cuando se subió Julio, el padre de Virginia, se me puso un nudo en la garganta, pero no iba a dejar que me volvieran a humillar.
-Supongo que esto no es casualidad, dígame lo que me tenga que decir que yo también tengo mis obligaciones laborales.
-Entiendo que te pongas a la defensiva después de nuestro primer encuentro, pero solo quiero darte las gracias por lo que hiciste por mi hija el día que se conocieron. Nos lo contó todo, un horror, si no llegas a defenderla.... Que lo  hicieras por una persona que no conocías dice mucho de ti. Y sinceramente, creo que eres una buena influencia para ella, al fin se decidió a dejar la carrera, una pérdida de tiempo que siguiera con algo que ya intuíamos no iba a terminar. También me quiero excusar en nombre de mi mujer, fue una grosería que te juzgara por tu profesión, por favor no se lo tengas en cuenta, a veces suelta lo primero que le viene a la boca sin procesarlo antes, sé que resulta hiriente, pero no es mala persona y como padres queremos lo mejor para Virginia.
Ven a casa este fin de semana, danos una oportunidad de demostrarte que no somos tan horribles.
-Tengo que mirar mis turnos, mi pequeña empresa no se maneja sola. ¿Dónde quiere que lo deje?
Por supuesto le cobré la carrera. 

Continuará. 



Diario de un taxista. Capítulo 9.

 Llegó el momento de conocer a mis suegros. 
Según Virginia, sus padres ya se olían que algún noviete había por ahí, y cuando les dijo que era hora de conocerme, la acribillaron a preguntas. Según ella no les dio mucha información, no quería que se hicieran una idea preconcebida sin conocerme en persona. Se había limitado a decirles que estaba con un buen chico que era dueño de una pequeña empresa. Cuando me lo contó me hizo gracia, técnicamente era cierto, pero era exagerado llamar "pequeña empresa" a mi taxi.
Me advirtió de que su madre me cosería a preguntas y probablemente su padre se mantuviera en un segundo plano observando con detenimiento. 
Me tenía acojonado, pero según ella, eran buenas personas aunque a primera vista parecieran estirados.
El día de la cita estaba nervioso y por no llegar con las manos vacías me gasté mis buenos dineros en bombones y puros, siguiendo el consejo de Virginia.
Yo sabía donde vivían, más de una vez había ido con mi taxi a buscar a mi chica a su casa, un chalet en Ciudad Jardín, pero me sorprendió lo grande que era una vez dentro.
Entré de la mano de Virginia y me presentó a sus padres: Victoria y Julián.
Victoria cogió la caja de bombones como si fuera un paquete de pañuelos desechables usados y la primera frase que me dirigió me dejó anonadado.
-Jose te llaman, por lo menos no te dicen Pepe, qué vulgaridad.
Me entraron los siete males y fui incapaz de morderme la lengua.
-Perdone señora, pero a mi padre todo el mundo lo conoce por Pepe y ya quisieran muchos tener su categoría humana.
El padre, con un carraspeo forzado intervino, supongo que por intentar que saliéramos de aquel atolladero.
-Seguro que tu padre es una persona excelente que te ha sabido educar bien, según tengo entendido a tus veinte años ya tienes tu propia empresa, que por pequeña que sea ya tiene mérito.
-Pues sí, expliqué, gracias a mi padre tengo un taxi y a eso me dedico.
Virginia no había dicho ni una sola palabra después de la presentación, parecía estar conteniendo la respiración.
¿Entonces, tienes un empleado? preguntó el padre.
-No, yo soy taxista. Y a mucha honra.
El hombre se quedó con la boca abierta sin decir nada, supongo que intentando digerir lo que acababa de escuchar, pero Victoria, la madre, mientras se abanicaba con fuerza se dirigió a Virginia.
- ¿Qué pasa? ¿No te basta con tus carreras frustradas para humillarnos? ¿Ahora nos vienes con que tienes un novia taxista? 
Sentí tanta vergüenza ajena que me di la media vuelta para salir de aquella casa, pero Virginia me cogió de la mano y por fin se atrevió a abrir la boca.
-Jose es una persona estupenda, con valores, me quiere y me cuida. Y sí, es taxista, ¿pasa algo? porque voy a seguir con él. Mamá, o te disculpas ahora mismo o salgo por esa puerta con él y no me vuelven a ver.
Temieron que no fuera un farol, porque aquella mujer tan elegante y estirada soltó unas disculpas que seguro no sentía, mientras el padre me daba unas palmaditas en la espalda intentando destensar la incómoda situación.
Acepté las disculpas y las palmaditas. Intenté ser cortés mientras nos tomábamos el aperitivo que por supuesto trajo una señora del servicio.
Si ellos estaban tragándome por el amor a su hija, yo también la quería.
Así que no hice lo que me pedía el cuerpo, salir corriendo de aquella casa.

Continuará. 





jueves, 2 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 8.

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Virginia se coló en mi vida.
Aquella chica con su fragilidad me conmovía y para que nos vamos a engañar, su físico también ayudó a que la comenzara a ver con ojos golosos. Era casi rubia y con los ojos color miel, muy blanquita de piel, con buen cuerpo.
Comenzamos una aparente amistad y poco a poco me fue desgranando su vida. Era hija única, sus padres eran empresarios del sector de la hostelería, tenían cadenas de hoteles y por lo que supuse, estaban forrados de pasta. Virginia había comenzado tres carreras con la misma suerte, no le gustaba lo que hacía. En esos momentos estaba haciendo primero de derecho pero estaba pensando en abandonar. Me contó que en ese sentido se sentía perdida, no sabía por donde tirar. Según la fui conociendo me di cuenta de que no solo estaba perdida en ese aspecto, no sé, la veía tan insegura.... Ni amigas tenía,  pensaba que le caía mal a la gente. La consolé con lo que realmente pensaba: escondía sus inseguridades con una falsa apariencia de frialdad que la alejaba de posibles relaciones sociales.
Conmigo se sentía segura y me convertí en su confidente, la amistad que en principio mantuvimos fue cambiando de forma y al poco tiempo nos convertimos en pareja.
Yo alucinaba, una chica con su clase, tan bonita y enamorada de un tipo como yo, un taxista que estaba fuera de su órbita social, pero estaba dispuesto a tirar hacia adelante. Aunque yo había tenido alguna relación pasajera, sentí que por primera vez me había enamorado y me creía correspondido.
Cuando llevábamos un par de meses juntos la presenté en mi casa. Ya le había advertido que éramos una familia humilde y que la casa donde vivíamos no sería a lo que ella estaba acostumbrada.
El primer encuentro fue bien, a pesar de los nervios normales. 
Después de ese primer encuentro mis padres me dijeron que la muchacha les había gustado y Carmen, sincera como siempre, señaló que se olía de lejos que era una "niña de papá", que vivíamos en mundos totalmente diferentes.
Me dio rabia esa opinión y me enfrenté a mi hermana, ¿acaso estábamos en siglos anteriores dónde se nos separaba por clases? 
-No te lo tomes a mal Jose, si buena chica parece, pero me da a mí que está acostumbrada a unos lujos y unas comodidades que un taxista no puede proporcionarle, eso a la larga puede hacer mella en la relación. Ojalá me equivoque, pero no le veo futuro.
Mis padres por suavizar la situación dijeron que con veinte años teníamos toda la vida por delante, ya veríamos si la relación prosperaba o no y si estábamos enamorados ellos nos daban su bendición.
Por supuesto no le dije la opinión de Carmen a Virginia y seguimos con lo nuestro.
A los seis meses reuní el valor para preguntarle:
-Virginia, ya llevamos un buen tiempo saliendo en serio y no he visto que tengas intención de presentarme a tus padres. ¿Te avergüenzas de mí? 
-No, para nada. Mis padres son buenas personas, pero mi madre es especialita y seguramente te va examinar con lupa, quería ahorrarte el mal trago, pero tienes razón, ya va siendo hora de que los conozcas.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 7.

 Virginia  -la mujer que volvió mi mundo del revés- se cruzó en mi vida cuando yo tenía 20 años.
Un viernes, haciendo el turno de noche, pasaba con mi taxi por la zona del Puerto. Era normal que me salieran carreras seguidas, por aquello de que la gente salía a las discotecas y bares en aquella parte de la ciudad.
No era demasiado tarde, serían las diez cuando al pasar con el coche me percaté de lo que me pareció un comportamiento violento. Una chica caminaba raro, como con poco equilibrio y el hombre que la acompañaba le metía mano descaradamente mientras ella intentaba zafarse. No me gustó lo que vi, ella parecía que estaba bajo los efectos del alcohol o vete a saber qué y él intentaba forzarla. 
Pensé que si llamaba a la policía cuando llegara ya el tipo habría tenido tiempo de hacer lo que le diera la gana. Yo no me tenía por valiente, al contrario, si podía evitar cualquier confrontación lo hacía, pero pensé que esa mujer podía ser mi hermana Carmen y cogiendo el espray de pimienta que llevo siempre como defensa en el taxi, me bajé.
-Deja a la chica ¿no te das cuenta de que no quiere que la manosees?
El tipo al escucharme se dio la vuelta y preparó el puño, pero fui rápido rociándolo con el espray. Aproveché que estaría fuera de juego durante unos minutos para tomar a la chica del brazo y subirla a mi taxi.
-Tranquila, le dije, aquí estás segura. ¿Te encuentras bien? ¿A dónde quieres que te lleve?
Ella temblaba, estaba pálida, parecía desubicada.
-Mil gracias, ese tío se estaba pasando y no podía quitármelo de encima, si no llegas a intervenir...
-No te preocupes, lo hubiera hecho cualquiera. ¿A dónde te llevo?
Al subirla a mi taxi la había sentado a mi lado y pude ver que se estaba aguantando una arcada para no vomitar, pero no me dio tiempo de abrir la ventana. 
Mi padre tenía el don de que se le pusieran de parto en su taxi, yo tenía el dudoso récord de que me vomitaran. Era de lo más desagradable y me ocasiona unas molestias que pasaban por llevar el coche a un sitio especializado en limpieza de tapicerías y que me costara dinero por partida doble, porque aparte de pagar ese servicio, estaba una cuantas horas sin herramienta de trabajo. Era mi sino, solo podía resignarme.
-No pasa nada, insistí cuando ella se escusó avergonzada después de vomitar, ya me ocuparé de eso. ¿Te encuentras mejor?
-Es que no estoy acostumbrada a beber, te pagaré lo que sea por este desastre.
-Son gajes del oficio, ni la primera persona ni la última que vomita en mi coche.
Siempre llevaba toallitas y servilletas e intenté quitar lo "más gordo" antes de que el olor me hiciera vomitar también a mí.
-Dime a donde quieres ir, que en un rato no nos va a gustar el olor aquí dentro. Ya estaba pensando dejarla donde me dijera y terminar pronto mi turno, con el coche apestando.... Gracias que el sábado abrían el sitio de limpieza de tapizados que visitaba muy a mi pesar a menudo. Como otras veces, le pediría a mi padre su taxi para aprovechar en lo posible la mañana.
Aún enredado en mis pensamientos me di cuenta de que la chica lloraba desconsolada.
-Es que no puedo volver a mi casa, se supone que paso la noche en casa de una compañera de estudios para preparar un examen, pero la verdad es que salí sola y me encontré con ese tío en un bar; al principio me pareció educado y dejé que me invitara a un par de copas, pero creo que al final fueron más de dos. El desenlace ya lo conoces. 
-¿Y no tienes ninguna amiga que te ofrezca tu casa esta noche?
-No, no tengo amigas, confesó entre hipidos y mocos.
¿Qué iba a hacer con aquella chica? No podía dejarla sola en aquellas condiciones, me estaba dando una lástima... 
-Bueno, ya se nos ocurrirá algo, pero vamos a bajarnos del coche, el olor está resultando...desagradable.
Además, te vendrá bien que te dé el aire.
Así entró Virginia en mi vida, como un elefante en una cacharrería. 

Continuará. 

miércoles, 24 de junio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 6.

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Como cada miércoles recogí a Emilianita para llevarla al centro de salud, como iba a primera hora no tenía gente delante y al rato salía. Mientras la esperaba me daba tiempo de desayunar y luego la llevaba de regreso a su casa.
Hacia dos años que se había quedado viuda después de tener al marido encamado por una mala enfermedad que acabó con él. Nunca la oímos quejarse, pero después de perder a su Manuel empezó a ser menos ella. Su hijo, Manu, casado y con hijos se la quiso llevar a su casa cuando los despistes de Emilianita fueron más evidentes, pero ella tozuda decía que su casa era sagrada y que no pensaba irse a ningún sitio. 
Su hijo me pidió en su momento el favor de que la llevara y la trajera cuando iba al centro de salud los miércoles y yo acepté encantado, aquella mujer se había portado bien con mi familia cuando lo necesitamos. Me sabía mal cobrarle, pero Manu insistió, si no cobraba por mi trabajo buscaría a otra persona, pero él estaría más tranquilo conmigo, así que le dije que sí.
Al principio era la misma Emilianita la que me pagaba, hasta que comenzó a darme billetes de 50 euros y me decía que me quedara el cambio. Con la excusa de que a primera hora no tenía cambio, le decía que ya me pagaría su hijo. Hablé con él, por supuesto, su madre no era consciente del dinero que iba soltando y me propuso pagarme mensualmente él mismo. Como confianza y cariño había me atreví a sugerirle que su madre necesitaba una persona que estuviera pendiente de ella todo el día. Él y su mujer eran abogados y ejercían por las mañanas, por las tardes procuraban sacarla a pasear, no se desentendieron de ella, pero trabajar tenían que trabajar y cuando le hablaban a Emilianita de ponerle a una persona que la acompañara por las mañanas ella se enfadaba diciendo que no necesitaba a nadie. Mi madre se prestó a echarle un vistazo sin que ella se percatara. Si no la oía trajinando en la casa, subía y se inventaba cualquier excusa, que si le faltaba una pizquita de perejil o lo que se le ocurriera. Así durante un tiempo la mujer estuvo más o menos controlada, pero semana a semana yo veía que la cabeza se le iba. 
Ese miércoles se subió a mi taxi en zapatillas de andar por casa. Siempre había sido impecable con su aspecto, pero no tuve corazón para indicarle su "despiste". Mientras ella estaba en el centro de salud llamé a su hijo y se lo comenté. "Qué lástima, -se desahogó apenado- con lo que ha sido mi madre. Desde que no tiene su rol de cuidadora no se da cuenta de que es ella la que necesita que la cuiden, gracias Jose por avisarme, tendré que ingeniármelas para que acepte compañía por las mañanas, que cualquier día se deja el fuego encendido y tenemos un disgusto".
No pude evitar esa mañana sentirme triste, pero el taxi y mi profesión consiguieron despistarme.
Es lo que tiene mi trabajo, para bueno o para malo durante el día comparto pequeños espacios de tiempo con tanta gente diferente, que termino vislumbrando aunque sea de soslayo vidas ajenas con sus sombras y sus luces. Una sorpresa permanente.
Tanto, como que mi taxi tuvo su papel relevante cuando conocí a Virginia, mi "ex" y madre de mi hijo.

Continuará.