Nunca fui un taxista que se pusiera a hablar cuando algún cliente entraba en el taxi.
Cada uno es como es y respetaba los silencios de los que se limitaban a dar las buenas horas e indicarme a donde querían que los llevara. Pero lo cierto es que me gustaba compartir conversaciones cuando me daban pie. Un aprendizaje con personas tan variadas y con tan diferentes experiencias que siempre valía la pena.
Pero en aquellas circunstancias me pasaba algo atípico, cuando subían padres o madres con sus bebés no podía evitar decir orgulloso que pronto sería padre. Normalmente el tema daba para mucho y tomaba nota mentalmente de algunos consejos prácticos: nombres de buenos pediatras, buenos pañales y cosas por el estilo.
Faltaba poco para que Virginia saliera de cuentas y estábamos nerviosos y contentos. Deseábamos verle la carita a Thiago. Lo del nombre fue cosa mía y a mi pareja le pareció bien.
Ya estaba todo preparado, la habitación, la ropa... solo quedaba esperar. Mi suegra estaba pendiente de su hija y parecía estar menos altiva conmigo. ¿Lo ves? -me decía Virginia- en el fondo no es mala persona aunque tenga sus cosas.
Una semana antes de salir de cuentas me llamó Virginia, había roto aguas. Por suerte me pilló haciendo una carrera muy cerca de casa.
-No cojas el coche, en dos minutos estoy ahí y nos vamos al hospital. Qué bien, ya hoy le vemos la cara al niño.
Yo creo que las madres lo son desde el momento en que saben embarazadas, y que por eso Virginia tuvo en cuenta mi opinión de que sería más seguro dar a luz en el materno de la seguridad social.
Mientras nos dirigíamos allí en mi taxi Virginia que todavía no tenía dolores se ocupó de llamar por teléfono a sus padres y a los míos.
Luego, mientras los médicos la atendían, nos vimos en la sala de espera. Mi suegra se quejaba, según ella si hubiera ido a la clínica privada estaríamos todos en una habitación y no esperando en aquel sitio incómodo.
-Tu hija y yo hemos preferido seguridad antes que comodidad, aquí estarán bien atendidos que es de lo que se trata.
Me dejaron pasar y estar con Virginia, al parecer todo estaba bien pero habría que esperar a que Thiago quisiera asomarse al mundo. Paciencia, ahí dentro no se va a quedar, bromeaba mi mujer.
Pude asistir al parto, que se produjo después de catorce horas. Mientras, si ya quería a mi pareja la quise aún más, se portó como una jabata a pesar de lo largo del parto y de lo que sufrió, porque siendo sinceros, ver en primera persona aquel proceso me hizo ver lo valiente que son las mujeres.
Por fin, ya de madrugada, nació Thiago.
El niño y la madre estaban bien.
Estaba tan contento que salí a dar las buenas nuevas y los abrace a todos, incluida mi suegra.
Continuará.
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