Virginia -la mujer que volvió mi mundo del revés- se cruzó en mi vida cuando yo tenía 20 años.
Un viernes, haciendo el turno de noche, pasaba con mi taxi por la zona del Puerto. Era normal que me salieran carreras seguidas, por aquello de que la gente salía a las discotecas y bares en aquella parte de la ciudad.
No era demasiado tarde, serían las diez cuando al pasar con el coche me percaté de lo que me pareció un comportamiento violento. Una chica caminaba raro, como con poco equilibrio y el hombre que la acompañaba le metía mano descaradamente mientras ella intentaba zafarse. No me gustó lo que vi, ella parecía que estaba bajo los efectos del alcohol o vete a saber qué y él intentaba forzarla.
Pensé que si llamaba a la policía cuando llegara ya el tipo habría tenido tiempo de hacer lo que le diera la gana. Yo no me tenía por valiente, al contrario, si podía evitar cualquier confrontación lo hacía, pero pensé que esa mujer podía ser mi hermana Carmen y cogiendo el espray de pimienta que llevo siempre como defensa en el taxi, me bajé.
-Deja a la chica ¿no te das cuenta de que no quiere que la manosees?
El tipo al escucharme se dio la vuelta y preparó el puño, pero fui rápido rociándolo con el espray. Aproveché que estaría fuera de juego durante unos minutos para tomar a la chica del brazo y subirla a mi taxi.
-Tranquila, le dije, aquí estás segura. ¿Te encuentras bien? ¿A dónde quieres que te lleve?
Ella temblaba, estaba pálida, parecía desubicada.
-Mil gracias, ese tío se estaba pasando y no podía quitármelo de encima, si no llegas a intervenir...
-No te preocupes, lo hubiera hecho cualquiera. ¿A dónde te llevo?
Al subirla a mi taxi la había sentado a mi lado y pude ver que se estaba aguantando una arcada para no vomitar, pero no me dio tiempo de abrir la ventana.
Mi padre tenía el don de que se le pusieran de parto en su taxi, yo tenía el dudoso récord de que me vomitaran. Era de lo más desagradable y me ocasiona unas molestias que pasaban por llevar el coche a un sitio especializado en limpieza de tapicerías y que me costara dinero por partida doble, porque aparte de pagar ese servicio, estaba una cuantas horas sin herramienta de trabajo. Era mi sino, solo podía resignarme.
-No pasa nada, insistí cuando ella se escusó avergonzada después de vomitar, ya me ocuparé de eso. ¿Te encuentras mejor?
-Es que no estoy acostumbrada a beber, te pagaré lo que sea por este desastre.
-Son gajes del oficio, ni la primera persona ni la última que vomita en mi coche.
Siempre llevaba toallitas y servilletas e intenté quitar lo "más gordo" antes de que el olor me hiciera vomitar también a mí.
-Dime a donde quieres ir, que en un rato no nos va a gustar el olor aquí dentro. Ya estaba pensando dejarla donde me dijera y terminar pronto mi turno, con el coche apestando.... Gracias que el sábado abrían el sitio de limpieza de tapizados que visitaba muy a mi pesar a menudo. Como otras veces, le pediría a mi padre su taxi para aprovechar en lo posible la mañana.
Aún enredado en mis pensamientos me di cuenta de que la chica lloraba desconsolada.
-Es que no puedo volver a mi casa, se supone que paso la noche en casa de una compañera de estudios para preparar un examen, pero la verdad es que salí sola y me encontré con ese tío en un bar; al principio me pareció educado y dejé que me invitara a un par de copas, pero creo que al final fueron más de dos. El desenlace ya lo conoces.
-¿Y no tienes ninguna amiga que te ofrezca tu casa esta noche?
-No, no tengo amigas, confesó entre hipidos y mocos.
¿Qué iba a hacer con aquella chica? No podía dejarla sola en aquellas condiciones, me estaba dando una lástima...
-Bueno, ya se nos ocurrirá algo, pero vamos a bajarnos del coche, el olor está resultando...desagradable.
Además, te vendrá bien que te dé el aire.
Así entró Virginia en mi vida, como un elefante en una cacharrería.
Continuará.
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