jueves, 20 de noviembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 18.

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Al cumplir los veinticinco años comencé mi convivencia con Palmira.
Era cinco años mayor que yo y a sus treinta comenzó a plantearse la maternidad. Todas sus decisiones me  parecían bien y me seguía asombrando que una mujer como ella me quisiera y apostara por una vida en común.
A esas alturas mi familia ya conocía a Palmira, mis padres y mi hermana me desearon la mejor de las suertes. Diferente fue con Manuela, y no porque no apreciara a Palmira, pero supo ver en mi pareja el pozo oculto de tristeza que según ella, en algún momento me afectaría. 
-Es una buena muchacha, pero algo me dice que tu relación se estropeará por esa pena que la corroe por dentro. No sé que la hace sentir así, pero por desgracia conozco bien esa tristeza-.
Manuela arrastraba el trauma del obligado aborto que sufrió siendo casi una niña y la comprendí, pero desoí sus nefastos augurios. Palmira y yo juntos éramos invencibles.

Los dos siguientes años nos afianzaron como pareja. Estábamos plenos sentimentalmente y en el aspecto laboral también nos iba bien. 
Aunque desde que comenzamos a convivir dejamos de tomar medidas anticonceptivas, Palmira no se quedaba embarazada. Acudimos a especialistas y nos hicieron pruebas, en Palmira no encontraron nada que hablara de infertilidad,  a mí me dijeron que sin llevar a tener "espermatozoides vagos", la movilidad algo insuficiente de mis espermatozoides podían justificar la falta de embarazo. Había tratamiento y nos dijeron que solía funcionar. 
No me lo tomé bien, saber que quizás no pudiera darle a Palmira lo que quería me traía por la calle de la amargura, pero ella argumentaba que no pasaba nada si no podíamos tener hijos, que esperaríamos un tiempo y si en el tratamiento no daba resultado, iniciaríamos los trámites para adoptar. Me pidió que confiara en la ciencia y que ya iríamos viendo.
Por esa misma época supimos que Manuela estaba enferma, nos había ocultado los síntomas de un cáncer que se descubrió demasiado tarde y que ya no tenía opciones de cura. 
Me afectó saber que le quedaba poco tiempo, y me atormentó que no nos hubiéramos dado cuenta antes de sus padecimientos. Pero Palmira tenía razón cuando me animaba diciendo que ni yo ni mi familia teníamos culpa alguna, Manuela era ese tipo de personas que por no molestar aguantaban lo que fuera, estaba hecha de otra madera. 
Consciente de que el final de Manuela estaba cerca aproveché todo lo que pude para estar junto a ella. Sería porque ella sabía que le quedaba poco por lo que comenzó a contarme los secretos que se había tragado durante demasiado tiempo. Supe por su boca que a ella no la obligaron a abortar, sino que en cuanto parió le quitaron a la criatura, un niño me dijo que había tenido. Me habló de las lágrimas que todas las noches la visitaban, de las preguntas que año tras año se repetía ¿estará bien mi hijo? ¿le habrán dado amor?
No me extrañó que el cáncer la estuviera matando, yo creo que se le enredó años atrás por la pena.
El sufrimiento por la pérdida del hijo añadido a la de su enfermedad la devastaron. 
Nunca pensé que lo pudiera desear, pero así fue, deseé que la muerte la liberara de tanto dolor.

Continuará. 

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