miércoles, 24 de junio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 6.

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Como cada miércoles recogí a Emilianita para llevarla al centro de salud, como iba a primera hora no tenía gente delante y al rato salía. Mientras la esperaba me daba tiempo de desayunar y luego la llevaba de regreso a su casa.
Hacia dos años que se había quedado viuda después de tener al marido encamado por una mala enfermedad que acabó con él. Nunca la oímos quejarse, pero después de perder a su Manuel empezó a ser menos ella. Su hijo, Manu, casado y con hijos se la quiso llevar a su casa cuando los despistes de Emilianita fueron más evidentes, pero ella tozuda decía que su casa era sagrada y que no pensaba irse a ningún sitio. 
Su hijo me pidió en su momento el favor de que la llevara y la trajera cuando iba al centro de salud los miércoles y yo acepté encantado, aquella mujer se había portado bien con mi familia cuando lo necesitamos. Me sabía mal cobrarle, pero Manu insistió, si no cobraba por mi trabajo buscaría a otra persona, pero él estaría más tranquilo conmigo, así que le dije que sí.
Al principio era la misma Emilianita la que me pagaba, hasta que comenzó a darme billetes de 50 euros y me decía que me quedara el cambio. Con la excusa de que a primera hora no tenía cambio, le decía que ya me pagaría su hijo. Hablé con él, por supuesto, su madre no era consciente del dinero que iba soltando y me propuso pagarme mensualmente él mismo. Como confianza y cariño había me atreví a sugerirle que su madre necesitaba una persona que estuviera pendiente de ella todo el día. Él y su mujer eran abogados y ejercían por las mañanas, por las tardes procuraban sacarla a pasear, no se desentendieron de ella, pero trabajar tenían que trabajar y cuando le hablaban a Emilianita de ponerle a una persona que la acompañara por las mañanas ella se enfadaba diciendo que no necesitaba a nadie. Mi madre se prestó a echarle un vistazo sin que ella se percatara. Si no la oía trajinando en la casa, subía y se inventaba cualquier excusa, que si le faltaba una pizquita de perejil o lo que se le ocurriera. Así durante un tiempo la mujer estuvo más o menos controlada, pero semana a semana yo veía que la cabeza se le iba. 
Ese miércoles se subió a mi taxi en zapatillas de andar por casa. Siempre había sido impecable con su aspecto, pero no tuve corazón para indicarle su "despiste". Mientras ella estaba en el centro de salud llamé a su hijo y se lo comenté. "Qué lástima, -se desahogó apenado- con lo que ha sido mi madre. Desde que no tiene su rol de cuidadora no se da cuenta de que es ella la que necesita que la cuiden, gracias Jose por avisarme, tendré que ingeniármelas para que acepte compañía por las mañanas, que cualquier día se deja el fuego encendido y tenemos un disgusto".
No pude evitar esa mañana sentirme triste, pero el taxi y mi profesión consiguieron despistarme.
Es lo que tiene mi trabajo, para bueno o para malo durante el día comparto pequeños espacios de tiempo con tanta gente diferente, que termino vislumbrando aunque sea de soslayo vidas ajenas con sus sombras y sus luces. Una sorpresa permanente.
Tanto, como que mi taxi tuvo su papel relevante cuando conocí a Virginia, mi "ex" y madre de mi hijo.

Continuará.

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