jueves, 2 de octubre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 3.

 Los días siguientes a la tragedia una niebla invisible llamada pena nos engulló.
La ausencia de Bárbara nos pesaba a todos, era palpable, y aunque mis padres y Manuela intentaban distraerme yo estaba enfadado. Enfadado y mucho con Bárbara, porque me había dejado solo, porque no tendría con quien jugar por las tardes, porque ya no podría casarme con ella cuando me hiciera mayor. Sería fácil decir que fui egoísta, pero no, fue pura supervivencia emocional, mientras estuviera enfadado no me permitía darme cuenta de cuanto la echaba de menos.
Hasta que buscando algún juguete me reencontré con el lacito que se le había caído el día anterior al accidente. Lo había olvidado y al verlo fue como si un cachito de Bárbara estuviera conmigo. Vacié una bolsa pequeña de tela donde guardaba algunos boliches y lo metí dentro para que no se me perdiera y me acostumbré a dormir con aquel tesoro, le contaba a Bárbara las cosas que me habían pasado ese día,  la comida que había hecho Manuela, los deberes del colegio... luego antes de cerrar los ojos dejaba el saquito debajo de la almohada y lo primero que hacía al día siguiente era guardarlo en un cajón para que no se perdiera.
Mis sentimientos ante la pérdida fueron cambiando de nombre, atrás quedó la rabia, el enfado, y aunque la pena por aquel accidente no desapareció nunca, encontré consuelo en algo tan aparentemente insignificante como un pedazo de tela rosa. 
Pero el hecho en sí de la muerte me había abofeteado y  me dio por pensar que si una niña de seis años se podía morir, entonces mis padres y Manuela, ante mis ojos infantiles viejos aunque no lo fueran, se podían morir en cualquier momento. 
Necesitaba tener algo personal de ellos, algo que cuando se fueran yendo pudiera tocar por las noches y que me permitiera la misma comunicación que había establecido con mi prima a través de aquel minúsculo lazo de tela.
Me habían enseñado que robar no estaba bien, pero si se dejaban algo olvidado y no lo reclamaban, que yo me apoderara de ello era otra cosa. Y se inició mi fase de fetichismo.
Comencé por un coletero de Manuela, tenía otros y no le supondría ningún sufrimiento su pérdida, era de color chocolate y estaba bastante cedido por el uso, pero la había visto innumerables veces hacerse una coleta con él, estaba más que impregnado por su esencia, añadí a mi macabra colección la tapa de un bolígrafo mordisqueada por mi padre y lo guardé con el mismo propósito futuro de convertirlo en médium, faltaba mi madre y tuve que esperar hasta que se presentó la ocasión, una pequeña bola púrpura que se había desprendido de un anillo. Cuando eso pasó, la oír decir que iba a resultar más caro el trabajo de un joyero que la piedra en sí y aproveché para guardármela, aquella piedra no tenía valor económico, recordé a mi madre comprando el anillo en un mercadillo sabiendo que era bisutería porque le había gustado el color. Lo había usado bastante, así que era una adquisición más que valiosa para mí. 
Le pedí a Manuela que me hiciera una bolsita de tela con la excusa de que había perdido la de mis boliches, aprovechó un retalito de tela celeste y me la hizo enseguida feliz por contentarme.  El color me recordó al cielo y me dije que era perfecto para mi propósito. 
Cuando mis seres queridos estuvieran ahí, en el cielo, yo podría comunicarme con ellos y les busqué un sitio seguro en mi habitación.
Esa noche se lo conté a Bárbara y sería mi imaginación, pero me pareció escucharla:
-Bien Ángel, buena idea, ese saquito te acompañará toda la vida.

Continuará. 


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