jueves, 30 de abril de 2026

Los Dragones. Capítulo 17.

 Estaba agradecido por lo que había aprendido y aunque pudiera trabajar como ayudante de cocina en cualquier sitio, sabía que me quedaba mucho por aprender. 
En el centro de enseñanza culinaria sabían mis circunstancias: que estaba a punto de cumplir los dieciocho y tendría que sacarme las castañas del fuego por mí mismo. Uno de los profesores, Chago, me dijo que era una pena que no continuara con mi formación, que me veía futuro en aquella profesión. Me propuso un puesto de trabajo como ayudante de cocina en el restaurante que formaba parte de la escuela culinaria, podría trabajar a media jornada y seguir formándome, consciente de mis circunstancias me habló de una beca que ellos daban en circunstancias especiales y mi caso lo era. 
Me entusiasmé, podía ganar algo de dinero y seguir con mi sueño de titularme como chef. Pero, -siempre hay un pero- tenía que consultarlo antes con Mari, no iba a ser lo mismo entregar un sueldo que medio. 
-Tira pa,lante Saulo, valdrá la pena apretarse el cinturón y no te preocupes, ya nos arreglaremos.

La mayoría de edad de los cuatro estaba a la vuelta de la esquina, primero le llegaría a Kevin que por suerte -el destino no iba a ser siempre puñetero- cumplía años unas semanas antes de las oposiciones. Si las aprobaba sería el primero en tener un sueldo completo, Mari y yo cumplíamos el mismo mes y Lucas tendría que esperar unos meses más. 
En el centro Los Dragos sabían nuestras intenciones de irnos a vivir los cuatro juntos, y aunque teóricamente el estado te soltaba de la mano cuando cumplías los dieciocho, había excepciones. Lo cierto es que se portaron bien con nosotros moviéndose en las farragosas aguas de la burocracia, pero lo lograron, nos permitirían continuar en el centro hasta que Lucas cumpliera la mayoría de edad. Ganábamos unos meses antes de tener que depender de nosotros mismos.
Resumiendo los meses siguientes, Kevin aprobó las oposiciones y comenzó su andadura como guardia civil. El gimnasio lo había convertido en un armario empotrado y los rasgos pocos delicados de la niñez dieron paso a una cara brusca que si no lo conocías, intimidaba. Yo comencé mis andanzas como ayudante de cocina mientras seguía estudiando, Mari comenzó la carrera de Finanzas contenta de librarse por fin de las asignaturas obligatorias de lengua del bachillerato y Saulo comenzó Bellas Artes  con un estilo que destacaba por su identidad propia.
Todo seguía su curso, como el tiempo que no se detiene y a punto de cumplir Lucas la mayoría de edad Mari se puso manos a la obra.
Tenía que encontrar un piso barato y lo encontró en La Isleta. La palabra casa le quedaba grande, solo tenía dos habitaciones, cocina-salón y baño, todo minúsculo. El barrio había tenido mejores épocas, pero era lo que nos podíamos permitir en nuestras circunstancias.
La primera vez que fuimos juntos a ver el piso Kevin nos habló clarito:
-En estas calles se mueve droga, como yo vea a alguno de ustedes cerca de alguna porquería le parto la cara-. Y  no hablaba en sentido figurado. 
A pesar de que sabíamos que nos quedaban unos cuantos años de estrecheces y de que la casa era lo que era, comenzamos a ilusionarnos y a visitar sitios de segunda mano para amueblarla, pues por no tener no tenía ni bombillos. La buena de Carmensa comenzó a organizarnos un "ajuar" para la cocina.
-Miren mis niños, esta olla ya está cascadilla pero mientras el pitorro escupa la pueden aprovechar, y a este caldero le falta un asa, si lo cogen con cuidado hará su función.
Y de esa manera, con objetos tan machacados como nuestra primera infancia iniciamos el camino hacia el futuro.

Continuará.  

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