jueves, 19 de septiembre de 2024

Bajo la jacaranda púrpura. Capítulo XIX.

Antonia.
 En el cementerio me tragué las lágrimas, nadie hubiera entendido que yo llorara como una madre que ha perdido a su hijo. 
Fue una locura de gente, todo el mundo quería dar el pésame a Cristóbal el grande. El mantuvo como pudo la compostura, pero yo sabía que también estaba destrozado.  Cristobín todavía no había reaccionado, estaba como ido y no me separé de él, no podía dejar que cuando se rompiera se sintiera solo.
Una muchacha en silla de ruedas se le acercó y con un gesto le pidió que se agachara, así pudo abrazarlo. Luego me enteré de que era Luz, la chica de la discoteca que él había defendido.
Luz, me dije, eso es lo que ahora necesitamos en esta familia para poder tirar pa´lante. 
Cristobín se vino a vivir con nosotros, era incapaz de estar en la casa que había compartido con sus padres. Pasó a ser una sombra del chico alegre que siempre había sido, no salía, no quería ver a sus amigos... Sólo permitía la visita de Luz. 
Yo entendí el porqué, la culpa los unía. Cristobín pensaba que si no hubiera ido a aquella discoteca sus padres seguirían vivos y a Luz le atormentaba su involuntario protagonismo la dichosa noche de marras. ¿Cómo no los iba a entender si yo misma me acusaba de no haber sido más morrua la última vez que hablé por teléfono con Cristóbal el chico? A lo mejor lo hubiera podido convencer para que no cogiera el coche aquella maldita noche.
A los pocos días del accidente vino a dar el pésame un policía. El mismo que con la mejor de las intenciones había llamado por teléfono a Cristóbal el chico para explicarle lo que había pasado con su hijo. Si no lo hubiera llamado.... No hizo falta que lo dijera, él también se sentía culpable. 
Cristóbal el grande se hizo viejo de golpe y a Cristobín se le borró la juventud. Y yo... me agarré a ellos para que no siguieran hundiéndose, era lo único que sabía hacer. 
Los meses siguientes nos dimos cuenta de lo admirado y querido que Cristóbal el grande era en todo el mundo. Los primeros días llegaron muchos telegramas dando el pésame, gente importante de la política y la cultura, hasta el mismo rey mandó uno. Luego estaban las muchas cartas que personas normales escribían para unirse al dolor de Cristóbal. En correos ya las separaban en una misma saca y terminé ofreciéndole a diario un cafecito a Pepito, el cartero que llegaba cargado como una mula.
Muchas de aquellas cartas hablaban de pérdidas personales parecidas y de alguna manera Cristóbal el grande se sentía arropado. 
Yo lo animé a contestar al golpito aquellos escritos. Era una forma de tenerlo entretenido y que escribiera algo. Muchas de aquellas misivas venían en otros idiomas. Cristóbal el grande chapurreaba algo de inglés, pero escribir en ese idioma no se le daba. 
Yo sabía que Luz, la nueva compañera de amarguras de Cristobín, había estudiado  idiomas y que estaba sin trabajo, convencí a Cristóbal el grande para que la cogiera como secretaria y lo ayudara con las cartas y con las otras cosas de sus libros. A él le costó decidirse, pero cuando le dije que además la muchacha sería una buena influencia para Cristobín que cada día estaba peor, Cristóbal dio el visto bueno. 
-Antonia, que haríamos nosotros sin ti en la familia, no sé como te las arreglas pero siempre terminas sacándonos las castañas del fuego. 
Eso me dijo y sentí alivio, todos necesitábamos la luz que esperaba de aquella muchacha. 

Continuará.


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