Los años siguientes me aportaron cierta tranquilidad, parecía que mi madre había dado por terminada su aventura extraconyugal de los miércoles que quedaron instaurados como tardes para pasar en familia.
Aunque no volví a apropiarme de lo ajeno, en mi interior me seguía viendo como un ladrón, es difícil de explicar, supongo que es como las personas que han dejado su adicción al alcohol pero que se siguen llamando alcohólicos. La pulsión no desaparece.
Y aunque intentara pasar página con el miedo al abandono, los ojos verdes de mi hermana Elena me torturaban con un pasado que me recordaba el secreto oscuro de mi madre.
Un día mi padre buscando algo en uno de sus cajones se tropezó con una fotografía.
-Anda, mira que la he buscado un montón de veces y la daba por perdida. Fíjate Ángel, en esta foto está mi abuela, ya era mayor cuando se la hicieron porque la foto es en color y se aprecian perfectamente sus ojos. Desde que tu hermana nació dije que había heredado el mismo color-.
Miré la foto con detenimiento, mi bisabuela aparecía en un primer plano con unos ojos grandes y con el mismo verde extraño que Elena tenía, hasta se apreciaban las mismas chispas doradas de las pupilas.
Aquello me hizo dudar, si mi padre tenía razón con la herencia genética significaba que Elena no era mi medio hermana como siempre había creído. Vale, me dije, no pasa nada, siempre la he querido como a una hermana sin pararme a cuantificar mitades. Eso no me suponía ningún problema, pero entonces la sospecha de siempre era infundada, mi hermana era tan hija de mi padre como yo.
Durante años había creído que mi madre le ocultaba a mi padre la verdadera paternidad de Elena y existía la posibilidad de que yo hubiera estado equivocado con ese tema, pero lo que no tenía una doble lectura eran las notas que con una letra que llegué a odiar encontré en el pasado en los bolsos de mi madre.
La relativa tranquilidad de los últimos años se oscureció y sin poderlo evitar, volví a registrar sus bolsos.
Ojalá no lo hubiera hecho, me dije cuando volví a mis antiguos temores. Encontré nuevas notas con la misma letra grande e irregular. Más o menos venían a decir lo mismo. "Cuánto echo de menos nuestros encuentros de los miércoles".
Yo estaba entrando en la adolescencia y aunque esas notas me volvieron a atormentar, intenté racionalizar, si mi madre nos hubiera querido abandonar ya lo habría hecho. Aunque el argumento me tranquilizó de alguna manera, no pude evitar entrar en la adolescencia recelando del sexo contrario.
Continuará.
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