jueves, 2 de abril de 2026

Los dragones. Capítulo 9.

 En aquel compás de espera parecía que tenía una pelota saltarina dentro de la cabeza: la bolita botaba  hacia atrás una y otra vez haciéndome regresar a mi infancia. Estaba deseando que llegara al fin de semana para poder vernos los cuatro dragones.
 
Los primeros años de educación reglada fueron normales, sin sobresaltos y pronto nos acostumbramos a la rutina escolar, pero a Mari las letras se le atragantaban, no aprendía al ritmo de los demás y se aturullaba cuando tenía que leer en voz alta. Si en el texto aparecía "ave" ella lo leía como "eva," nos hacía gracia, pero a ella no. Me decía que era una cabeza hueca y que nunca aprendería a leer en condiciones.
El profesorado en principio no se alertó, pensando que al no haber estado escolarizada antes era normal que le costara llevar el ritmo del resto; al contrario, tenía una inteligencia natural con los números que asombraba a los maestros. 
Yo era todo lo contrario, los números no me gustaban mientras que con las letras me llevaba bien. Así que llegamos a un acuerdo, el de ayudarnos mutuamente con aquellas asignaturas. Kevin no sobresalía en ninguna materia en especial, pero tampoco se quedaba atrás, al igual que Lucas, aunque este último tenía una habilidad especial dibujando.
El tiempo pasaba y vivir en el centro ya era algo normal para nosotros, lo mismo sucedió con el colegio.
Tuvimos algunos sustos más, cuando algunas parejas se interesaron en adoptar a Mari, pero ella ya era una experta simulando que estaba desequilibrada; curiosamente por el resto de la panda: Lucas, Kevin y yo mismo, nadie mostró interés por integrarnos en sus familias.
A Lucas le hubiera gustado que su madre se recuperara de sus adicciones y viniera a buscarlo, pero a saber que había vivido los cinco primeros años de su vida para no esperarlo y Kevin era consciente de que a sus padres les quedaban años de cárcel. 
Supongo que las cartas mal dadas que nos tocaron en suerte nos hicieron madurar antes de tiempo y nos aferramos a lo que teníamos, el estar unidos los cuatro y protegernos. 

Aquellos días después de terminar el trabajo me pasaba por casa de Mari por ver como seguía la niña de Mari, Patri. Se estaba recuperando muy bien, era una jabata como su hermano Ancor, y después de jugar un rato con ellos sacaba la libretita donde iba apuntando las anécdotas de nuestra niñez y se la enseñaba a Mari, eran detalles imposible de conocer fuera de los cuatro dragones. Ella estaba tan intrigada como yo, ambos deseábamos que llegara el fin de semana para reunirnos los cuatro. 
Nos preguntábamos los mismo: ¿quién y por qué?

Continuará. 



  

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