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Iba notando mejoría, pero todavía estaba débil y no tenía el cuerpo para fiestas.
Pero cuando la fiebre comenzó a ir a menos, aprovechaba algunos ratitos para sentarme en el jardín y al menos que me diera el aire.
Virginia siguió en la misma línea, cuidándome y mimándome. Me pareció que me miraba con otros ojos, no sé bien como expresarlo, pero era como si volviéramos a ser la pareja que habíamos sido antes de la separación. Añadiendo a Thiago en la ecuación volví a sentirme en familia.
Solo faltaba que Virginia diera el paso y pedirme que volviéramos como pareja.
Yo seguía soñando lo mismo, aunque no sé si soñar sea la palabra adecuada, no sé, era como una sensación amorosa que me envolvía. Cuando intentaba verle la cara a aquella mujer me espabilaba, me frustraba el mismo final. ¿Qué significaría aquella extraña experiencia?
Ana seguía viniendo a visitarme y aprovechaba cuando Virginia iba a la cocina para traer lo que fuera para decirme.
-¿Te das cuenta?, está rara conmigo, me la imagino con los celos comiéndosela patas pa'rriba. A ver si se espabila y da el paso, que parecen ustedes dos adolescentes.
-Igual son imaginaciones tuyas Ana, me estás empujando a hacerme ilusiones e igual me quiere pero no de la manera que crees.
-¿Qué no? Mira, me voy a poner pegajosa contigo para que veas como reacciona.
-Déjate de tonterías, anda, no la vayas a liar.
Pero ella sin hacerme caso, cuando estaba Virginia delante, se afanaba:
-No sé Jose, pero te veo hasta más guapo, la fiebre te ha sentado bien-. No se cortaba y sus manos veían la forma de encontrarse con mi cuerpo. -A ver, mi niño, un masajito en la espalda que no sabes lo bien que se me da-.
Lo cierto es que Virginia -siempre que se daban esos toqueteos o piropos- encontraba la forma de interrumpirlos. ¿Lo ves? -me decía luego por teléfono Ana- Está rabiosa por los celos.
-Déjalo Ana, que tú por hacer un bien vas a terminar alejándote de ella.
Pasada una semana volví al trabajo, seguía algo débil, pero lo estaba deseando para ver las cosas con perspectiva. ¿Sería verdad que Virginia quería volver y no encontraba la forma de decírmelo, o sería que tenía miedo al rechazo?
Intenté seguir con mis rutinas, no me quería comer la cabeza con interrogantes que no tenían, de momento, respuestas.
El tiempo que estuve enfermo no había escrito nada en mi diario, el diario que me había regalado tiempo atrás Virginia y que supuestamente sería un diario de a bordo en el taxi para Thiago y que se había convertido en un desahogo personal.
Lo cogí con ganas y me di cuenta de que ya le quedaban poquitas hojas donde narré los últimos días.
Le pregunté a Virginia donde lo había comprado, me gustaba el formato y se ofreció a comprarlo ella misma. Seguía con sus agasajos, y por cierto, aunque ya me valía por mí mismo, en la semana que le tocaba a ella volver al apartamento decidió quedarse en la casa familiar. De hecho menos acostarnos juntos, parecíamos una pareja.
Esa noche tardé en dormirme, me parecía una tontería que estuviéramos en aquella situación, o estábamos juntos o no, mejor no darle más vueltas y ser claros. Me prometí que al día siguiente tendría esa conversación con ella.
De nuevo el sueño o ensoñación recurrente me elevó espiritualmente: un sentimiento de amor me unía a la mujer a la que no le veía la cara, pero esta vez fue diferente, ella fue acercando su cara a la mía. Por fin podría verla y acariciarla en sueños.
La sorpresa fue cuando no era Virginia como había supuesto. Era Ana y comprendí el sueño.
Me había enamorado de mi querida amiga y a pesar de que ella se empeñara en unirme a Virginia pensando que sería lo mejor, supe con rotundidad que ella sentía lo mismo.
Tocaba comenzar un diario nuevo con otro nombre de mujer:
Ana.
Fin.
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