Aunque nos habían advertido de que el proceso de recuperación sería lento y doloroso, era frustrante no ver mejoría en Ariadna.
Mi hija seguía tirante conmigo y hacía oídos sordos cuando intentaba explicarle mis motivos con respecto a mi anonimato. Mario escuchando por teléfono mis penas me dio un buen consejo.
-Escribe para ella, cuéntale como han sido las cosas, como te sientes, no te quiere escuchar, pero no podrá resistirse a leerte.
Comencé a escribir en mi portátil, cualquier rato me venía bien, quería entregarle a mi hija aquel especie de libro autobiográfico pronto, con la esperanza de que volviera a ser la de siempre conmigo.
No iba a tener tiempo de plasmar todo lo que quería si me limitaba a escribir a escondidas como siempre había hecho y probé a escribir cuando por ejemplo, esperábamos a que la psicóloga de Ariadna nos pusiera al día, o estando en el apartamento con mi hija. Para mi sorpresa las palabras fluían como siempre, mi toque no había desaparecido, ¿me había estado engañando durante tantos años diciéndome qué si no era a solas no podía escribir? ¿Fue una excusa que quise creer para no compartir mi "don"? Estaba hecha un lío, ni yo misma me entendía. Pero terminé lo que me propuse y le pedí a mi hija que lo leyera.
No se equivocó Mario, Andrea no se resistió y debió darse un atracón de lectura esa noche, porque al día siguiente me habló sobre sus sentimientos.
-Mamá, sabes que te estaré siempre agradecida por lo que estás haciendo por Ariadna, como abuela eres inmejorable y como madre no podría decir lo contrario. Y por eso mismo no comprendo que me hayas mantenido al margen de tu carrera literaria. Yo hubiera respetado tu anonimato, pero ¿sabes lo que de verdad me duele? qué siendo algo tan positivo no quisieras compartirlo conmigo. No pude celebrar contigo tus éxitos y siento que algo tan bonito es para compartir con quién más quieres. Si yo fuera la escritora y quisiera ser anónima ante los demás, tú al igual que mi hija, lo hubieran sabido.
No supe como reaccionar ante el parlamento de Andrea, ¿y si tenía razón?
Cuando más tarde ella acudió al centro para ver a su hija, le dije que tenía que hacer algo y que me uniría a ellas más tarde. No fue difícil encontrar en la primera librería que me salió al paso todos los ejemplares que yo misma había escrito. La dependienta me dijo que me comprendía, que si tuviera que elegir una de mis novelas no podría, que todas le habían encantado. A pesar de los años transcurridos desde que comencé mi andadura como escritora, nunca me acostumbré a que terceros alabaran mis libros, no me lo terminaba de creer. Pero teniendo otras cosas en mi cabeza me deshice de ese pensamiento e hice lo que tenía intención de hacer. Dediqué para mi hija todos los libros que había publicado y se los dejé en su cama. En cada dedicatoria le decía cuanto la quería y le pedía perdón.
Cuando esa noche entró en mi habitación sigilosamente yo me hice la dormida, depositó un beso sobre mi cabello y salió sin hacer ruido.
Y después de muchas semanas el nudo que me apretaba el estómago comenzó a aflojarse.
Continuará.
No hay comentarios:
Publicar un comentario