Según entré en mi lugar de trabajo, Lola, la gerente de aquel lugar me cató.
-¿Qué te pasa Saulo? tienes pinta de haber dormido entre poco y nada.
-Sí, la verdad es que casi no he pegado ojo y me temo que una de mis migrañas viene a hacerme compañía. No le mentí, la cabeza me estaba comenzando a martirizar. Y te quería pedir un favor, si las clases hoy no están apretadas me vendría bien salir un rato antes.
-No te preocupes, tómate algo antes de que la migraña vaya a más. Si me puedes cubrir las primeras horas yo me ocupo de las demás clases, que hoy- cosa rara- la cosa está tranquila. Y si te encuentras peor te vas, Saulo, ya nos apañaremos.
Agradecí que Lola fuera como era, una jefa y amiga con la que podía contar y después de tomar un fuerte analgésico comencé con mis clases.
Disfrutaba con mi trabajo, mucho, aquel lugar era mi lugar seguro y me gustaba tratar con el alumnado. Aunque a veces l@s chic@s fueran ruidos@s y aloca@s tenían la misma pasión que yo, la cocina.
Me saludaron con el habitual "buenos días chef" que me hinchaba el ánimo, pero esa mañana no iba a ser suficiente, tenía la cabeza en otro sitio.
Como veía que no me concentraba, les pedí que fueran creativ@s y prepararan galletas, que fluyeran. Por cierto, les dije, tengo a la hija de una amiga en el hospital y me gustaría llevarle algunas, por si les sirve de algo, a la niña le encanta el chocolate.
Mientras los aromas de los hornos me bendecían, seguí pensando en el libro, e inevitablemente en los primeros tiempos en el centro de acogida.
Por supuesto mi mote pasó a ser coco liso, y poco a poco fui descubriendo el porqué de los apodos que cargaban mis nuevos amigos.
La madre de Mari había fallecido en el parto y si aquella pobre mujer tenía familia nadie movió un dedo por la recién nacida. Con pocos días de vida la llevaron a Los Dragos y le pusieron de nombre María.
El personal del centro le tenía un especial cariño a aquella niña que siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás y que se apuntaba a un tiroteo, si escuchaba a las educadores decir, por ejemplo, tenemos que ir a hacer la compra, ella rápida se apuntaba con su frase preferida: yo también voy, si escuchaba que había que llevar a reparar lo que fuera, repetía la misma cantinela. Y se quedó con el apodo.
Mari, siendo tan pequeña como yo, supo regalarme aquella sensación de protección que tanto necesitaba, pero también envolvía con sus cuidados a Lucas y Kevin, aunque ellos se dejaban querer y la adoraban, había una diferencia conmigo, porque aunque pareciera una locura, yo la sentía como a una madre.
Continuará.
No hay comentarios:
Publicar un comentario