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Contra todo pronóstico Ana Chocolate no volvió a sacar el tema sobre la identidad de mi madre biológica, pero la conocía bien y hubiera apostado lo que fuera a que ya se había encargado de descubrirlo. Y como mi propia tranquilidad pasaba por no remover aquel asunto, no le pregunté nada al respecto.
Con veinticinco años mi amiga alquiló un pequeño apartamento, estaba cerca de su casa familiar, pero estaba deseosa de vivir sola.
Los hermanos ya se habían emancipado, aunque raro era el día en que no aparecían con sus parejas y los hijos que fueron naciendo llenando la casa de ruidos nuevos. La bisabuela había fallecido, pero la matriarca se seguía ocupando de su suegro y Mariam, la vidente, se había instalado a vivir con ellos definitivamente. Seguía siendo un lugar donde entraba y salía gente en cualquier momento, un guirigay constante que era el alma de la casa.
Ana Chocolate estaba ansiosa por experimentar el sosiego que nunca conoció en la casa familiar, pero la primera noche que pasó en su apartamento me llamó desconsolada, sentía que se ahogaba entre tanto silencio.
Así que algunas noches me quedaba con ella en su apartamento, pero se se seguía levantando con una ojeras delatoras.
-Así no puedes seguir - la aconsejaba- tienes que descansar y si eso pasa porque vayas a dormir a casa de tus padres no seas cabezota- Pero cabezota era y no quiso dar su brazo a torcer a pesar del insomnio que la hacía sentirse como una zombi durante el día. Hasta que se me ocurrió algo, me satisfizo ser yo quien por una vez encontrara una solución. Fui un día a la casa de los padres de Chocolate y dejé una grabadora funcionando durante horas. Había supuesto que el ruido de fondo sería considerable en aquella casa de locos. Y funcionó, ni la mejor nana del mundo hubiera sido tan efectiva, mi amiga se la ponía por las noches y se quedaba dormida como una bendita.
Fue por esa época cuando pasó algo trascendental en mi vida. Me enamoré.
Al negocio familiar comenzó a ir un comercial de informática para ofrecer sus productos, se llamaba Iván y desde el minuto uno comenzó a "tirarme la caña". Era guapo, simpático, zalamero... y poco a poco me fue ganando. Sus visitas comerciales se alargaban cada vez más, se interesaba por saber cosas sobre mí y también me contaba sus cosas. Por entonces yo tenía veinticinco años y él me sacaba diez, pero era tan jovial que no me importaba la diferencia de edad. Me contó que estaba a punto de mudarse a su propia vivienda, pues compartía con una hermana la casa que habían heredado de sus padres, había estado ahorrando para comprarse su propio piso y ya tocaba independizarse. También supe por él que tenía que viajar Fuerteventura y a Lanzarote por motivos laborales con frecuencia, y eso explicaba que algunas semanas que no pasaba por el negocio de mis padres me llamara por teléfono cada dos por tres.
Comenzamos a quedar para tomar algo, para cenar, ir a pasear...., pero nunca me llevó a su casa familiar porque según él las relaciones con su hermana eran tensas y no quería hacerme pasar un mal rato. Y claro, los dos teníamos ganas de intimar y no quedó otra que ir a un hotel.
Yo estaba en una nube y así se lo transmitía a mi amiga, que me acribillaba a preguntas sobre Iván.
-Tienes que conocerlo, ya verás como te cae genial, y cuando se pueda mudar a su nueva casa quiere que me vaya a vivir con él.
-¿No te parece que va todo demasiado rápido? No sé Zanahoria, hay algo que me chirría.
-Pero si todavía no lo conoces, no empieces con tus elucubraciones policiacas, es una personal normal.
-Una persona normal a la que no me has presentado y ya llevas un par de meses saliendo con él, raro que siempre que hayas intentado presentármelo le haya surgido algo.
-Pues para que te dejes de tonterías lo llamo ahora y quedamos para mañana.
Lo cierto era que estaba deseando que mi amiga del alma y mi pareja se conocieran, lo había intentando antes pero al pobre Iván nunca le había cuadrado por sus cuestiones laborales.
De mañana no pasa, me dije decidida, estaba deseando aquel encuentro entre los tres.
Continuará.