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No me bajé del burro y nos casamos por lo civil.
Logré convencer a Virginia, nada de celebraciones ni chorradas, bastante tenía con hacerme a la idea de que iba a casarme y a ser padre con veintiún años.
Mi familia conoció a la de Virginia ese día en el ayuntamiento, temía que mi ya suegra fuera desagradable con los míos, pero se limitó a mirarnos por encima del hombro. Nada nuevo.
Un mes antes de la boda mis suegros le habían regalado a mi pareja un "chalecito", por supuesto muy cerca de su casa. El "chalecito" resultó ser un casoplón. No entendía la necesidad de vivir en una casa que nos sobraba por todos lados, pero en algo tenía que ceder. Lo importante era estar con Virginia, querernos, y desear que el niño viniera bien. No necesitaba nada más.
El embarazo avanzaba y a Virginia no le parecía bien estar sin hacer nada, pero empezar a buscar trabajo me pareció innecesario en esos momentos.
-Aprovecha estos meses para estar tranquila, cuando nazca el niño -ya nos habían dicho que era varón- y pase un tiempo, buscas trabajo en algo que te guste.
Nos adaptamos bien a la convivencia, nos entendíamos, estábamos enamorados -o al menos eso creía-, a ella le encantaba que cada día al llegar le contara las anécdotas del trabajo, siempre había algo que contar, paseábamos, hacíamos planes.... Todo parecía ir bien, aunque la sombra de mis suegros era alargada y me costaba acostumbrarme a su manera de hacer las cosas.
Lo cierto es que solían aparecer por la casa -sobre todo mi suegra- cuando yo estaba trabajando, sacaba a Virginia de compras y llegaban cargadas con bolsas de El Corte Inglés. Mi futuro hijo ya tenía ropa como para cambiarlo veinte veces al día, un coche de paseo que valía un pastón, montañas de pañales, juguetes... de todo y tanto que me sobrepasaba.
Lo hablaba con mi pareja: No quiero educar a nuestro niño en esa abundancia, no va a ser bueno para él, y yo también quiero elegir la ropita contigo, no me gustan esas marcas tan pijas. Mientras, mi madre hacía patucos y mantitas de ganchillo que yo agradecía de corazón.
Otra cosa que no me gustaba es que Virginia, abducida por su madre, pensaba dar a luz en un clínica privada. Por supuesto tenía un seguro privado con la compañía más cara y elitista. Vale que era una ventaja saber que si enfermabas no tendrías que esperar -meses en el mejor de los casos- para que te hicieran una prueba por la seguridad social, pero por mi profesión era testigo de conversaciones sobre cualquier tema y más de una vez escuché a alguna madre contar que después de dar a luz en un hospital privado, la criatura había tenido problemas y la solución pasó por correr al Materno Infantil por contar allí con mejores medios y profesionales mejor formados.
Así fueron pasando los meses, consciente de que tenía que mantenerme en mi sitio para que nuestro hijo no pasara a ser propiedad de las decisiones de sus abuelos maternos.
Continuará.
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