jueves, 25 de septiembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 2.

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Yo segundaba a Bárbara en sus travesuras infantiles, es así, unas personas nacen para mandar y otras para acatar sus mandatos, si todos fuéramos líderes nos hubiéramos matado unos a otros y la humanidad se hubiera extinguido hace tiempo.
Manuela por las tardes no tenía de tiempo de aburrirse con nosotros, nos amenazaba con la vieja zapatilla de andar por casa que volaba en nuestra dirección cuando las trastadas se salían de madre, pero a pesar de no tener afilada la puntería el gesto bastaba para reconducir nuestra conducta... hasta que a Bárbara se le ocurría otra de sus temerarias ideas. 
Mi prima decía, por poner algún ejemplo: "hoy jugamos a las peluquerías" y yo terminaba con la cabeza llena de trasquilones, otra vez aprovechó un descuido de mi madre para coger un bote de las gotas que empleaba en la consulta para dilatar las pupilas y esperó a que Manuela fuera a prepararnos la merienda para inundar mis ojos con aquel producto que picaba como el demonio y que me obligó a estar a oscuras un día entero. Recuerdo el jaleo de los adultos cuando descubrieron por qué el niño no podía abrir los ojos, Manuela terminó con una pastilla debajo de la lengua por la subida de tensión  y la reprimenda que no fue de las pequeñas, recayó en Bárbara, que cosa rara, llegó a asustarse de verdad temiendo haberme dejado ciego.
Después de ese episodio Manuela no nos quitaba la vista de encima ni cuando nos preparaba los bocadillos y si jugábamos en el patio se sentaba en una silla y nos vigilaba mientras disimulaba zurcir alguna pieza de ropa. 
Una tarde yo estaba con fiebre y no tenía el cuerpo para levantarme de la cama, Manuela se situó en mi habitación y Bárbara sentada a los pies de mi cama dibujaba aviones que me regalaba. Esa noche me di cuenta de que a mi prima se la había caído en mis sábanas un lacito rosa, pertenecía a uno de sus calcetines preferidos y lo puse debajo de la almohada con la idea de devolvérselo al día siguiente cuando la viera.
A la mañana siguiente muy temprano me despertó el sonido del teléfono y escuché a una Manuela llorosa que repetía en buche "no puede ser, no puede ser". Me levanté y vi a mi madre que cogiendo el auricular comenzó a llorar cuando recibió la noticia, acudió a mi padre y le habló bajito, no pude escuchar lo que le dijo, pero algo gordo estaba pasando. La escena de ver a aquellos adultos llorando taladró mi seguridad. Con ojos interrogantes los fui mirando hasta que mi madre se llenó de valor para anunciarme la desgracia. 
Bárbara se había caído por una ventana de su casa y se había matado. Los adultos se preguntaban que la llevaría a coger una silla y alongarse tanto, solo yo supe lo que pretendió Bárbara, ya me había dicho el día anterior que lanzaría un avión de papel tan lejos que llegaría a las nubes.
Descubrir a mis seis años que los niños se podían morir desajustó mis esquemas infantiles y tras aquel día largo y trágico que vino para instalarse como el peor en mis recuerdos, al meterme en la cama por la noche y encontrar el lazo rosa de mi prima, hice lo que no me había permitido el asombro de la muerte, llorar a moco tendido. Lo acaricié con ternura, no sabía que estaba iniciando mi faceta fetichista ni que se podía, sin haberse uno casado, sentirse viudo. 

Continuará. 

2 comentarios:

  1. Uhmmm me gusta el inicio de esta historia, algo trágica eso sí, pero seguro que el suceso marcara el carácter de Ángel. Besos amiga 😘

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  2. Yo creo que te va a gustar, espero no equivocarme.
    Gracias por estar ahí siempre pendiente de mis relatos.
    Un abrazo fuerte Astrid.

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