jueves, 21 de agosto de 2025

Mi otra yo. Capítulo 24.

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 Cuantos más años cumplía, más deprisa parecía pasar el tiempo y casi sin darme cuenta cumplí los 50.
En diez años había publicado 5 libros y ya era considerada una escritora de culto, la curiosidad por mi anonimato no había decrecido y siendo realista acepté que era buena escritora y que tenía un público fiel que disfrutaba con mis novelas. Mario a sus 60 años se preparaba para su jubilación, uno de los hijos de su primer matrimonio estaba interesado en seguir sus pasos y llevaba un tiempo en la editorial, eso sí, lo obligó a conocer el negocio desde abajo. A mí en confianza me decía que su hijo tenía madera para el negocio y que en un par de años estaría preparado para tomar las riendas, Mario lo estaba deseando, quería disfrutar de la niñez de su hija. Mi relación con Mario cada vez era más estrecha, éramos buenos amigos que nos permitíamos confidencias que ni nuestras familias imaginaban. Fue sincero conmigo.
-Maribel, con el potencial que tienes como escritora te quedan años por delante para seguir escribiendo, pero yo ya estoy con la cuenta atrás hacia mi jubilación, no quiero que mi editorial te pierda y si aceptas, vas a tener que confiar en mi hijo, cuando llegue el momento tendré que desvelarle tu identidad, pero no te preocupes, que lo haremos firmar un contrato de confidencialidad que no se atreva a romper, además,  si lo tengo que amenazar con quitarlo de mi testamento si siente la tentación de hablar más de la cuenta, lo haré-.
Yo le decía que ya lo veríamos cuando llegara el momento.  La escritura para mí seguía siendo tan necesaria como respirar y el no hacer pública mi identidad me sumaba, era como una capa invisible de poder que hacía que mi paso por la existencia fuera más allá de mi vida anodina. 
En aquellos años hubo cambios familiares, contrataron a mi hija Andrea en el mismo hospital en el que yo trabajaba y la destinaron a urgencias.  A mí aquel puesto en principio no me gustó porque solía pasar factura emocional con el tiempo, pero mi hija tenía cuajo para lo que le echaran, y lo más importante es que le gustaba. En el hospital había conocido a Juan, un traumatólogo separado con un niño pequeño, Marcos, que tenía cinco años menos que mi nieta Ariadna. Se cumplió el tópico de la enfermera y el médico y se emparejaron. Lo curioso es que la exmujer de Juan era médica del mismo centro hospitalario. Por suerte supieron ser civilizados y por el bien del niño enterraron el hacha de guerra que los había llevado a su separación y se respetaron mutuamente.
Mi hija y Juan querían vivir juntos y encontraron una casa que era perfecta, tendrían que dar una entrada e hipotecarse y cuanto más grande fuera lo primero menor sería lo segundo. Le di a mi hija una cantidad de dinero importante, les venía mejor que bien para que la hipoteca no fuera desproporcionada, y de nuevo volví a lo menos que me gustaba, a mentirle. Le dije que el gestor seguía operando con una pequeña cantidad que movía cuando lo veía conveniente y había acertado con no sé de criptomonedas "que ni sé ni me preguntes porque no sé de que va" que me había dado mis buenos beneficios. 
Al tiempo se mudaron y mi nieta pasó a tener un medio hermano cada quince días y yo podría decir que un medio nieto. 
Eran las nuevas familias, lo que yo había visto y vivido de niña casi no tenía vigencia, los nuevos núcleos familiares cambiaban y yo lo reflejaba en mis libros. 
Y si mi hija era feliz yo lo era también.

Continuará.




2 comentarios:

  1. Que bien describes las situaciones, haces que me meta en la historia de una manera asombrosa, imaginando hasta sus caras. Eso es un Don y me encanta que lo compartas. Un abrazo fuerte

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  2. Tú tienes el don de la lectura, un tesoro. Siempre me animas con tus palabras, gracias Astrid.

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