Noté la extrañeza en la voz de Mari al responder a mi llamada.
-¿Qué pasa Saulo, algo va mal? Te vi esta tarde y a estas horas... pero dime, si te puedo ayudar en lo que sea sabes que puedes contar conmigo.
-Pasa que acabo de darme cuenta, tú escribiste el dichoso libro. Que lo hayas escrito lo puedo hasta entender, pero que sabiendo que me estaba reconcomiendo y sospechando de Carmensa tiene delito, ¿por qué no me dijiste la verdad? No lo entiendo, Mari, necesito respuestas.
-Ah Cocoliso, tengo que darte la razón en todo, no he actuado bien, no me queda otra que dar explicaciones, pero no va a ser ahora por teléfono, lo justo es que nos reunamos los cuatro y ellos también sepan la verdad.
-¿En serio me vas a dejar ahora así? Sabes que no voy a poder dormir.
-Lo siento Saulo, de verdad, pero me toca hacer las cosas bien y Kevin y Lucas también deben estar.
Por suerte Lucas estaba a punto de regresar de su viaje y no tendríamos que esperar mucho, en el par de días que pasaron hasta que pudimos vernos no llamé a Mari por teléfono como solía hacer. Estaba dolido y lo más jodido es que la echaba de menos.
Llegó el día y nos vimos los cuatro en casa de Mari. Carmensa notó que algo sucedía, pero discreta como siempre salió al jardín con los niños.
Una sofocada Mari fue directa al grano.
-"Mis niños, yo soy la autora de Los Dragones, Saulo lo averiguó -no sé todavía cómo- hacer un par de días". Kevin y Lucas se miraron entre ellos perplejos.
-Hace muchos años la logopeda me dijo que tratando mi dislexia podría seguir con normalidad mis estudios, aunque nunca escribiría un libro. Sé que no lo dijo con maldad, pero me conocen y saben que basta que me digan que no puedo hacer algo para intentarlo, y me prometí que algún día escribiría un libro. De hecho lo tenía escrito en mi cabeza desde hacía años, hasta que me decidí y me puse con Los Dragones. Escribirlo fue catártico, liberador, pude constatar que la nuestra fue una historia de superación. Ya desde niña asumí mi rol de madre con ustedes aunque tuviéramos la misma edad. Cuando lo terminé lo llevé a una editorial donde te publican los ejemplares que quieras, encargué cuatro, quería que ustedes lo recibieran como un regalo. Pero una vez que lo tuve entre mis manos y lo leí, me sentó como una patada en el estómago. Porque vale que nos hemos superado, pero lo jodido de nuestras procedencias y primeras experiencias no lo borra nadie. Aunque seamos adultos con vidas aparentemente normales, nos quedan cicatrices que no se borrarán nunca. Me di cuenta de que excepto Kevin, los demás huimos de una relación seria, ¿y saben por qué? porque tenemos miedo a que nos vuelvan a abandonar, seguimos heridos y era como meter el dedo en la llaga. Me arrepentí de mi idea, ¿para qué les iba a regalar un libro envenenado? Decidí que quizás fuera interesante para otras personas con otras circunstancias. Cogí los cuatro ejemplares y entré en la primera librería que encontré, con disimulo los dejé y me fui intentando olvidarme del jodío libro. ¿Cómo iba a imaginar que Saulo lo encontraría en un mercadillo y lo compraría? Y ya está, no hice bien cuando apareció negando mi participación, me moría de vergüenza pensando...
Un golpe nos sacó de aquella extraña atmósfera que se había creado, Ancor, el niño de Mari -recién operado de la columna- se había caído golpeándose la espalda. Gritaba por el dolor e hicimos lo que tocaba, ir todos juntos al hospital.
Han pasado dos años, Lucas después de pedirnos permiso hizo un cómic narrando con imágenes lo que Mari había plasmado con palabras. Lo mejor que ha hecho según él.
Y seguimos siendo la familia que con cuatro años formamos, una familia imperfecta quizás.
¿Pero acaso alguna no lo es?
Fin.
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