Mi hija regresó con Ariadna de Inglaterra y le llevó directamente al hospital donde trabajábamos, la dejaron ingresada.
Había perdido tanto peso que la expresión "saco de huesos" la retrataba a la perfección. Le diagnosticaron anorexia nerviosa. Fueron sinceros con Andrea, el hospital en esas cuestiones estaba aún en pañales y solo podían trasladar a mi nieta a la unidad de psiquiatría. Lo ideal sería que recibiera la ayuda que con urgencia necesitaba en un centro especializado en trastornos alimentarios.
Mi hija estaba en shock, supuso que Ariadna había querido ir a Inglaterra para no estar bajo la supervisión familiar y dejar de comer, o comer y vomitar. ¿Cómo no lo había sabido ver cuándo su hija cambió sus hábitos con la comida y con su forma de vestir? Yo tenía la misma sensación de culpa, pero le decía a mi hija que Ariadna estaba enferma, que no era culpa suya y que lo prioritario era encontrar un centro especializado donde pudieran curar a Ariadna.
En el hospital le hablaron a Andrea de un centro privado que tenía los mejores resultados de recuperación en esos casos y mi hija me lo comentó.
-Mamá, es imposible llevarla a ese centro, es carísimo y además, está en otra provincia. Me he estado informando y los primeros meses aunque el paciente está ingresado hacen terapia con la familia, o sea, que me tendría que mudar durante un largo periodo. No me lo puedo permitir económicamente lo mire por donde lo mire, ni tampoco dejar de trabajar.
Supe que tendría que dar explicaciones, pero no lo dudé, le dije que tenía el dinero para pagar el tratamiento de mi nieta, y también podía permitirme dejar de trabajar mientras durara el internamiento de mi nieta. Mi hija me miró incrédula pensando que no había terminado de entender el alcance económico del que me estaba hablando.
Y no me quedó otra que contarle mi historia secreta. No omití que escribía desde niña a escondidas para evadirme de los gritos de mi padre, y que había encontrado una satisfacción personal que no quise compartir con nadie. De "pe a pa" le fui narrando cronológicamente como habían ido sucediendo los acontecimientos y que sin haberlo ni imaginado me había convertido en una escritora de culto. Mi hija me escuchaba con cara de asombro, pero cuando le confesé que era la autora de los libros que ella leía y tanto elogiaba los ojos se le agrandaron tanto que temí que le fuera a dar algo. Corrió al baño para vomitar, le preparé una manzanilla y conseguí que se la tomara. Lo que no conseguí es me hablara sobre lo que había escuchado de mi boca. Solo dijo que tenía que hablar con los médicos de la niña y se fue.
Me quedé muy intranquila e intenté racionalizar: es normal que mi hija haya reaccionado así, está destrozada con lo de la niña y no ha sabido digerir que su madre es la escritora que ha admirado durante años. Cuando vaya asimilando aceptará el dinero para el tratamiento de Ariadna y todo comenzará a funcionar como es debido.
Ese día no me llamó después de hablar con los médicos como solía hacer, ni se pasó por mi casa por la noche. Tuve que esperar al día siguiente a que apareciera con una expresión que no presagiaba nada bueno.
-Mamá, voy a aceptar tu ayuda económica porque en estas circunstancias no me queda otra, la aceptaría del mismísimo diablo. Desde siempre has ejercido de madre y de padre, nunca me ha faltado de nada y gracias a tu ayuda pude terminar mi carrera cuando me quedé embarazada. Siempre has sido el pilar más importante de mi vida, mi ancla, mi todo y con mi hija te has comportado de la misma manera, ella te adora. Tenía una confianza tan ciega en ti, que nunca sospeché cuando necesitaba dinero y tú oportunamente aparecías con el importe justo, ahora lo entiendo todo. Decir que alucino con que seas la escritora que he admirado tanto es quedarme corta, pero el sentimiento que lo supera es el de una profunda decepción por no haber confiado en mí, sabes que te hubiera guardado el secreto. No te entiendo, no te conozco mamá, no sé quién eres.
La decepción de mi hija me rompió el corazón, pero no me permití ocuparme de mis propios sentimientos, Ariadna nos necesitaba.
Continuará.
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