Tiempo atrás me había deshecho de los bienes ajenos que había atesorado -suena mejor que decir lo robado-. Creí extinto aquel impulso de la niñez, solo conservé el lacito del calcetín de mi prima Bárbara, mi amuleto, pero mi primer día de trabajo, en la invitación que le acepté a Palmira, supe que estaba equivocado.
Durante toda la comida estuve bajo el influjo de Palmira, todo en ella me fascinaba, su forma de hablar pausada, la energía serena que me transmitía, su físico..., todo, todo, todo, y cuando abrió el bolso para coger su cartera, insistiendo en la invitación y se levantó para ir a pagar, vi una pequeña lima de uñas roja que quedó sobresaliendo de su bolso y no me pude resistir. Me la guardé con disimulo en un bolsillo del pantalón.
En cuanto me quedé solo saqué aquel trozo alargado de cartón, se notaba que era una lima usada y me regodeé con la idea de que el ADN de Palmira, su esencia, impregnara aquel pequeño objeto. Acaricié la aspereza de la lima como si de seda se tratara, ella de alguna manera estaba ahí, ni el mayor de los diamantes me hubiera parecido tan valioso.
A las pocas semanas Palmira y yo comenzamos una relación. Casábamos a la perfección, si lo de que cada uno tiene su media naranja no es cierto, Palmira y yo lo hicimos posible. Fue tal el grado de comunión que me sinceré ante ella y como en una confesión me fui deshaciendo de mis traumas infantiles al verbalizarlos solo para ella. Ella me compartió su vida, también había tenido una niñez complicada. Hija única en una familia acomodada que vivía para y por las apariencias, tuvo los mejores colegios y cero educación afectiva. Cuando a los seis años descubrió que los "reyes magos" no existían, sus padres se limitaron a ponerle bajo el árbol de navidad un sobre con dinero y borraron de un plumazo el engorro que les suponía ir de compras.
A los dieciocho años, cansada de la rigidez familiar y de sentirse como una extraña en su casa, se fue a vivir con una amiga. Los padres amenazaron con desheredarla, les daba vergüenza que su única hija trabajara como camarera para subsistir. Pero Palmira no reculó y supo buscarse la vida.
Conocer la falta de afecto que arrastraba desde su infancia me hacía quererla más y comprendía que a veces tuviera, como ella misma decía, uno de esos días grises en los que su ánimo amenazaba lluvia. En esos momentos enmudecía y yo respetaba su silencio. Esa tristeza intermitente me hacía darme cuenta de lo afortunado que yo había sido teniendo unos padres que aparte de quererme me lo demostraron. La sospecha de que mi madre le hubiera sido infiel a mi padre me pareció entonces una anécdota si lo comparaba con la niñez de Palmira.
Confía en mí, le decía, siempre te voy a querer, siempre voy a estar, yo soy tu puerto seguro.
Y ella parecía olvidar la anemia afectiva que mamó en su infancia.
Continuará.
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