miércoles, 4 de noviembre de 2026

La voz violeta. Capítulo 8.

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Mecido por la voz de su cuidadora nocturna y por el aroma de la vela, Sergio nota que su estado de ánimo mejora. Se cabrea consigo mismo, si yo lo que quiero es morirme, joder, que se acabe esta pesadilla. Pero la compañía tiene algo balsámico y sueña. Se ve siendo un niño con sus padres en Las Palmas, disfruta de las playas de arena rubia y el habla de los canarios que siempre le gustó. Envuelto en recuerdos volver a su realidad se hace duro. Bueno, se dice, si no consigo morirme hoy a ver si esa mujer me cuenta que hace en Galicia.

Las voces son el reloj que maneja Sergio para situarse en el tiempo, sabe que es de día cuando su madre entra el la habitación y lo besa.
-Pasé solo a darte los buenos días, tengo que hacerme unas pruebas que me llevarán un par de horas, no te preocupes que solo no te voy a dejar, vendrá en nada Pilar y te hará compañía. 
Pilar llega para el relevo y él nota la frialdad entre la breve conversación entre su madre y su novia. ¿Qué estará pasando?
Ya solo junto a su pareja, ella habla por teléfono con una amiga.
-¿Te lo puedes creer?, los padres de Sergio me hicieron ayer una encerrona, se enteraron de que en mi redes he contado lo del accidente y no les parece bien. Son unos viejos apartados de la realidad, no comprenden que me debo a mis seguidores, y si lo normal es que los haga partícipes de mi día a día, no iba a obviar que mi prometido está en coma. Además, aunque suene fatal, después de subir los últimos acontecimientos han aumentado mis subscriptores. Es mi trabajo, pero mi suegro me ha amenazado con denunciarme si vuelvo a publicar alguna foto de Sergio en el hospital. Una putada, que estaba subiendo como la espuma con las últimas publicaciones, pero capaz lo creo y de momento, nada de fotos.-
La crispación al saber que Pilar ha estado monetizando su situación vuelve a sumirlo en la impotencia, si pudiera gritar tiraría abajo el hospital. Su madre vuelve a aparecer y Pilar se despide aduciendo que tiene trabajo.
La noche, como la anterior, llama a su puerta con nombre de mujer y el aroma a violeta que la acompaña.
-Hola Sergio, aquí estoy de nuevo mi niño, yo y mi velita, su olor nos sentará bien.
Y como te dije anoche, quiero que me conozcas, así si te despiertas -ojalá- no estarás ante una desconocida. 
Tengo veintiocho años, nací en Las Palmas y siempre me ha gustado cuidar a los demás y tengo debilidad por la tierra, el campo, las flores, las semillas... Mi abuela siempre dijo que nací con la mano verde. ¿Sabes lo que significa? Pues es la persona que aunque sea en una maceta se le da bien cualquier cosa que plante. Desde siempre he tenido esas querencias, pero me decanté por enfermería, pensaba que me iba a llenar más cuidar a las personas que a las plantas. Encontré trabajo enseguida, pero no sé, era como si me faltara algo. Me veía comprando un terrenito y montando un vivero, pero quería tener las cosas claras, poder decantarme por la enfermería o por lo verde. Decidí pedir unos días a cuenta de las vacaciones en el trabajo y hacer el Camino de Santiago, convencida de que sería una experiencia mística que me ayudaría a decidirme.
Bueno, ya sabes que hago en tu tierra, que bonita es y también su gente, pero el clima mi niño, esa lluvia de un día sí y el siguiente también... Entenderás que como canaria no estoy acostumbrada.
La velita se apagó, y eso significa que llevo hablando un par de horas, mejor descansamos algo y  mañana te cuento lo que me pasó haciendo el camino. Un drama. 
Por cierto, le tengo que pedir a tu madre que me enseñe una foto tuya, no sé por qué lo sé pero seguro que tienes los ojos verdes.

Continuará. 

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