jueves, 11 de diciembre de 2025

Apariencias mentirosas. Capítulo 23.

 Decir que la llamada de mi padre me había preocupado sería decir poco, ¿cómo un oculista que había estudiado medicina antes de especializarse no iba a saber si una persona estaba muerta?
Palmira me quiso acompañar cuando le conté la llamada de mi padre, pero le dije que mejor se quedaba con la niña y prometí llamarla en cuanto llegara. No sé como pude conducir sin estamparme por el camino y al llegar a la casa familiar mis peores presagios se hicieron realidad.
Mi madre estaba acostada en su cama, ya estaba fría. Debió fallecer durante la noche mientras mi padre dormía a su lado. Siempre había tenido buena salud pero por lo que fuera debió fallarle el corazón inesperadamente.
Mi padre estaba en shock, no reaccionaba. Sentí la indefensión de la orfandad, poco importaba que yo fuera un hombre hecho y derecho y que viviera mi propia vida, saber muerta a  mi madre me destrozó, pero me puse en modo automático, mi padre no podía actuar en su estado y me tocaba a mí hacer lo que se debía. 
Llamé a emergencias, a mi hermana que seguía viviendo fuera y por supuesto a Palmira. 
-Papá, despídete de mamá antes de que vengan los de emergencia, supongo que tendrán que hacerle la autopsia y tardaremos unos días en poder velarla.
Salí de la habitación para darle privacidad mientras preparaba una tila bien cargada, al entrar de nuevo me sorprendió ver a mi padre, que era diestro, escribiendo con la mano izquierda. Por encima de su hombro reconocí la letra grande y fea que me había destrozado la niñez. 
-¿Qué haces papá? ¿ Por qué escribes así?
-Es mi última carta de amor a tu madre. Sabes que siempre fue el amor de mi vida pero la rutina termina por pasar factura y quisimos evitarla, por eso inventamos este juego entre nosotros, yo le dejaba notas en su bolso y los miércoles por la tarde los dedicábamos a mimarnos como si fuéramos amantes. Íbamos a un hotel y fingíamos ser otras personas. Con los años tú no llevaste bien esas salidas de los miércoles y dejamos de hacerlo, pero seguí con mis cartas de amor. Esta es la última, déjame solo unos minutos por favor, estarán a punto de llegar y quiero que sea la carta más bonita.
De alguna manera mientras mi padre me explicaba "sus miércoles" se serenó, como si hubiera tomado conciencia de que lo necesitaba para escribir su última carta de amor.
Los papeles se invirtieron, en esos momentos era yo quien ante la confesión de mi padre estaba en shock.

Continuará. 

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