jueves, 4 de septiembre de 2025

Mi otra yo. Capítulo 28.

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Cuando mi nieta era pequeña daba gusto verla comer, todo le gustaba y se notaba la satisfacción que le producía una cuchara bien llena. Yo le decía a mi hija que no sabía la suerte que tenía en ese aspecto, no le había tocado una niña repudiosa  que rechazara según que alimentos, conocía de más de un caso y era una verdadera tortura. 
Pero cuando Ariadna cumplió los doce años su relación con la alimentación cambió. Estoy gorda, decía,  no quiero más hidratos. Poco a poco fue eliminando alimentos que antes le encantaban. 
Mi hija le explicó que lo que le sucedía era que estaba en pleno cambio hormonal y que era normal que se sintiera con más redondeces, estaba dejando atrás su cuerpo de niña. Por supuesto, incidía en la importancia de una buena alimentación y más en pleno desarrollo, también le dijo que si quería no llenara tanto el plato pero que dejar de comer no era la solución.
Mi hija me decía que eran cosas de la preadolescencia y que esperaba que la adolescencia no fuera demasiado puñetera, pero ambas confiábamos en la buena cabeza que desde niña había demostrado Ariadna y supusimos que en poco tiempo la niña volviera a ser de "buena de boca". 
A partir de esa edad comenzó a cambiar su estilo al vestir, antes se dejaba aconsejar por su madre cuando iban de compras, pero pasó a elegir solo ropa holgada. Siendo tan alta y con aquella ropa enorme que le sobraba por todos lados parecía un espantapájaros, pero tampoco era cuestión de obligarla a vestir según nuestros gustos. Como con la comida, pensamos que eran cosas de la edad y que se le pasaría pronto. 
Con el tiempo la notamos más afilada de cara y más delgada, pero había dado un estirón considerable y era normal. Como continuaba con sus vestimentas anchas, tampoco se apreciaba tanto lo que había adelgazado y ya se sabe, a esas edades en las que todo da vergüenza no nos pareció extraño que nunca se cambiara delante de nosotras. 
Con catorce años un verano le pidió a su madre que la dejara a ir a Inglaterra, eran viajes organizados para estudiantes de su edad que se quedaban en albergues donde solo se hablaba en inglés. Era una buena oportunidad para aprender el idioma y mi hija pensó que a Ariadna le vendría bien socializar con chicos y chicas de su edad. Seguía siendo extremadamente tímida. 
 A mí Inglaterra me parecía tan lejos y mi nieta tan pequeña para viajar sola.... pero eran mis miedos y no tenía derecho a contagiar a Andrea ni a Ariadna con ellos. Me tragué mis temores y contribuí a los gastos del viaje como regalo adelantado de cumpleaños. 
Ariadna se fue a finales de julio y contactábamos con ella por teléfono a diario. Ella nos decía que todo iba bien y que se estaba soltando con el inglés. A principios de septiembre -apenas una semana antes de su regreso- llamaron a mi hija.
Ariadna había perdido el conocimiento y la habían llevado a un hospital. Le pidieron a Andrea que fuera a Inglaterra para que se hiciera cargo de su hija. 
Y comenzó el infierno. 

Continuará. 

2 comentarios:

  1. La Anorexia un mal terrible y frecuente, cuanto daño hacemos con nuestros comentarios y como podemos hacer sufrir a los jóvenes con los estúpidos cánones de belleza...un beso amiga

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  2. Toda la razón, tenemos que aportar nuestro granito de arena dando visibilidad a ese problema terrible, todo suma.
    Un abrazo fuerte Astrid.

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