Ya en el hospital mimé a mi ahijada, la niña de Mari.
¿Cómo está mi negrita canaria preferida? Patri ya había despertado de la anestesia y me regaló una de sus sonrisas desdentadas que tanta gracia me hacían.
Mari me puso al corriente de la operación: todo salió bien, aunque tendrá que llevar un parche en el ojo durante un tiempito, le conseguí unos de muñequitos que le van a encantar, ¿verdad cielo? Y mi olfato me dice que esa bandeja contiene galletas de las ricas. Mi niña, vas a a tener que esperar un ratito por lo de la anestesia, de momento el zumo te sentó bien.
Admiré la valentía de aquella niña, se había tenido que someter a duras operaciones desde bien pequeña y nunca la vi poner mala cara. Esta última había estado motivada por el extremo estrabismo con el que había nacido, más que un problema de salud como tal, le iba a generar a Patri problemas psicológicos, ya se sabe, los niños pueden ser crueles y mi amiga había querido evitar que su hija mayor fuera "la bizca" y a diana de burlas ajenas.
Me alegré que todo hubiera salido bien y estaba deseando contarle a Mari lo del libro, aunque conociéndola como la conocía, no me iba a permitir hablar de asuntos de mayores delante de su hija, en ese sentido era bastante estricta.
-¿Cómo está el peque? pregunté intentando olvidarme del asunto del libro mientras no pudiera mencionarlo.
-Ancor está estupendo, se nota la rehabilitación, cualquier día se echa a correr y no voy a poder alcanzarlo,
-¿Está con Carmensa?
-Sí claro, gracias a esa alma bendita puedo estar tranquila, aunque echo de menos estar con mis dos niños, pero bueno, lo que toca, ya me jartaré cuando le den el alta a Patri.
-Vete a tu casa, tengo el resto del día libre y me quedo con la niña, te das una buena ducha y ves al niño, ya sabemos que con Carmensa está bien, pero te quedas tranquila.
-Ni de coña, de aquí no me muevo.
-Me imaginaba que ibas a decir eso, pero vete a cafetería y te tomas un café para espabilarte, que las ojeras te llegan al cuello.
-Qué no Saulo, no seas pesado, que de aquí no me muevo, pero vete tú y me traes uno si te parece.
Y claro que me pareció. En el comedor del hospital, mientras hacía cola para que me atendieran, volví a admirarla por su coraje como madre. Había adoptado a dos criaturas con múltiples problemas de salud que la hacían salir de una operación para meterse en otra. Patri era una niña africana que había sido abandonada con serios problemas cardíacos, cuando Mari la adoptó sabía la gravedad y los médicos no daban un duro por su vida, pero salió adelante. Y como si tuviera poco con la niña adoptó a un niño asiático también abandonado en un orfanato; Ancor tenía una lesión tan extrema en la columna que los médicos no sabían si podría algún día levantarse de la silla de ruedas, pero a pesar de los nefastos vaticinios su niño se estaba recuperando aunque tuviera que someterse a rehabilitaciones maratonianas.
Cuando llegué con los cafés Patri se había dormido y Mari me pidió que le contara aquello que me tenía tan alterado.
Por fin le pude contar lo del libro.
Continuará.
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