miércoles, 24 de junio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 5.

 Hoy es miércoles, así que me toca pasar a buscar a Emilianita para llevarla al centro de salud para sus controles de azúcar y tensión.
Ya dije anteriormente que era la vecina de arriba, una mujer buena que cuando le tocaba echarnos una mano lo hacía de mil amores. Sobre todo cuando mi padre se operó, que como mi madre no lo quería dejar solo mientras estuviera hospitalizado, nos acogió a mi hermana y a mí como si fuéramos familia.
Después del colegio íbamos a su casa, allí comíamos y por las tardes su hijo, que nos sacaba unos años, nos ayudaba con las tareas escolares. Por la noche mi madre dormía en casa por no abusar de la vecina y poder estar algo con nosotros.
Fue una época complicada, a la preocupación por la salud de mi padre se añadía el tema económico, como autónomo que era, cobrar la baja suponía una merma importante.
Después de varias operaciones mi padre tuvo que hacer durante meses rehabilitación, se esforzaba al máximo, pero recuperarse le llevaría su tiempo. Mis padres tiraron de los ahorros destinados a nuestras carreras, ya tenían claro que Carmen y yo no íbamos a seguir lo que ellos habían soñado durante años. Mi madre seguía limpiando escaleras, pero todo el dinero que entraba era poco. 
Mi padre procuraba no quejarse delante de nosotros, pero sabíamos que no estaba bien, a veces soñaba en voz alta: "si algún día me toca la lotería me retiro y a vivir sin hacer números todos los días".
Mi madre le contestaba que difícil era si no jugaba, cierto era. Les dolía gastar dinero en juegos de azar. Hasta que un día mi madre se levantó diciendo que había soñado con un número y que tenía un pálpito, recorrió varias administraciones de lotería hasta que encontró el número que buscaba. El caso es que el número salió, nunca sabré si fue por la premonición o por la casualidad, pero nos tocó la lotería.
Mis padres dejaron de trabajar, aunque mi padre por no querer gastar más de la cuenta se quedó con el taxi como coche familiar. Pudimos vivir sin ahogos pero sin lujos, había que emplear bien el dinero. Mis padres decidieron destinar una parte para nosotros, ya que seguíamos empeñados con lo de ser taxistas, que tuviéramos un vehículo propio para arrancar, nunca mejor dicho.
Tuvieron cabeza para dejarse asesorar con el dinero, no querían correr la misma suerte de otras personas que habiendo ganado una cantidad considerable al par de años estaban arruinados.
Invirtieron una buena cantidad en oro por ser una apuesta segura. A día de hoy siguen viviendo en la misma casa de siempre y no han cambiado sus rutinas. Carmen y yo a menudo les decimos que se vayan de viaje, que se den algún capricho, pero ellos dicen estar bien como están y no hay quién los haga cambiar de idea.
Van a la piscina un par de veces por semana, les viene bien a ambos para sus espaldas, pasean cuando se les apetece, están pendientes de nosotros y lo mejor según ellos, ejercen de abuelos cuando se tercia.
Se desviven por Laura, mi sobrina y por mi hijo Thiago. 
A mí y a mi hermana nos gustaría que disfrutaran más de otras maneras, qué se yo, que viajen, que se apunten a actividades o lo que sea.
Aunque la verdad sea dicha, ellos solo piden salud y son felices a su manera.

Continuará. 


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