jueves, 6 de noviembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 13.

 Según avanzaba con mi carrera más me gustaba y las prácticas me hicieron ver que aunque el mal de amores me acompañara, no me podía quejar en general de la vida que me había tocado en suerte. 
Ya veía como muchos chicos de mi edad iniciaban relaciones sentimentales serias, con ideas de futuro, pero el único porvenir que me atrevía a vislumbrar era el laboral. 
Seguía escondiéndome bajo mi caparazón de tipo duro, avalado por un físico que el gimnasio había terminado de definir. 
Llegado al último curso aluciné cuando vi donde debía realizar las prácticas: en una cárcel.
Hablé con la profesora responsable de esas cuestiones, no veía que podía aportar como futuro trabajador social en un entorno que imaginaba violento y apabullante. Ella me explicó que aparte de las funciones normales de la profesión, como asesoramiento, rehabilitación y apoyo emocional, la reinserción social era de vital importancia para la población que reclusa. Me aconsejó que entrara libre de prejuicios, muchas de las personas que iba a conocer, de haber tenido mejores cartas en la vida, no hubieran acabado delinquiendo. 
Aquello me hizo reflexionar, yo mismo años atrás había tenido un traspiés importante con el tema de la cleptomanía. Si mis padres no me hubieran llevado a una especialista y no me hubieran apoyado, ¿qué habría sido de mí? ¿Habría terminado en una cárcel por ladrón? Esa posibilidad me hizo ver que yo no era mejor que muchos delincuentes, solo había tenido más suerte. 
Faltaban dos semanas para comenzar con aquellas prácticas y como un mantra, cada día me repetía que no debía juzgar a nadie cuando comenzara en aquel lugar, pero un miedo irracional me quitaba el sueño. Como con la traición de María el gimnasio se convirtió en mi mejor aliado y también esperaba que mi físico impusiera cierto respeto.
El primer día que pisé la cárcel, el trabajador social que ejercía como titular me acompañó en un "tour" por aquellas dependencias mientras me explicaba el funcionamiento y las normas de aquel lugar. Yo me sentía como dentro de una película, los pasillos, los barrotes, los ruidos de aquel lugar... Todo me alucinaba y asustaba a partes iguales. 
Por suerte iba a tener un trabajo de despacho, por decirlo de alguna forma, un funcionario se ocupaba de llevar individualmente a los reclusos a una oficina donde el trabajador social ejercía como tal. Yo esperaba que mi cometido fuera de mero observador, pero Alberto, el trabajador social, después un par de días me instó a que tratara directamente con los reclusos.
No olvidé mi promesa de no juzgarlos y normalmente bastaba con rascar un poco para ver a las personas que se parapetaban tras sus apariencias feroces y mal encaradas. 
Cuando terminé con las prácticas lo tuve claro, aquellas personas debían pagar por sus delitos, pero también se merecían encontrar la oportunidad que nunca habían tenido.
El último día de mis prácticas mi mentor Alberto me invitó a tomar algo, era una persona que ejercía su trabajo con eficiencia aderezada por su peculiar sentido del humor. Me hizo saber que estaba contento conmigo, que me faltaba el rodaje como a cualquiera que iniciaba su profesión, pero que me veía con aptitudes para ser un buen trabajador social. Según él, después del verano una plaza quedaba vacante en la prisión y si me interesaba, podía hacer un informe favorable para que me dieran el puesto. Añadió que en breve harían un concurso de méritos que me permitiría ser funcionario. No sé si me precipité en la decisión, pero mi respuesta fue afirmativa. En contra de lo que había imaginado, me había gustado trabajar en la cárcel.
-Bueno Ángel, diviértete este verano, ya te aviso cuando tengas que presentarte en tu nuevo puesto, me reservo un dato que conocerás cuando comiences, por eso de darle algo de emoción al asunto-.
Acostumbrado a las bromas de Alberto no le di más vueltas a aquello, ya me enteraría si de verdad ese puesto de trabajo cuajaba.

Continuará.


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