Ir a capítulo anterior.
Virginia sabía por mi boca las circunstancias de Ana y su niño.
Como siempre yo le contaba mis interacciones con los clientes del taxi que, por lo que fuera, veía a menudo. Mi mujer se conmovió cuando supo la última conversación que había tenido con Ana, se puso en la piel de otra madre que durante casi dos años había tenido que convivir con el sufrimiento. Por eso, cuando le dije que Ana me había invitado al cumpleaños del niño quiso involucrarse.
-Jose, ¿tú crees que a Ana le sentará mal que quiera ir contigo a ese cumpleaños? Me gustaría conocerla y a Suso, igual hasta podríamos llevar a Thiago, quizás ver que existen otras realidades lo ayude en algún momento.
-Me parece buena idea, esta semana tengo que llevarla de nuevo al hospital y se lo comento.
Cuando hablé con Ana de la conversación que mantuve con Virginia estuvo encantada de conocerla y por supuesto a Thiago. Pero los planes son los que son: a menudo no se pueden cumplir.
Faltando un par de días para el cumpleaños de Thiago recibí una llamada de Ana, supuse que algo malo pasaba, eran las las seis de la mañana.
-Jose, el niño no respira y está helado, supongo que de madrugada se le paró el corazón. No sé qué hacer, estoy bloqueada.
Le dije que iba hacia su casa y le conté a Virginia lo sucedido.
-La pobre, debe estar destrozada, te quiero acompañar, llamo a mi madre que se pone en diez minutos en casa y se ocupa de Thiago.
A la media hora ya estábamos en la casa de una desolada Ana en evidente estado de shock. Aunque mi mujer y ella no se conocían, Virginia la abrazó con fuerza dejando que Ana se desahogara.
-Perdona Ana, sé que tienes que llorar, pero tengo que saberlo. ¿Has llamado a emergencias?
-Solo te he llamado a ti.
-No pasa nada, yo me ocupo y déjame el teléfono del padre. Si no se preocupó de la vida de su hijo que se ocupe de su muerte.
Llamé primero al 112 y mientras estaban en camino llamé al padre de Thiago.
Le comuniqué el fallecimiento de su hijo y le hice saber que Ana estaba destrozada. No sé como tuve las agallas con el aquel hombre que ni conocía, pero le exigí que se hiciera cargo de los trámites que fueran necesarios. Supongo que le cogí en la cama y que estaría procesando la noticia cuando se mantuvo en silencio durante un breve espacio, luego con la voz temblorosa afirmó que cumpliría.
Lo que vino después fue sumamente desagradable para Virginia y para mí. Para Ana fue un suplicio.
Los siguientes días mi mujer y yo nos turnábamos para no dejarla sola, la mujer fuerte que luchaba por su hijo discapacitado con uñas y con dientes había desaparecido, solo le cabía el dolor.
-Racionaliza Ana -quise animarla- tu niño no tenía una buena vida por más que tú lo quisieras, ya está descansando. Ahora te toca en otro sentido descansar a ti. Y sabes que nos tienes a Virginia y a mí para lo que haga falta.
-Ya, lo sé y sabía que al niño le quedaba poco, pero ¿cómo aprendo ahora a dejar de ser madre?
Continuará.
No hay comentarios:
Publicar un comentario