jueves, 27 de noviembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 20.

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Cuando ya no contaba con el embarazo de Palmira llegó la buena nueva.
Saber que nos convertiríamos en padres no solo nos alegró, sino que hizo que como pareja nos sintiéramos más unidos.
Palmira brillaba como nunca, sus rachas emocionales oscuras desaparecieron, todo fluía en positivo.
Mi pareja seguía yendo los miércoles a echarle una mano a Belén en su cafetería-librería, pasaba unas horas y regresaba satisfecha. Al principio yo la acompañaba y disfrutaba también del buen ambiente de aquel lugar, pero como Palmira y yo estábamos el resto de la semana juntos, me pareció buena idea dedicarle esas tardes de los miércoles a mis padres. Mi hermana Elena estaba estudiando fuera y sabía que después del fallecimiento de Manuela se sentían solos. Palmira era mi vida, pero el apego hacia mis padres era una realidad que quería conservar. 
Uno de aquellos miércoles cuando Palmira ya había salido hacia el negocio de su amiga, mis padres me telefonearon, les había surgido un compromiso de última hora que no podían cancelar. Al ver modificado mis planes pensé en quedarme en casa, pero el tiempo agradable, sin frío ni calor, hacía apetecible un paseo. Podía ir a lo Belén y tomar un buen café, pero pensé en dejarle a Palmira su espacio. 
Conduje un rato sin rumbo fijo hasta que llegué a un parque que estaba a unos pocos kilómetros, era enorme y pasear bajo los muchos árboles de aquel sitio me tentó. Aparqué y me adentré en aquel pulmón verde de la ciudad, andando sin prisa me percaté de que estaba silbando, me felicité por la elección del lugar, me sentía de maravillas. Tengo que venir a este sitio con Palmira, me dije, esta tranquilidad le va a encantar. Y justo cuando mis pensamientos me llevaron hacia ella, la vi. 
No había duda, era ella, Palmira, sentada en un banco con un hombre que no era yo.
¿Por qué no estaba Palmira en lo de Belén? ¿Quién era aquél hombre? Ante el zarpazo emocional que estaba sintiendo me obligué a pensar. Habría alguna explicación lógica, pero no fui capaz de esperar a que ella regresara a nuestra casa y me contara que no había ido a la cafetería.
Me situé detrás de unos árboles y la llamé. De lejos vi como cogía el teléfono y me contestó como si nada extraño estuviera sucediendo. 
-Hola amor, ¿qué tal con tus padres?
-Al final no fui, les surgió algo y aproveché para quedarme en casa y pasar unos informes del trabajo que tenía pendiente. Y se me apetecen los bollitos esos tan ricos que tiene Belén, ¿me traes una bandejita?
-Claro mi vida, pero la que debería tener antojos soy yo, jajaja, no te preocupes, se los pido ya a Belén y así no me olvido. Igual tardo un rato más hoy, esto está animado-.
Me estaba mintiendo con total descaro, no conocía esa faceta de mi pareja.
Un agujero negro se fue expandiendo dentro de mí. 
Me quise morir. 

Continuará. 



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