Le conté a Mario mis planes y le pedí que hiciera pública mi identidad, bueno, que se supiera que yo era una mujer de mediana edad que prefería no revelar su nombre y que lo notificara lo más escuetamente posible, que no hiciera de eso una campaña publicitaria como tal.
No se equivocó cuando me dijo que se seguiría hablando de mí y que continuarían las apuestas aunque ya no hubieran dudas sobre mi sexo. Yo, como siempre, seguí pensando que era simple curiosidad ajena y no le di mayor importancia, seguro que cuando estuviera listo mi tercer libro y vieran el giro argumental se ocuparían de otros asuntos y yo caería en el olvido.
Tenía "escrita" en mi cabeza mi tercera novela y estaba deseando tener tiempo para teclear en el ordenador para darle cuerpo. "Buena sombra", ese sería el título.
Abrí otra cuenta bancaria donde fueron a parar los beneficios económicos de mis libros anteriores y lo que seguía ingresando por las ventas que seguían aumentando. La verdad es que hubiera podido estar otro año sin trabajar, pero preferí ser cauta. A mi hija le dije que había invertido un poco del dinero de la lotería y que un gestor, cuñado de una compañera del trabajo que era de confianza, lo había movido en letras del tesoro y en productos bancarios que yo desconocía pero que estaban dando algo de dinero. Así justificaba las compras imprevistas sin necesidad de pagarlas mensualmente, un lujo que antes desconocía si se me rompía, por ejemplo, la lavadora.
Tampoco dejé que Andrea aportara nada económicamente, le decía que reuniera para su futuro, con mi sueldo y "el dinerillo de la lotería" me apañaba bien. Esa parte de las mentiras era la que menos me gustaba, pero seguía instalada en la necesidad de no desvelar mi identidad literaria ni a mi hija.
Cuando Ariadna cumplió los dos años, llamaron a mi hija de un hospital público para una sustitución que se preveía larga, los turnos serían rotativos. No podía dejar escapar esa oportunidad laboral y me contó que pondría a la niña en una guardería. Le dije que la niña era muy pequeña y que yo podría pagar a una persona que se quedara con ella en casa, pero mi hija me indicó que a Ariadna le vendría bien estar con otros niños de su edad y que se así se espabilaría.
-Mamá, ¿no te das cuenta de que cuándo la llevamos al parque deja que le quiten sus juguetes y no hace nada por defenderse? Hasta los más pequeños que ella saben dar un buen tirón de pelos cuando los molestan. Mi niña tiene un carácter muy bueno, pero no me gustaría que la tomaran por tonta-.
Era cierto, mi nieta tenía un percentil de estatura alto para su edad y lo mismo sucedía con su peso, yo me daba cuenta de que era observadora y de tonta no tenía un pelo, pero si no cambiaba su carácter apocado iba a ser el blanco de los abusones. Pobrecita mía.
Por lo menos desconecté de mis temores cuando por fin pude comenzar a escribir "Buena sombra", al volver a los turnos que rotaban aprovechaba cuando me tocaba de noche para escribir en mi portátil. Cuando inicié esa nueva novela, me di cuenta de que tenía hambre atrasada de escritura, volví a mi poder secreto que me hacía olvidar, al menos momentáneamente, la rabia que me daba cuando mi nieta llegaba de la guardería con una mordida nueva.
Continuará.
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