Ir a capítulo anterior.
La relación con mi hija mejoró, era bueno para las dos, pero no podíamos perder de vista el problema que nos había alejado de nuestras vidas.
Cuando por fin se veían avances en el proceso de Ariadna, mi hija se tuvo que incorporar al trabajo y yo me quedé para continuar el acompañamiento familiar tan necesario en esos casos. Si todo seguía según lo previsto pronto Ariadna podría venirse conmigo al apartamento, aunque de lunes a viernes tendría que seguir con la terapia en el centro durante algunas horas. Era un paso de gigantes y por teléfono mi hija y yo lo celebramos con risas y gritos de alegría. Tenía razón mi hija, era bueno compartir y celebrar las cosas buenas.
Ariadna ya era consciente de que había estado muy enferma y de que todavía tenía camino por recorrer, pero de repente algo le hizo "clic" y volvió a ser la niña madura y reflexiva que siempre había sido. Colaboraba en el tratamiento teniendo muchas ganas de retomar su vida. Me dijo que quería estudiar psicología para ayudar a las personas que sufrían su enfermedad. Por fin pudo comenzar a salir y una tarde mientras paseábamos terminamos sentadas delante del mar, en una terraza donde yo pedí una cerveza y ella un helado. Ese helado que saboreó con ganas me hizo ver que mi nieta saldría de su pesadilla. Hablábamos de esto y de lo otro cuando ella mi hizo una pregunta.
-Abuela, ahora que estoy mejor me pregunto como pueden pagar mi tratamiento en el centro, mis compañeras son de familias con dinero y me han comentado que el sitio es muy caro-.
La pregunta no me cogió por sorpresa, sabía que en algún momento caería, pero no tenía ninguna respuesta preparada. Así que hice lo que me dictó el corazón, contarle toda la verdad esperando que mi nieta no me tuviera a mal el ocultamiento que había mantenido hasta ese momento.
Ariadna no reaccionó como su madre, muy al contrario, se emocionó hasta las lágrimas y me abrazó con ganas.
-¡Qué suerte tengo, soy la nieta de la escritora que todos quieren conocer y que escribe de puta madre. Qué potra, qué suerte! Pero no me termino de creer que mantengas tu anonimato por esos motivos... lo de que es como tu súper poder y que te hace sentirte especial no me cuadra, a mí me parece que lo que te pasa es lo mismo que me pasó a mí, que no creía que yo valía la pena como persona, yo creo que tú no te terminas de creer que escribes de puta madre, que eres una escritora cojonuda. Me dan ganas de gritar y contarle a todo el mundo que estoy sentada con la gran autora que todos quieren conocer. Sal de tu cárcel abuela, yo estoy rompiendo los barrotes de la mía. Por favor, sal del armario y dile al mundo quién eres-.
Pedí otra cerveza y en segundos un tsunami bombardeó mi cabeza. ¿Y si Mario había tenido razón desde que me conoció? Siempre dijo que mi problema era que no tenía confianza en mí misma. Quizás yo tenía miedo a decepcionar a mis lectores si sabían que la autora que tanto ensalzaban era una auxiliar de enfermería con una vida de lo más anodina. ¿Era eso? Pero esa mujer con una vida tan normal era yo y conmovía con mis libros a millones de personas. Eso no lo podía decir todo el mundo, tenía algo especial, igual que lo tenía mi nieta que a sus quince años y saliendo de su propio infierno me había hecho ver mis propios miedos. Desde luego, iba a ser una psicóloga estupenda.
-Ariadna, ¿tú dejarías que contara tu historia? Creo que ayudarías a muchas personas que pasan por lo mismo.
-¿Me estás diciendo que con eso qué vas a dejar tu anonimato? Si es así nos vamos a casa ya y comenzamos el libro-.
-Espera, antes tenemos que hacer algo. La llevé a una tienda de ropa donde escogí un precioso vestido violeta que había visto en el escaparate y que siempre imaginaba en el cuerpo ya recuperado de mi nieta. Ella después de probárselo y comprobar que le quedaba enorme me dijo que en poco tiempo cogería el peso que le faltaba y que el vestido le quedaría perfecto. Nos hicimos mutuamente una promesa.
Lo siguiente fue escribir y escribir hasta que el libro estuvo listo para ser publicado y presentado ante el público. Le conté a Mario mis intenciones y le pedí que me acompañara él en aquel evento.
Después de que la editorial hiciera público que por fin la gran autora iba a desvelar su identidad, no cabía ni un alfiler en el gran salón. En primera fila estaban mi hija, orgullosa, emocionada y mi preciosa nieta con el vestido que habíamos comprando juntas tiempo atrás y que le quedaba como un guante.
Me tocaba cumplir mi promesa.
Fin.
Me ha encantado esta historia, aunque eso no es extraño pq todas tus historias me gustan, pero esta me ha gustado especialmente. Deseando una nueva que me enganche. 😘😘😘
ResponderEliminarQué bueno, ojalá la que comienza mañana te enganche.
ResponderEliminarUn abrazo Astrid.