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Dejé que la rutina me engullera y queriendo confiar en Palmira me propuse no martirizarme con mis dudas, pero la desconfianza agazapada aparecía enseñando la patita cuando menos me lo esperaba. Y como no me quería encarar con Palmira por miedo a perderla, me dije que la única forma de recuperar la tranquilidad sería hacer a escondidas una prueba de paternidad cuando la niña naciera. Si yo era el padre pasaría página y si el peor de mis vaticinios se cumplía.... pues ya vería como actuaría.
Llegado el momento entré en el paritorio con Palmira, fue un parto complicado pero por suerte todo terminó de la mejor manera, las dos estaban bien. Ser testigo directo de aquel hecho hizo que quisiera aún más a mi pareja. La niña era rubita, las mismas facciones de su madre, era un clon en miniatura de Palmira. Una Palmira agotaba pero feliz bromeó diciendo que por lo menos sabríamos que no nos la habían cambiado al nacer. Y yo, aunque tenía absolutamente claro que haría la prueba de paternidad, supe que iba a querer a aquella criatura.
Llamamos Alma a la niña y durante los siguientes meses me convertí en un padre entregado que pasaba horas mirándola embobado.
Palmira aguantó los tres primeros meses sin una queja, la falta de sueño y el agotamiento normales en esa etapa no pudieron con ella, estaba empoderada, llena, feliz.
Pero toda esa dicha no borraba mi decisión, necesitaba saber si yo era el padre biológico de Alma.
Acudí a un laboratorio privado, me explicaron que para obtener el ADN de la menor bastaría con pasar un bastoncito dentro de su boca. Me dieron el material necesario, dejé mi muestra y al día siguiente acudí con la de Alma, solo quedaba esperar.
Las dos semanas que tardaría en saber el resultado fueron pesadas, desagradables... la incertidumbre o bien me hacía querer que el tiempo pasara rápido o por el contrario deseaba que se paralizaran los relojes. Yo mismo era una pura contradicción, porque sabía que aunque el test certificara que yo no era el padre de la niña, iba a seguir queriendo mi vida con ellas dos.
Pero para bueno o para malo todo termina por llegar y con el corazón desbocado pasé por aquel sitio donde me entregaron un sobre cerrado.
Aquel rectángulo de papel marrón me quemaba en las manos, pero no fui capaz de abrirlo, mañana me dije, no pasa nada por tenerlo en el bolsillo unas horas más.
No sabía que la mañana siguiente se convertiría en un infierno cuando recibí la llamada de mi padre.
-Ángel, tienes que venir, tu madre no se despierta, parece que está muerta, no sé qué hacer, por favor hijo, ven-.
Continuará.
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