jueves, 13 de noviembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 15.

 Aquel verano antes de comenzar mi vida laboral pasó tan rápido que me supo a poco.
Firmé el contrato unos días antes de incorporarme a mi nuevo puesto de trabajo y como de bien nacidos es ser agradecido, invité a Alberto -mi mentor- a un buen almuerzo. Como era de esperar, terminamos hablando de cuestiones laborales. Me dio consejos para sobrellevar la falta de experiencia y cuando me atreví a preguntarle en qué módulo -la cárcel a la que me iba a incorporar era enorme- me tocaría trabajar, soltó una carcajada por respuesta.  Eso me hizo pensar que iba a estar con los presos más peligrosos y no me hizo gracia, pero siendo objetivo, me dije que aquellos presos también tenían sus derechos.
La noche anterior a mi incorporación Manuela, que me leía como un libro abierto, me hizo una tila bien cargada.
Y llegó el gran día. Alberto me había prometido que me acompañaría en la primera toma de contacto, pero a primera hora me llamó para decirme que estaba en el médico por una caída en la ducha y que lamentaba no poder cumplir su promesa y que le fastidiaba perderse mi cara de novato cuando supiera mi ubicación. 
Eso me puso aún más nervioso, pero no me quedaba más remedio que presentarme solito.
Llegué antes y por no parecer ansioso estuve fuera de aquel lugar caminando sin rumbo hasta que se hizo la hora.
Entré en la oficina principal y allí me informaron, debía dirigirme al sector D. El funcionario por mi cara dedujo que no tenía ni idea y me indicó que era el módulo de mujeres de aquella cárcel.
¡El módulo de mujeres! Entendí el cachondeo que se traía Alberto, ni se me había pasado por la imaginación después de las prácticas con los hombres. Pasé de estar nervioso a estar cardíaco. Me pregunté si hubiera preferido el módulo masculino con los reclusos más peligrosos y por unos instantes hasta lo preferí. Pero no podía cambiar las circunstancias y aparentando una seguridad que no sentía me presenté en mi nuevo puesto de trabajo. Me asignaron a una funcionaria de prisiones para que me guiara aquel primer día. 
Y Palmira entró en mi vida. Le calculé veinte años largos, era rubia y bajo su poco favorecedor uniforme imaginé un cuerpo bonito. A mí las rubias nunca me habían llamado la atención, incluso me preguntaba por qué tantas mujeres se teñían de ese color que a mi me parecía soso, pero con Palmira fue diferente. Me fascinó.
Ella indicó que sería mejor que mi primera toma de contacto con el trabajo fuera tratando a presas pocos conflictivas y se lo agradecí en el alma. Antes de llevarme a mi despacho me hizo el "tour" habitual. Me morí de vergüenza cuando las internas que me veían pasar me gritaban: tío bueno, macizo... Palmira se limitó a un "chicas no se pasen" para que los "piropos" quedaran en risas mal disimuladas.
Le tenían respeto y eso me gustó. A ver que hacía yo para ganármelo.
Después de presentarme al resto del personal me indicó que ya podía ponerme cómodo en mi despacho, que en media hora me llevaría a la primera reclusa. Y antes de dejarme solo me avisó: "Veas lo que veas no pierdas los papeles, actúa como si todo fuera de lo más normal y mantén la calma, ya lo entenderás". 
Pero yo solo sabía que no entendía nada y que estaba muerto de miedo. 

Continuará. 



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