Los días se amontonaban con pena y ninguna gloria. Sergio continuaba en coma, unido por el fino hilo de su oído que lo mantenía unido al mundo de los vivos.
La discusión de sus padres se repetía: "no puedes continuar día y noche en el hospital, mujer, ya te pisas las ojeras y terminarás dándonos un susto en cualquier momento, Sergio está continuamente supervisado por el personal del hospital, por lo menos vete a casa a dormir".
La respuesta de Yolanda seguía invariable: "¿y si se despierta por la noche y está solo?, no quiero ni pensarlo".
A Mateo no le quedó otra que postularse para ser él mismo el acompañante nocturno, pero una Yolanda obstinada se lo negó: "¿estás loco? te recuerdo que después del infarto que sufriste poco antes del accidente los médicos fueron claros, necesitas el descanso igual que la medicación si no quieres que se vuelva a repetir".
Hasta que una mañana Yolanda, intentando incorporarse del sillón donde apenas daba alguna cabezada, sufrió un desmayo. La encontró Antía, la auxiliar cercana a la familia.
-Yolanda, Yolanda, ¡ayuda,! gritó cuando se percató de que la mujer estaba inconsciente.
Sergio escuchaba aterrado, temía por la salud de su madre y a sus oídos llegaba las voces cruzadas del personal: "una camilla rápida y a urgencias, habrá que avisar a algún familiar", "yo me ocupo -de nuevo la voz de Antía- conozco a la familia".
Sergio quiso morirse, no soportaba saberse el causante del sufrimiento de sus padres y no tenía forma de saber qué le había sucedido a su madre. Los minutos que era incapaz de cuantificar eran su enemigo, hasta que entró Antía y le habló.
-Ah Sergio, menudo susto me dio tu madre hace un par de horas. Le tuve que prometer que vendría a contarte que está bien, sufrió un síncope por agotamiento, tu padre está con ella en urgencias y en nada vienen a verte. Despiértate ya muchacho, anda guapo, hazle ese regalo a tus padres que están en un sinvivir, porque tu novia, perdona que te diga, no se ha quedado ni una noche contigo, tendrá miedo a que la veamos despeinada, tendrá poca vergüenza... Y si me estás escuchando perdóname, pero si no lo digo reviento.
Yolanda en cuanto la soltaron de urgencias volvió a la habitación de su hijo.
-Perdóname Sergio, pero me dio un "nosequé" por el cansancio, en urgencias se enteraron de las circunstancias y hablaron con tu padre. El quería subir a verte, pero le dije que se fuera a la fábrica y ya te ve a la tarde, está que trina, y ya sabes que no le conviene sulfurarse por el corazón. Mira que en los años que llevamos juntos jamás me ha prohibido nada, pero esta vez me lo ha dicho con todas las letras, me prohíbe que me quede aquí por las noches. Así, con todas las letras, ¿qué te parece? Pero es que le voy a tener que dar la razón, me quiero olvidar de que tengo setenta años pero los tengo. Pero no te preocupes, que acabo de hablar por teléfono con Pilar y ella se queda esta noche. Tu padre quiere quedarse, pero yo no iba a ser menos y también se lo he prohibido, que me lleva unos pocos años y ya sabes el susto que nos dio con el corazón.
Mi vida, encontraremos una solución para las noches, porque de día no me echan de aquí ni con agua hirviendo, no vas a estar solo nunca hasta que despiertes, mi amor, te lo juro por lo más sagrado.
Continuará.
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