jueves, 29 de enero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 14.

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 Contra todo pronóstico Ana Chocolate no volvió a sacar el tema sobre la identidad de mi madre biológica, pero la conocía bien y hubiera apostado lo que fuera a que ya se había encargado de descubrirlo. Y como mi propia tranquilidad pasaba por no remover aquel asunto, no le pregunté nada al respecto.
Con veinticinco años mi amiga alquiló un pequeño apartamento, estaba cerca de su casa familiar, pero estaba deseosa de vivir sola.
Los hermanos ya se habían emancipado, aunque raro era el día en que no aparecían con sus parejas y los hijos que fueron naciendo llenando la casa de ruidos nuevos. La bisabuela había fallecido, pero la matriarca se seguía ocupando de su suegro y Mariam, la vidente, se había instalado a vivir con ellos definitivamente. Seguía siendo un lugar donde entraba y salía gente en cualquier momento, un guirigay constante que era el alma de la casa.
Ana Chocolate estaba ansiosa por experimentar el sosiego que nunca conoció en la casa familiar, pero la primera noche que pasó en su apartamento me llamó desconsolada, sentía que se ahogaba entre tanto silencio. 
Así que algunas noches me quedaba con ella en su apartamento, pero se se seguía levantando con una ojeras delatoras. 
-Así no puedes seguir - la aconsejaba- tienes que descansar y si eso pasa porque vayas a dormir a casa de tus padres no seas cabezota- Pero cabezota era y no quiso dar su brazo a torcer a pesar del insomnio que la hacía sentirse como una zombi durante el día. Hasta que se me ocurrió algo, me satisfizo ser yo quien por una vez encontrara una solución. Fui un día a la casa de los padres de Chocolate y dejé una grabadora funcionando durante horas. Había supuesto que el ruido de fondo sería considerable en aquella casa de locos. Y funcionó, ni la mejor nana del mundo hubiera sido tan efectiva, mi amiga se la ponía por las noches y se quedaba dormida como una bendita.
Fue por esa época cuando pasó algo trascendental en mi vida. Me enamoré.
Al negocio familiar comenzó a ir un comercial de informática para ofrecer sus productos, se llamaba Iván y desde el minuto uno comenzó a "tirarme la caña". Era guapo, simpático, zalamero... y poco a poco me fue ganando. Sus visitas comerciales se alargaban cada vez más, se interesaba por saber cosas sobre mí y también me contaba sus cosas. Por entonces yo tenía veinticinco años y él me sacaba diez, pero era tan jovial que no me importaba la diferencia de edad. Me contó que estaba a punto de mudarse a su propia vivienda, pues compartía con una hermana la casa que habían heredado de sus padres, había estado ahorrando para comprarse su propio piso y ya tocaba independizarse. También supe por él que tenía que viajar Fuerteventura y a Lanzarote por motivos laborales con frecuencia, y eso explicaba que algunas semanas que no pasaba por el negocio de mis padres me llamara por teléfono cada dos por tres.
Comenzamos a quedar para tomar algo, para cenar,  ir a pasear...., pero nunca me llevó a su casa familiar porque según él las relaciones con su hermana eran tensas y no quería hacerme pasar un mal rato. Y claro, los dos teníamos ganas de intimar y no quedó otra que ir a un hotel.
Yo estaba en una nube y así se lo transmitía a mi amiga, que me acribillaba a preguntas sobre Iván. 
-Tienes que conocerlo, ya verás como te cae genial, y cuando se pueda mudar a su nueva casa quiere que me vaya a vivir con él.
-¿No te parece que va todo demasiado rápido? No sé Zanahoria, hay algo que me chirría.
-Pero si todavía no lo conoces, no empieces con tus elucubraciones policiacas, es una personal normal.
-Una persona normal a la que no me has presentado y ya llevas un par de meses saliendo con él, raro que siempre que hayas intentado presentármelo le haya surgido algo.
-Pues para que te dejes de tonterías lo llamo ahora y quedamos para mañana.
Lo cierto era que estaba deseando que mi amiga del alma y mi pareja se conocieran, lo había intentando antes pero al pobre Iván nunca le había cuadrado por sus cuestiones laborales.  
De mañana no pasa, me dije decidida, estaba deseando aquel encuentro entre los tres.

Continuará. 




Ana Chocolate. Capítulo 13.

 Quitando el desagradable desencuentro que Ana Chocolate y yo tuvimos a los dieciocho años nuestra amistad estaba bien consolidada.
Nos adentramos en el mundo de los adultos de la mano, inseparables aunque alguna tuviera lo que era normal, algún noviete que nos separara temporalmente, pero ninguna de las dos, fuera de los típicos enamoramientos pasajeros, había encontrado una pareja estable.
Mi amiga con veintidós años terminó la carrera de criminología y comenzó a prepararse las oposiciones, se lo tomó en serio y dedicaba mucho tiempo a sus estudios, por ello y porque yo tenía mi horario laboral, era complicado estar juntas. Las dos nos echábamos de menos, y ella resolutiva como siempre encontró el modo de solucionarlo. Tenía que prepararse para superar las pruebas físicas y acudía por las tardes a un gimnasio, pero a primerísima hora de la mañana salía a correr. ¿Y quién fue la elegida para que la acompañara? Mi menda lerenda, así que a pesar de los madrugones podía disfrutar de la compañía de Chocolate aunque yo fuera con la lengua fuera y ella no se ahogaba corriendo y hablando a la vez. Lo di por bueno a pesar de que me costara obedecer al despertador, valía la pena si estábamos juntas.
A mí me el trabajo me iba bien, me gustaba. Me veía llevando el negocio cuando mis padres se jubilaran y me imaginaba en un futuro no lejano formando mi propia familia, siendo madre y estando a gusto en pareja. En mis visiones de futuro siempre me veía cerca de mis padres y por supuesto de mi cabezota amiga.
No sé por qué pero el año siguiente me pareció que pasó más rápido y cuando nos quisimos dar cuenta Ana Chocolate se presentó a unas oposiciones que por supuesto, aprobó. Así con veintitrés años entró a trabajar como detective en la policía. 
Yo me sentía muy orgullosa por ella, aunque los primeros meses se tuvo que esforzar para que la respetaran.
-Imagínate, -me explicó al principio-, la novata es mujer, joven y negra. Me miran con lupa, parecen que están esperando a que meta la pata para recriminármelo y no pienso darles el gusto.
-Estoy segura de que los pondrás en su sitio si se pasan, pero chica, se te escapa un "pequeño" detalle, eres mulata.
-Ah parece mentira que todavía no te hayas dado cuenta Zanahoria, para los blancos soy demasiado oscura, me ven negra y ya me gustaría serlo, ojalá tuviera la piel de mi madre. 
Me ponía en su lugar y entendía que fácil, lo que se dice fácil, no se lo iban a poner entre tantos prejuicios y testosterona, pero conocía la determinación de mi amiga. No iban a lograr hacerla pequeña.
No me equivoqué, al año de estar en la policía, la mayoría la consideraba una excelente detective y al resto, una minoría obtusa que no la aceptaba, bastó con ignorarlos. 
 Esa es mi chica, me decía al mismo tiempo que me preguntaba cuanto tardaría en decirme que había encontrado a mi madre biológica, estaba segura de que Ana Chocolate, que ya tendría "sus contactos", había averiguado lo que durante años había querido saber...
Y yo no.

Continuará. 


jueves, 22 de enero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 12.

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 Con veintiún años ya trabajaba para mis padres.
Insistí en que no me dieran de alta en la seguridad social para que se ahorraran el dinero, pero ellos se empeñaron en hacer, según sus palabras, las cosas con fundamento y comencé a cotizar. 
Sobraba trabajo reparando móviles y ordenadores, pero me organicé para llevar a cabo lo que había imaginado tiempo atrás: dar clases básicas de informática a personas mayores. Destiné un par de horas de los martes y jueves a esa actividad y me sorprendió la acogida entre la gente del barrio. Hasta la madre de Ana Chocolate, que no era mayor, se apuntó, decía que sus cuatro hijos nadaban con soltura en las nuevas tecnologías pero que no tenían  paciencia para enseñarla. Por más que insistió en pagarme me negué y su aromático agradecimiento llegaba puntualmente cada semana en bandejas llenas de sus suculentas galletas de chocolate y zanahoria. 
A mi amiga le quedaban un par de años para terminar sus estudios de criminología, le iba bien, aunque la paciencia nunca fue su fuerte y estaba deseando incorporarse a la vida laboral.
Nuestra amistad se empañó cuando cumplimos los dieciocho años, su ansia sacando el tema de la búsqueda de mi madre biológica me empezaba a agobiar. Al cumplir la mayoría de edad incrementó su curiosidad, recordándome cada dos por tres que legalmente yo podía pedir información sobre la identidad de la mujer que me había abandonado.
Pero yo seguía sin querer saber nada del tema y un día, que por lo que fuera, me cogió con el rabo torcido, no pude aguantar más y exploté.
Le dije que me tenía harta, que no aguantaba más aquella presión por su parte, ¿no iba a entender nunca que no quería saber nada al respecto? ¿Qué me dolía pensar que la persona que inicialmente debía quererme más que nadie me había abandonado? Era frustrante enfrentarme a aquel malestar que intentaba mantener alejado.
Ella me recordó que yo, tiempo atrás, le había dado carta blanca para cuando ella fuera policía y tuviera "sus contactos" buscara a aquella mujer. No pude evitar las lágrimas, estaba dolida de verdad y mis sentimientos hablaron por mí. 
-Solo te interesa satisfacer tu curiosidad sin tener en cuenta lo que siento, si realmente fueras mi amiga no seguirías erre que erre mortificándome. Necesito estar un tiempo sola y pensar si merece la pena seguir teniéndote como amiga.
Después de aquella discusión no atendí el teléfono cuando Ana Chocolate me llamó ni quise verla cuando vino a mi casa para pedirme perdón, pero a los dos días ya parecía que me faltaba un pedazo de mi cuerpo, no me encontraba a mí misma sin mi amiga del alma. Yo la conocía bien e imaginaba sin miedo a equivocarme que ella estaría peor, la culpa la estaría llevando a subirse por las paredes. 
No tenía sentido continuar con el enfado, vale que mi amiga era una pesada con el temita de mi adopción, pero quizás yo no había sido del todo sincera por omisión, nunca le había manifestado que saberme abandonada al nacer era de todo menos agradable.
Me dirigí a su casa y su madre me recibió emocionada: "ah chiquilla, que mi Ana lleva dos días sin querer salir de la habitación, dice que te has enfadado con ella y que se lo tiene bien merecido, aunque no consigo sacarle prenda, sea lo que sea, soluciónenlo, que ustedes se quieren de verdad".
Mi amiga me recibió literalmente con los brazos abiertos y pidió perdón, reconoció que era muy pesada cuando se le metía algo en la cabeza, pero que le parecía peor no haberse dado cuenta de que me había daño con su insistencia. Prometió no volver a sacarme el tema, cosa que dudé, pero qué bueno era sentirme de nuevo con ella, y que rico el aroma de galletas en el horno que endulzó aquel encuentro.

Continuará. 

Ana Chocolate. Capítulo 11.

 En el barrio cada poco desaparecía un comercio "de toda la vida". 
La tienda de revelados de fotos tuvo que cerrar, al igual que la tienda de comestibles que ya no pudo mantenerse con pequeños ventas. En general todo el mundo hacía las compras en los supermercados de los centros comerciales.
Me percaté de que aún no había ninguna tienda de telefonía móvil cerca y se lo planteé a mis padres, había que hacer algo o la querida librería papelería terminaría desapareciendo.
Después de darle muchas vueltas a mis padres no les quedó más remedio que arriesgarse. En nuestro local el almacén tenía una superficie considerable. Se decidió que los libros de textos sólo se venderían bajo pedido, eso añadía espacio para lo que pensaban hacer. En estos tiempos ya empezaba a ser normal que cualquier tuviera en su casa un ordenador y una impresora que también era fotocopiadora. Mis padres habían notado que ya era raro que entrara alguien a hacer fotocopias. Y como se suele decir, renovarse o morir; el material de librería se redujo y quedó espacio para vender lo que más se demandaba, como cartuchos para las impresoras. Pero lo que de verdad proporcionó el impulso económico que tanto necesitaban mis padres fue la venta de teléfonos móviles. Acondicionaron parte del almacén para ese fin y a los pocos días era la parte más pisada del local. Entraba más gente joven, pero la clientela de siempre que tenía confianza con mis padres, venía preguntando que teléfono móvil le vendría bien. Mis padres dependiendo de lo que necesitaban los guiaban en sus compras, y si por ejemplo, una señora mayor sólo quería un móvil para llamar y poco más era informada de que no necesita el último modelo de la marca que fuera y que por supuesto era mucho más caro. 
Mis padres siguieron siendo un punto de referencia por la confianza de sus clientes de siempre y estos  pronto comenzaron a preguntar si allí no reparaban móviles. 
Yo estaba a punto de terminar el instituto y seguía sin tener claro que iba a hacer, pero viendo la demanda que había con las nuevas tecnologías me decidí. Estudiaría un ciclo superior de informática escogiendo las asignaturas que me cualificaran para reparar ordenadores y teléfonos móviles.
Mis padres, como siempre, apoyaron mi decisión, aunque dijeron que no me sintiera obligada, si me gustaba otra cosa no debía preocuparme por el negocio familiar. 
Así, mientras mi querida amiga comenzaba sus estudios de criminología, yo comencé a los míos de informática. El primer año siempre cuesta y nos lo tomamos en serio, por eso no nos quedaba mucho tiempo libre para vernos, pero siempre que nos cuadraba quedábamos para estudiar juntas. 
Los estudios que elegí me gustaron más de lo que había pensado inicialmente y evidentemente no estaba aún capacitada, pero me daba cuenta de que, sobre todo las personas mayores, después de comprar un teléfono a mis padres venían con dudas sobre su funcionamiento o manejo y al ser un barrio era normal que muchos ya supieran que yo estaba estudiando informática. Mis padres los emplazaba para que acudieran por la tarde y yo valoraba si era factible ayudarlos. Si podía lo hacía de mil amores y me costaba convencerlos de que no me debían nada. Las personas mayores suelen ser muy agradecidas, pero yo les decía que ya les cobraría cuando terminara mis estudios.
La mayoría de las veces "reparar" era tan  sencillo, como percatarme de que un teléfono no sonaba porque su propietario sin darse cuenta lo había puesto en silencio.
Un día contándole a Ana Chocolate esas anécdotas dio en el clavo: hacía falta formación para las personas mayores con respecto a la tecnología que tan ajena les parecía. Me pareció una idea genial, darle cursos, enseñarlos a usar internet, que se manejaran en su día a día con "aquellos cacharros del demonio".
Estaba deseando terminar mis estudios.

Continuará.


jueves, 15 de enero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 10.

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La fea y dañina costumbre de mi amiga, la de morderse las uñas, era un tema recurrente.
En su casa su madre le solía dar un golpe con su propia mano para que Chocolate alejara sus tristes uñas de los dientes, su padre le decía que estéticamente sus manos ofrecían una pésima imagen, su abuelo el ciego debía percibir algún sonido delator que le hacía repetir la manida cantinela: Ana, déjate las uñas y su bisabuela expeditiva y con buena puntería le lanzaba lo primero que encontraba.
Era una lástima ver como era incapaz de dejar aquel hábito compulsivo que la llevaba hasta el extremo de hacerse sangre y yo no me cortaba y le daba un manotazo. Su madre llegó a ponerle un líquido asquerosamente amargo que compraba en la farmacia, pero no había manera de que dejara aquella fea y nociva conducta.
Lo cierto es que fue un órdago por mi parte cuando le dije que le daba permiso para que buscara a mi madre biológica cuando llegara el momento, no pensé que fuera capaz de dejar de comerse las uñas, pero para sorpresa de todos semana a semana sus uñas fueron creciendo. El estropicio que durante años se había causado hizo que sus uñas no crecieran ni parejas ni bonitas, pero a los pocos meses y después de dejar que su madre se las fuera limando para que cogieran forma, ella fue la primera sorprendida al ver que tenía unas manos bonitas. 
Me felicité por mi idea, aunque sabía que por muchos años que faltaran para que Ana Chocolate fuera detective, haría lo imposible para averiguar la identidad de mi madre. Ya cruzaría ese puente cuando llegara al momento.
Los siguientes años me situaron ante la disyuntiva de elegir estudios, le decía a mi amiga que envidiaba  lo claro que tenía su futuro en ese aspecto. Porque a mí nada me llamaba especialmente la atención, me encantaba el trabajo de mis padres, pero para llevar una librería papelería no existía la exigencia de estudiar una carrera. 
Gradualmente el negocio de mis padres fue decayendo, las ganancias apenas daban para vivir y cubrir gastos. Había varios factores, como el auge de la informática y que muchos alumnos estudiaban con sus tabletas electrónicas y lógicamente se vendieran menos libros de texto, además las grandes superficies se estaban comiendo a los comercios pequeños. Por poner un ejemplo, en Carrefour, un supermercado, encontrabas el material escolar a mejor precio, lógico por el volumen de compras que un negocio pequeño como el de mis padres no se podían permitir. 
Otros pequeños comercios del barrio se veían con el mismo problema, sus ventas disminuían mientras crecían en los muchos centros comerciales que crecían como hongos. 
Mis padres no sabían que hacer y se pusieron en lo peor. Estaban muy preocupados, si bien el tema económico era importante porque nos daba de comer, lamentaban que las costumbres de barrio se fueran perdiendo. Ellos siempre habían trabajado permitiendo "los fiados", entendían que algunas familias con muchos hijos y un sueldo precario tuvieran que hacer malabares para que en las mochilas escolares de sus hijos no faltara nada, y era un desahogo para esas familias saber que mes a mes podían ir pagando lo que debían. Mis padres tenían un block de tapas duras donde iban sumando las cantidades que recibían y ya está, esa era la única contabilidad de "los fiados" pendientes. 
Yo ya no era una niña y entendía la situación, tenía que hacer algo por ayudarlos antes de que se vieran obligados a cerrar el negocio. 
Necesitaba poder decir, como solía hacer mi  amiga: "se me está ocurriendo algo".

Continuará. 



Ana Chocolate. Capítulo 9.

 Después de contarle a Ana Chocolate el incidente del jarrón roto y la extraña reacción de mi abuela, mi amiga se quedó reflexionando unos segundos mientras se mordía las uñas.
-No es que porque tu abuela esté loca, es por la sangre.
-¿Por la sangre? No entiendo lo que quieres decir.
-Cuando estoy con mi familia materna no soy demasiado negra para ellos y cuando es con la familia de mi padre, no soy lo suficientemente blanca. Ellos me quieren, pero en el fondo piensan que no tengo suficiente sangre negra o blanca dependiendo de que lado de la familia que lo mire.  
Quitando a tus padres, los demás, al ser adoptada no te integran por completo en su idea de familia, por eso tu abuela se permitió echarle la bronca a tu prima pensando que había roto el jarrón, es una de ellos. Pero a ti de alguna manera te consideran como a una invitada, y ante los invitados procuramos ser amables, por eso no se enfadó contigo. No se lo tengas en cuenta, lo de la sangre es una chorrada, yo a ti te quiero como a una hermana sin necesidad de esas tonterías-. 
Muy a mi pesar pensé que mi amiga tenía razón y por primera vez en mi vida sentí el peso de ser adoptada. Y aunque sabía que mis padres me querían y me conmovió que Ana Chocolate me considerara  una hermana, no  pude evitar el pozo de tristeza que tozudo, vino para quedarse.
Al llegar a mi casa no supe disimular mi mala cara, y mi madre, que me conocía mejor que nadie sin necesidad de haberme parido, me preguntó que me pasaba. Después de contarle la conversación con mi amiga me abrazó con fuerza.
-Ana, estoy segura de que tu abuela te quiere, pero si de alguna manera te hace sentir que eres menos que tu prima, te juro que dejo de hablarle en lo que me queda de vida por muy madre mía que sea.
Esa noche me costó dormir pensando en todo aquello, pero algo me quedó más que claro, si la mujer que me había adoptado estaba dispuesta a dejar de relacionarse con su madre por mi persona, yo era una niña con suerte. Tenía a la mejor madre del mundo.

La niñez quedó atrás y entré en otro período de mi vida de la mano de Ana Chocolate. Nos queríamos como hermanas y como buenas hermanas a veces nos peleábamos con ganas.
Ya estábamos en el instituto y mi amiga seguía sin entender mi falta de interés hacia mi madre biológica y yo no comprendía el interés excesivo y enfermizo que ella tenía sobre el asunto. 
Un día cualquiera llegó a mi casa muy excitada, tenía que contarme algo.
-¿Sabes lo qué he averiguado? Que las personas adoptadas al cumplir los 18 años pueden pedir información sobre sus padres biológicos.
-Lo sé desde que era más chica, mis padres me lo explicaron y además, si optara por buscar esa información ellos me acompañarán y apoyarán con lo que sea. Pero deja de comerte las uñas ya, que no tengo la mínima intensión de hacerlo.
-¿Cómo qué no quieres? Es que no te entiendo, no te estoy diciendo que vayas a dejar a tus padres, solo que tienes el derecho a saber quién es tu madre y por qué te abandonó.
-No quiero ejercer ese derecho porque no lo necesito. Mis padres son Lola y David, punto.
-Mira que eres cabezota Ana Zanahoria, por lo menos deja que cuando sea detective  de la policía use mis contactos para buscarla por mi cuenta.
Me hizo gracia lo de "usar sus contactos cuando estuviera dentro de la policía", me parecía tan lejano que valía la pena decirle que sí para que me dejara tranquila con el temita durante unos años.
-Si eres capaz de dejar de morderte las uñas te voy a decir que sí.

Continuará. 




miércoles, 7 de enero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 8.

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 Pasados un par de años mi amiga seguía con el mismo empeño, descubrir quién era mi madre biológica.
Yo no le hacía caso cuando casualmente por la calle coincidíamos con alguna mujer pelirroja y ella me daba un indisimulado codazo, "si es que hasta se te parece, ¿la seguimos?" 
-Los pelirrojos solemos tener la piel clara y pecas, es normal que parezca que nos parecemos, esto parece un trabalenguas, olvídate anda, que no te entra en la cabeza que no tengo  interés por saberlo, mejor te buscas otro misterio que descubrir y me dejas tranquila, pesada, que eres muy pesada, y por cierto, que tonta no soy y me doy cuenta de que entras en el supermercado para espiar a la cajera nueva que es pelirroja, ¿qué piensas hacer, darle una pedrada en la cabeza para que sangre y tomar una muestra para analizarla? Como sigas con esa obsesión vas a terminar tan loca como tu bisabuela. 
-Ya, es que Mariam, ya sabes, la vidente, me dijo que tu madre está muy cerca... sigo sin entender que no quieras saber quién es, no sé quien está más loca de las dos. 
-Pues pregúntale a Mariam que nos va a caer en el examen de mates y deja de comerte ya las uñas, que te estás haciendo sangre. Vamos a estudiar para el examen de mañana y nos dejamos de tonterías. 
A pesar de que me fastidiaba aquel afán detectivesco sobre mis orígenes, me daba cuenta de que mi amiga tenía instinto para la profesión que había elegido, quedó en una anécdota su ocurrencia de poner harina en las zapatillas de su familiares para descubrir al ladrón que resultó ser ladrona, pero me hizo ver que tenía una madurez y una capacidad de análisis que no era normal en una niña de su edad.

 El sábado anterior había ido a celebrar el cumpleaños de mi abuela materna, estaba jugando con mi prima Rosa que tenía mi misma edad y yo sin querer tropecé con una mesa haciendo caer un jarrón que se hizo añicos, justo entró mi abuela y le echó la gran bronca a mi prima. Vale que era una niña movidita y más de un estropicio causaba, pero esta vez había sido yo y así se lo dije a mi abuela. Fue como si pasara de la noche a la mañana, ante mi prima se había mostrado tan enfadada que una vena del cuello parecía a punto de reventarle y su cara escandalosamente roja daba miedo, pero fue confesar mi torpeza y cambiar la cara de mi abuela, bajó los decibelios y con su mejor sonrisa me dijo que no preocupara, que el jarrón ni siquiera le gustaba.
Se lo conté a Chocolate como una gracia, pero cuando encontró la explicación a la extraña forma de actuar de mi abuela me sentí fatal.
¿Cómo había podido estar tan ciega?

Continuará.