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Dicen que los niños se adaptan mejor que los adultos a los cambios y a los pocos meses de la muerte de mi prima me acostumbré a una nueva rutina sin ella. La familia, el colegio, las tardes jugando solo... no me quedó otra que adaptarme a la realidad, pero me negaba a olvidarla y por las noches tocaba su lazo rosa mientras le contaba como me había ido el día.
El saco celeste que me había hecho Manuela fue acogiendo nuevos tesoros, un botón de la camisa de un profesor que me caía bien, una traba del pelo de una niña que me recordaba a Bárbara... Yo no consideraba que estuviera robando, eran bagatelas que sus dueños no echarían en falta. Ladrón no sería, pero no supe identificar el fetichismo macabro que estaba desarrollando.
Por entonces mis padres alteraron sus rutinas, desde siempre habían atendido la consulta de lunes a viernes por las mañanas y por las tardes. Decidieron que los miércoles por la tarde no abrirían, necesitaban tiempo para ellos mismos, eso dijeron. Mi padre aprovecharía esa tarde para una afición que había dejado, el cine, y mi madre se apuntó en un club de lectura. Yo hice preguntas, me pareció extraña esa necesidad repentina de despegarse el uno del otro por unas horas y me explicaron que precisamente por estar todo el día juntos, compartiendo familia y trabajo, necesitaban tiempo para ellos mismos.
Pensé que había gato encerrado, la única explicación lógica que hallé fue que ya no se quisieran y que terminarían por separarse. La idea me angustió y llegué a odiar los miércoles por la tarde, ¿y si uno de mis progenitores estaba tan gusto haciendo lo que fuera que decidía no volver?
Manuela con su infinita paciencia escuchaba mis argumentos con atención para luego pasar a explicarme que estaba viendo fantasmas donde no los había, que debía comprender que a mis padres les venía bien sentirse personas individuales aunque fuera por unas horas, que vivir y trabajar juntos podía ser cansino y que solo había que mirarlos para ver como se querían, pero hasta que no llegaban yo no me quedaba tranquilo. Lo cierto es que no pasaban más de tres horas fuera, pero ya se sabe, el tiempo es relativo y a mí me parecía una eternidad. La muerte de mi prima me había traumatizado, tenía miedo a la muerte, a que me abandonaran, esos temores mortificaban mi mente infantil.
Pero lo cierto es que esos miércoles, al regresar por separados mis padres, se les veía más relajados y sonreían más. Quizás Manuela tenía razón y yo estaba viendo fantasmas donde no los había, mejor sería que creyera lo que me decían los adultos mi familia, necesitaba confiar.
Hasta que un día mi madre, estando en la consulta con mi padre, me pidió que subiera a su habitación, se había dejado las gafas de cerca en su bolso y tenía la consulta llena de gente. Yo me presté encantado, me gustaba que confiaran en mí y entré en su habitación con el ánimo liviano. Están en el bolso grande, me había dicho mi madre y allí encontré sus gafas protegidas por el estuche, pero sin querer mis ojos se posaron en una pequeña nota de papel. Sin ninguna intención lo leí y me quedé de piedra al tropezarme con aquellas palabras escritas con una letra grande y fea.
-Gloria, estoy deseando que llegue la tarde del miércoles para acariciar tu cuerpo desnudo-
¿Cómo? Aquella no era la letra de mi padre que escribía con la letra apretada y pequeña, la letra de médico que costaba descifrar y además hablaba del miércoles por la tarde, cuando ella no estaba con mi padre.
Se me vino el mundo encima.
Continuará.
Vaya sorpreson la notita!! A esperar el siguiente capítulo con ganas ..un abrazo fuerte 🫂
ResponderEliminarEspero que te enganches pronto a este nuevo relato.
ResponderEliminarBesos amiga.