jueves, 11 de junio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 2.

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 Mi padre llevó siempre, como la mayoría de los taxistas, una estampa de San Cristóbal, el protector de los conductores, pero cuando se compró el taxi nuevo mi madre le regaló otra de San Ramón Nonato, el protector de las embarazadas. Por supuesto añadió una chapita con dos fotos, la de mi hermana y la mía, con la típica inscripción: "No corras papá".
Al comprar el nuevo vehículo vendió el coche familiar, así el nuevo taxi pasó a ser el coche que se usaba para todo. A mi madre la llamaban en el barrio Chari la rica, por aquello de que iba a todos lados en taxi.
Justo cuando se cumplieron los seis meses de manejar mi padre su nuevo coche, volvió a suceder, una mujer embarazada se puso de parto y, por sexta vez, mi padre se convirtió en comadrón improvisado.
Volvió a salir en los periódicos mientras el taxi tuvo que pasar por un taller donde le limpiaran a fondo la tapicería. Una pena, decía mi padre a quién lo quisiera escuchar, pero con la misma satisfacción que las veces anteriores.
Cualquier día sales en la tele, le decía mi madre, y no se equivocó, el ayuntamiento le concedió la medalla al mérito civil y organizó un acto televisado a donde acudimos vistiendo las mejores galas y nuestras orgullosas sonrisas.
Mi padre estaba emocionado, claro, pero cuando supo que el ayuntamiento había localizado a las seis madres que habían parido con él, le cayeron dos lagrimones, y cuando las niñas y niños de diferentes edades subieron para entregarle la medalla, Pepe el preñao lloró como un niño chico.
En primera fila mi madre, Carmen y yo crecimos dos tallas.
Esa noche cenando los cuatro seguíamos como en una nube y mi hermana puso la guinda cuando anunció convencida que quería ser taxista.
Mis padres se miraron entre ellos, si algo tenía mi hermana es que a morruda no le ganaba  nadie, y si con catorce años anunciaba que quería seguir la profesión paterna, había que tomarla en serio.
Mi padre con el gesto serio habló:
-Mi niña, tu madre y yo llevamos años deslomándonos para reunir unas perras y que ustedes puedan hacer las carreras que quieran, no me vengas con esa idea ahora.
-Pero es que yo quiero ser taxista, ¿qué pasa? ¿te parece mal porque soy una chica?
-No es tan bonito como lo ves ahora que estás encandilada por el homenaje de hoy, la profesión es dura, yo por no preocuparlos siempre les he contado la cara bonita, pero tu madre sabe tan bien como yo que es una profesión dura, estás todo el día con muchas personas y de todo hay en la viña del señor,  te tienes que aguantar cuando te toca gente maleducada o chunga, o cuando se van sin pagarte, últimamente algunos compañeros están poniendo mamparas porque hay mucho loco suelto que te atraca, yo esa mala suerte no la he tenido de momento, pero todos los días antes de subirme al taxi rezo para que no me pase nada malo. Y mujeres hay, pocas, pero las hay, y por lo que cuentan tienen que aguantar a indeseables que les hacen todo tipo de proposiciones. Yo no quiero todo eso para ti y tu madre tampoco.
Mi madre tomó el relevo intentando un argumento persuasivo:
-Carmen tu padre no te ha dicho que tiene la espalda echa un asco, tanto tiempo sentado no es bueno y hasta varices le están saliendo en las piernas. Pasa frío en invierno, calor en verano, termina tan destartalado con los cambios de turno, que ya no es capaz de dormir de un tirón por las noches.
Son muchas las cosas que se calla por no preocuparlos, que la profesión digna es, pero también puñetera, tienes que entender que nos preocupe que se te meta esa idea de ser taxista en la cabeza.
Mientras los escuchaba me di cuenta de que su trabajo no era un camino de rosas y que él por no preocuparnos aguantaba como un titán carretas y carretones. Si cabía después del homenaje, creció aún más para mí. Y yo quería ser como mi padre.
Así que me llené de valor y les solté la frase que me estaba quemando la garganta.
-Pues yo también voy a ser taxista. 

Continuará. 

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