miércoles, 14 de octubre de 2026

La voz violeta. Capítulo 2.

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 Sergio desconoce cuanto tiempo ha estado en la oscuridad absoluta, pero aunque se sepa atrapado en una espesa tela de araña percibe que puede oír. 
Alterna momentos de cierta lucidez comprendiendo que ha tenido un accidente, se supone en una habitación del hospital y lo corroe la impotencia de no poder mover ni solo músculo de su cuerpo. 
Su madre lo acompaña de día y de noche, le habla y llora, llora y le habla. 
Sergio no sabe cuanto tiempo lleva ingresado, pero a través de conversaciones ajenas se va haciendo una idea.
Su padre Mateo intenta convencer a su mujer: "Yolanda, no puedes estar 24/7 en el hospital o terminarás enfermando, te necesitamos fuerte cuando Sergio despierte". Solo consigue que la mujer vaya a su casa a ducharse y regrese, mientras, Sergio escucha a su padre llorar por primera vez en su vida. "Aguanta hijo, tienes que despertar, no concebimos la vida sin ti". 
Su novia Pilar también llora: "Fíjate, me acaban de llamar de la imprenta, las invitaciones para la boda están listas. ¿Qué voy a hacer ahora con todos los preparativos?"
La rutina se repite insistentemente, su cabeza en negro y procesar lo que escuchan sus oídos, el único hilo que parece mantenerlo unido al mundo de los vivos.
Empieza a conocer y diferenciar las diferentes voces del personal sanitario, a veces hablan como si él fuera invisible, como si ya no existiera, y se enfada: "Estoy aquí, sigo vivo", pero su grito mudo es incapaz de activar sus cuerdas vocales.
Pasan los días con sus mismas rutinas, el llanto de su madre le produce una atroz impotencia, si al menos pudiera decirle que la escucha...
Le sorprende una voz nueva pero que no le es del todo desconocida.
-Hola Yolanda, siento mucho el accidente, he estado unos días fuera de vacaciones y mi madre no quiso decirme nada, pero ya estoy incorporada.
-Hola Antía, que alegría verte aunque las circunstancias sean tan horribles.
-De horribles nada -le hace un gesto llevándose un dedo a la boca y luego al oído- ya verás como en nada Sergio despierta. Tengo que hacer mi trabajo, mi compañera y yo lo bañamos  y te lo dejamos guapo, aunque hasta con los ojos cerrados lo es. Anda, aprovecha y ve a que te dé el aire, o te tomas algo. Ya sé por mi madre que no hay quien te saque de aquí, pero ahora tengo que echarte un ratito.
Cuando las auxiliares se quedan solas con Alberto, Antía le cuenta a su compañera: "Lo conozco de toda la vida, resulta que mi abuela y la suya era vecinas y se ayudaban en todo lo que podían, mi madre y la suya nacieron casi a la vez y se criaron juntas, buenas amigas. Y fíjate tú las cosas de la vida, mi madre se casó con un pescador y Yolanda con el dueño de la fábrica conservera de atún de La Coruña; a pesar del cambio social, Yolanda sigue siendo una persona humilde, su marido aunque de otra cuna, es un tío cabal y respetado por los empleados de la fábrica. La pobre Yolanda sufrió un montón de abortos y cuando ya pensaban que no serían padres, tuvo a Sergio con cuarenta años. Él estaba preparando la boda para casarse con una tal Pilar, una tía estirada que ya habrás visto por aquí".
-Ah perdona Alberto, lo de tu novia es para picarte y que me hagas una señal. Anda guapo, danos esa alegría.

Continuará. 

La voz violeta. Capítulo 1.

 -Amor, estaba a punto de salir, pero el coche me está haciendo un ruido que no me gusta. Mejor que vayas tú sola a la pastelería.
-Sergio, por favor, que el coche es nuevo, estás obsesionado con los ruiditos. Estoy resolviendo sola todo lo de la boda, por lo menos que elijamos juntos la tarta.
Por evitar discusiones Sergio omite decirle a Pilar lo que piensa: que ella hará oídos sordos a su opinión y decidirá sola el sabor de la tarta. 
-Vale, ya paso a recogerte.
Arranca el coche con aprensión, pero no quiere llegar tarde y enfrentarse a las quejas de su novia. Últimamente la encuentra nerviosa de más, serán los nervios típico por la boda, se dice cuando algo falla en el vehículo. Pierde el control del volante y sin poder evitarlo, ve como se acerca peligrosamente a un muro. El coche se arruga como un acordeón de papel.

Varón, accidente de tráfico, traumatismo craneoencefálico, consciente, unos treinta años.....
Sergio siente su cuerpo trasladado sobre una camilla, ve correr al personal sanitario y escucha con temor sus palabras hasta que un insoportable dolor de cabeza lo funde en negro y su mundo se apaga. 

Yolanda y Mateo, los padres del accidentado, reciban una llamada telefónica y se dirigen desencajados hacia el hospital, mientras, contactan con Pilar.
Ya en el hospital son informados del estado de su hijo: aunque llegó consciente, a los pocos minutos entró en coma. Le están haciendo pruebas, de momento solo pueden adelantar que recibió un fuerte impacto en la cabeza.
Al rato se les une Pilar hecha un mar de lágrimas.
-No me lo puedo creer, si estuve hablando con él antes de que saliera, habíamos quedado para lo de la tarta, qué desgracia, ¿qué dicen los médicos? Se dejaría arrancar la piel a tiras antes de admitir que Sergio le había hablado del ruido del coche.
Los siguiente días fueron un infierno para la familia, Sergio no despertaba y la pruebas, aparte del traumatismo craneal, no revelaban información adicional.
"Hay que esperar", explicaban los médicos, "sus constantes vitales son correctas, en el peor de los escenarios no saldría del coma, y en el mejor, puede despertar en cualquier momento".
Después de una semana en la UCI pasaron a Sergio a planta, sus padre destrozados lo valoraron en positivo, al menos podían estar con su hijo más allá de las visitas restringidas a las que habían estado sometidos.
Volvieron a oír de boca de los sanitarios lo que ya le habían dicho en la UCI: "hablen con él, cada caso es un mundo, pero está comprobado que muchas personas en coma pueden escuchar".    

Continuará.   

miércoles, 7 de octubre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 36 y último.

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 Iba notando mejoría, pero todavía estaba débil y no tenía el cuerpo para fiestas.
Pero cuando la fiebre comenzó a ir a menos, aprovechaba algunos ratitos para sentarme en el jardín y al menos que me diera el aire. 
Virginia siguió en la misma línea, cuidándome y mimándome. Me pareció que me miraba con otros ojos, no sé bien como expresarlo, pero era como si volviéramos a ser la pareja que habíamos sido antes de la separación. Añadiendo a Thiago en la ecuación volví a sentirme en familia. 
Solo faltaba que Virginia diera el paso y pedirme que volviéramos como pareja.
Yo seguía soñando lo mismo, aunque no sé si soñar sea la palabra adecuada, no sé, era como una sensación amorosa que me envolvía. Cuando intentaba verle la cara a aquella mujer me espabilaba, me frustraba el mismo final. ¿Qué significaría aquella extraña experiencia?
Ana seguía viniendo a visitarme y aprovechaba cuando Virginia iba a la cocina para traer lo que fuera para decirme.
-¿Te das cuenta?, está rara conmigo, me la imagino con los celos comiéndosela patas pa'rriba. A ver si se espabila y da el paso, que parecen ustedes dos adolescentes.
-Igual son imaginaciones tuyas Ana, me estás empujando a hacerme ilusiones e igual me quiere pero no de la manera que crees.
-¿Qué no? Mira, me voy a poner pegajosa contigo para que veas como reacciona.
-Déjate de tonterías, anda, no la vayas a liar.
Pero ella sin hacerme caso, cuando estaba Virginia delante, se afanaba:
-No sé Jose, pero te veo hasta más guapo, la fiebre te ha sentado bien-. No se cortaba y sus manos veían la forma de encontrarse con mi cuerpo. -A ver, mi niño, un masajito en la espalda que no sabes lo bien que se me da-.
Lo cierto es que Virginia -siempre que se daban esos toqueteos o piropos- encontraba la forma de interrumpirlos. ¿Lo ves? -me decía luego por teléfono Ana- Está rabiosa por los celos.
-Déjalo Ana, que tú por hacer un bien vas a terminar alejándote de ella.
Pasada una semana volví al trabajo, seguía algo débil, pero lo estaba deseando para ver las cosas con perspectiva. ¿Sería verdad que Virginia quería volver y no encontraba la forma de decírmelo, o sería que tenía miedo al rechazo?
Intenté seguir con mis rutinas, no me quería comer la cabeza con interrogantes que no tenían, de momento, respuestas. 
El tiempo que estuve enfermo no había escrito nada en mi diario, el diario que me había regalado tiempo atrás Virginia y que supuestamente sería un diario de a bordo en el taxi para Thiago y que se había convertido en un desahogo personal.
Lo cogí con ganas y me di cuenta de que ya le quedaban poquitas hojas donde narré los últimos días.
Le pregunté a Virginia donde lo había comprado, me gustaba el formato y se ofreció a comprarlo ella misma. Seguía con sus agasajos, y por cierto, aunque ya me valía por mí mismo, en la semana que le tocaba a ella volver al apartamento decidió quedarse en la casa familiar. De hecho menos acostarnos juntos, parecíamos una pareja.
Esa noche tardé en dormirme, me parecía una tontería que estuviéramos en aquella situación, o estábamos juntos o no, mejor no darle más vueltas y ser claros. Me prometí que al día siguiente tendría esa conversación con ella.
De nuevo el sueño o ensoñación recurrente me elevó espiritualmente: un sentimiento de amor me unía a la mujer a la que no le veía la cara, pero esta vez fue diferente, ella fue acercando su cara a la mía. Por fin podría verla y acariciarla en sueños.
La sorpresa fue cuando no era Virginia como había supuesto. Era Ana y comprendí el sueño.
Me había enamorado de mi querida amiga y a pesar de que ella se empeñara en unirme a Virginia pensando que sería lo mejor, supe con rotundidad que ella sentía lo mismo.
Tocaba comenzar un diario nuevo con otro nombre de mujer:
Ana.

Fin.

Diario de un taxista. Capítulo 35.

 Al rato de llegar del hospital, comencé a sentir dos bolas en mi garganta que apenas me permitían tragar, ni mi voz me sonaba igual. Me encontraba algo aliviado al haberme bajado la temperatura, pero como advirtió el médico, iba a tener picos de subidas cuando se pasara el efecto de los antitérmicos.
Cuando me subía la fiebre volvía a sentirme hecho un trapo y la garganta tan inflamada no me permitía pasar ningún alimento sólido. 
-Paciencia Jose, te hago una buena sopa, que algo tienes que meterte en el cuerpo, y paciencia, durante un par de días te seguirás encontrando mal, hasta que la medicación vaya haciendo efecto y notes mejoría.
No tenía ánimo para nada y dejé que mi ex cogiera el timón. Cuando la fiebre subía me quedaba medio traspuesto, y no sé si soñaba o deliraba, pero una sensación recurrente me perturbaba. Sin llegar a ver nada intuía que la energía de una mujer me envolvía, era raro, pero sentía un amor profundo que traspasaba lo físico, cuando le quería decir cuanto la quería y estaba a punto de ver su cara me sobresaltaba y volvía a la realidad. Será Virginia, me decía alucinado por la sensación que se me quedaba, como miel a punto de tocar mis labios. 
Durante dos días no me levanté de la cama sino para lo imprescindible, con la infección, la fiebre que iba y venía, el fuerte tratamiento y que no podía tragar nada sólido estaba flojísimo. Es normal, me animaba Virginia, ya verás que dentro de nada te encontrarás mejor. 
No había tenido ánimos ni para encender mi teléfono y le pedí a Virginia que comprobara en mi agenda los viajes pendientes para esa semana y que los anulara. Cuando le pedí que me alcanzara el móvil, encontré varias llamadas de Ana, en el buzón pedía que la llamara, que estaba preocupada.
Todavía me costaba hablar, así que le mandé un whatsapp explicándole por que había tenido el teléfono apagado. No tardó en llamarme.
-Oye, que voy a verte ya, me tenías preocupada, se ve que Virginia está picada conmigo, pensará que estamos liados porque he hablado con ella para lo de las fotos del concierto y no me ha comentado que estabas enfermo.  A ver si ahora se atreve a decirte lo que siente. 
Llegó al rato, si le molestó a Virginia lo supo disimilar.
Siempre me hacía gracia lo bruta que era mi amiga hablando: "Joder Jose, estás hecho una mierda, pobrecito, si lo hubiera sabido antes hubiera venido a hacerte compañía. Ya me podías haber avisado Virginia"-.
Y Virginia con cara de póquer se excusó con que yo no estaba para visitas.
Poco a poco fui notando mejoría, la fiebre iba a menos y ya podía comer algo sólido. Salí de la cama y me pude afeitar, que parecía un náufrago, Virginia se preocupaba y ocupaba de mí, siempre pendiente a la medicación, al termómetro y haciendo mis comidas preferidas cuando pude comer con fundamento.
Se sentaba a mi lado y me hablaba de su trabajo.
-Mira Jose, estoy conociendo telas que no sabía ni que existían, hay un tejido especial, es como un repelente para líquidos, cien por cien impermeable no se ha inventado todavía, pero había pensado que forrar la tapicería de tu taxi sería estupendo, así cuando te vomiten puedes limpiar sobre la marcha y no tienes que quedarte sin coche hasta que te lo den limpio y seco. Y también que te ahorrarías un dineral.
Si te parece tomo medidas y hago el pedido, que ganas de probarlo ya.
Según iba mejorando volvía a preguntarme si sería cierto que estaba enamorada de mí, lo cierto es que lo parecía. El que yo estuviera enfermo le estaba dando la oportunidad de cuidarme y mimarme como nunca.
Si era así, ¿a qué estaba esperando para decírmelo? 
Mientras y casi ya sin fiebre, yo seguía teniendo aquella especie de sueño amoroso donde me quedaba con las ganas de verle la cara.

Continuará. 




miércoles, 30 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 34.

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Después de lo que me había dicho Ana estaba hecho un lío. 
¿Sería posible que Virginia estuviera enamorada de mí? En ese caso cómo iba el tema: ¿me había abandonado sin saber lo qué sentía, o se había enamorado en el año que llevábamos separados?
No sabía que pensar ni como actuar, decidí observar mejor a Virginia, ver que sucedía, si ella ciertamente tenía ese sentimiento, lo suyo es que fuera la que moviera ficha.
Al par de días comencé a sentirme raro, no estaba bien como siempre, habré pillado algún virus, me dije por tranquilizarme, aunque la verdad es que nunca me ponía enfermo. Cuando Thiago comenzó el colegio a cada rato venía con un virus diferente y Virginia también caía; yo por el contrario, ni un triste resfriado. Sea lo que sea se me pasará pronto, me dije convencido, pero esa mañana me costó arrancar, tenía frío, al rato calor, me dolía la cabeza y sentía pinchazos en la garganta. Me costó trabajar y por la tarde tenía la tutoría de Thiago. Como siempre con todo lo relacionado a nuestro hijo, Virginia y yo íbamos juntos.
Habíamos quedado a la entrada del colegio y cuando mi ex me vio preguntó preocupada:
-¿Qué te pasa? Tienes mala cara y estás rojo como un tomate. ¿Te has tomado la temperatura?
Me puso la mano en la frente y la retiró como si se hubiera quemado.
-Jose estás ardiendo, déjame que entre a anular la tutoría y te acompaño a un médico.
-No seas exagerada, cuando salgamos me tomo un paracetamol y vuelvo al curro.
Lo último que recuerdo es que todo se volvió negro, lo siguiente fue verme en una camilla del hospital, con una vía en el brazo y acompañado por Virginia. Estaba aturdido y cuando iba a preguntar qué me había pasado llegó el médico.
-Soy el doctor Suárez, supongo que te sentirás confuso por la fiebre y la medicación, aunque la temperatura ya está bajando. En un rato tendremos los resultados de la analítica, ahora que estás despierto vamos a mirar bien esa garganta. Antes tu mujer ha dicho que nunca te pones malo, eso habla de un sistema inmunológico de lujo.... Mira, tienes unas placas importantes en la garganta, eso justifica que pasaras de 40 de fiebre. Ahora mismo vendrán a ponerte antibiótico en vena y volvemos a hablar cuando estén los resultados de la analítica.
No se me pasó por alto que se hubiera referido a Virginia como mi mujer, ni que ella no lo contradijera, pero me sentía tan débil que solo abrí la boca cuando me miró la garganta. 
No sabía cuanto tiempo llevábamos allí y pregunté por Thiago.
-No te preocupes, está con mi madre. No creo que tarden mucho en dar los resultados y supongo que te darán el alta si no hay nada raro y te sigue bajando la fiebre. Será mejor que te quedes en casa, no vas a estar en esas condiciones tú solo en el apartamento. 
-No, le dije, avisa a mi madre.
-Coño Jose, tu madre está fastidiada de las rodillas, le mandaron reposo. Y aunque estemos separados siempre seremos familia, deja que te cuide.
El médico llegó pasado un buen rato.
-Tienes las defensas bajas y una buena infección de garganta, es bacteriana, así que no vas a contagiar a nadie. Me sorprende esa bajada de defensas, ¿estás estresado últimamente? Eso lo justificaría.
-No es que esté, es que vivo estresado, un año malo. Pero ya pasará.
-Lo comprendo, no somos conscientes de lo que influye la salud mental en la física, por la parte que me toca solo me puedo ocupar de tu garganta. En el informe se detalla el tratamiento, aunque durante un par de días estarás con picos de fiebre. Si no baja -lo normal es que vaya remitiendo con el antibiótico- vuelves a venir. Reposo, nada de trabajar durante siete días, y a dejar que tu mujer te mime.-
No me iba a quedar más remedio, aunque la fiebre me había bajado algo me sentía como si me hubiera atropellado un tren.

Continuará. 



Diario de un taxista. Capítulo 33.

 La prisa de Ana por hablar después de haber insinuado lo que había insinuado me puso muy nervioso.
Entendía sus ganas de ser madre, pero que me considerara como padre biológico me superaba. Si pensaba con la cabeza, era consciente de que estar pasando una etapa jodida: no superaba la separación de Virginia y era probable que mi hijo se convirtiera pasados unos años en hija. No me sentía preparado para meterme en aquel embolado, pero si escuchaba al corazón me ablandaba pensando que Ana había sido mi paño de lágrimas durante un año sin importarle la hora o lo que fuera, cuando iba a aburrirla con mis males. ¿Qué iba a hacer? 
De momento contestar a su mensaje, mejor quitar la tirita de golpe. La llamé y le dije que si quería pasara por mi apartamento para contarme lo que fuera.
Cuando llegó le pregunté si quería algo:
-Tengo cerveza en la nevera, pero si se te apetece otra cosa bajo un momento al súper.
-¿Podría ser un botito con tu semen?
Mi cara de asombro la hizo soltar una carcajada rotunda.
-Qué es coña, hombre, no te asustes, nunca te pediría algo así, y para que te quedes tranquilo que sepas que ya tengo cita en una clínica de fertilidad.
Mientras se me escapaba un suspiro de alivio sonó el teléfono. Era Virginia:
-Hola Jose, ya sé que me toca esta semana el niño, pero mañana tengo que ir a tomar medidas al ballet de adultos y me va a ser imposible ir a recoger a Thiago al colegio. ¿Tú podrías?
-Pues a esa hora no, tengo un servicio al aeropuerto y ahora sería una putada para el cliente que lo cancelara. Pero espera, Ana está aquí, igual nos hace el favor.
-¿Perdona? ¿Qué Ana está contigo en el apartamento? ¿Me he perdido algo?
-Mira Virginia, quitando todo lo referente a Thiago, no tengo que darte explicaciones sobre mi vida privada. Espera que le pregunto y te digo. Dice que sí, problema solucionado. Corté la comunicación cabreado, mi ex mujer me había apartado de su vida, ¿pretendía que la tuviera al tanto de mis cuestiones privadas? 
-No la entiendo, le comenté a Ana, por el tonito parece que no le hizo gracia que estés aquí. Y por cierto, querías hablarme de algo.
-Sí, para eso vine, pero la reacción de Virginia me lo confirma. Bueno, al tema, tú sabes que me considero amiga de los dos y nunca he querido interferir en sus cosas. Escucho y estoy cuando me necesitan sin más, pero eso no quita para que me haya tenido que morder la lengua muchas veces. Antes,  lo de la llorera cuando vi la actuación de los niños fue real y lo de que quiero volver a ser madre también, pero  mientras en la terraza nos tomábamos algo no sé qué me pasó, pero utilicé un truco inventándome la insinuación de tener un hijo contigo, la cara de Virginia era un poema.
-Me estoy perdiendo, ¿a dónde quieres llegar?
-Ah Jose, que no te enteras, ¿no te das cuenta que Virginia está enamorada de ti y no sabe qué hacer para recuperarte? Si no, tú me dirás a que viene que instalara su taller en la casa familiar, o que ande haciéndote regalitos sin venir a cuenta, como esos diarios donde escribes tu día a día en el taxi. Cuando por el niño tienes que estar con ella, se te nota la cara de vinagre que le pones, pero no te das cuenta de que ella te mira como si fueras un dios. Ahora a saber qué estará pensado sobre nosotros, segura que nos imagina pegándonos un revolcón.
Esto igual se me está yendo de las manos, que no quiero perder la amistad de ninguno, pero espabila hombre, que tú la sigues queriendo como siempre aunque estés enfadado y ella no sabe como acercarte a ti. Y te dejo que se me hace tarde, no te preocupes que mañana pasa a buscar a Thiago-.
Se fue dejándome atontado, sin saber qué pensar. Y ahora ¿qué hago yo?

Continuará. 


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 32.

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Thiago iba a bailar  por primera vez en un teatro "de verdad" y estaba tan ilusionado que no le cabían los nervios.
Pero Virginia y yo sí que lo estábamos, y como Ana se dedicaba a la fotografía profesionalmente no podía faltar. A través de Virginia había conseguido que la contrataran para el evento.
Cuando vimos a Thiago danzando se nos cuajaron los ojos a Virginia y a mí. Supuse que los demás padres tendrían los ojos igual de brillantes, normal, pero el asombro llegó cuando Ana comenzó a llorar a moco tendido con unos hipidos que no pudo reprimir.
Al terminar la función Ana seguía tan compungida que fuimos a una terraza cercana, allí Thiago podía jugar y los adultos tomarnos algo y dejar que Ana se desahogara.
La pobre, con los ojos hinchados nos quiso explicar lo que le había sucedido viendo a los niños en el escenario.
-Lo siento si he montado el numerito, pero no lo pude evitar, viendo a esas niñas y niños sentí la necesidad imperiosa de ser madre. No por sustituir a Suso, no, sino porque quiero vivir la experiencia de tener un hijo y verlo crecer,  tener que quejarme cuando se convierta en un adolescente antipático que tenga su habitación hecha una leonera. Mi instinto maternal no murió cuando lo hizo mi Suso, yo necesito volver a ser madre.
La comprendí, pero Virginia dio un paso más diciendo:
-Te entiendo perfectamente Ana, ¿te has planteado inseminarte en una clínica especializada? 
-Sí -aclaró nuestra amiga-, pero me parece una opción fría para quedarme embarazada, también estoy valorando la opción de pedirle a un buen amigo que me ayude para que quede embarazada de una forma natural-.
Mientras lo decía me miraba fijamente, era obvia su intención. No supe que responder, no me estaba pidiendo un favorcillo de nada. Los tres adultos nos instalamos en un silencio incómodo que oportunamente rompió Thiago con sus juegos.
-Bueno, va siendo hora de retirarnos que este muchachito mañana tiene cole -dijo Virginia sin atreverse a mirar a nadie.
¿Se dice qué pasa un ángel cuándo se hace un silencio extraño? Pues los tres adultos nos quedamos mudos por no saber que decir, debió ser una bandada de ángeles.
Nos despedimos y al llegar a mi casa leí un mensaje que Ana había dejado en mi móvil.
-Oye, tenemos que hablar, como le toca a Virginia estar con el niño igual te puedes pasar por mi casa, o yo me acerco a tu apartamento.
-¿Y qué le contesto yo ahora a esta mujer?

Continuará.