Virginia, mi ex, me ha sorprendido en mi cumpleaños regalándome un diario.
Según ella, sería un buen testimonio para nuestro hijo Thiago conocer las anécdotas que mi trabajo como taxista me regala o me hace padecer. No me parece mala idea, pero para que él lo lea cuando sea adulto, no quiero que me mitifique como hice yo con mi padre y que me llevó a elegir su misma profesión.
Mi padre, Pepe el preñao, así lo conocían los del gremio, se deslomó durante años trabajando horas y horas, de día, de noche... al ser un empleado cobraba un sueldo tirando a lamentable que le daba lo justito para no malvivir. A mi madre no se le caían los anillos y por las mañanas limpiaba escaleras ajenas.
Ellos tenían un sueño, reunir para mi padre pudiera comprar un taxi y la licencia "de una parada" y seguir ejerciendo pero cobrando un sueldo digno y una vez que la situación económica mejorara, poder tener el dinero suficiente para darnos carreras universitarias a mi hermana Carmen y a mí.
Mi hermana y yo crecimos sin ser conscientes de los sacrificios que hacían nuestros padres por nosotros, no nos dábamos cuenta de que solo se compraban unos zapatos cuando los anteriores se rompían.
Como de lunes a viernes por las mañanas Carmen y yo íbamos al colegio no echábamos de menos a nuestra madre, que ya estaba en casa cuando regresábamos. Si acaso Carmen o yo no podíamos ir al colegio por estar malillos, nos cuidaba Emilianita, una buena vecina que abría las puertas de su casa y de su corazón con la misma alegría.
A mi padre lo veíamos menos por las horas que echaba en el taxi, pero por muy cansado que llegara siempre tenía algo interesante que contar relacionado con su trabajo.
Durante el tiempo que estuvo al volante había visto de todo, pero y ahí viene lo del apodo, se dio la casualidad de tener que atender, a lo largo de varios años, a cinco mujeres que se pusieron de parto en el taxi y a las llevó finalmente al hospital con el niño o la niña ya nacidos. Cada vez que sucedía salía en el periódico y mi hermana y yo lo veíamos como a un héroe.
En esos casos él se quejaba de la tapicería del coche que terminaba hecha un desastre, pero no podía esconder la sonrisa de satisfacción por el acontecimiento.
Otras veces nos contaba que había llevado a algún famoso y no se cortaba para pedirle un autógrafo para sus hijos.
Quitando las anécdotas amables se deslomó trabajando hasta que consiguió su propósito y se pudo comprar su propio taxi y su correspondiente parada.
Yo tendría unos diez años y recuerdo a mis padres muy contentos viendo que sus sueños eran realizables y que un día acudirían emocionados a la graduación de sus hijos. Eso sí, con el taxi nuevo. Antes de salir mi padre, mi madre le decía con recochineo, "ni se te ocurra parar a ninguna embarazada, que ahora la limpieza de la tapicería nos toca a nosotros".
Continuará.
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