jueves, 9 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 10.

Ir a capítulo anterior. 

 Yo sabía por Virginia que la carrera de Derecho no le gustaba y que por no defraudar a sus padres, después de otras carreras frustradas, no se atrevía a dejar los estudios.
Yo le decía que estaba perdiendo el tiempo, que hiciera lo que le gustara a ella, no a sus padres, pero respondía que no sabía por donde tirar y que para sus padres era impensable que no tuviera una carrera universitaria. 
Le conté que el mundo no se acababa por eso, mis padres después de años ahorrando para darnos estudios superiores a mi hermana y a mí, tuvieron que aceptar que no quisiéramos lo mismo que ellos. 
Virginia no tenía carnet de conducir, su inseguridad la hacía pensar que no sería buena conductora.
Yo la animaba, saber conducir le daría independencia y seguramente los tres idiomas que hablaba la ayudarían a encontrar un camino laboral que le gustara.
Por eso cuando el día que acudí por primera vez a su casa para ser presentado, no me extrañó que ella en el último minuto se arrepintiera de salir conmigo en aquel momento.
-Jose, luego te llamo, ahora voy a hacer algo que tendría que haber hecho hace tiempo. Luego te llamo y quedamos.
No me equivoqué, Virginia, furiosa por el nefasto recibimiento que yo había recibido, reunió el valor y les comunicó a sus padres que dejaba la carrera. También les dijo que yo sin conocerla había evitado que la violaran. Lo soltó todo, que había bebido más de la cuenta y  que no se atrevió a volver a su casa y que yo aún teniendo que trabajar al día siguiente, la había estado acompañando toda la noche por no dejarla sola en su estado.
Me gustó que diera la cara por mí y que empezara a soltar amarras, con veinte años ya tocaba tomar sus propias decisiones.
Me dijo que su padre quería hablar conmigo, que me pasara por su despacho.
-No, le dije, tengo mis horarios en el taxi, si quiere hablar conmigo que busque la forma de encontrarme.
Al día siguiente acudí a un servicio que me habían notificado por la emisora. 
Cuando se subió Julio, el padre de Virginia, se me puso un nudo en la garganta, pero no iba a dejar que me volvieran a humillar.
-Supongo que esto no es casualidad, dígame lo que me tenga que decir que yo también tengo mis obligaciones laborales.
-Entiendo que te pongas a la defensiva después de nuestro primer encuentro, pero solo quiero darte las gracias por lo que hiciste por mi hija el día que se conocieron. Nos lo contó todo, un horror, si no llegas a defenderla.... Que lo  hicieras por una persona que no conocías dice mucho de ti. Y sinceramente, creo que eres una buena influencia para ella, al fin se decidió a dejar la carrera, una pérdida de tiempo que siguiera con algo que ya intuíamos no iba a terminar. También me quiero excusar en nombre de mi mujer, fue una grosería que te juzgara por tu profesión, por favor no se lo tengas en cuenta, a veces suelta lo primero que le viene a la boca sin procesarlo antes, sé que resulta hiriente, pero no es mala persona y como padres queremos lo mejor para Virginia.
Ven a casa este fin de semana, danos una oportunidad de demostrarte que no somos tan horribles.
-Tengo que mirar mis turnos, mi pequeña empresa no se maneja sola. ¿Dónde quiere que lo deje?
Por supuesto le cobré la carrera. 

Continuará. 



Diario de un taxista. Capítulo 9.

 Llegó el momento de conocer a mis suegros. 
Según Virginia, sus padres ya se olían que algún noviete había por ahí, y cuando les dijo que era hora de conocerme, la acribillaron a preguntas. Según ella no les dio mucha información, no quería que se hicieran una idea preconcebida sin conocerme en persona. Se había limitado a decirles que estaba con un buen chico que era dueño de una pequeña empresa. Cuando me lo contó me hizo gracia, técnicamente era cierto, pero era exagerado llamar "pequeña empresa" a mi taxi.
Me advirtió de que su madre me cosería a preguntas y probablemente su padre se mantuviera en un segundo plano observando con detenimiento. 
Me tenía acojonado, pero según ella, eran buenas personas aunque a primera vista parecieran estirados.
El día de la cita estaba nervioso y por no llegar con las manos vacías me gasté mis buenos dineros en bombones y puros, siguiendo el consejo de Virginia.
Yo sabía donde vivían, más de una vez había ido con mi taxi a buscar a mi chica a su casa, un chalet en Ciudad Jardín, pero me sorprendió lo grande que era una vez dentro.
Entré de la mano de Virginia y me presentó a sus padres: Victoria y Julián.
Victoria cogió la caja de bombones como si fuera un paquete de pañuelos desechables usados y la primera frase que me dirigió me dejó anonadado.
-Jose te llaman, por lo menos no te dicen Pepe, qué vulgaridad.
Me entraron los siete males y fui incapaz de morderme la lengua.
-Perdone señora, pero a mi padre todo el mundo lo conoce por Pepe y ya quisieran muchos tener su categoría humana.
El padre, con un carraspeo forzado intervino, supongo que por intentar que saliéramos de aquel atolladero.
-Seguro que tu padre es una persona excelente que te ha sabido educar bien, según tengo entendido a tus veinte años ya tienes tu propia empresa, que por pequeña que sea ya tiene mérito.
-Pues sí, expliqué, gracias a mi padre tengo un taxi y a eso me dedico.
Virginia no había dicho ni una sola palabra después de la presentación, parecía estar conteniendo la respiración.
¿Entonces, tienes un empleado? preguntó el padre.
-No, yo soy taxista. Y a mucha honra.
El hombre se quedó con la boca abierta sin decir nada, supongo que intentando digerir lo que acababa de escuchar, pero Victoria, la madre, mientras se abanicaba con fuerza se dirigió a Virginia.
- ¿Qué pasa? ¿No te basta con tus carreras frustradas para humillarnos? ¿Ahora nos vienes con que tienes un novia taxista? 
Sentí tanta vergüenza ajena que me di la media vuelta para salir de aquella casa, pero Virginia me cogió de la mano y por fin se atrevió a abrir la boca.
-Jose es una persona estupenda, con valores, me quiere y me cuida. Y sí, es taxista, ¿pasa algo? porque voy a seguir con él. Mamá, o te disculpas ahora mismo o salgo por esa puerta con él y no me vuelven a ver.
Temieron que no fuera un farol, porque aquella mujer tan elegante y estirada soltó unas disculpas que seguro no sentía, mientras el padre me daba unas palmaditas en la espalda intentando destensar la incómoda situación.
Acepté las disculpas y las palmaditas. Intenté ser cortés mientras nos tomábamos el aperitivo que por supuesto trajo una señora del servicio.
Si ellos estaban tragándome por el amor a su hija, yo también la quería.
Así que no hice lo que me pedía el cuerpo, salir corriendo de aquella casa.

Continuará. 





jueves, 2 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 8.

Ir a capítulo anterior.

Virginia se coló en mi vida.
Aquella chica con su fragilidad me conmovía y para que nos vamos a engañar, su físico también ayudó a que la comenzara a ver con ojos golosos. Era casi rubia y con los ojos color miel, muy blanquita de piel, con buen cuerpo.
Comenzamos una aparente amistad y poco a poco me fue desgranando su vida. Era hija única, sus padres eran empresarios del sector de la hostelería, tenían cadenas de hoteles y por lo que supuse, estaban forrados de pasta. Virginia había comenzado tres carreras con la misma suerte, no le gustaba lo que hacía. En esos momentos estaba haciendo primero de derecho pero estaba pensando en abandonar. Me contó que en ese sentido se sentía perdida, no sabía por donde tirar. Según la fui conociendo me di cuenta de que no solo estaba perdida en ese aspecto, no sé, la veía tan insegura.... Ni amigas tenía,  pensaba que le caía mal a la gente. La consolé con lo que realmente pensaba: escondía sus inseguridades con una falsa apariencia de frialdad que la alejaba de posibles relaciones sociales.
Conmigo se sentía segura y me convertí en su confidente, la amistad que en principio mantuvimos fue cambiando de forma y al poco tiempo nos convertimos en pareja.
Yo alucinaba, una chica con su clase, tan bonita y enamorada de un tipo como yo, un taxista que estaba fuera de su órbita social, pero estaba dispuesto a tirar hacia adelante. Aunque yo había tenido alguna relación pasajera, sentí que por primera vez me había enamorado y me creía correspondido.
Cuando llevábamos un par de meses juntos la presenté en mi casa. Ya le había advertido que éramos una familia humilde y que la casa donde vivíamos no sería a lo que ella estaba acostumbrada.
El primer encuentro fue bien, a pesar de los nervios normales. 
Después de ese primer encuentro mis padres me dijeron que la muchacha les había gustado y Carmen, sincera como siempre, señaló que se olía de lejos que era una "niña de papá", que vivíamos en mundos totalmente diferentes.
Me dio rabia esa opinión y me enfrenté a mi hermana, ¿acaso estábamos en siglos anteriores dónde se nos separaba por clases? 
-No te lo tomes a mal Jose, si buena chica parece, pero me da a mí que está acostumbrada a unos lujos y unas comodidades que un taxista no puede proporcionarle, eso a la larga puede hacer mella en la relación. Ojalá me equivoque, pero no le veo futuro.
Mis padres por suavizar la situación dijeron que con veinte años teníamos toda la vida por delante, ya veríamos si la relación prosperaba o no y si estábamos enamorados ellos nos daban su bendición.
Por supuesto no le dije la opinión de Carmen a Virginia y seguimos con lo nuestro.
A los seis meses reuní el valor para preguntarle:
-Virginia, ya llevamos un buen tiempo saliendo en serio y no he visto que tengas intención de presentarme a tus padres. ¿Te avergüenzas de mí? 
-No, para nada. Mis padres son buenas personas, pero mi madre es especialita y seguramente te va examinar con lupa, quería ahorrarte el mal trago, pero tienes razón, ya va siendo hora de que los conozcas.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 7.

 Virginia  -la mujer que volvió mi mundo del revés- se cruzó en mi vida cuando yo tenía 20 años.
Un viernes, haciendo el turno de noche, pasaba con mi taxi por la zona del Puerto. Era normal que me salieran carreras seguidas, por aquello de que la gente salía a las discotecas y bares en aquella parte de la ciudad.
No era demasiado tarde, serían las diez cuando al pasar con el coche me percaté de lo que me pareció un comportamiento violento. Una chica caminaba raro, como con poco equilibrio y el hombre que la acompañaba le metía mano descaradamente mientras ella intentaba zafarse. No me gustó lo que vi, ella parecía que estaba bajo los efectos del alcohol o vete a saber qué y él intentaba forzarla. 
Pensé que si llamaba a la policía cuando llegara ya el tipo habría tenido tiempo de hacer lo que le diera la gana. Yo no me tenía por valiente, al contrario, si podía evitar cualquier confrontación lo hacía, pero pensé que esa mujer podía ser mi hermana Carmen y cogiendo el espray de pimienta que llevo siempre como defensa en el taxi, me bajé.
-Deja a la chica ¿no te das cuenta de que no quiere que la manosees?
El tipo al escucharme se dio la vuelta y preparó el puño, pero fui rápido rociándolo con el espray. Aproveché que estaría fuera de juego durante unos minutos para tomar a la chica del brazo y subirla a mi taxi.
-Tranquila, le dije, aquí estás segura. ¿Te encuentras bien? ¿A dónde quieres que te lleve?
Ella temblaba, estaba pálida, parecía desubicada.
-Mil gracias, ese tío se estaba pasando y no podía quitármelo de encima, si no llegas a intervenir...
-No te preocupes, lo hubiera hecho cualquiera. ¿A dónde te llevo?
Al subirla a mi taxi la había sentado a mi lado y pude ver que se estaba aguantando una arcada para no vomitar, pero no me dio tiempo de abrir la ventana. 
Mi padre tenía el don de que se le pusieran de parto en su taxi, yo tenía el dudoso récord de que me vomitaran. Era de lo más desagradable y me ocasiona unas molestias que pasaban por llevar el coche a un sitio especializado en limpieza de tapicerías y que me costara dinero por partida doble, porque aparte de pagar ese servicio, estaba una cuantas horas sin herramienta de trabajo. Era mi sino, solo podía resignarme.
-No pasa nada, insistí cuando ella se escusó avergonzada después de vomitar, ya me ocuparé de eso. ¿Te encuentras mejor?
-Es que no estoy acostumbrada a beber, te pagaré lo que sea por este desastre.
-Son gajes del oficio, ni la primera persona ni la última que vomita en mi coche.
Siempre llevaba toallitas y servilletas e intenté quitar lo "más gordo" antes de que el olor me hiciera vomitar también a mí.
-Dime a donde quieres ir, que en un rato no nos va a gustar el olor aquí dentro. Ya estaba pensando dejarla donde me dijera y terminar pronto mi turno, con el coche apestando.... Gracias que el sábado abrían el sitio de limpieza de tapizados que visitaba muy a mi pesar a menudo. Como otras veces, le pediría a mi padre su taxi para aprovechar en lo posible la mañana.
Aún enredado en mis pensamientos me di cuenta de que la chica lloraba desconsolada.
-Es que no puedo volver a mi casa, se supone que paso la noche en casa de una compañera de estudios para preparar un examen, pero la verdad es que salí sola y me encontré con ese tío en un bar; al principio me pareció educado y dejé que me invitara a un par de copas, pero creo que al final fueron más de dos. El desenlace ya lo conoces. 
-¿Y no tienes ninguna amiga que te ofrezca tu casa esta noche?
-No, no tengo amigas, confesó entre hipidos y mocos.
¿Qué iba a hacer con aquella chica? No podía dejarla sola en aquellas condiciones, me estaba dando una lástima... 
-Bueno, ya se nos ocurrirá algo, pero vamos a bajarnos del coche, el olor está resultando...desagradable.
Además, te vendrá bien que te dé el aire.
Así entró Virginia en mi vida, como un elefante en una cacharrería. 

Continuará. 

miércoles, 24 de junio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 6.

 Ir a capítulo anterior.
Como cada miércoles recogí a Emilianita para llevarla al centro de salud, como iba a primera hora no tenía gente delante y al rato salía. Mientras la esperaba me daba tiempo de desayunar y luego la llevaba de regreso a su casa.
Hacia dos años que se había quedado viuda después de tener al marido encamado por una mala enfermedad que acabó con él. Nunca la oímos quejarse, pero después de perder a su Manuel empezó a ser menos ella. Su hijo, Manu, casado y con hijos se la quiso llevar a su casa cuando los despistes de Emilianita fueron más evidentes, pero ella tozuda decía que su casa era sagrada y que no pensaba irse a ningún sitio. 
Su hijo me pidió en su momento el favor de que la llevara y la trajera cuando iba al centro de salud los miércoles y yo acepté encantado, aquella mujer se había portado bien con mi familia cuando lo necesitamos. Me sabía mal cobrarle, pero Manu insistió, si no cobraba por mi trabajo buscaría a otra persona, pero él estaría más tranquilo conmigo, así que le dije que sí.
Al principio era la misma Emilianita la que me pagaba, hasta que comenzó a darme billetes de 50 euros y me decía que me quedara el cambio. Con la excusa de que a primera hora no tenía cambio, le decía que ya me pagaría su hijo. Hablé con él, por supuesto, su madre no era consciente del dinero que iba soltando y me propuso pagarme mensualmente él mismo. Como confianza y cariño había me atreví a sugerirle que su madre necesitaba una persona que estuviera pendiente de ella todo el día. Él y su mujer eran abogados y ejercían por las mañanas, por las tardes procuraban sacarla a pasear, no se desentendieron de ella, pero trabajar tenían que trabajar y cuando le hablaban a Emilianita de ponerle a una persona que la acompañara por las mañanas ella se enfadaba diciendo que no necesitaba a nadie. Mi madre se prestó a echarle un vistazo sin que ella se percatara. Si no la oía trajinando en la casa, subía y se inventaba cualquier excusa, que si le faltaba una pizquita de perejil o lo que se le ocurriera. Así durante un tiempo la mujer estuvo más o menos controlada, pero semana a semana yo veía que la cabeza se le iba. 
Ese miércoles se subió a mi taxi en zapatillas de andar por casa. Siempre había sido impecable con su aspecto, pero no tuve corazón para indicarle su "despiste". Mientras ella estaba en el centro de salud llamé a su hijo y se lo comenté. "Qué lástima, -se desahogó apenado- con lo que ha sido mi madre. Desde que no tiene su rol de cuidadora no se da cuenta de que es ella la que necesita que la cuiden, gracias Jose por avisarme, tendré que ingeniármelas para que acepte compañía por las mañanas, que cualquier día se deja el fuego encendido y tenemos un disgusto".
No pude evitar esa mañana sentirme triste, pero el taxi y mi profesión consiguieron despistarme.
Es lo que tiene mi trabajo, para bueno o para malo durante el día comparto pequeños espacios de tiempo con tanta gente diferente, que termino vislumbrando aunque sea de soslayo vidas ajenas con sus sombras y sus luces. Una sorpresa permanente.
Tanto, como que mi taxi tuvo su papel relevante cuando conocí a Virginia, mi "ex" y madre de mi hijo.

Continuará.

Diario de un taxista. Capítulo 5.

 Hoy es miércoles, así que me toca pasar a buscar a Emilianita para llevarla al centro de salud para sus controles de azúcar y tensión.
Ya dije anteriormente que era la vecina de arriba, una mujer buena que cuando le tocaba echarnos una mano lo hacía de mil amores. Sobre todo cuando mi padre se operó, que como mi madre no lo quería dejar solo mientras estuviera hospitalizado, nos acogió a mi hermana y a mí como si fuéramos familia.
Después del colegio íbamos a su casa, allí comíamos y por las tardes su hijo, que nos sacaba unos años, nos ayudaba con las tareas escolares. Por la noche mi madre dormía en casa por no abusar de la vecina y poder estar algo con nosotros.
Fue una época complicada, a la preocupación por la salud de mi padre se añadía el tema económico, como autónomo que era, cobrar la baja suponía una merma importante.
Después de varias operaciones mi padre tuvo que hacer durante meses rehabilitación, se esforzaba al máximo, pero recuperarse le llevaría su tiempo. Mis padres tiraron de los ahorros destinados a nuestras carreras, ya tenían claro que Carmen y yo no íbamos a seguir lo que ellos habían soñado durante años. Mi madre seguía limpiando escaleras, pero todo el dinero que entraba era poco. 
Mi padre procuraba no quejarse delante de nosotros, pero sabíamos que no estaba bien, a veces soñaba en voz alta: "si algún día me toca la lotería me retiro y a vivir sin hacer números todos los días".
Mi madre le contestaba que difícil era si no jugaba, cierto era. Les dolía gastar dinero en juegos de azar. Hasta que un día mi madre se levantó diciendo que había soñado con un número y que tenía un pálpito, recorrió varias administraciones de lotería hasta que encontró el número que buscaba. El caso es que el número salió, nunca sabré si fue por la premonición o por la casualidad, pero nos tocó la lotería.
Mis padres dejaron de trabajar, aunque mi padre por no querer gastar más de la cuenta se quedó con el taxi como coche familiar. Pudimos vivir sin ahogos pero sin lujos, había que emplear bien el dinero. Mis padres decidieron destinar una parte para nosotros, ya que seguíamos empeñados con lo de ser taxistas, que tuviéramos un vehículo propio para arrancar, nunca mejor dicho.
Tuvieron cabeza para dejarse asesorar con el dinero, no querían correr la misma suerte de otras personas que habiendo ganado una cantidad considerable al par de años estaban arruinados.
Invirtieron una buena cantidad en oro por ser una apuesta segura. A día de hoy siguen viviendo en la misma casa de siempre y no han cambiado sus rutinas. Carmen y yo a menudo les decimos que se vayan de viaje, que se den algún capricho, pero ellos dicen estar bien como están y no hay quién los haga cambiar de idea.
Van a la piscina un par de veces por semana, les viene bien a ambos para sus espaldas, pasean cuando se les apetece, están pendientes de nosotros y lo mejor según ellos, ejercen de abuelos cuando se tercia.
Se desviven por Laura, mi sobrina y por mi hijo Thiago. 
A mí y a mi hermana nos gustaría que disfrutaran más de otras maneras, qué se yo, que viajen, que se apunten a actividades o lo que sea.
Aunque la verdad sea dicha, ellos solo piden salud y son felices a su manera.

Continuará. 


jueves, 18 de junio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 4.

 Ir a capítulo anterior.

Han pasado un par de días sin incidencias laborales, lo que es extraño, en esta profesión cuando no es Juana es la hermana.
Hoy a media mañana paré para ir al bar de siempre a desayunar y recibí una llamada de un colega, me cuenta que mi hermana ha activado por la radio -con la que nos comunicamos los taxistas entre nosotros y con la centralita- un código 8. Eso significa que tiene a alguien retenido en el taxi y se dirige a comisaría, el compañero añade que los taxistas que están más cerca están acudiendo para escoltarla, nunca se sabe. Me queda más cerca la comisaría, así que me dirijo allí de los nervios.
La cosa fue que mi hermana recogió a un pasajero que se sentó atrás y por el retrovisor vio como el tipo se masturbaba. Carmen, que es mucha Carmen, ni corta ni perezosa activó el bloqueo de las puertas y puso a grabar la cámara que algunos llevamos en el salpicadero. Cuando él vio que no estaban siguiendo la ruta que había pedido se empezó a poner nervioso y mi hermana le dijo que iban derechitos a la comisaría. Una imprudencia, podía haber sido atacada por la espalda, pero como dije hace un momento, Carmen es mucha Carmen.
Finalmente, la cosa se quedó ahí, entregó en la comisaria la cinta y puso la denuncia pertinente. espero que tenga que ir a juicio el pervertido ese, que ya le vale...
Esas cosas me indignan, razón tenían mis padres cuando de niños mi hermana y yo dijimos que queríamos seguir la profesión de mi padre.
Lo cierto es que entonces ellos trataron por todos los medios de disuadirnos, ya se ve que de poco les sirvió.
Por aquel entonces mi padre comenzó con problemas de salud serios, la espalda hacía años que le daba la lata y estar sentado en el taxi tantas horas era de todo menos bueno. Una día un compañero llamó a casa, mi padre se había quedado "bloqueado", por decirlo de alguna forma, vamos, que no se podía levantar del asiento y lo tuvieron que ayudar. Lo llevaron al hospital y mi madre salió disparada dejándonos a Carmen y a mí a cargo de Emilianita, la vecina de arriba que siempre estaba dispuesta a echar una mano.
El diagnóstico de los médicos fue que tenía hernias multinivel, o sea, que presentaba varias hernias en diferentes partes de la columna. Tendrían que operarlo y lo siguiente sería un largo periodo de rehabilitación. Mi padre, consciente de que estaría alejado del trabajo durante meses se vino abajo. Mi madre se enfadó con él, ya le valía que se preocupara más por el dinero que por salud. Y con un "Dios aprieta pero no ahoga" hizo correr la voz en el barrio de que necesitaba más escaleras o casas para limpiar. 
Mi hermana siendo mayor que yo se daba cuenta de que venían tiempos difíciles, no era lo mismo cobrar una baja que el sueldo más propinas, y en el mismo hospital, estando mi padre recién operado y acompañado por nosotros, demostró lo resolutiva que era.
-Mira papá, ustedes llevan años ahorrando para darnos una carrera a Jose y a mí, pero no vamos a ir a ninguna universidad, vamos a ser taxistas como tú, así que ese dinero ya lo pueden ir empleando ahora que hace falta, si mamá se desloma con la fregona va a terminar también con la espalda jodía y no queremos verlos a los dos quemados de tanto trabajar. 
Nos miramos los cuatro, mi hermana tenía razón.

Continuará.