jueves, 6 de noviembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 14.

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Finalicé mi carrera y siguiendo el consejo de Alberto me inscribí en la oficina de empleo, seguía en pie la propuesta para trabajar en la cárcel.
Tenía ganas de verano, de relajarme antes de iniciar el camino laboral que me esperaba y mis padres conscientes de que quizás por cuestiones laborales no podríamos cuadrar en los años venideros, planearon dos semanas en Fuerteventura con la idea de que disfrutáramos de las hermosas playas de la isla. En agosto la concurrencia de veraneantes era mayor, pero era el mes en que cerraban la consulta oftalmológica por lo mismo, casi todo el mundo se iba de vacaciones. Las grandes playas de Fuerteventura nos permitirían disfrutar sin sentirnos agobiados. 
Tuvimos que hacerle chantaje emocional a Manuela para que viniera con nosotros, que si a saber cuando podría yo veranear con mis padres, que si me hermana Elena entraría pronto en la edad en la que se aburriría  con los padres... Todos remamos a favor para convencerla, no serían vacaciones familiares si nos faltaba la buena de Manuela. Ella tenía miedo de viajar en avión, pero lo pudo el corazón y accedió.
Las dos semanas pasaron volando, disfrutamos como niños en la playa, Manuela que no sabía estar sin hacer nada se levantaba temprano para preparar la nevera playera en la que no faltaba de nada.
Por las mañanas estábamos todos juntos y ya por las tardes mi hermana solía bajar a la piscina, mis padres aprovechaban para hacer lo que no podían durante el resto del año, dormir la siesta, Manuela y yo desde la sombra del balcón vigilábamos a mi hermana aunque ya fuera grandita para bajar sola y hablábamos de todo y de nada. Ella me hizo saber que estaba muy orgullosa de mí y de mi carrera, aunque le daba algo de miedo que yo trabajara en una cárcel. Yo le decía que se olvidara de las  películas, que estaba todo absolutamente controlado, luego por las noches solo leía novelas carcelarias y entendía los recelos de Manuela. 
En una de esas conversaciones de balcón Manuela me dijo que tenía el presentimiento de que me enamoraría pronto y para bien.
-No seas agorera, que de eso no quiero saber nada, todavía me quema cuando me acuerdo de los cuernos que me puso María.
-Angelito, desamores hemos tenido todos alguna vez, pero la mujer que te hará feliz existe y seguro que está deseando encontrarte.
-¿Tú también has tenido desamores? Nunca me has contado por qué no te casaste.
-Ni te lo pienso contar, pero sé lo que es estar enamorada, por desgracia el amor de mi vida fue un mal nacido que me robó la honra y la juventud. Por eso la hermana de mi madre, o sea, tu abuela materna, se hizo cargo de mí, porque yo estaba a punto de cometer una locura y casi me quito la vida, pero ella me salvó, pero eso es agua pasada y no pienso ni mentarlo.
-Manuela no me vayas a dejar así ahora, nunca me habías hablado de ese pasado.
-Ni pienso hacerlo. Anda, vamos a estirar los pies ahora que no hace tanto calor que ya me estoy anquilosando. 
No conseguí sacarle ni una palabra más a Manuela y en cuanto se dio la ocasión en un aparte le pregunté a mi madre si sabía lo que le había sucedido. Su respuesta fue que en la familia se guardaba en secreto el pasado de Manuela, pero que por lo que le había llegado de refilón, creía que a Manuela la había dejado embarazada un hombre casado que al saber de su estado la abandonó. Según mi madre, lo más probable es que la obligaran a abortar y remató con "eran otros tiempos y si ella no quiere hablar de eso hay que respetarla".
Sentí una lástima infinita por aquella mujer que se desvivía por nosotros, éramos su familia y me prometí tenerla más en cuenta, dedicarle más tiempo, pero como contaré cuando llegue el momento, no tuve ocasión de cumplir mis promesas. 
La ruleta de la vida o de la muerte, según se mire, tiene sus propios tiempos. 

Continuará. 

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