jueves, 28 de mayo de 2026

Los Dragones. Capítulo 25.

 Acepté la propuesta del restaurante y comencé a ejercer como chef.
Era un establecimiento de lujo y no pude por menos que sentirme orgulloso de que me hubieran elegido, pero algo me inquietaba. La otra oferta también me atraía, ser profesor de chavales que habían vivido mis mismas circunstancias me motivaba y al fin al cabo mientras pudiera ejercer mi pasión por la cocina, lo mismo daba que fuera entre fogones de lujo o en otros más modestos.
De alguna manera me sentía en deuda con la escuela culinaria que me había acogido con dieciséis años, allí había aprendido y me sentí integrado desde el minuto uno.  
Después de unos meses hablé con Santiago, mi mentor, le pregunté si su propuesta seguía en pie y sí, me dijo, me recibirían con los brazos abiertos.
Regresé un poco preocupado, igual lo de enseñar no se me daba tan bien como cocinar, pero me sorprendió para bien la adaptación a mi nueva etapa como enseñante, y lo mejor: yo sabía como se sentían aquellas chicas y chicos que tuvieron el infortunio de crecer sin una familia. Eso hizo que fuera más fácil ayudarles.
Pasado un tiempo me di cuenta de que realmente era yo quien más recibía.

Todo rodaba en buena dirección, los dragones teníamos trabajos que nos gustaban y que nos permitía ganarnos bien la vida.
Y ley de vida, como en una familia en la que los hijos crecen y vuelan  nos llegó el momento de las separaciones físicas.
Kevin fue el primero en abandonar el nido, se fue a vivir con Alicia, estaban deseando ser padres. Mari aunque había comprado la casa de sus sueños, no la habitó junto a la buena de Marisa hasta que supo que en breve le darían a una niña en adopción. Lucas llevaba un tiempo saliendo con una chica y también quiso probar con ella la convivencia. Yo fui el último en decidirme, me daba pena dejar la casa Frankenstein donde habíamos convivido los cuatro como una familia, pero Mari me aconsejó que también volara, aunque viviéramos separados ya se encargaría ella de mantenernos unidos.
Compré un pequeño apartamento cerca de la playa de Las Canteras porque el sitio me encantaba y además, sumaba que el lugar hubiera sido testigo de nuestros paseos adolescentes. 
En lo sentimental... pues me iba de aquella manera, alguna relación seria tuve, pero nunca terminaba de cuajar. 

Después del viaje emocional a través de la memoria el presente tocó en mi cabeza: toc-toc, sigues sin saber quién escribió el libro de marras. 
Tenía que averiguarlo y pasar página, nunca mejor dicho, aunque mis sospechas apuntaban en una única dirección: la buena de Carmensa.  

Continuará. 

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