jueves, 16 de abril de 2026

Los dragones. Capitulo 14.

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A punto de cumplir los dieciséis años nos carcomía el miedo al futuro y Mari, como siempre, nos propuso algo.
-Chicos, llevo tiempo pensando en la manera de seguir juntos cuando cumplamos los dieciocho, tengo un plan y si están de acuerdo voy a ser inflexible, nos va a tocar apretar el culo desde ya. Hasta esa edad el estado nos pagará los estudios, y como Lucas y yo queremos hacer carreras no terminaremos hasta los veintidós. La idea es empezar a reunir todo lo que podamos para tener algo ahorrado y poder irnos a vivir juntos cuando cumplamos la mayoría de edad. Saulo, tú comienzas en nada en el centro de aprendizaje culinario y son dos años para tener una titulación que te permita trabajar en lo tuyo, Kevin, aunque no nos hayas dicho que oposición te piensas preparar te pasará lo mismo, que podrás trabajar a la misma edad. Lucas y yo tendremos que aprobar la carrera año por año y con nota, es la única manera de que nos den las becas que nos cubran. Hasta que terminemos las carreras tendremos que ganar algo de dinero como sea, tú Lucas, ya puedes ir presentándote a los concursos de dibujo que den premio económico. 
Si están de acuerdo quiero que me den todo el dinero que podamos ir ganando, de ese dinero reservaré un 5% para invertir cuando tenga formación para ello. Hasta que no consigamos el objetivo de poder mantenernos por nosotros mismos con nuestros trabajos llevaré la economía. Si alguno no está de acuerdo no hay problema, seguiremos siendo tan amigos como siempre, pero si se deciden a seguir mi plan no voy a permitir ninguna tontería, toca estudiar y no gastar mientras lo podamos evitar. 
Nos sorprendió aquella faceta de Mari, hasta entonces conocíamos la de cuidadora que ejerció desde siempre con nosotros, pero al fin y al cabo, una madre para que sus hijos lleguen a buen puerto tiene que tener mano de hierro. Y los tres dijimos que sí.
Al poco yo comencé a estudiar cocina, Kevin se apuntó en una academia y Mari y Lucas comenzaron el bachiller.
El centro nos daba semanalmente un dinero para guaguas y desayunos. Mari le contó a Carmensa el plan que pensábamos seguir y le pidió ayuda: si nos dejaba por las mañanas coger de la cocina unas botellas de agua y algo de comida empezaríamos a ahorrar. La buena de Carmensa se encargó de que desayunáramos con fundamento y ella misma nos hacía unos bocadillos de tortilla o lo que terciara,  añadiendo además zumos, batidos y agua. La casualidad quiso que los cuatro estudiáramos más o menos en la misma zona, a unos treinta minutos caminando desde el centro de acogida. Y nos tocó madrugar para acudir caminando y ahorrarnos el dinero de las guaguas. 
Ninguno de los dragones se quejó.

Continuará. 

Los dragones. Capítulo 13.

 Con Carmensa bajo la lupa de la sospecha seguí desenredando el hilo de la memoria.

Fueron pasando los años, todo seguía su curso natural y crecíamos, aunque unos sucesos luctuosos afectaron directamente a mis amigos.
Los padres de Kevin, a punto de cumplir su condena fallecieron con un mes de diferencia, el padre en una reyerta carcelaria y la madre por enfermedad. La madre de Lucas que había vivido hasta entonces entrando y saliendo de centros de rehabilitación parecía que había vencido a sus adicciones, pero el sida con el peor de los finales borró sus sueños de llevar una vida normal junto a su hijo.
Mis amigos vivieron esas pérdidas a su manera, Lucas que se expresaba a través de sus dibujos dotó a sus personajes de una característica: sustituir las pupilas de los ojos por dos lágrimas, entonces no sabía que pasados unos años sería su seña de identidad.  Kevin no sabía mostrar sus emociones y se volvió más bruto, más taciturno y se sacudió la pena con el ejercicio físico.
Los cuatro asumimos la inefable orfandad haciendo piña, éramos nuestra propia familia y Mari prometió que costara lo que costara,  nos mantendría unidos.
En la adolescencia comenzamos los esbozos que terminarían por definir nuestros destinos. Mari aunque mejoró en lengua era una apasionada de las matemáticas, tenía un don con los números. Su sueño a medio plazo era ganar mucho dinero para poder vivir en una casa con un patio grande donde jugaran los niños que pensaba adoptar. Lucas era un hacha con el lápiz y terminó de encontrar su estilo a través de los comics donde reflejaba la dura realidad que nos tocó en suerte, pero con una sensibilidad tan pasmosa que te tocaba por dentro. Los profesores del colegio y los educadores del centro lo animaban a participar en concursos de dibujo, y aunque evidentemente le faltaba la técnica, fue atesorando premios. Kevin no parecía tener preferencia por nada en particular, pero la tenía. Le llevó varios años más sincerarse con nosotros que lo sabíamos todo de todos; solo podíamos observar como su cuerpo delgado y estirado fue cambiando sus contornos dando pistas del armario en que se convertiría. Y yo, pues lo tenía claro, mi destino sería el centro culinario de aprendizaje cuando cumpliera los dieciséis años.
Tuvimos como todos los chavales una adolescencia con sueños y miedos, Mari quería estudiar alguna carrera de números que le permitiera ganar mucho en poco tiempo, Lucas quería entrar en bellas artes, yo, como ya expresé antes, en cuanto terminara los estudios primarios entraría en el centro culinario y Kevin... a Kevin solo pudimos sacarle que estudiaría para sacar unas oposiciones.
Parecía que vislumbrábamos un futuro favorecedor, pero no éramos tonto, teníamos una espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas.
A los dieciocho años el estado dejaría de tutelarnos y con esa edad era imposible que tuviéramos las titulaciones que deseábamos, como humo que se desvanece, tal certeza nos hacía bajar de las nubes.
-Está jodido chicos, pero ya encontraremos la forma, lo importante es seguir los cuatro unidos, los dragones juntos somos invencibles.
Esos nos decía Mari cuando se nos caía el mundo.

Continuará. 


jueves, 9 de abril de 2026

Los Dragones. Capítulo 12.

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 Carmensa era una chica joven y redonda que llevaba la cocina del centro como si le fuera en ello la vida.
Le gustaba tanto cocinar como comer y su buen carácter hacía que a todos nos cayera bien.
Sin duda me "adoptó" como ayudante cuando se percató de algo que yo aún ni intuía: me gustaba la cocina. Y mientras Mari por las tardes aprendía a desenredarse con la letras, yo fui aprendiendo gradualmente a manejarme entre pucheros. Me gustaba crear con las manos, me extasiaba el aroma de las elaboraciones... todo me llenaba, había descubierto la alquimia que me proporcionaba un placer desconocido.
Carmensa me decía que yo "tenía mano" y que si me lo proponía podía ganarme la vida con el don que había descubierto por casualidad por puro aburrimiento.
Así las tardes en que mis amigos seguían con sus cosas, en el centro me permitieron que acompañara a Carmensa en la cocina y que siguiera aprendiendo. 

Mientras recordaba lo anterior me percaté de algo. Carmensa, la mujer que me había iniciado en la cocina era la persona que Mari había contratado para que la ayudara con sus niños en la actualidad. Era tal el grado de confianza que mi amiga no había dudado en llevársela a vivir a su casa cuando comenzó con las adopciones. Carmensa era imprescindible, la persona de confianza que dejó la cocina del centro para ayudar a Mari en todo lo que necesitaba. La considerábamos familia. 
Y Carmensa nos conocía desde que entramos en Los Dragos, sabía mucho sobre nosotros cuatro, nos había visto crecer. Vale que era cuestionable que supiera de primera mano algunos detalles que solo nosotros conocíamos, pero ¿y si alguno sin darse cuenta le hubiera contado las anécdotas que aparecían en el libro? 
Una inquietud inesperada me hizo coger el teléfono y llamar a Mari. Después de hacerla partícipe de mi  conjetura se quedó un rato callada, eso me hizo pensar que no era tan descabellada mi sospecha. Luego me dijo algo así como que lo único que le había visto escribir a Carmensa eran recetas y me pidió que no le diera tantas vueltas a aquello o terminaría como una cabra.
Lo intenté, de verdad que lo hice, pero un  run run en forma de interrogante seguía inundando mis pensamientos.
¿Podía ser la buena de Carmensa la autora del libro?

Continuará. 

Los Dragones. Capítulo 11.

 Después de que mis dos amigos negaran la autoría del libro me llamó Mari exaltada.
-Lucas y Kevin me tienen frita, los dos quieren tener el libro ya, voy a tener que escanearlo y que uno de ellos lo lea en el ordenador. Chacho Saulo, que el tiempo no me sobra, a ver como me las arreglo que los dos quedaron en pasar por mi casa hoy. 
-Ya que lo vas a escanear me lo pasas que quiero leerlo otra vez.
-Claro guana, que no tengo otra cosa que hacer... En fin, quizás sea mejor así, que todos los hayamos leído antes de vernos y tratar el temita. Te dejo coco liso que tengo lío.
De nuevo tenía que enfrentarme a los días que restaban para vernos los Dragones y daba por hecho que por mucho que lo propusiera, el asunto iba a seguir martilleando mi cabeza.
No me equivoqué y volví a verme con ocho años. 

Los Dragones ya estábamos hechos al centro de acogida y al colegio, aquellas rutinas nos ayudaban a estabilizarnos emocionalmente. 
Entonces, con ocho años, ya los niños leían de corrido, pero a Mari le seguía costando ponerse al mismo nivel. Se desesperaba repitiéndose que era tonta, torpe, de nada le servía que yo le dijera que era muy inteligente y  la mejor del curso con las matemáticas, seguía deprimida. Entonces una profesora llamó al centro y citó a una educadora. En aquella reunión por supuesto estuvo presente Mari y lo que la profesora quería comunicarles era que estaba casi segura de que mi amiga era disléxica. 
Le explicó lo que significaba y que lo que correspondía era que acudiera a un centro especializado donde la evaluaran. 
No se equivocó la profesora, mi amiga era disléxica, tendría que ir por las tardes a unas sesiones externas que la ayudarían con el trastorno del aprendizaje que le impedía avanzar con las letras, estaba aliviada al poder ponerle nombre  a su desventaja, y también contenta, mediante aquellas sesiones iba a mejorar sus habilidades lectoras y de escritura y podría avanzar en sus estudios como los demás.
El primer día que acudió por la tarde a la sección con el logopeda la eché de menos. Kevin había insistido tanto en el centro con el ejercicio físico que le consiguieron unas pesas y las cogió -nunca mejor dicho- con ganas y para Lucas no había actividad que lo relajara más que dibujar en su blog. O sea, que yo me estaba aburriendo. 
Sin saber como pasar el tiempo hasta que llegara Mari me vi en la cocina del centro y una cocinera, Carmensa me preguntó que si necesitaba algo, -no sé que hacer- respondí cabizbajo, y aquella mujer poniéndome un delantal que me llegaba casi a los pies, me puso a deshojar una lechuga.

Continuará. 




jueves, 2 de abril de 2026

Los dragones. Capítulo 10.

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 Cuando solo faltaba un día para el encuentro de los dragones recibí una llamada de Lucas.
-Oye, que estoy llamando a Mari y no me lo coge.
-Creo que hoy tenía que llevar a la niña a revisión, seguramente  no tendrá cobertura.
-Claro, no había caído que a la niña la operaron hace poco, sé que salió bien pero me había despistado con las revisiones, intentaré hablar con ella más tarde, pero por si consigues contactar antes le dices que me tengo que ir de viaje, así que lo de mañana va a tener que esperar. Por cierto, ¿qué misterio se trae Mari con eso de que tenemos que vernos los cuatro por algo importante?
-Llevo toda la semana deseando que llegue el sábado para vernos y ahora tú no puedes... 
-¿Tú también te vas a poner misterioso? Coño, dime de que íbamos a hablar supuestamente mañana.
-Es por un libro que encontré por casualidad en un mercadillo, y no te lo vas a creer, pero cuenta nuestra infancia en el centro, de "pe a pa". Nosotros cuatro, los Dragones, estamos perfectamente retratados. Tenemos que averiguar quien de nosotros lo escribió sin comunicárnoslo.
-Uh qué raro todo ¿no? ¿Y por qué sospechas qué lo escribió uno de nosotros? ¿No pudo ser alguien del centro que convivió con nosotros?
-Ni de coña, se cuentan cosas que solo los cuatro conocemos. Por cierto, le pasé el libro a Mari después de leerlo. Y ya aprovecho para preguntarte si por el  motivo que fuera tú lo escribiste y  lo mantuviste en secreto.
¿Yo?, ya sabes que lo mío es dibujar, pero me estás dejando intrigado. Me paso antes de irme de viaje por casa de Mari y que me deje el libro. ¿Kevin está al tanto?
-No, por eso queríamos mañana vernos todos, para hablar de esto. 
-Ya, pero me citaron como ponente en la semana del cómic en Tenerife y no les puedo fallar. Mejor dejamos la cita para la próxima semana, deberías hablar con Kevin y contarle la movida, ahora todos estamos al tanto menos él. 
-Tienes razón, lo llamo ahora, a ver si no lo cojo de servicio y le cuento.
-Vale, yo seguiré insistiendo con Mari para quedar sin falta hoy y recoger el misterioso libro.
-Vale tío, y felicidades por la ponencia, estás que te sales artista. 
Luego me tocó llamar a Kevin y ponerlo al día y por supuesto se sorprendió al conocer de la existencia del dichoso libro. Quiso leerlo a toda costa para sacar sus conclusiones y le dije que se pusiera de acuerdo con Lucas, igual no le importaba que Kevin se le adelantara en la lectura. 
No dejé pasar la ocasión de preguntarle a Kevin si él había escrito el libro respondiendo: "¿Y para qué cojones iba yo a escribir un libro?"
Seguía el misterio y solo tenía claro que uno de nosotros no estaba diciendo la verdad. 

Continuará. 

Los dragones. Capítulo 9.

 En aquel compás de espera parecía que tenía una pelota saltarina dentro de la cabeza: la bolita botaba  hacia atrás una y otra vez haciéndome regresar a mi infancia. Estaba deseando que llegara al fin de semana para poder vernos los cuatro dragones.
 
Los primeros años de educación reglada fueron normales, sin sobresaltos y pronto nos acostumbramos a la rutina escolar, pero a Mari las letras se le atragantaban, no aprendía al ritmo de los demás y se aturullaba cuando tenía que leer en voz alta. Si en el texto aparecía "ave" ella lo leía como "eva," nos hacía gracia, pero a ella no. Me decía que era una cabeza hueca y que nunca aprendería a leer en condiciones.
El profesorado en principio no se alertó, pensando que al no haber estado escolarizada antes era normal que le costara llevar el ritmo del resto; al contrario, tenía una inteligencia natural con los números que asombraba a los maestros. 
Yo era todo lo contrario, los números no me gustaban mientras que con las letras me llevaba bien. Así que llegamos a un acuerdo, el de ayudarnos mutuamente con aquellas asignaturas. Kevin no sobresalía en ninguna materia en especial, pero tampoco se quedaba atrás, al igual que Lucas, aunque este último tenía una habilidad especial dibujando.
El tiempo pasaba y vivir en el centro ya era algo normal para nosotros, lo mismo sucedió con el colegio.
Tuvimos algunos sustos más, cuando algunas parejas se interesaron en adoptar a Mari, pero ella ya era una experta simulando que estaba desequilibrada; curiosamente por el resto de la panda: Lucas, Kevin y yo mismo, nadie mostró interés por integrarnos en sus familias.
A Lucas le hubiera gustado que su madre se recuperara de sus adicciones y viniera a buscarlo, pero a saber que había vivido los cinco primeros años de su vida para no esperarlo y Kevin era consciente de que a sus padres les quedaban años de cárcel. 
Supongo que las cartas mal dadas que nos tocaron en suerte nos hicieron madurar antes de tiempo y nos aferramos a lo que teníamos, el estar unidos los cuatro y protegernos. 

Aquellos días después de terminar el trabajo me pasaba por casa de Mari por ver como seguía la niña de Mari, Patri. Se estaba recuperando muy bien, era una jabata como su hermano Ancor, y después de jugar un rato con ellos sacaba la libretita donde iba apuntando las anécdotas de nuestra niñez y se la enseñaba a Mari, eran detalles imposible de conocer fuera de los cuatro dragones. Ella estaba tan intrigada como yo, ambos deseábamos que llegara el fin de semana para reunirnos los cuatro. 
Nos preguntábamos los mismo: ¿quién y por qué?

Continuará. 



  

jueves, 26 de marzo de 2026

Los dragones. Capítulo 8.

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 Mari estaba entusiasmada con la idea de que fuéramos a ir a un colegio de verdad.
El personal del centro nos llevó a comprarnos los uniformes y lo cierto es que a los cuatro nos hizo ilusión, por primera vez tendríamos esa vestimenta que nos igualaría a los niños que tenían unos padres normales y vidas estables. Una tarde oímos a dos educadoras diciendo que aprovecharían para salir a comprarnos las mochilas y el material escolar necesario.
Yo también voy -se apuntó como siempre Mari-. La idea inicial era que acudirían solas, pero ante la insistencia de la niña le permitieron que se saltara las actividades programadas y la dejaron ir. Regresó contenta, le habían permitido elegir su mochila y las nuestras. La suya tenía una gallina con tres pollitos que la seguían en fila. Toda una declaración de intenciones: ella era la gallina y los pollitos nosotros tres. 
Volví a la realidad, en el libro se describía aquella mochila que tanto representaba a Mari. Pensé que ese tipo de detalles pasaría desapercibido al menos que lo hubiera narrado alguien que lo hubiera vivido en primera persona, o sea,  alguno de nosotros. Cuando recordaba algún detalle de ese tipo del libro lo apuntaba en una libreta para comentarlo con Mari. 
Aquella libretita se fue llenando, mientras yo seguía subido a la cuerda de aquellos recuerdos infantiles.
Me vi con seis años nervioso el primer día de colegio, los cuatro lo estábamos, pero Mari que por algo era mamá gallina, después de pasar revista a nuestros uniformes nos deslizó un peine por la cabeza empapado en una colonia suave que guardaba como un tesoro. Recuerdo los olores: las mochilas nuevas, los lápices... Una cuidadora nos subió a un cuatro latas azul y nos llevó al colegio.
Al tener la misma edad, el centro había solicitado al colegio que no nos separaran, ya que nos enfrentaríamos a aquel nuevo entorno en desventaja, por lo menos que se nos permitiera que nos arropáramos los unos a los otros.
Los pupitres eran dos plazas, a Mari y a mí nos tocó juntos y en la fila de atrás nos escoltaron Kevin y Lucas. 
Al principio los niños nos miraban con curiosidad, supongo que sentirían lástima ante nuestra situación de desamparo familiar, pero a los pocos días nos relacionábamos todos con todos. Por supuesto que algún capullo hubo que intentó burlarse de nosotros, pero la cosa no llegó a más, para eso teníamos a Kevin, que con su cara de bruto y sus gestos amenazantes lo espantó sin necesidad de hacer lo que le apetecía, pegarle una buena hostia. 
Y aunque nos gustó conocer a otros niños y niñas y hacer nuevas amistades, nosotros cuatro éramos una piña, una familia.
Como no era un secreto que veníamos cada día del centro de acogida llamado Los Dragos, no tardamos en ser conocidos como "los dragones". 
Y nos gustó.

Continuará.