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Me preocupó que mi tocaya lo estuviera pasando mal por mi enfado, pero el que volviera a su nocivo hábito de comerse las uñas me dio tanta pena...
Recordé cuando años atrás hicimos un pacto: si era capaz de dejar de morderse las uñas le daba carta blanca para que investigara a mi madre biológica, aunque le dejé claro que descubriera lo que descubriera yo no quería saber nada. Estaba convencida de ella había aprovechado los recursos que le facilitaba su profesión y de que algo habría descubierto, pero lo cierto es que respetó mi deseo y no volvió a marearme con aquel tema que desde niña la inquietó.
Yo era de blanco o negro, las medias tintas no me iban, pero comencé a preguntarme si no estaba siendo demasiado categórica con Ana.
¿Y si me estaba equivocando queriéndola fuera de mi vida? Intenté no darle muchas vueltas, había tomado una decisión y ya, pero muy a mi pesar seguí rumiando sobre el valor aquella amistad que había sido un regalazo desde que yo era una niña.
Me estoy ablandado, reconocí, pero recordaba el patinazo de Ana ocultándome como era en realidad Iván. Me volvía la rabia y daba por zanjado el asunto.
Pasadas un par de semanas apareció por el negocio Mariam, la mujer que convivía con los padres de Ana, la vidente. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, aquella mujer, con su moño que desafiaba la ley de gravedad siempre me había inquietado.
Dijo que necesitaba hablar conmigo y le pedí que esperara unos minutos, que mis padres habían salido a desayunar y que no tardarían. Así fue, en cuanto llegaron después de la pertinente presentación la llevé a una cafetería que estaba cerca.
-Se nota que tus padres te quieren mucho, ¿no es cierto?
-Sí claro, -respondí mosqueada, no sabía a donde me quería llevar aquella mujer-.
-Y aunque te quieren muchísimo estoy segura de que alguna vez se habrán enfadado contigo.
-Pues sí, supongo que como pasa en cualquier familia.
-¿Y te has parado a pensar qué Ana entra dentro de la categoría de familia?
-Vale, ya sé por donde vas, vienes a decirme que la tengo que perdonar, pero es una decisión que yo debo tomar sin que me presionen.
-Razón tienes, pero te quiero ayudar. Estás tan perdida que no eres capaz de ver que tú también eres imperfecta y te equivocas. ¿No te das cuenta de que la amistad de Anita es un regalo que tenía reservada la vida y lo estás despreciando con tu cabezonería?
-No creo que me ayudes echándome una bronca.
-A veces no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos, no quieras que te pase. Estás a la defensiva conmigo, me voy, no te molesto más.
Por cierto, Ana lleva ingresada en el hospital unos cuantos días, está muy enferma.
Continuará.