jueves, 25 de septiembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 1.

 Mi relación con el sexo femenino siempre fue ambigua, quiero pensar ahora que los acontecimientos de mi infancia tuvieron mucho que ver con ese sentimiento, con esa dualidad.
Ya de pequeño me sentía más a gusto con la energía femenina, y no, no soy homosexual ni considero un demérito tal condición, pero en el colegio los juegos de los niños frente a mi naturaleza tranquila me hacían rehuir de las típicas actividades donde la pelota, con sus pelotazos, era la protagonista de los recreos. 
Fui hijo único durante años y mientras estuve situado en tal jerarquía, mi prima Bárbara fue la mejor compañera de juegos. Aunque aún faltaban años para que naciera mi hermana, sabía por otros niños que tener hermanos era un engorro, un fastidio, eso al menos decían. Pero tener una prima entraba dentro de otra categoría, la categoría de ser de la misma sangre, la categoría que te incluye en un clan genético  que cuida de sus integrantes, pero con la importante ventaja de que cada uno es de su padre y de su madre y de que llegado el momento cada uno para su casa y como se suele decir, dios en la de todos.
Bárbara me llevaba una semana, su madre y la mía eran hermanas y nos enseñaban divertidas las fotos de sus embarazos, barriga con barriga, "ya ustedes antes de nacer se querían", esos nos decían y mi prima, que era más espabilada que yo en todos los sentidos, afirmaba que ella mandaba porque era la mayor.
Mi tía Lourdes dejaba en mi casa a Bárbara de lunes a viernes por las tardes, porque trabajaba en una tienda de electrodomésticos y tenía turno partido, y era posible porque mis padres trabajaban en casa, por decirlo de alguna manera. Vivíamos en una casa de dos plantas, la superior era la vivienda familiar, mientras en la inferior, mi padre, Alejandro, había montado su consulta de oftalmología y mi madre, Gloria, era su ayudante: se ocupaba del teléfono, de las citas, de poner gotas y comprobar que las pupilas se dilataran.... En esa planta baja había un patio interior espacioso y claro, allí podíamos jugar Bárbara y yo tan a gusto. Desde la consulta y a través de una ventana mi madre nos podía ver, pero quien realmente se ocupaba de nosotros mientras mis padres trabajaban era Manuela, una pariente lejana de mi madre que vivía con nosotros. 
 Manuela fue la única a quien permití cuando me convertí en adulto que me siguiera llamando Angelito, el diminutivo de mi nombre que me repateaba si salía de otra boca. 
Manuela siempre me pareció vieja, porque aunque no le sacaba muchos años a mi madre siempre iba vestida de oscuro y su físico tampoco  ayudaba. Era una mujer tan delgada de tendía a encorvarse, su rostro parecía una caricatura: ojos muy separados, orejas grandes, boca demasiado pequeña..., pero cuando su mirada te acariciaba se te olvidaba lo fea que era. Nos unía un parentesco lejano, pero me dejé adoptar por sus afectos y hasta aceptaba que me regañara, aunque en ese sentido Bárbara era la diana perfecta, siempre había motivos para reñir a Bárbara.
Mi prima era mandona y atrevida, con una imaginación que no le cabía en la cabeza y yo que era más tranquilo me dejaba mangonear. Ella elegía los juegos y yo la secundaba, y si ella decía que cuando fuéramos mayores nos íbamos a casar, pues nos casaríamos. 
Se dice que las personas que se dejan llevar no tienen carácter, no estoy de acuerdo con esa extendida afirmación, mi carácter precisamente es ese, el de dejarme conducir cuando la persona dominante me es querida. Y yo a mi prima Bárbara la quería, y mucho. 

Continuará. 


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