Ir a capítulo anterior.
Mari, como las madres, hizo de pegamento cuando nos independizamos.
Estaba atenta a las andanzas vitales del resto de los Dragones, se ocupaba de recordarnos los cumpleaños para que ninguno se sintiera dejado de lado y era la que organizaba las comidas en su casa para que los cuatro no pasáramos más de una o dos semanas sin vernos.
Por supuesto todos los días a través del grupo de whatsapp nos saludábamos, pero si pasaban un par de días sin ver a Mari la llamaba por teléfono, en mi corazón y creo que no me equivoco si digo que también en la de Lucas y Kevin, era la cabeza de familia.
En una de esas llamadas Mari me dijo que estaba intentando montar una cajonera para la habitación de su niño.
-Chacho, esto es más difícil de lo que parece, o me faltan manos o me sobran piezas, estos muebles de Ikea...
-No vas a poder, son un rollazo esos muebles, pero no te preocupes, esta tarde paso por tu casa, que llevo un par de días sin ver a los niños y te la monto.
-Mira Saulo, basta que me digan que no puedo hacer una cosa para que no pare hasta que me salga, como que me llamo Mari que esta tarde la ves montada.
Di por sentado que me encontraría el mueble en perfecto estado de revista, pero hubo algo que dijo que sin saber por qué, se me quedó anclado en la cabeza, fue como cuando se te olvida una palabra y la tienes en la punta de la lengua.
Ya por la noche a punto de quedarme dormido, en ese duermevela en el que ni estás dormido ni despierto, recordé algo que me había dicho Mari muchos años atrás. Sucedió cuando la logopeda que la trató por su dislexia le dijo algo así como que estaba capacitada para seguir con sus estudios, aunque nunca escribiría un libro.
Era eso, Mari cuando me narró la conclusión de la logopeda dijo: "basta que me digan que no puedo hacer algo para que no pare hasta que lo consiga, no solo es que pueda escribir un libro, es que lo voy a escribir".
Coño, ¿cómo no me di cuenta antes? El libro lo había escrito ella, una certeza aplastante me invadió, seguro seguro seguro, era Mari la autora de Los Dragones.
Pero, ¿por qué sabiendo la intriga que me mortificaba no había sido sincera? No era propio de ella.
Miré el reloj, eran las doce de la noche, pero no pensaba pasar ni un minuto más con aquella incertidumbre.
Cogí el teléfono y la llamé.
Continuará.