Ir a capítulo anterior.
Poco a poco fuimos amueblando Frankenstein, así llamábamos a la que sería nuestra casa en cuanto Lucas cumpliera la mayoría de edad.
Conseguimos cuatro sillas diferentes entre ellas, una mesa que por supuesto no pegaba ni con cola, literas de segunda que tuvimos que reforzar, la cocina se fue nutriendo de los cacharros que Carmensa nos pasaba cuando ya estaban para pasar a mejor vida y yo también pude rescatar de la escuela culinaria utensilios que ya daban por más que amortizados.
Pero Mari fue inflexible en cuanto a los electrodomésticos, después de una mala experiencia en el centro, -había visto como una trabajadora casi perdía una mano al explotarle una vieja plancha-, nos dijo que aunque tuviéramos que comprarlos pagándolos a plazos, no quería nada que tuviera enchufe que no fuera nuevo.
El dinero que habíamos ahorrado desde los dieciséis años se había esfumado, una buena parte se destinó a financiar el carnet de conducir de Kevin, era imprescindible que contara con él para presentarse a las oposiciones de guardia civil, añadiendo el alquiler y los otros gastos que nos generaría vivir por nuestra cuenta y no nos quedó otra que comprar muchas cosas para irlas pagando mensualmente.
Yo con mi media jornada laboral como ayudante de cocina poco podía aportar, así que Kevin con su sueldo de guardia civil firmó las compras que menguarían mensualmente lo que cobraba.
Cuando Lucas cumplió la mayoría de edad dejamos Los Dragos y nos mudamos a nuestra Frankenstein, entre el miedo y la ilusión confiamos en que estar los cuatro juntos nos haría salir a flote.
Carmensa pasaba semanalmente con bolsas llenas de comida, chiquillos, nos decía, esta fruta está fea por fuera, pero se puede comer, lo mismo pasaba con verduras y todo lo que pudiera añadir a nuestra cocina para que tuviéramos que gastar menos, yo mismo aprovechaba todo lo aprovechable del centro culinario. Pero Carmensa iba más allá y solía aparecer con sábanas o toallas para nosotros con la excusa de que estaban de oferta. La buena de Carmensa siempre pendiente de que a "sus niños" no les faltara lo básico.
Mari y Lucas estudiaban como locos, dependían de sus becas para terminar sus carreras, pero aun así sacaban algo de tiempo para aportar a la economía conjunta. Mari llenó el barrio de cartelitos donde se postulaba como niñera y Lucas los fines de semana se situaba en La Puntilla con un caballete ofreciendo caricaturas a quien las pagara.
Recuerdo con cariño algunos domingos que Kevin no tenía que trabajar y nos íbamos a ver a nuestro amigo dibujar mientras nos permitíamos el lujo de comprarnos un paquete de pipas.
Con la Playa de las Canteras de fondo y sabiéndonos unidos, sentíamos algo parecido a la felicidad.
Éramos familia.
Continuará.
No hay comentarios:
Publicar un comentario