jueves, 16 de abril de 2026

Los dragones. Capítulo 13.

 Con Carmensa bajo la lupa de la sospecha seguí desenredando el hilo de la memoria.

Fueron pasando los años, todo seguía su curso natural y crecíamos, aunque unos sucesos luctuosos afectaron directamente a mis amigos.
Los padres de Kevin, a punto de cumplir su condena fallecieron con un mes de diferencia, el padre en una reyerta carcelaria y la madre por enfermedad. La madre de Lucas que había vivido hasta entonces entrando y saliendo de centros de rehabilitación parecía que había vencido a sus adicciones, pero el sida con el peor de los finales borró sus sueños de llevar una vida normal junto a su hijo.
Mis amigos vivieron esas pérdidas a su manera, Lucas que se expresaba a través de sus dibujos dotó a sus personajes de una característica: sustituir las pupilas de los ojos por dos lágrimas, entonces no sabía que pasados unos años sería su seña de identidad.  Kevin no sabía mostrar sus emociones y se volvió más bruto, más taciturno y se sacudió la pena con el ejercicio físico.
Los cuatro asumimos la inefable orfandad haciendo piña, éramos nuestra propia familia y Mari prometió que costara lo que costara,  nos mantendría unidos.
En la adolescencia comenzamos los esbozos que terminarían por definir nuestros destinos. Mari aunque mejoró en lengua era una apasionada de las matemáticas, tenía un don con los números. Su sueño a medio plazo era ganar mucho dinero para poder vivir en una casa con un patio grande donde jugaran los niños que pensaba adoptar. Lucas era un hacha con el lápiz y terminó de encontrar su estilo a través de los comics donde reflejaba la dura realidad que nos tocó en suerte, pero con una sensibilidad tan pasmosa que te tocaba por dentro. Los profesores del colegio y los educadores del centro lo animaban a participar en concursos de dibujo, y aunque evidentemente le faltaba la técnica, fue atesorando premios. Kevin no parecía tener preferencia por nada en particular, pero la tenía. Le llevó varios años más sincerarse con nosotros que lo sabíamos todo de todos; solo podíamos observar como su cuerpo delgado y estirado fue cambiando sus contornos dando pistas del armario en que se convertiría. Y yo, pues lo tenía claro, mi destino sería el centro culinario de aprendizaje cuando cumpliera los dieciséis años.
Tuvimos como todos los chavales una adolescencia con sueños y miedos, Mari quería estudiar alguna carrera de números que le permitiera ganar mucho en poco tiempo, Lucas quería entrar en bellas artes, yo, como ya expresé antes, en cuanto terminara los estudios primarios entraría en el centro culinario y Kevin... a Kevin solo pudimos sacarle que estudiaría para sacar unas oposiciones.
Parecía que vislumbrábamos un futuro favorecedor, pero no éramos tonto, teníamos una espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas.
A los dieciocho años el estado dejaría de tutelarnos y con esa edad era imposible que tuviéramos las titulaciones que deseábamos, como humo que se desvanece, tal certeza nos hacía bajar de las nubes.
-Está jodido chicos, pero ya encontraremos la forma, lo importante es seguir los cuatro unidos, los dragones juntos somos invencibles.
Esos nos decía Mari cuando se nos caía el mundo.

Continuará. 


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