jueves, 7 de marzo de 2024

Mal rayo lo parta. Capítulo I.

 Sabía que llegaría el momento en que me hicieras la pregunta de lo que NO pasó, lo que pasó lo sabemos bien. Aunque querida Patri, nunca pensé que tuvieran que pasar veinte largos años hasta que llegara este momento. 
Y como no podía ser de otra manera, vuelvo a revivir en mi ordenada memoria las vivencias a las que tuvimos que enfrentarnos de la mano.
Mi primera amiga, mi diccionario emocional.
No voy a saltarme el orden en estos escritos, me conoces bien, así que repasaré tu historia, nuestra historia, desde el principio. Ya sé que el final es lo que querrás leer, la respuesta a la pregunta, pero también sé que me conoces perfectamente y no te extrañará que siga una línea recta para llegar a la meta.

Soy Daniela, pero como los nombres largos me parecen una pérdida de tiempo, me hago llamar Dani. Que a algun@s les parezca un diminutivo masculino me importa entre poco y nada.
Cuando cumplí los tres años mis padres me llevaron a un especialista preocupados por mi comportamiento. Por una parte parecía una niña mayor en cuanto a madurez y por otro parecía poco afectiva al no mostrar los sentimientos y reacciones que se esperaban por mi edad.
Aunque todavía era pronto para el diagnóstico, le dijeron a mis padres que parecía que tenía algún grado leve de autismo y una inteligencia superior a la media. Si no pasaba nada grave, me evaluarían cuando cumpliera los cinco años para poner nombre a lo que intuían.
 Fui una niña con muchas rutinas que me aportaban seguridad, maniática con el orden y mostrando poco mis sentimientos; solía aislarme dentro de mi mundo sin mostrar interés por relacionarme con otr@s niñ@s.
Mis padres que mientras tanto se habían empapado sobre el autismo, sabían perfectamente lo que iban a escuchar. Y así fue, grado uno de autismo, el más leve. Podría llevar una vida normal e independiente, aunque con mis peculiaridades, al no saber interpretar del todo las emociones ajenas. 
La primera decisión que tomaron mis padres al respecto fue apuntarme a kárate, considerando importante que me supiera defender, al menos físicamente, en un mundo que no entendería de primeras mis singularidades afectivas. 
Fue pasando el tiempo entre patadas sobre el tatami y mi afición a las matemáticas.
Las matemáticas me apasionaban, solo había que seguir unas reglas fijas para llegar a un resultado que nunca era ambiguo, hecho que me aportaba serenidad. No como otros aspectos de la vida cotidiana que a menudo me costaban entender, por más que mis padres me dijeran que era una niña muy inteligente.
Básicamente me perdía en una tela de araña con las manifestaciones de afectos ajenos. Por poner un ejemplo tonto, yo sabía que si estamos alegres reímos y lloramos cuando estamos tristes, eso lo podía entender, pero cuando se daba la circunstancia de que alguien terminara llorando a causa de la risa no me cuadraba la ecuación. 
Aunque en mi ámbito familiar yo me sentía a gusto y protegida, mis padres me sugerían que la vida con amig@s sería mejor, que procurara no cerrarme en mi mundo y permitiera que otras personas lo circundaran. Me animaban a invitar a algún compañer@ de clase a casa para jugar y hacer las tareas, pero aunque yo me tomaba muy serio tales consejos, me parecía misión imposible hacerlos realidad.
Me acostumbré a ser considerada "la rara" en clase, y aunque directamente no se metían conmigo, nunca me invitaban a ningún cumpleaños. Me toleraban al igual que yo lo hacía con ell@s y punto.

Hasta aquella mañana en el patio del colegio cuando hice sangrar por la nariz al matón de turno, por defender a la niña extraña que se convertiría en mi primera amiga.
Tú, Patri. Mi Patri.

Continuará. 



2 comentarios:

  1. Bueno, lista para navegar en otra historia que pinta muy bien, me gusta este primer capítulo. Un fuerte abrazo amiga

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  2. Creo que te va a gustar esta historia y como siempre te digo, hay que esperar a que se vaya desarrollando el tema en los siguientes capítulos. Besos Astrid.

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