Mi padre al día siguiente me llevó al hospital para que conociera a Elena, mi hermanita, pero yo solo deseaba encontrarme con mi madre y comprobar que me seguía queriendo.
Parecía cansada, pero me abrazó como si llevara una eternidad sin verme, luego señaló la cuna y me presentó a la bebé. Era pequeñita y me llamaron la atención sus manos arrugadas, como de viejita, quise tocarlas por curiosidad y Elena abrió la mano izquierda, me acuerdo de este detalle, y envolvió mi pulgar. Yo estaba decidido a no quererla, pero no sé, algo se me removió por dentro y me dije que ella también podía ser abandonada por mi madre el día menos pensado, iba a necesitarme como hermano mayor. Tampoco me iba a pasar nada por quererla un poquito.
Mis padres y yo teníamos los ojos oscuros y a mí todo el mundo me decía que era igualito a mi padre. El color de los ojos de Elena confirmaron mis sospechas de que no era hija de mi padre, nació con unos ojos verdes que según mi padre, había heredado de su abuela, y me explicó no se qué de la genética que a veces aparece saltándose alguna generación.
Por supuesto ni lo entendí ni lo creí, lo que pasaba de verdad es que mi padre era tonto y no se daba cuenta de que no era hija suya y por supuesto, no iba a ser yo quién le hiciera ver la puñetera realidad.
Durante los siguientes meses las rutinas familiares cambiaron, mi madre le daba el pecho a cada rato tanto de día como de noche, pero se preocupó de que yo no me sintiera desplazado. Y lo mejor, se acabaron las salidas de los miércoles por la tarde.
Yo estaba esperanzado creyendo que todo volvía a ser como antes y me hacía gracia que la renacuaja me reconociera y me dedicara sus primeras sonrisas. Me sentía tan bien que tiré a la basura la caja de zapatos donde guardaba las minucias que había robado. Ya no las necesitaba.
Pero cuando Elena cumplió los nueve meses volvió la pesadilla, Manuela se hizo cargo de nosotros durante un ratito para que mis padres tuvieran un par de horas libres. Volvieron los miércoles.
Regresé a mis miedos y a registrar los bolsos de mi madre. Encontré de nuevo una de aquellas notas, la misma letra grande y deformada me hizo tocar fondo: "Querida Gloria, no sabes como echaba de menos nuestros encuentros".
Sentí mucha rabia y regresó el miedo a que mi madre nos abandonara.
Volví a robar, pero esta vez no me conformé con un lápiz o una gominola. Mi ansiedad me hizo avaricioso y el fútbol me proporcionó lo que necesitaba. El entrenador antes de cualquier partido o entrenamiento nos decía que si llevábamos cadenas o anillos los dejáramos en el vestuario. En poco tiempo robé todo lo que pude, hasta que los padres de algunos chicos presentaron una queja y pusieron cámaras en los vestuarios.
Sabía que estaba mal lo que hacía, pero el impulso de robar se hacía cada vez mayor. Dejé de hacerlo en los vestuarios, pero en el colegio, en el parque o donde fuera, aprovechaba cualquier ocasión.
No sabía que existía una palabra para definir mi forma de actuar ante los bienes ajenos, pero con siete u ocho años yo era un cleptómano con todas las letras.
Continuará.
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