Viví una época de cambios, pero el que sin duda tuvo más relevancia fue el tener que enfrentarme al nido vacío.
Al mudarse mi hija a su nueva casa, tardé en acostumbrarme a vivir sin su presencia y la de mi nieta, cómo las echaba de menos. Pero Andrea estaba feliz con Juan y la niña se adaptó pronto a la nueva situación. A mí me preocupaba que Ariadna tuviera celos de Marcos, el hijo de Juan, pero a sus diez años ejerció de hermana mayor con ganas cuando el niño se quedaba en su casa. Marcos tenía cinco años y era un trasto al que no se podía perder de vista, pero era tan zalamero y tenía tanta gracia que era imposible no cogerle cariño. Un día me dijo que era un suertudo porque tenía tres abuelas, pero que no sabía si se lo tenía que decir a los Reyes Magos, lo convencí para que no se preocupara, eran magos y estarían perfectamente informados. Meses atrás y mientras mi hija y Juan estuvieron liados con la mudanza -más teniendo en cuenta los turnos del hospital-, me ofrecí a menudo para sacar de paseo a Ariadna y a Marcos, a veces los llevaba a comer a mi casa y claro, con el roce Marcos terminó viéndome como a otra abuela.
Otro cambio vino motivado por mi salud, hacía años que padecía de dolores de espalda que con el tiempo se habían cronificado. Hice lo que no se debe hacer, automedicarme, ya se sabe, en casa del herrero cuchara de palo. Los analgésicos cada vez me hacían menos efecto y hablé con el traumatólogo que tenía más a mano: mi yerno. Se negó a recetarme nada sin evaluarme primero.
-Maribel, mañana te pasas por mi consulta que te busco un hueco y ya veremos.
Juan me hizo una exhaustiva exploración y las pruebas radiológicas lo dejaron claro: a mis cincuenta años tenía la columna como una persona de setenta, desgaste, escoliosis, artrosis... El trabajo me estaba pasando factura después de treinta años movilizando a personas encamadas. Juan me dijo que al igual que las limpiadoras de hoteles, las auxiliares de enfermería solíamos terminar con esas complicaciones, y añadió que a mi edad, cerca de la menopausia, el potaje hormonal que ya estaba notando empeoraría el estado de mis huesos.
Insistió en que por mi salud estaba más que justificado que pidiera un cambio laboral o mi espalda no soportaría seguir ejerciendo la misma actividad.
-Imagínate suegra, un trabajo de lunes a viernes en consulta externas, sin turnos rotativos. Justo mi ex, Victoria, me comentó hace nada que su auxiliar su jubila. Puedo hablar con ella y mover el papeleo para que te den el puesto, ya sabes que es oculista, tu trabajo sería dilatar pupilas y lo habitual: llamar a los pacientes y lo que toque pero sin esfuerzos físicos. Además, tiene turno fijo de mañana, un lujo y por las tardes te me vas a la piscina a mejorar esa espalda. Si no tienes inconveniente en trabajar con ella la llamo ahora mismo.
Inconveniente no tenía, aunque me resultaba extraña la idea de trabajar con la madre de mi "nieto postizo", pero sabía por mi hija que cuando Marcos se quedaba en su casa Victoria llamaba por teléfono y tenían un trato correcto, incluso alguna vez habíamos coincidido cuando pasaba a buscar a su hijo. La impresión que me había dado era de ser una persona educada y seca de carácter. Le dije a Juan que si ella estaba de acuerdo, yo también.
A los pocos días la auxiliar que se jubilaba estaba enseñándome los entresijos de mi nuevo puesto de trabajo. Echaba de menos mis funciones anteriores, sobre todo el trato directo con los pacientes, pero los dolores de espalda decidieron por mí. Y tendría las tardes libres para escribir tranquilamente en mi casa. Mi actividad secreta fue como agua bendita, con tantos cambios mi refugio seguro, la escritura, me salvó de la soledad y del miedo a que mi espalda no me permitiera seguir teniendo una vida activa.
Sin duda, la mejor medicina.
Continuará.
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