jueves, 14 de noviembre de 2024

Detalles. Primera parte. Capítulo III.

 Después de la supuesta agresión, mi cara presentó durante días hematomas que iban cambiando de color y que recordaba a mis "abuelos" lo oportuno de mi permanencia en el trabajo. Me mimaban y yo aparentemente le restaba importancia aparentando humildad. Pero aún no los tenía en el punto que quería cuando la suerte jugó a mi favor. 
Una mañana subí al segundo piso con la caja de herramientas porque había observado que un pasamanos necesitaba ser ajustado. Por la hora, esperaba que don Genaro saliera de un momento a otro para su habitual paseo matutino y escuché proveniente del interior de su casa un fuerte estruendo. Llamé a su puerta pero no contestó y temiendo que se hubiera caído la emprendí a martillazos contra su puerta. Doña Soledad, que vivía enfrente, salió alarmada por el ruido y le dije que llamara a emergencias. Conseguí abrir la puerta y como había temido, me encontré al hombre inconsciente tirado en el suelo. No tardaron en llegar los sanitarios y sin poderlo reanimar lo llevaron al hospital.
Acudí a verlo en cuanto pude y me informaron: don Genaro había sufrido una subida de azúcar tan grande que poco le faltó para entrar en coma diabético. Pudieron revertir la situación, pero dijeron que si no lo hubiera encontrado tan pronto estaríamos hablando de otra cosa, que le había salvado la vida.
Pasó unos días ingresado y cuando regresó a su casa no sabía como agradecérmelo. 
Tanto él como el resto, estuvieron de acuerdo en que mi presencia era muy necesaria, pues a sus edades en cualquier momento podrían sufrir algún percance y decidieron que yo debería tener copia de cada una de sus casas. 
Bien, me dije, los tenía comiendo de mi mano y con las llaves me sería más fácil acceder para poner cámaras en sus casas que me proporcionaran un control total. Sin que ell@s lo supieran conseguiría observarlos cuando me diera la gana. 
Una vez a la semana llamaba a mis padres para decirles que todo iba fenomenal. Lo hacía para que se quedaran tranquilos y no estuvieran llamándome a cada rato si yo no daba señales de vida. Mi madre, como siempre, se interesaba por saber si me relacionaba con gente de mi edad y yo le decía que sí, que estaba haciendo buenos amigos. Me fastidiaba tener que llamar, pero procuraba despacharlos rapidito. A veces me preguntaba por qué no me gustaban mis padres. Siendo objetivo no tenía nada grave que reprocharles, pero sencillamente no sentía el apego que se supone tiene la gente normal. ¿Entonces yo no lo era? ¿Qué me hacía querer saberlo todo de la familia sustituta que me había buscado? Espantaba esos pensamientos, si fuera mala persona no le hubiera salvado la vida a don Genaro. ¿Era diferente? Quizás, pero si mi felicidad pasaba por vivir la vida que había elegido, lo demás me importaba bien poco.
Aproveché sus salidas para poner estratégicamente cámaras en sus casas excepto en la de doña Soledad, que apenas salía, pero inventé una de mis "visitas de mantenimiento". Cuando le dije que no había desayunado se entretuvo en la cocina para prepararme algo y las pude instalar sin problemas.
Desde ese día los vigilé a través de las cámaras desentrañando sus rutinas en la intimidad de sus casas. Don Genaro por las tardes pasaba horas delante de un tablero de ajedrez, parecía jugar contra sí mismo; en el piso del matrimonio era curioso observar a don José haciendo ganchillo bajo los consejos de su mujer. La que más gracia me hacía era doña Soledad, no sé por qué pero desde el minuto uno me inspiró ternura. Ella pasaba el tiempo escuchando la radio y organizando una y otra vez sus recetas de cocina. 
Con el paso del tiempo me fueron mostrando más confianza y me contaban sus batallitas. Pensé que estaría bien acercarlos a las tantísimas posibilidades que internet les podría brindar. Pero tenía que ser cuidadoso para no delatar que día a día los vigilaba. Así un día que estaba en casa de don Genaro cambiando una bombilla, le señalé el tablero de ajedrez que tenía sobre la mesa principal y le pregunté si jugaba. Él contestó que era su pasión, pero que lamentaba no tener un contrincante con quien jugar.
Le dije que esa tarde cuando tuviera un ratito si no le importaba subía con mi portátil y le mostraría algo. Llegado el momento lo puse delante del ordenador a jugar una partida virtual. Alucinó, pero claro, hasta mover el ratón le parecía un mundo, se sentía viejo para aprender algo -según él- tan moderno.
-Cómprese un ordenador y en dos semanas le enseño lo más básico, lo justo para que juegue partidas online. Ya verá que cuando le coja el tranquillo usted mismo irá aprendiendo cositas sin mi ayuda.-
Y así fue, al poco tiempo sabía lo suficiente como para encender el portátil y a través de un buscador llegar a sus ansiadas partidas. Estaba tan contento y agradecido que lo comentó a los otros vecin@s que se subieron al carro de "esas modernidades". Al tiempo tenía a doña Soledad pasando horas delante de su nuevo ordenador viendo vídeos de repostería y al matrimonio siguiendo tutoriales de crochet.
Todo iba sobre ruedas, el tiempo pasaba y pasaba y cuando me di cuenta llevaba 5 años viviendo y trabajando con mi familia elegida, pero empezaba a echar de menos una compañera femenina. 
Ni en los mejores de mis sueños pude imaginar que esa compañía que yo ansiaba estaba a punto de llegar para vivir en el mismo edificio. 
La suerte estaba echada.

Continuará.  





2 comentarios:

  1. Parece que le va bien en su mundo, a ver qué pasa si llega el amor a su vida..😘😘

    ResponderEliminar
  2. Su mundo es "particular", ¿será buena persona o no?
    Pronto lo veremos.
    Abrazos amiga.

    ResponderEliminar