jueves, 4 de diciembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 21.

 La espera en mi casa se hizo eterna, Palmira me había desarmado. ¿Por qué me mintió? ¿Qué esconde?  me repetía en bucle. 
Cuando regresó se comportó como si nada fuera de lo normal hubiera sucedido y yo no tuve coraje para encararla, tenía que procesar lo que había descubierto. Me notó mala cara y me excusé con una migraña que ciertamente comenzó a taladrarme la cabeza. 
-Descansa amor, yo me ocupo de la cena, ah, que tonta, me dejé los bollitos en lo de Belén, esta cabeza mía...-.
Por supuesto dormir esa noche fue misión imposible; a la mañana siguiente me levanté peor de lo que me había acostado y con funestas dudas. No sabía ni como actuar ante Palmira, si le decía que sabía que me había mentido y que la había visto con otro hombre corría el riesgo de que ella me contara su verdad. ¿Y si estaba enamorada de otro hombre y al verse pillada decidía dejarme? 
Dejé pasar los días sin atreverme a dar ningún paso rumiando mis pensamientos obsesivos. Odié los miércoles y no podía evitar comparar mi situación con la de mi niñez cuando mi madre salía para encontrarse con su amante. La misma historia que me amargó la niñez se repetía, incluso con un embarazo de por medio. ¿Y si yo no era el padre de la criatura que Palmira esperaba? No era en absoluto descabellado pensarlo, era más que sospechoso que después de largos meses de tratamiento por mi infertilidad, se produjera el embarazo justo cuando casi se había cumplido el plazo que nos habíamos dado para adoptar. Pero si mi pareja estaba enamorada de otro hombre que había hecho posible el embarazo que ella deseaba, ¿por qué seguía conmigo?
Pensé mucho en mis padres, siempre se demostraron amor y mi madre nunca nos abandonó. Quizás la rutina la llevó a tener una aventura que no fue lo suficientemente importante como para iniciar una nueva vida. Y mi padre... quizás supo lo que sucedía y lo dio por bueno con tal de no perderla. 
Las semanas pasaban y mis miedos crecían al igual que la barriga de Palmira. Ella se mostraba feliz, estaba exultante con el embarazo y me decía a menudo cuanto me quería. 
Pensé en su niñez, la habían criado en una familia que nunca le demostró amor, yo sabía por mis estudios y por  mi experiencia laboral que l@s niñ@s que crecen sin afecto de mayores suelen tener problemas mentales. ¿Por eso Palmira había iniciado algo indebido? 
Fuera como fuere yo no podía vivir con aquella incertidumbre y comencé a espiarla los miércoles por la tarde. No volví a encontrar nada inusual, Palmira acudía a la cafetería-librería hasta que los pies se le hincharon por el embarazo y la misma Belén le dijo que solo la quería allí como clienta.
Todo parecía ir bien, nada empañaba aparentemente  nuestra convivencia, aunque yo por dentro no dejaba de torturarme pensando que mi mujer me había engañado. Y sin ser creyente me acostumbré a rezar pidiendo que la niña -ya sabíamos su sexo- se pareciera a mí para no verme obligado a lo que había planeado. 
Cuando la niña naciera y sin que Palmira se enterara, haría las pruebas de paternidad, necesitaba, al menos, esa certeza.

Continuará. 




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