jueves, 19 de noviembre de 2020

¿Quién será? Capítulo I.

Yo tenía una vida normal, bueno, con sus cosas como todo el mundo. Pero era la mía hasta que alguien se  empeñó en ponerla patas arriba.
No sé quien se ha empeñado en hacerme vivir esta zozobra ni el porqué.
Me decido a escribir estas letras con el afán de que no se me olvide ningún detalle que pueda ser de importancia si este asunto se sigue complicando.
Lo que me me tiene en un sinvivir son los anónimos que desde hace meses me llegan puntualmente. El primero no me lo tomé del todo en serio, aunque ya inoculó la duda que me corroe.
Lo metieron por debajo de la puerta dirigido a mí: Ana García Figueroa y fui yo quien lo recogió, ¿sabría el "anónimo escritor" qué a esa hora estaría  sola en casa?
Con una caligrafía cuidada y perfecta ortografía se me advertía de que no debía fiarme de Susana.
Susana es la vecina que vive al lado.
Nos mudamos a la par hace  vientitantos  años. Eramos dos parejas jóvenes, recién casados, con la ilusión de estrenar casa y vida.
A pesar de que Susana y su marido eran personas de diferente ideología, nos llevamos bien desde el principio. El marido, Juan, tenía un buen cargo dentro del mundo de la Banca y Susana había estudiado Decoración, aunque lo que la apasionaba era el mundo de la costura; su idea era montar su propio taller y ejercer como profesora. Eran personas tradicionales, religiosas practicantes, mientras que mi marido Jose y yo éramos, somos, más liberales y aconfesionales. Profesores los dos.
Con el trajín  de las mudanzas, alguna vez alguno de nosotros necesitó cualquier favor de los vecinos y  a la inversa. No éramos amigos aún, aunque alguna tarde Susana y yo nos invitábamos a tomar café y compartíamos inquietudes. Las dos coincidíamos en algo, la ilusión de quedarnos pronto embarazadas.
Un día, a los tres meses de estar instalados, Susana recibió una llamada. Juan tuvo la desgracia de encontrarse conduciendo con un tipo que iba drogado y que lo embistió de frente. Murió en el acto.
Yo iba a tocarle para enseñarle una revista de decoración que nos interesaba a ambas, cuando me abrió la puerta una Susana con el drama pintado en la cara, todavía con el teléfono en la mano y en shock.
"Muerto, muerto", solo atinaba a decir...
La llevé a mi casa y le preparé una tila por sentirme útil, ninguna infusión iba a calmar el dolor de esos momentos, pero por lo menos me pudo decir lo que le pasaba.
Mi marido y yo seguimos los pasos que creímos adecuados. Nos hicimos cargo de avisar a la familia, que vivía en otra provincia y tardaría un día en llegar. También del tema de la funeraria y por supuesto, esa noche no dejamos que Susana se quedara sola y pasó la noche en nuestra casa. 
Lo más duro sin duda, fue acompañarla al hospital donde estaba su marido para el reconocimiento. Fue como estar dentro de una película, aunque el tormento era real.
Susana flotaba dentro de una nube de dolor, pero tuvo la lucidez de agradecernos lo que habíamos hecho por ella y desde ese momento ya no fue solo la vecina amable, sino una persona que pasó a formar parte de nuestra familia.
Pasó el tiempo y aunque Susana continuó con su duelo interior, tuvo que salir a la vida y seguir respirando. Su familia le propuso que regresara con ellos, pero el apego a aquella casa nueva que había sido su sueño y los últimos meses que allí fue feliz con su marido la anclaron a aquel lugar.
Por entonces yo quedé embarazada, con 6 meses se presentaron problemas que me obligaron al reposo absoluto los  últimos meses de gestación y cuando Jose  iba a trabajar, ( le dejamos una llave a Susana) no pasó un día sin que echara una mano en lo que pudiera estar sin hacer en la casa y lo más importante, su compañía, que me salvó de una depresión. Yo que soy un culo inquieto entre el tema hormonal por el embarazo, el miedo a perder el niño y el obligado reposo, seguro que hubiera terminado tocada y con probabilidad hundida. La compañía de la nueva amiga fue vital.
Cuando falleció el marido de Susana, ella se refugió en la iglesia. A mí empezando el siglo XXI me parecía algo anacrónico. Yo creía más en la terapia de un buen psicólogo para superar la pérdida y así se lo sugerí, pero me dijo que ya esa función la cumplía el cura, que oía todas sus penas y pecados y se quedaba en paz. Mira tú, que pecados podría cometer la buena de Susana, pero en fin, cada uno se lame sus heridas como mejor le parece.
Pero volviendo al primer anónimo, hasta estuve tentada de enseñárselo a Susana pensando que nos reiríamos un rato, pero no sé que voz interior me hizo callar y no se lo dije a nadie.
Los  meses que pasé encamada antes de tener a mi primer hijo, sentí hacia Susana un sentimiento agridulce, obviamente le estaba más que agradecida, pero saber que ella también quería ser madre me apenaba por sus circunstancias. Me consolaba la idea de que era joven y con un futuro que le podía ofrecer lo que la desgracia le negó.
Un mes antes de lo previsto nació mi hijo Alejandro y como la mayoría de los niños prematuros arrastró durante los primeros años problemas respiratorios.
Lo que inicialmente habíamos decidido Jose y yo era que el niño iría a una guardería cuando yo me incorporara al trabajo, pero tuvimos que cambiar de planes. Lo que para otro niño era un simple catarro, a Alejandro le podía suponer un ingreso hospitalario.
Susana se ofreció a cuidarlo, pero hacía poco que había empezado a dar clases de costura en su casa y no quisimos fastidiarle sus planes.
Ella insistió diciéndonos que lo hacía por ocupar su tiempo, que económicamente no lo necesitaba y que no le importaría dejar sus clases, pero nosotros fuimos consecuentes y buscamos a otra persona.
Una compañera de trabajo tenía una sobrina que estaba terminando la carrera de enfermería y tenía libres las mañanas.
Paula se llamaba la chica. Tuvimos un encuentro y nos pareció muy agradable y seria, además el que tuviera nociones médicas nos ayudó a decidirnos.
20 años después estoy con el segundo anónimo entre las manos y ya no me hace maldita gracia:
"La chica que cuidaba de tu hijo no hizo nada malo. Susana es la responsable de lo que pasó".

Continuará.



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