miércoles, 26 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 24.

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Los siguientes meses fueron raros, de adaptación por decirlo de alguna manera.
Virginia y yo hablamos con nuestras respectivas familias, formaban parte de la vida de Thiago y tenían derecho a saber sus circunstancias. 
Mi madre y mi hermana de alguna forma lo intuían, no las cogió por sorpresa, pero a mi padre le costó aceptarlo. "Apunta al niño a fútbol y seguro que se le quita ese lado femenino que dices que tiene". Me armé de paciencia para que comprendiera que no se le iba a pasar por más patadas que le diera a un balón. Con mis suegros pasó algo parecido, en contra de lo que pensaba, Victoria -mi suegra- dijo que  contáramos con ella para lo que necesitáramos y Julio -mi suegro- reaccionó más o menos como mi padre.
Me pregunté si los hombres en general somos más obtusos para según que cosas. 
Virginia y yo íbamos puntualmente a la consulta de Rosa, la psicóloga, nos daba herramientas para que pudiéramos responder a Thiago cuando verbalizaba que era una niña, con el paso del tiempo sus preguntas y referencias al respecto fueron en aumento. La situación era complicada, porque en el fondo mi mujer y yo temíamos el rechazo que sin duda sufriría. Siguiendo las pautas de la psicóloga tuvimos que aprender a vivir el día a día, ya nos enfrentaríamos a las dificultades que estaban por venir cuando llegara el momento. 
Al mismo tiempo Virginia acudía sola a la misma psicóloga,  poco tardó en decirle lo que yo pensaba: arrastraba una depresión posparto. La verdad es que noté cambios en mi mujer, como si empezara a despegarse de capas de piel que la habían cubierto desde siempre, se notaba que la terapia la estaba ayudando, porque aunque seguía siendo la misma, estaba diferente, como más segura y a pesar de la condición de Thiago, parecía que por primera vez vivía sin miedos.
Yo seguí mi terapia de siempre, el taxi. Seguí llevando a la vecina de mi madre Emilianita, puntualmente al centro de salud, la pobre cada vez estaba más ida, y se añadió otra clienta habitual, Ana, la madre del niño con parálisis cerebral.
Después de la primera vez que la llevé en mi taxi me llamó por teléfono para ver si la podía llevar al hospital con su niño y como debía acudir semanalmente se convirtió en una clienta fija.
Con el paso del tiempo fue desgranando su historia. 
Sus padres vivían en Portugal, ella había estudiado bellas artes y cuando estaba buscando trabajo tropezó con un hombre con mucho dinero que le prometió el oro y el moro hasta que nació al hijo de ambos y  puso tierra por medio. Se ocupaba económicamente, para según Ana, limpiar su conciencia.
Ella no podía trabajar fuera y hacía algún trabajillo como diseñadora gráfica por internet  en su casa.
Un día se atrevió a ser menos discreta y me preguntó.
-Jose, la primera vez que me monté en tu taxi me dijiste algo así como que tu hijo tiene una condición especial, o algo por el estilo. Yo te he contado mi vida, ¿puedo preguntarte por el problema de tu niño?
-Mira, es la hora de mi parada para desayunar, ¿qué te parece si nos sentamos en alguna terracita y te cuento?

Continuará. 

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