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Un día Manuela en uno de sus zafarranchos de limpieza encontró la bolsa donde yo escondía lo robado.
Extrañada me preguntó por su procedencia y no supe disimular mis nervios contradiciéndome: lo había encontrado, me lo habían regalado... noté como me encendía como un tomate y me enredé con explicaciones que me delataron.
No me dijo nada pero la expresión de su cara habló por sí sola, estaba claro que no se creyó nada de lo escuchado, pero yo siempre había confiado en ella y recé para que no le dijera nada a mis padres. Esa misma noche quisieron hablar conmigo. Odié a Manuela, el género femenino seguía defraudándome, y me tuve que enfrentar a las mismas preguntas de mis padres. Llorando solo atiné a confesar que yo robaba.
Mis padres dijeron que había un problema que solucionar y que encontrarían la ayuda que yo necesitaba. Al día siguiente me llevaron a una consulta, por el camino me habían explicado que hay médicos que no curan con medicinas sino con las palabras y que esperaban que yo colaborara, me pareció que no estaban enfadados conmigo, aunque los noté preocupados.
Ya en la consulta de la psicóloga (no me gustó que fuera mujer) mis padres entraron en su despacho y estuvieron lo que me pareció una eternidad mientras yo esperaba en una sala. Cuando salieron sus ojos estaban húmedos. "Nos toca a nosotros esperar y a ti entrar, por favor Ángel, colabora con la especialista, va a ser bueno para ti".
Me daba vergüenza, aquella mujer ya sabría que yo era un ladrón y hasta ahí pensaba llegar, no iba a contarle que mi madre engañaba a mi padre con otro hombre y que mi hermana era en realidad medio hermana. No podía propiciar que se enterara mi padre y todo saltara en mil pedazos.
Las primeras veces la psicóloga no me hacía preguntas directas, me daba conversación y escuchaba. Otras veces me ponía "deberes", como por ejemplo escribir algo que me gustara y algo que no. En ese ejercicio puse que no me gustaban los miércoles, pero cuando me preguntó por qué, le mentí diciendo que no lo sabía. Siempre hablaba con mis padres y conmigo por separado, y después de unas cuantas consultas me dijo que yo era un buen chico, pero que debía comprender que robar solo me traería problemas y que por el momento iba a espaciar las consultas y que confiaba en mí.
Esa noche mis padres charlaban con Manuela, por el tono serio supuse que estarían hablando de mí, que supuestamente estaba dormido. Sin hacer ruido me situé cerca del salón y afiné el oído:
-Lo que le pasa al niño es que se ha tenido que enfrentar a la muerte de su prima y el nacimiento de su hermana lo ha despojado de su título de hijo único, no lo ha sabido gestionar y su forma de evadirse de sus miedos es robando, pero según la psicóloga no es nada grave, lo hemos cogido a tiempo y tenemos que esforzarnos para que se sienta querido y seguro.
Después de eso hubo cambios que me trajeron cierta tranquilidad, el más importante, que mis padres siguieron cogiendo libre la tarde de los miércoles, pero para compartirla conmigo. Manuela se quedaba con Elena y mis padres me llevaban al cine, o a pasear y merendar fuera.
Me prometí no volver a robar y alejar los temores que mi mente insegura recreaba, si lo volvía a hacer mi madre volvería al otro hombre y nos abandonaría.
No volví a robar.
Continuará.
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