Mi madre que por su profesión sabía del tema, nos informó telefónicamente de que productos antipiojos se debían comprar y los consejos pertinentes.
Por supuesto que las chicas que estaban fuera de vacaciones se enteraron y las víctimas les servimos en bandeja el cachondeo piojil, que para algo están las amigas.
A Saro le tocó la desagradable tarea de librarme de los odiados bichos, que no solo era aplicar el producto, no, había que esperar un tiempo para que los canallas murieran y luego con mucha paciencia había que proceder al desalojo de los okupas.
Yo estaba de muy mal humor, sentada frente a un espejo viendo a Saro proceder, de repente, la imagen me recordó a los monos despiojando a los hijos y me hizo gracia.
Saro preguntó: ¿ de qué te ríes?
-Que te pareces a mamá mona despiojando a su monita. Y no sé que impulso me hizo preguntarle:
¿Nunca has querido ser madre?
- En realidad hay cosas de mi vida que no te he contado. Algo habrás escuchado del accidente de tráfico que me arrebató a mi marido, pero él no iba solo, nuestra hija también falleció.
Yo a través del espejo vi en sus ojos un dolor viejo, que sin duda la acompañaría el resto de sus días.
Me levanté y me giré para poder abrazarla, lanzando al aire piojos, liendres y demás familia. Si no estaban ya muertos se ahogarían con las lágrimas de dos pares de ojos desbordados.
Esa noche me permitió que durmiera en su cama (y eso que el olor del producto piojicida era de todo menos agradable).
Me contó que llevaría para siempre la carga de las pérdidas, pero que no renunciaba al amor, era una mujer de 35 años con pasión por la vida a pesar de los pesares. También me confesó que había iniciado un proceso de adopción dos años antes. Adoptar no era fácil ni rápido, pero tenía a su favor una económica más que saneada que le permitía manejar mejor los vericuetos legales propios del asunto.
Al parecer su marido y ella tenían varias inmobiliarias que funcionaban muy bien y después del fallecimiento de su pareja, ella había delegado en su hermana, que le llevaba todos los asuntos financieros con buen resultado.
Por eso Saro se podía dedicar a su pasión, la pintura, sin tener que preocuparse de los negocios.
Mi cabeza ya estaba dando vueltas, que lo de la adopción era una pasada, pero que estuviera abierta al amor.... allí tendría que intervenir con mis amigas. En cuanto todas regresaran de las vacaciones habría que celebrar un cónclave urgente para buscarle pareja. Todas las chicas le tenían cariño y seguro que hacer de celestinas iba a ser de todo menos aburrido.
El verano siguió su recorrido y cuando me dí cuenta llegaron los exámenes. ¡Aprobé las asignaturas suspendidas! Y las chicas por fin regresaron de sus vacaciones.
Así que nos propusimos encontrarle pareja a Saro.
Nos reunimos y lo primero fue hacer una lista de posibles candidatos, no era fácil, que el género masculino que frecuentábamos y de la edad adecuada se reducía a algunos familiares, profesores y el farmacéutico del barrio que siempre estaba de buen humor.
Decidimos incluir a hombres de entre 33 y 40 años, que no tuvieran pareja, claro. Lo primero era descartar a los homosexuales, para eso contábamos con Pino, ni ella misma sabía como, pero detectaba instintivamente a cualquiera amante de su propio sexo sin fallos posibles. La escasa lista se nos quedó temblando. (Afortunadamente según pasa el tiempo muchas personas "salen del armario" voluntariamente, pero por desgracia no siempre ha sido así.)
Al final nos quedó una lista más que reducida, a ver, un tío de Cuervo, el farmacéutico y un profesor de arte que nos daba clase a algunas en el instituto.
El tío de Cuervo cumplía todos los requisitos, pero vivía en Tenerife y a Saro la queríamos cerca (egoísmo puro y duro).
Decidimos hacerle un seguimiento al farmacéutico para verlo fuera del mostrador, que con nuestras calenturientas mentes pensamos que quizá tuviera unas piernas horrorosas, una disimulada joroba o vete a saber qué. Esperamos pacientemente (con 15 años no es fácil) a que terminara su turno para poder verlo en la calle de cuerpo entero. Lidia y Cristina se hicieron las encontradizas y lo saludaron. Realmente era un tipo de lo más amable y resultó que no estaba nada mal.
Las demás en un parque enfrente de la farmacia esperábamos ansiosas el veredicto final, las cómplices llegaron muertas de risa y diciendo que no con la cabeza.
Tenía un fuerte aliento a ajo que lo borró automáticamente de nuestra lista. (Quién sabe, igual el pobre acababa de comer algo en la farmacia y no tuvo tiempo de lavarse los dientes... cosas del destino).
Así que solo nos quedaba un candidato, Antonio, el profesor del instituto, lo habíamos dejado para el final por su físico, tirando a desgarbado y con un rostro... no era feo, pero tampoco guapo, pero nos reforzamos con la idea de que era muy buena persona. Tampoco teníamos más candidatos donde elegir.
Tendríamos que esperar a que empezara el curso para forzar un encuentro entre Antonio y Saro, no faltaba mucho. Cómo nos gustaba a esa edad urdir planes, la mayoría descabellados, ahora me doy cuenta que tampoco pasaba nada si no nos salían como imaginábamos, el "mientras" era lo que nos hacía pasarlo realmente bien.
Al final los acontecimientos fluyeron solos, pues Saro tenía una exposición en octubre y eso facilitaría el encuentro.
Durante los últimos meses se había dedicado a pintarnos individualmente para el mural que tenía en mente desde hacía años. A cambio por nuestro trabajo de modelos recibiríamos el móvil que eligiéramos, que en aquel entonces no todo el mundo tenía uno, si acaso alguno heredado y ya era mucho. Por supuesto de tarjeta, que no todos los padres podrían hacer frente a las facturas abultadas que les llegarían si nos daban carta blanca. Pero menos era nada.
Ahora pienso que si en aquel momento hubiera existido el whatsapp a estas alturas ya no tendríamos huellas dactilares.
Empezamos el curso ilusionadas y con móvil nuevo.
Yo estaba más motivada con los estudios, con la idea de hacer Ciencias de la Información cuando terminara el bachiller.
Por supuesto no habíamos olvidado la misión de celestinas que teníamos pendiente, así que ya con el inicio del curso había que buscar la manera de que Antonio, el profesor, fuera a la exposición de Saro y procurar emparejarlos.
Para ello, las elegidas fueron Ogadenia y Dunia, chicas con caras de buenas (buenas piezas en realidad) que cuando era necesario sabían poner ojitos como el gato en la película de Shrek.
Lo invitaron al evento con la excusa de que necesitaban orientación para un trabajo y claro, él tendría que verla para poder opinar.
El era reacio a asistir a eventos sociales, pero no supo decir que no. Sabíamos elegir perfectamente a las candidatas ante cualquier plan que emprendiéramos.
Continuará.......
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