miércoles, 2 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 26.

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 Virginia sabía por mi boca las circunstancias de Ana y su niño. 
Como siempre yo le contaba mis interacciones con los clientes del taxi que, por lo que fuera, veía a menudo. Mi mujer se conmovió cuando supo la última conversación que había tenido con Ana, se puso en la piel de otra madre que durante casi dos años había tenido que convivir con el sufrimiento. Por eso, cuando le dije que Ana me había invitado al cumpleaños del niño quiso involucrarse.
-Jose, ¿tú crees que a Ana le sentará mal que quiera ir contigo a ese cumpleaños? Me gustaría conocerla y a Suso, igual hasta podríamos llevar a Thiago, quizás ver que existen otras realidades lo ayude en algún momento.
-Me parece buena idea, esta semana tengo que llevarla de nuevo al hospital y se lo comento.
Cuando hablé con Ana de la conversación que mantuve con Virginia estuvo encantada de conocerla y por supuesto a Thiago. Pero los planes son los que son: a menudo no se pueden cumplir.
Faltando un par de días para el cumpleaños de Thiago recibí una llamada de Ana, supuse que algo malo pasaba, eran  las las seis de la mañana.
-Jose, el niño no respira y está helado, supongo que de madrugada se le paró el corazón. No sé qué hacer, estoy bloqueada.
Le dije que iba hacia su casa y le conté a Virginia lo sucedido.
-La pobre, debe estar destrozada, te quiero acompañar, llamo a mi madre que se pone en diez minutos en casa y se ocupa de Thiago.
A la media hora ya estábamos en la casa de una desolada Ana en evidente estado de shock. Aunque mi mujer y ella no se conocían, Virginia la abrazó con fuerza dejando que Ana se desahogara. 
-Perdona Ana, sé que tienes que llorar, pero tengo que saberlo. ¿Has llamado a emergencias? 
-Solo te he llamado a ti.
-No pasa nada, yo me ocupo y déjame el teléfono del padre. Si no se preocupó de la vida de su hijo que se ocupe de su muerte.
Llamé primero al 112 y mientras estaban en camino llamé al padre de Thiago.
Le comuniqué el fallecimiento de su hijo y le hice saber que Ana estaba destrozada. No sé como tuve las agallas con el aquel hombre que ni conocía, pero le exigí que se hiciera cargo de los trámites que fueran necesarios. Supongo que le cogí en la cama y que estaría procesando la noticia cuando se mantuvo en silencio durante un breve espacio, luego con la voz temblorosa afirmó que cumpliría.
Lo que vino después fue sumamente desagradable para Virginia y para mí. Para Ana fue un suplicio.
Los siguientes días mi mujer y yo nos turnábamos para no dejarla sola, la mujer fuerte que luchaba por su hijo discapacitado con uñas y con dientes había desaparecido, solo le cabía el dolor. 
-Racionaliza Ana -quise animarla- tu niño no tenía una buena vida por más que tú lo quisieras, ya está descansando. Ahora te toca en otro sentido descansar a ti. Y sabes que nos tienes a Virginia y a mí para lo que haga falta. 
-Ya, lo sé y sabía que al niño le quedaba poco, pero ¿cómo aprendo ahora a dejar de ser madre?

Continuará. 



Diario de un taxista. Capítulo 25.

 No sé que me llevó a invitar a Ana a desayunar, era extraño, porque sin considerarla aún como a una amiga me apetecía hablar con ella y contarle lo que le sucedía a mi hijo.
Nos sentamos en una terracita para que a su niño le diera el sol, me volvió a preguntar por lo que le sucedía a mi hijo y me animé a contárselo.
-Pues Thiago tiene un problema. Como se suele decir, ha nacido en un cuerpo equivocado, vamos que es transgénero.
-Te lo cambio por el mío.
Ella debió percatarse de mi cara de asombro y se excusó.
-Persona Jose, no me conoces lo suficiente para saber que tengo un humor negro, bastante negro, para que nos vamos a engañar. Pero si me permites que sea totalmente sincera no me parece adecuado que lo expreses como un problema, ¿qué es complicado? no te lo niego, pero el problema lo tendrá quien no sepa aceptar su condición.
Sus palabras se quedaron grabadas, con tan poco había dicho tanto...
Me di cuenta de que Suso babeaba en exceso y con el babero lo limpié.
-Mira -dijo Ana- mueve la cabeza de lado a lado porque está contento, tú le gustas y es su forma de agradecértelo. Gracias Jose, agradezco encontrarme con una persona buena como tú, me hace seguir creyendo en el género humano. Ni te imaginas la de desplantes que recibo cada día cuando la gente tuerce el gesto ante las babas de mi niño...
-Me lo puedo imaginar, debe ser psicológicamente agotador para ti, ¿no te has planteado ponerlo en algún centro especializado unas horas para que puedas tener algo de alivio?
-Mira, hoy parece que los astros se han alineado de alguna manera especial para que se den las confidencias. 
Aunque suene chungo Suso nació con fecha de caducidad, al nacer me dijeron que no pasaría de los seis meses y míralo, aunque no lo parezca por lo chiquito que es va a cumplir dos añitos dentro de un par de semanas, pero soy realista, aunque sea un jabato no podrá seguir peleando mucho más, le queda poquito para que lo ingresen en paliativos, tiene los órganos vitales demasiado tocados. No quiero perderme ni un segundo de su vida. 
-Qué duro Ana, cuenta conmigo para lo que necesites a cualquier hora, aunque sea para desahogarte.
-Te lo agradezco, pero ya lloraré cuando mi niño no esté, mientras pienso disfrutar hasta de sus babas. Y sé que no cumplirá más de dos años, así que pienso comprarle una tartita de chocolate aunque se la tenga que triturar como hago con todo lo que come. ¿Quieres venir a su cumple? Le caes bien.
-Cuenta conmigo -le respondí con el corazón en un puño-.

Continuará. 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 24.

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Los siguientes meses fueron raros, de adaptación por decirlo de alguna manera.
Virginia y yo hablamos con nuestras respectivas familias, formaban parte de la vida de Thiago y tenían derecho a saber sus circunstancias. 
Mi madre y mi hermana de alguna forma lo intuían, no las cogió por sorpresa, pero a mi padre le costó aceptarlo. "Apunta al niño a fútbol y seguro que se le quita ese lado femenino que dices que tiene". Me armé de paciencia para que comprendiera que no se le iba a pasar por más patadas que le diera a un balón. Con mis suegros pasó algo parecido, en contra de lo que pensaba, Victoria -mi suegra- dijo que  contáramos con ella para lo que necesitáramos y Julio -mi suegro- reaccionó más o menos como mi padre.
Me pregunté si los hombres en general somos más obtusos para según que cosas. 
Virginia y yo íbamos puntualmente a la consulta de Rosa, la psicóloga, nos daba herramientas para que pudiéramos responder a Thiago cuando verbalizaba que era una niña, con el paso del tiempo sus preguntas y referencias al respecto fueron en aumento. La situación era complicada, porque en el fondo mi mujer y yo temíamos el rechazo que sin duda sufriría. Siguiendo las pautas de la psicóloga tuvimos que aprender a vivir el día a día, ya nos enfrentaríamos a las dificultades que estaban por venir cuando llegara el momento. 
Al mismo tiempo Virginia acudía sola a la misma psicóloga,  poco tardó en decirle lo que yo pensaba: arrastraba una depresión posparto. La verdad es que noté cambios en mi mujer, como si empezara a despegarse de capas de piel que la habían cubierto desde siempre, se notaba que la terapia la estaba ayudando, porque aunque seguía siendo la misma, estaba diferente, como más segura y a pesar de la condición de Thiago, parecía que por primera vez vivía sin miedos.
Yo seguí mi terapia de siempre, el taxi. Seguí llevando a la vecina de mi madre Emilianita, puntualmente al centro de salud, la pobre cada vez estaba más ida, y se añadió otra clienta habitual, Ana, la madre del niño con parálisis cerebral.
Después de la primera vez que la llevé en mi taxi me llamó por teléfono para ver si la podía llevar al hospital con su niño y como debía acudir semanalmente se convirtió en una clienta fija.
Con el paso del tiempo fue desgranando su historia. 
Sus padres vivían en Portugal, ella había estudiado bellas artes y cuando estaba buscando trabajo tropezó con un hombre con mucho dinero que le prometió el oro y el moro hasta que nació al hijo de ambos y  puso tierra por medio. Se ocupaba económicamente, para según Ana, limpiar su conciencia.
Ella no podía trabajar fuera y hacía algún trabajillo como diseñadora gráfica por internet  en su casa.
Un día se atrevió a ser menos discreta y me preguntó.
-Jose, la primera vez que me monté en tu taxi me dijiste algo así como que tu hijo tiene una condición especial, o algo por el estilo. Yo te he contado mi vida, ¿puedo preguntarte por el problema de tu niño?
-Mira, es la hora de mi parada para desayunar, ¿qué te parece si nos sentamos en alguna terracita y te cuento?

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 23.

 Salimos de la consulta de la psicóloga mordiéndonos las ganas de llorar, no delante del niño
Lo que quedó de tarde se hizo eterno, Virginia y yo estábamos deseando que llegara la hora de acostarlo para hablar sin que nos escuchara.
Virginia lloró desconsolada cuando llegó la noche mientras yo intentaba mantener el tipo, alguno de los dos se tenía que mostrar sereno.
-Mujer, es normal que te encuentres mal, pero tenemos que estar más unidos y enteros que nunca para cuando Thiago nos necesite. Si la psicóloga tiene razón y el niño es transgénero, nos espera un largo camino. Todo esto nos viene grande, necesitaremos asesoramiento para saber encarar las dificultades que encuentre Thiago, pero además, sigo pensando que arrastras una depresión postparto y que necesitas ayuda. ¿Por qué no comienzas ya terapia con la psicóloga? Si estoy equivocado mejor que mejor, pero ahora toda la ayuda que recibamos redundará en positivo en el niño.
-Tienes razón Jose, por intentarlo no se pierde nada, en el fondo llevo tiempo sintiéndome mal, mañana mismo le pido hora.
Me tranquilizó que mi mujer por fin oyera mi consejo para que buscara la ayuda que necesitaba, pero me costaba digerir que mi hijo fuera transgénero, no por cuestiones morales o cosas parecidas, sino porque sabía que le esperaba una vida mucho más difícil. Eso me hacía sentir rabia, una fuerte rabia que nunca hubiera imaginado. 
Estaba deseando que amaneciera para ir a trabajar, esa era mi terapia, mi profesión de taxista. Aunque fuera por ratitos, compartir historias y vivencias ajenas me sentaba bien.
Y justo esa mañana, el primer servicio que salió fue recoger a una mujer joven con su hijo.
El niño iba en un carrito, no me pareció que tuviera más de un año y me llamó la atención que el carrito tuviera una extensión que la mantenía la cabeza al niño. La madre tuvo que trajinar más de la cuenta con aquel carrito adaptado y me bajé por si la podía ayudar.
-Gracias, un detalle que te molestes, pero ya le tengo cogido el tranquillo aunque tarde un pelín más.
Ya dentro del taxi con su hijo en brazos observé que la pobre criatura no era capaz de mantener la cabeza erguida, sus brazos rígidos terminaban con las manos totalmente viradas hacia dentro, las piernas también estaban rígidas y llevaba un enorme babero para absorber las babas que le caían  continuamente. 
Me conmovió y aunque yo no era de preguntar a los pasajeros me dejé llevar.
-Perdona, no sé si te molestará que te pregunte por lo que le pasa a tu niño.
-No claro, estás siendo empático y se nota. Tuve un parto muy complicado, a mi niño le faltó el oxígeno durante un breve ratito, pero por desgracia fue suficiente para que le afectara. Tiene parálisis cerebral.
-Vaya, lo siento. Yo tengo un niño de casi cuatro años con una problemática poco frecuente y no sé como afrontarlo. 
-Ya, es difícil tener que lidiar con ciertos problemas, yo me lo tomo con paciencia, mientras pueda manejarlo voy bien, lo peor vendrá cuando crezca y no pueda cogerlo yo sola, pero es lo que hay. Mira ya estamos llegando, gracias por tu sensibilidad y suerte con tu niño.
-Lo siento, te dejo mi tarjeta por si te ves en apuros en algún momento, no importa a la hora que sea.
-Te tomo la palabra, de hecho tengo que llevarlo a menudo al hospital.
Me bajé para sacar el carrito del portaequipaje mientras me daban ganas de darme cabezazos.
Vale que mi hijo no tendría una vida "normal", pero podía caminar, correr, montar en bicicleta, crecer, nadar, enamorarse y ser o no correspondido. 
Mi hijo era perfecto en un cuerpo perfecto, me prohibí avergonzarme o lamentarme por su condición. Y si me tocaba pelear para que tuviera una buena vida, pelearía.

Continuará. 


miércoles, 19 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 22.

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 Virginia y yo estuvimos de acuerdo en consultar el tema con Belén, la pediatra que lo llevaba desde siempre. 
Nos pareció buena idea, aparte de una excelente pediatra, sabía llamar a las cosas por su nombre sin perder la sensibilidad. Confiábamos en ella y después de los casi cuatro años de Thiago teníamos la confianza suficiente para pedirle que nos orientara. 
Pedimos cita y acudimos sin el niño, le explicamos la preocupación por nuestro hijo, desde siempre parecía mostrar un lado muy femenino, jugaba con las muñecas de su prima, en el colegio se relacionaba con las niñas, no le gustaban los juegos de los niños normalmente más ruidosos y brutos... Habíamos pensado que tal comportamiento se debía a su naturaleza tranquila, pero ya hacía comentarios que nos descolocaban, como cuando decía que con el pelo corto parecía un niño, o que quería disfrazarse de hada... 
Belén fue sincera, siempre había notado esa feminidad en Thiago y le pareció lógica nuestra preocupación.
-Como pediatra poco puedo hacer al respecto, pero tengo una amiga psicóloga y me consta que lleva casos parecidos. Si quieren les doy el contacto y hablan con ella. Supongo que valorará al niño y poco más, es muy pequeño, pero a ustedes les vendrá bien el asesoramiento, si Thiago nació en un cuerpo equivocado, tendrán que aprender a lidiar con esa circunstancia intentando que al niño le afecte lo menos posible. 
Salimos de la consulta con el corazón en un puño, no habíamos sido capaces de vocalizar aquellas palabras: "nacer en un cuerpo equivocado" aunque muy en el fondo, lo pensáramos. 
Llamamos a la psicóloga para pedir una cita y por teléfono preguntó el motivo de la consulta, le  contamos por encima.
-Entiendo, nos dijo, en la primera toma de contacto vengan los tres, aunque no trataremos el tema delante del niño. No se preocupen, tengo una sala infantil de juegos y cuidadora, así podrán contarme con detalle lo que consideren. Luego intentaré hacer una evaluación del niño. 
Acudimos a la cita intentando que Thiago no se percatara de lo nerviosos y preocupados que estábamos. Como ya nos había adelantado Rosa, la psicóloga, el niño se quedó jugando con su tranquilidad habitual mientras desgranamos nuestros temores. Ella dijo que le tocaba conocer a Thiago y que esperáramos en una salita. El tiempo se estiró como un elástico, nos pareció una eternidad lo que el niño estuvo dentro. 
La psicóloga nos hizo pasar invitando al niño a volver a la sala de juegos, él salió de la mano de la cuidadora tan tranquilo.
-A ver, he estado hablando con el niño un buen rato, luego le he pedido que jugara con las pegatinas y me hiciera una familia. Lo normal cuando son más grandes es pedirles que la dibujen, pero con la edad de Thiago lo habitual son monigotes difíciles de interpretar. Aquí está la cartulina con su composición, los ha puesto a ambos a la misma altura, eso es positivo, siente equilibrio. Ya se habrán percatado que en medio de ustedes dos ha representado a una niña: el vestido, las coletas... La conciencia de su propio género se suele presentar a los 2/3 años, cuadra con lo que ustedes me han contado, sobre los 4/5 años es normal que los niños transgéneros definan su identidad sexual con más precisión, ya dicen con convencimiento soy una niña o soy un niño, habiendo nacido con el sexo opuesto. 
Creo que es transgénero, habrá que valorarlo pasado un tiempo, hay que ver si persiste en su idea de que es una niña aunque no lo haya dicho exactamente con esas palabras, seguramente no tardará en decirlo.
Mientras, mi consejo es que ustedes sean su puerto seguro, que acompañen con naturalidad su proceso. Soy consciente de que es fácil decirlo, es probable que esta situación les genere preocupación y angustia. Si están de acuerdo me gustaría ayudarlos a gestionarlo,  porque aunque el niño no esté enfermo, tendrán que estar fuertes y seguros para sostenerlo cuando los necesite. Y los necesitará.

Continuará. 




Diario de un taxista. Capítulo 21.

 Después del susto que nos llevamos con Thiago Virginia dejó de ir al gimnasio. 
Necesitaba estar localizada continuamente cuando el niño estaba en el colegio, me pareció exagerado, pero supe ver que volvían sus inseguridades, su temor a no ser una buena madre.
Yo en el taxi veía de todo y raro era la semana que no llevaba a alguna madre o padre con su criatura al Materno por accidentes infantiles. Una niña que se había metido una goma en la nariz, otro que se había quemado al poner las manos en la cocina encendida... y lo compartía con Virginia para tranquilizarla.
-Mira, esas cosas pasan continuamente cuando los hijos son pequeños, nosotros no nos podemos quejar, Thiago no es un niño travieso, creo que de momento no nos dará esos sustos por imprudencias infantiles. ¿Qué tropezará y se caerá? Como cualquier niño de su edad y esas cosas no las podremos evitar esté o no con nosotros. 
Pero no conseguía convencer a Virginia y volví a insinuarle que le vendría bien ir a terapia, seguía pensando que ella arrastraba una depresión postparto, pero era misión imposible. No quería saber nada al respecto.
Pasaron unos meses y un día llegó el niño con una notificación en la mochila. En el colegio necesitaban personas que  participaran activamente en el ampa, como la mayoría de madres y padres trabajaban, no era fácil conseguir gente dispuesta a echar unas horas para ir de acompañantes a las excursiones o que se involucraran en actividades lúdicas.
-Mira Virginia, a mí me encantaría, pero con mis horarios no me puedo comprometer, ¿no se te apetece? 
-Pues no me lo había planteado, pero por preguntar no se pierde nada, mañana cuando deje al niño me paso por secretaría a ver si puedo colaborar en algo.
Ese "colaborar en algo" se convirtió en una actividad que le vino de maravillas a Virginia, aparte de las típicas excusiones el colegio organizaba actividades culturales, y cada trimestre ofrecía alguna representación teatral o musical.
Virginia me sorprendió cuando llegó a casa cargada de telas.
-Mira Jose, voy a hacer el vestuario para la próxima representación de los niños, me va a tocar hacer unos cuantos vestidos de elfos y hadas.
-¿Tú sabes coser?
-Sí, de pequeña tuve durante años una "tata", Pino se llamaba, había sido modista y se entretenía haciendo ropita para mis muñecas. Me gustaba tanto que poco a poco me fue enseñando y la verdad es que no se me daba mal. Hasta llegué a decirle a mi  madre que de grande sería modista, pero ya sabes como es, me hizo bajar de la nube, según ella eso era para gente pobre y de mí se esperaba algo mejor.
Y Thiago me va a servir de maniquí, estos disfraces no van pegados al cuerpo y más o menos son todos de un mismo tamaño.
Mi hijo no solo se prestó, sino que le gustaba. 
La alarma se volvió a activar cuando expresó que él no quería ir vestido de elfo, él quería el traje de hada. Aquellos comentarios feminizándose eran cada vez más habituales.
Virginia y yo no podíamos enterrar la cabeza como avestruces, había llegado el momento de hablar sobre del tema.

Continuará. 




miércoles, 12 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 20.

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Thiago se adaptó al colegio mejor de lo que esperábamos, pero no pasó lo mismo con Virginia. "Se me cae la casa encima cuando no está el niño". La animé para que por las mañanas hiciera alguna actividad y a los pocos días me comentó:
-¿Sabes que en la calle de abajo han abierto un gimnasio nuevo? Estuve preguntando y dan clases de zumba, tengo ganas de apuntarme por las mañanas. "Claro" -la animé- así cuando te quieras dar cuenta es la hora de ir a recoger a Thiago.
No llevaba ni una semana con la nueva actividad cuando Thiago tuvo un pequeño accidente en el colegio, llamaron a su madre, pero ella estaba en el gimnasio y no se enteró, yo estaba como segundo contacto y gracias que me cogieron terminando un servicio. Me informaron de que el niño se había caído y que como no dejaba de sangrar por la boca lo estaban llevando al Materno. Alarmado corrí como no se debe con un coche. Llegué un poco después, el colegio estaba más cerca, y ya estaban atendiendo a mi hijo.
En una caída tonta Thiago había tenido la poca fortuna de chocar su boca contra la esquina de una mesa y se había roto el frenillo, esas heridas son escandalosas por la sangre, pero el pediatra que lo atendió me tranquilizó: "estará un par de días con algo de dolor, pero se quedará en un susto, solo va a necesitar frío en la boca". ¿Cómo lo vamos a hacer? es pequeño y si le duele no se va a dejar, argumenté preocupado, "no se preocupe, es más fácil de lo que parece" y salió por fin mi niño chupando un flan de hielo. Procure tener siempre en el congelador, es un truco para los padres primerizos, aunque el frenillo no se lo va a romper más, suelen ser habituales los golpes en la boca. 
Miré la hora, Virginia ya estaría saliendo del gimnasio. La llamé intentando minimizar el incidente y le conté por encima: "estamos en el Materno esperando a que me den el informe, la cosa se quedó en un susto, no te preocupes, ya voy con el niño a casa y te cuento mejor, en lo que llegamos podrías comprar helado y flanes de hielo para congelar. En media hora estamos en casa.
Cuando llegamos mi mujer no tenía color en la cara y se puso a llorar en cuanto nos vio, el niño se contagió del llanto. Yo no sabía a quien consolar primero, pero me pude imaginar la angustia de Virginia sin saber exactamente lo que le había pasado a nuestro hijo. Intenté disimular mis nervios, yo también me había asustado y le expliqué lo que había pasado. 
-No te preocupes, fue una caída tonta que le hubiera pasado igual estando con nosotros, lo importante es que no va tener ninguna consecuencia, un par de días molesto y ya está. Aconsejaron que comiera cosas frías, va a estar encantado con tanto helado. Y es normal que nos asustemos, no estamos acostumbrados, pero más golpes se llevará, es normal con su edad.
Thiago estaba feliz con sus flanes de hielo: "¿sabes mami? la enfermera me dio uno rico rico, de fresa. Yo cuando sea grande quiero ser enfermera".
Hicimos como que no nos dimos cuenta del femenino empleado por el niño, ni lo comentamos.
Supongo que pensamos lo mismo: es pequeño, está todavía con la adrenalina a tope por el golpe, el susto por la sangre....
En ese momento nos centramos en hacer lo que hacen los padres sin experiencias previas con "los gajes del oficio" de sus niños.
Mimarlo y dejar que comiera todo el helado que quisiera.

Continuará.